martes, 21 de enero de 2020

domingo, 19 de enero de 2020

Muero

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El amor no se acaba
aunque me mates.
Me libro del cuerpo
de ti de la cabeza,
la tierra estalla
en realidad profunda,
soñar que muero dormida
mientras bebes, el cauce de mi sangre.
Abrir la cicatriz de la infancia,
la flor de pétalos calientes,
abrir las puertas de espejo.
Soñar que muero dormida
aunque ahora me estés matando
no sepa tu nombre,
no quieras beber mi sangre.
Ríos de leche, la niebla, tu boca
el blanco de la noche.
Soñar que muero eterna,
dormir la realidad profunda.



Poesía de Marina Oroza
Imagen de Pixabay


viernes, 17 de enero de 2020

Cómo me deshice de quinientos libros

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...durante años tomé el camino de las librerías de viejo. Cuando uno empieza a sentir la atracción de estos establecimientos llenos de polvo y penuria espiritual, el placer que le proporcionan los libros a empezado a degenerar en la manía de comprarlos, y ésta a su vez en la vanidad de adquirir algunos raros para asombrar a los amigos o a los simples conocidos. 

¿Cómo tiene lugar este proceso? Un día está uno tranquilo leyendo en su casa cuando llega un amigo y le dice: ¡Cuántos libros tienes! Eso le suena a uno como si el amigo le dijera: ¡Qué inteligente eres!, y el mal está hecho. Lo demás ya se sabe. Se pone a contar libros por cientos, luego por miles, y a sentirse cada vez más inteligente. Como a medida que pasan los años (a menos que se sea un verdadero infeliz idealista) uno cuenta con más posibilidades económicas, uno ha recorrido más librerías y, naturalmente, uno se ha convertido en escritor, uno posee tal cantidad de libros que ya no sólo eres inteligente: en el fondo eres un genio. Así es la vanidad esta de poseer muchos libros. 


Fragmento de relato de Augusto Monterroso
Imagen de Pixabay 

miércoles, 15 de enero de 2020

lunes, 13 de enero de 2020

Buenas noches

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Y de nuevo me desplazo lejos y a la vuelta... echar la vista atrás y aprovechar el silencio que se genera en el autobús para escribir que me encantaría poder decirte "buenas noches" todos los días, tenerte a un palmo de mí, escaparme de la rutina besándote y que no me pese ser un esqueleto que se alquila para pagar facturas.

Poder reflejar con palabras que mi corazón late más fuerte y en tus labios soy primavera; que me encantan esos surcos que te salen cuando te digo: te quiero, esa sonrisa que llega hasta tus ojos. Y que  deseo vivir más de esos momentos en los que estamos tan fundidos que no sabemos si la voz saldrá por tus cuerdas vocales o las mías.



Saray Pavón

sábado, 11 de enero de 2020

Giacometti...

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...o la frustración hecha arte. El delirio parece poseer sus trazos o sus esculturas de escayola pero Alberto tiene muy claro lo que quiere plasmar. Su realidad. Se aleja de ideas preconcebidas y crea una nueva forma de ver. Se adentra en la esencia de su modelo y la captura. Es puro magnetismo.

Dicen que su estilo más característico lo desarrolló a partir de comienzos de la década de 1940. Aparecen entonces sus figuras humanas alargadas y superficie áspera, esos seres despojados de la carne: reducidos a piel y huesos. Cadáveres solitarios y anónimos pese a que puedan estar incluidos en una composición. Seres "a mitad de camino entre la nada y el ser", según los definió el filósofo Jean Paul Sartre. "A primera vista parecen mártires consumidos salidos del campo de concentración de Buchenwald. Pero poco después se abre paso un concepto distinto: esas naturalezas delgadas y finas se elevan al cielo". Y en mi caso fue así: lo que inicialmente me causó rechazo fue lo que luego me atrapó.

Aún no he estado frente a ninguna pieza suya más allá que los píxeles encerrados en la nube cibernética pero Jean Cocteau dijo: "He visto las esculturas de Giacometti, son muy potentes y al mismo tiempo tan delicadas que te entran ganas de describirlas como nieve que conserva la huella de las pisadas de un pájaro".



Texto: Saray Pavón
Imágenes sacadas de internet, composición A.Moreno


jueves, 9 de enero de 2020

INSUMISIÓN

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Estoy harta
de la ansiedad y de las infusiones
calientes para aplacarla
de la lentitud del calendario
de buscar empleo o algún curso
para adornar el currículum
 de las tareas domésticas con aroma a amoniaco,
de los que fingen ser poetas
de los que regresan con la excusa
de “tú eres mi mejor error”,

por eso, firmo esta tregua
 para ocupar un puesto en el bando
 de los ignorantes durante un tiempo
y disfrutar de la tranquilidad que supone
no ser una misma.
Poema de Ana Patricia Moya, Periquilla de los palotes 
Imagen de Pixabay


martes, 7 de enero de 2020

Del mar azul las transparentes olas

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Del mar azul las transparentes olas
mientras blandas murmuran
sobre la arena, hasta mis pies rodando,
tentadoras me besan y me buscan.

Inquietas lamen de mi planta el borde,
lánzanme airosas su nevada espuma,
y pienso que me llaman, que me atraen
hacia sus salas húmedas.

Mas cuando ansiosa quiero
seguirlas por la líquida llanura,
se hunde mi pie en la linfa transparente
y ellas de mí se burlan.

Y huyen abandonándome en la playa
a la terrena, inacabable lucha,
como en las tristes playas de la vida
me abandonó inconstante la fortuna.




Poesía de Rosalía de Castro
Imagen de Pixabay



domingo, 5 de enero de 2020

Con once heridas mortales

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Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballo sin aliento
y perdida la batalla,
manchado de sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi esperanza,
casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.
Y por una oculta senda
que el Cielo me deparara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.

La hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y consuelo a mis desgracias.
Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.
Curábame las heridas,
y mayores me las daba;
curábame las del cuerpo,
me las causaba en el alma.

Yo, no pudiendo sufrir
el fuego en que me abrasaba,
díjele; "Hermosa Filena,
basta de curarme, basta.
Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.
Tuve contra Marte aliento
en las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.
Deja esa cura, Filena;
déjala, que más me agravas;
deja la cura del cuerpo,
atiende a curarme el alma
".



Poesía del Duque de Rivas
Imagen de Pixabay


viernes, 3 de enero de 2020

El espantapájaros

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Ves a todos los cuervos acercarse.
Es negrura la noche, pero también es carne.
Nadie quiere irse a dormir sin su porción.
Graznan, gritan, agitan sus alas postizas.
Ríen, gimotean, se abalanzan sobre un cuerpo.
Ahí está esa figura silenciosa que se agranda.
Ahí está el espantapájaros;
avanza hacia a ti, avanza hacia a ti...
Es un hombre de paja y aire, que te dice que te vayas.
No lo intentes, tu casa está ahora muy lejos.


Poema de Diego Solís
Imagen de Pixabay





miércoles, 1 de enero de 2020

El mundo sin Bud Spencer

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Estamos huérfanos de Bud. Ayer pensé en esto de que Bud murió no hace mucho. Así que abofeteé a un oso grande de peluche que tengo en el sofá y el oso rodó blando y mudo por el suelo; nada parecido a los hombres arrojados a hostias por los tejados de Bud. Lo hice como un bonito homenaje para él; como un sketch a modo de elegía para él. Pero me quedó un abuso idiota a un osezno nacido muerto. Nada que ver con Bud.

Bud tenía la tristeza de los gigantes que dijo el poeta. Pienso que hoy, en aquel cielo tradicional de azules polares donde van a parar los muertos buenos, tiene que haber escándalo de plumas como copos de una intensa nevada porque Bud estará repartiendo hostias con la mano abierta a los ángeles, y éstos quedan con los ojos haciendo aspas en los jardines blancos del paraíso. Allá dios ríe a carcajadas y los ángeles ofrecen otra vez la cara a la mano sopera de Bud por ver al todopoderoso doblarse de la risa; puede que Bud esté ya un poco cansado y enfadado por esto y mire mal al gordo, cano y barbudo dios, que es un tipo parecido a él.

En las guerras de Bud no moría nadie; todos eran graciosamente derribados; abatidos en lo alto de las casas. Un vaquero enemigo caía en la bañera del ático donde una señora en pelotas gritaba y corría hacia un primer plano con el brazo cubriéndose el pecho y la otra mano en la entrepierna. En las emboscadas de Bud, alguien escupía algunos dientes, pero nada más; nada que un Espidifen no pueda aliviar. Bud Spencer de la mano de Terence Hill como un Obélix y Astérix italianos en las tabernas de Almería. Ellos respetaban a los malos con bofetadas y vodeviles, les daban la oportunidad de pensar en el tejado frotándose la cara por el escozor. La mano de Bud como logo en todas las banderas, justicia amiga sin pena capital. Jamás se mancharon de sangre las manos calientes de Bud.

Echo de menos tus sopapos en el cine (y a lo mejor fuera del cine) Bud. Ahora todo huele a colonia cara y pistola nueva, se lleva admirar héroes cuadrados y muchachas con metales de gimnasio. Un montón de mierda, Bud. Banana Joe, Dos granujas en el Oeste. Recuerdo aquel abuelo en Colorado o por ahí, muy malito; y apareciste tú y te viste en la tesitura de decir que eras el doctor ¿recuerdas?, no sé si la hija del abuelo te suplicaba que curaras al viejo. Y vas tú y haces un mejunje con un poco de aguardiente y pólvora que sacas de una bala, y se lo das al abuelo. Y va éste y empieza a tirarse unos cuescos como un demonio y la casa tiembla y la chica te abraza llorando y agradecida de ver al abuelo blincar por la alcoba. Qué puntazo, Bud. Todo esto amenizado con tipejos volando por ahí, redimidos con las palancas de tus brazos.

Me he reído mucho con tus pelis, Bud, con la metáfora de tus tortas que respetaban la vida y abrían el conocimiento a los golpeados. Pienso si alguna vez me he pegado con alguien; sí, recuerdo ahora; y fue desagradable, Bud. Aquello fue otra cosa distinta a lo tuyo; hubo empujones, agarrones de la pechera, algunas patadas, gafas en el suelo y muchos insultos, pero ni un puñetazo; qué curioso, si habíamos visto tanto wéstern por qué insistíamos en una menestral lucha griega. Luego, una vez que un par de amigos se entrometían para separarnos (algo que estábamos deseando), los dos rivales llorábamos con una aparente rabia y esto nos daba mucha vergüenza. Sí, creo que en el fondo nos compadecíamos uno del otro. Nada que ver contigo, Bud.


Texto e imagen de Garven