sábado, 28 de marzo de 2020

Reclusión, sí, pero con arte

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Corren tiempos muy locos. Es cierto. Quién no ha dado una carrerita con la bolsa de basura en la mano para sentir que los músculos de las piernas todavía funcionan... Quién no ha obligado a su perrete a recorrer en sprint el último tramo de la calle para sentirse vivo... ¿Nadie? ¡Pues deberíais! Es bastante liberador. Para temas físicos no tenemos ningún remedio y ya hay para ello cientos de páginas y usuarios haciendo de las sentadillas el mantra sanador de esta mala racha. Pero por otro lado, sí que podemos hacer algo por vosotros. A partir de ya y mientras dure esta locura transitoria,
nuestros números 1 y 2 de la i Libro-Revista estarán disponibles TOTALMENTE GRATIS en Issuu. Pincha en las imágenes para ir a los enlaces:


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La Redacción :)

viernes, 27 de marzo de 2020

Ciudad desconsolada

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Amo esta ciudad desconsolada
como un puzle donde no encajan las piezas.
Los árboles, las naranjas agrias,
el centro social ocupado de donde salen ratas.
Adoro este trajín de calles y de barrios
con las ropas tendidas al sol.
Insolente, embustera,
la ciudad laberinto de las multas de tráfico,
los mercados decrépitos.
Me gusta cómo ruge su epicentro
y la periferia de los habitantes
del mundo. Nosotros.
Amo esta ciudad
y quizás sea porque tiene que ver contigo,
con mi reflejo en tus gafas de sol
y con aquella noche en que cargaste conmigo
dejando tirados los zapatos y un tacón roto.
Eres tú lo que resta importancia a los impuestos
aunque te vayas.
aunque emigres a un recóndito país
del área metropolitana,
yo amo esta ciudad
que es nuestra por derecho
y por defecto, claro.

Poesía de Laura Frost
Imagen de Pixabay

miércoles, 25 de marzo de 2020

Día de la ira

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Desnúdame, no tengo ya otra cosa.
El labio casi helado de besar tanta muerte.
Sájame la mirada, deja el ojo sin lágrimas
como una carne mísera, tibia para las moscas.
Sobre tu piedra estoy, no vencido, ligado:
hiere y al turbio caño de la sangre el impuro
animal de vagido caliente perezca,
pues que amó la carne y su comercio
y fue carnal el llanto para él, como un miedo
cobarde de pichones en las manos
y la oración un pétalo manchado entre los dientes.
Raspa, rae de mi lengua su nombre, si aún tienes
en el día del rigor panales de dulzura
y opera con tu largo bisturí de clemencia
el corazón, la entraña que no tuvo cansancio
ni olvido en el sopor del vino y de las noches
y que implacablemente perseguías
por las angostas calles de la antigua tristeza.
Rebana de los dedos su urdimbre de caricias
y deja que mis manos palpen ciegas y ajenas
la larga tela fría del desengaño.
Inerme sobre el mármol escucho el viento tuyo
de las trompas alzadas a la luna postrera,
cuando el ángel apaga la lucerna del tiempo
y remueve las vendas,
el sombrío aposento de las urnas,
el agujero oscuro, el cenotafio...
Porque desnudo estoy ante ti y te temo.



Poesía de Pablo García Baena
Imagen de Pixabay



lunes, 23 de marzo de 2020

La estafa y el arte (VII)

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NIVEL PRIMERO

Salir a pintar o a dibujar por ahí, sólo con el bloc, sin lápices, pintura ni ningún tipo de material. Sólo la cuadratura del papel bajo el sobaco. Entonces las manos vuelven a su origen primitivo de cangrejos de patas fuertes, uñas como dientes de castor que rascan para sacar blancos. Dedos criminales. El amanuense tiene que buscar el pigmento: despachurrar flores sobre el papel, si es que en esa época del año hay flores; frotar con la verdura de la mala hierba; mojar los dedos en los charquitos de grasa que han dejado algunos coches aparcados; pringar el chocolate de un bollicao sin terminar que un muchacho ha arrojado en la papelera del parque. O enterrar la hoja bajo el légamo de un río o un estanque, unos días en el reino del hongo y el gusano. Desenterrarla después manchada por los azares del inframundo.


Texto e ilustración Garven

sábado, 21 de marzo de 2020

Otoño

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Se conocieron en otoño,                                                                                                   
él era un hombre con muchas aristas, 
afortunadamente,                                                                                                               
ella, una mujer con muchas grietas.


Poema de Laura Frost 
Imagen de Pixabay

jueves, 19 de marzo de 2020

C a l l e j ó n

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-Pat, ¿cómo está su madre? ¿La encontró?
-Estaba en el cementerio, como imaginábamos. Estaba bastante animada, teniendo en cuenta las circunstancias.
-Y.... ¿mentalmente?
-El alzheimer es un callejón sin salida, Wilfrid. Su memoria cada vez va a peor, no hay espezanza de mejora en ese sentido.


Fragmento de "El cura", Thomas M. Dich
Imagen de pixabay retocada



martes, 17 de marzo de 2020

Papá

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Recuerdo con cierta tristeza mi infancia.
Los tres miedos que me atormentaron
hasta que tuve edad de mirar debajo de la cama
y de soportar la cruel realidad de que Papá Noel no existe.

Tuve miedo de esa serie interminable de pijamas grises
que cada noche, siempre a la misma ahora, me arropaban
y me daban un beso de difunto en la frente
para evitar las pesadillas.

Recuerdo un muñeco sin ojos que me vigilaba y seguía
a todas partes mientras mi padre ignoraba mis gritos de auxilio
porque era muy femeninos.

Mi madre se evaporaba cada mañana
como un suspiro en invierno.
Yo me quedaba pensando que de mayor tenía que ser como él,
entonces comenzó el llanto.

Poema de Cristian González
Imagen de @theSollers 



lunes, 16 de marzo de 2020

La estafa y el arte (VI)

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La señora Elena pintaba unos cuadros pequeños y coloridos. Yo había sido su vecino durante mi infancia y pasaba algunos ratos viéndola pintar en la habitación de su casa que ella utilizaba como estudio. Allí descubrí los ruidos de la pintura: el repiqueteo de los tubos de óleo que Elena removía en una cajita de madera; el sonido a palillos chinos de los pinceles dejados en la mesa; el chorrito de aguarrás en un frasco sucio; la frotadura del trapo sobre el lienzo para rectificar una mancha; la rascadura del pincel untando de color. Ni qué decir tiene que también descubrí los olores de la pintura. Elena firmaba sus cuadros como “Elena Brizard” en honor al licor de anís que solía beber.
Pasados los años me dijeron que Elena estaba muy mayor y enferma, postrada en la cama, posiblemente moriría pronto. Así que decidí ir a visitarla. Su hija se alegró de verme y dijo que su madre ya había cenado pero que aún estaba despierta. Por los pasillos colgaban algunos cuadros secos, amarillos y adultos de Elena.
-Madre, mira quién ha venido a verte ¿Le conoces?
La señora Elena entre almohadones, a codazos con la muerte o forcejeando con la vida. Temblona y asténica, arropada hasta la cintura y con una mano nudosa sobre el estómago, con la otra se daba golpecitos en la frente como si llamara, ay, en la puerta del otro lado. Elena me miró con curiosidad parpadeando mucho, su boca sin dientes se desdoblaba como una gamuza y dijo algo:
-Ma...ma...Manolo.
-Sí, el del bombo, no te jode. Pero si es Garven, el hijo de Luis y la Emilita.
La señora Elena hundió la cabeza en el almohadón, quizá para dormir (o morir), convencida de que yo era Manolo.


Texto e ilustración Garven

domingo, 15 de marzo de 2020

Todos los cuerpos no son tu cuerpo

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Todos los cuerpos no son tu cuerpo
aunque sean hermosos
aunque lleven la luz y el mar en su cintura
y en su sexo escondido lleven tantos deseos.
Pero no son tu cuerpo.
Estas tardes sin límite
sin el frescor alado del invierno
pensar tu cuerpo adormece las horas
y acompaña el silencio del tiempo como fiebre.
Los cuerpos incendiados
que llevan tras de sí pendientes tantos ojos
nunca serán
y antes nunca han sido.



Poesía de Mª Cinta Montagut
Imagen de Pixabay


viernes, 13 de marzo de 2020

Magdalena

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Sentada, esperaba. Dejaba caer los minutos por su piel, húmeda de expectación. Rodaba el tiempo en círculos plegados sobre sí mismos. Cíclicos. Periplos esculpidos en la eternidad de un bucle que, efímero para unos, se multiplica para otros. La repetición en serie de una soledad alienada. Aislada. En algún lugar de aquella noche fría, helada como la navaja de la pálida dama de la muerte, sonaba una armónica. Muy lejos. Una armónica… desafiando el silencio. Mientras, ella esperaba. Oscuridad casi absoluta. Ni siquiera la luna se atrevía a sonreírle más allá del velo negro de Nyx, la descendiente del Caos. Bajo el manto de aquella diosa griega, podía ser lo que quisiera. Podía transformarse en el súcubo más atractivo y persuasivo, el mejor corderito con la piel de lobo, la más delicada flor que pudiera tallar la primavera, la brisa fresca que reconforta en un día de verano, el veneno que te trae los sueños más dulces. Nunca había esperado de esa forma. Volvió a asomarse por la ventana y a buscar con la mirada. La armónica había desaparecido. Silencio. El sol yacía muerto al otro lado del mundo, donde ahora mismo corría el tiempo de los despiertos. El tiempo de los vivos.Rosie esperaba. Los minutos acariciaban la ansiedad y se adherían al sudor de su frente, al sudor de su sien. Deseaba con toda su alma verlo aparecer en el horizonte de alquitrán. Adivinar su figura recortada en la lóbrega y sombría farola que se divisaba al final de la calle que, como en “El imperio de las luces de Magritte”, extendía su falda marchita sobre la acera. Ansiaba llenarlo con su mirada, escudriñarlo con sus ojos, interrogarle con cada resquicio de sus pupilas. Chillarle un vistazo. Anhelaba acariciarle con un golpe de vista. Contemplarlo de forma lasciva, lujuriosa y ardiente. Suspiraba por tenerlo frente a ella y ejecutar una visión que despejara toda aquella noche. Toda aquella oscuridad. Ambicionaba la luz. Quería repudiar la penumbra.

Aquel rumor... aquel rumor la tenía aterrorizada. Le taladraba la mente una y otra vez. Persistente. Como el martillo percutor literario de un escritor reiterativo. La anadiplosis de la concatenación epifora. O la daga afilada de un soldado barroco que penetra, deslizándose, a través de las costillas indefensas, encontrando la muerte dormida en su interior. Ataque certero. Sangre coagulada. La mente libera el veneno que intoxica la razón. La nubla. La aclara. Locura imperecedera y permanente. No podía pensar en otra cosa. “Hay alguien en mi mente, pero no soy yo”. Nunca lo había visto tan claro. Tan definido. Tan nítido como entonces. Tan jodidamente transparente como en aquel negro fundido y opaco. Y de pronto aparecieron los dos faros. Su coche se acercaba. A Rosie le dio un vuelco el estómago. No pudo decir lo mismo de su alma, tan ausente como el sol, tan escondida como la cara oculta de la luna. Sintió un hormigueo en sus manos y aquel humo asfixiante dentro de su corazón que no la dejaba respirar. Codiciaba la luz, pero halló las tinieblas.

Salió al jardín en el momento en que el vehículo aparcaba junto a su puerta. Allí estaba su hombre. A la sombra de la oscuridad, parecía que llevaba puesto el traje de chaqueta de la muerte y su figura se confundía con la de un cadáver en el cadalso. Y entonces él la vio. La miró a los ojos y quedó paralizado. Ella le devolvió la mirada, gélida como aquella noche oscura, y supurándole el corazón, levantó la escopeta y le hizo una endoscopia de plomo. Rosie lo tenía todo planeado.

Me lo había contado todo como una autómata. Como un androide que tiene programado un guion previamente escrito, diseñado para actuar según las circunstancias y la situación. Me lo había contado con su mirada gélida, sin ningún atisbo de emoción. Sin ningún sentimiento. Lo más cálido que rezumó de sus labios fue el humo del cigarro que estaba fumando. Tampoco encontré un mínimo ápice de arrepentimiento en su tono, en sus palabras, en su declaración, como si de una rueda de prensa proyectada y dispuesta se tratara. Parecía que ella no había hecho nada, simplemente se encontraba allí, siendo testigo de lo ocurrido. Pensé que, tal vez, fue así. Que en ningún momento sabía lo que estaba haciendo. Que en realidad lo hizo otra mujer. Una del pasado. O de un presente prostituido, que no le pertenecía y de la que no era dueña. Por el contrario, sí supe que, a pesar del tono, de cómo me lo había contado, de la helada declaración que había desparramado por toda la habitación de forma automática y ausente, Rosie lo tenía todo planeado. Precisamente por eso, cuando todo acabo, todo dejó de estar planeado, y el resto se convirtió en una improvisación. ¿O quizás no había ocurrido nada y se lo había inventado?

Minutos antes reverberábamos a chorros de pasión por la habitación. Oleadas cárnicas de un vaivén de espasmos melódicos y rítmicos, se concentraban en el punto exacto en que convergían las líneas erógenas de nuestras vidas. Se habían encontrado nuestros mundos y estallaban en aquella pensión de carretera de mala muerte, pero paraíso mitológico de la Venus más interestelar. Convexo y cóncavo, el destino flexionaba nuestros deseos más ocultos. No había miedo. Ni terror. Solo transacción y contrabando de sexo, altruista, recíproco y retroalimentado. Ni luces de colores, ni psicosis de taxidermista con complejo de Edipo. Minutos antes nos quemábamos con la lava interna de nuestros infiernos en el séptimo cielo. No existía nada más. No había pasado ni futuro, solo presente intenso y placentero. Pero ya no era antes sino luego. Ella se había levantado, aún desnuda y húmeda. Sudando hedonismo. Y quise pensar que también satisfacción. Se había sentado en la silla, encendido un cigarrillo, colgado su mirada en la pared ocre frente a ella y descorrido la celosía invisible e imaginada de un confesionario. Luego vomitó sus pecados como yo las tablas de multiplicar ante la amenaza de perder la merienda. Y la infancia.

Se levantó y buscó su reflejo en el único espejo de la habitación. Yo estaba asediándome a preguntas y sucumbiendo a un mar de angustia. Me sentí incómodo y asfixiado. Inquieto y violento. Miré su espalda, cubierta parcialmente por su pelo rojizo, los hombros casi perfectos y los brazos. No podía verle la cara desde mi posición, pero a pesar del poco tiempo, podía haberla pintado con la precisión de Antonio López y la turbación de Eduardo Naranjo. Yo seguía acostado en la cama. En silencio. Vestido solo con un esmoquin de dudas. Fue en ese momento cuando se volvió, uniendo sus manos y una mirada particular. Con nostalgia. Melancolía. Tal vez, dolor. Ante mis ojos apareció una mujer completamente diferente. Me di cuenta que la estaba mirando por primer vez, que antes lo único que había hecho era perderme entre sus encantos guerreros, como la Red Sonja que sedujo y atrajo al bárbaro creado por Robert Howard. En su mirada seductora y sus labios rojos, dibujados el mismo día que los de Jessica Rabbit. Nada de eso aparecía ante mis ojos ahora. No existía rojo alguno, ni el de su pelo, ni el de sus labios. Ni siquiera el rojo pasión, el rojo de lo prohibido. La advertencia. Todo eran bucles dorados. Dorado. Color miel. No era la misma mujer que había tirado los muros de mi cordura, mostrándose como el paraíso inaccesible a los deseos carnales más profundos. En ese instante de suspensión, prendida en el tiempo como las imágenes congeladas de una fotografía, era más humana que nunca. Como la Magdalena que Donatello hiciera para el Baptisterio de Florencia hacia el 1455.

De la misma forma que la obra del genio renacentista, unía sus manos en actitud orante, como pidiendo perdón. Vestida con todos los pecados que había sufrido, creado y gozado a lo largo de su vida. Harapos de una conciencia deshilachada. Cavidades que albergan todos y cada uno de los miedos que ha visto, contemplado, sufrido y transmitido. Opacos. Plegados. Su mirada destilaba cansancio y agotamiento, pero también la melancolía de una vida consumida antes de tiempo. La nostalgia de una niña cercenada, arrojada de la infancia con la misma violencia con la que despertamos de un sueño y retornamos a una pesadilla que se repite. Una pesadilla real. Era una Magdalena diferente. No era la pecadora adúltera, liberada de los demonios por Jesús. No había libertad en ese punto exacto en que los minutos me estaban permitiendo deslizarme entre los pliegues del tiempo y contemplar la verdad. Estaba atrapado. No. No aún no lo estaba. Estaba en el gerundio mismo del verbo: estaba atrapándome. No pertenecía a ningún evangelio, ni siquiera a esa leyenda áurea censurada por la Contrarreforma. Esta deliciosa Magdalena no se arrepentía. Y tampoco era libre. Portaba en todos y cada uno de los entresijos que formaban su descarnada vestimenta la historia de hombres a la deriva que habían naufragado en aquellos labios cortados, agrietados, secos por la penitencia que, al contrario de padecer, había disfrutado y gozado. Jamás sería libre de aquellas ataduras. Estaba condenada por el resto de su existencia a vivir junto a su locura, a su tristeza, a su salvaje cautiverio alienado, a su exilio del mundo racional, a aquella melancolía que se derretía por sus ojos. Sin apenas dientes, engullía a los hombres de la misma forma que se tragaba los designios que la vida le había puesto en su camino. Vivía en el infierno y coleccionaba maldiciones herejes y vidas ajenas. Había saboreado el fuego de la perdición. Había conocido las profundidades más negras de la humanidad. Del ser humano. La visión que tenía ante mis ojos era el fracasado intento por purgar los errores y faltas como una ermitaña indómita, el malogrado y frustrado objetivo de curarse las penas. Se alimentaba de la pasión desbordada. Estaba erosionada y desgastada por las mismas almas que consumía y la unión eterna con el averno. La demencia la hundía al abismo y resurgía portadora de un juicio lunático.

Pero en ese momento, era humana. Más humana que nunca. Vi el miedo en su mirada. Vi que estaba cansada. La vi suplicar en el barranco de sus ojos. Vi el arrepentimiento. Un fugaz, efímero y breve destello que desapareció con la misma rapidez que mi sensatez. Me di cuenta en ese mismo instante. En ese nanosegundo en que las fallas temporales chocan y la realidad deja de ser subjetiva para convertirse en una idea. Para convertirse en una verdad. La absoluta. La que prevalece. La que impone el castigo de la razón. Nunca volvería a verlo tan claro como entonces. Sabía que estaba condenado. Como ella, me inundaría de pecado, me sumergiría hasta el fondo del pozo más negro. El amor como castigo. El amor como sentencia. Había entrado en su interior y ahora no podría salir. Quería beber petróleo y respirar humo. Ya no existía Rosie. Era la galería de las ilusiones. El trampantojo barroco. Había contemplado el horror y me había gustado. Había tocado el retrato de Dorian Grey y me había seducido.

No me arrepiento de haberme dejado llevar por sus encantos. Incluso en este preciso instante en que recojo mis recuerdos, esparcidos por la habitación. No negaré que tuve miedo, pero mayor fue el placer de haber sucumbido a la diosa del tártaro y rezumar entre sus placeres más prohibidos, carnales y espirituales. Incluso ahora, que intento tragarme la sangre, que procuro no ahogarme con la vida, me arrepiento de nada. Incluso podría decir que disfruté cuando sentí cómo sus ojos se llenaban de felicidad al atravesarme el vientre con aquel cuchillo. Pude sentir un gemido de placer. Pude escuchar cómo aquella voz le hablaba desde dentro. Cómo se hacía más pesado aquel trapo harapiento lleno de pecados, almas y remordimiento. Ni siquiera ahora, que no soy, cambiaría ninguna de sus caricias, ninguno de sus besos, ni el luto de su alma por la luz que le faltó a mi juicio. Ya no era Rosie, era aquella penitente sin salvación. Mi Magdalena. Mi veneno. Mi sentencia de muerte. Mi final.


Relato de Ramsés Torres García
Escultura de María Magdalena, Penitente; Donatello









miércoles, 11 de marzo de 2020

Hoy no preciso nada

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Hoy no preciso nada,
ni la pasión que incendia las batallas,
ni el epitafio que rematará mis días,
ni la fuerza depredadora de las fieras,
ni un arroyo de luces
que adornen mis horas bajas,
ni un cementerio para mis enemigos,
ni mil afluentes de rabia,
ni elíseos de ninfas aladas,
tanto te quiero.


Poema de Dicha y resurrección, José Cuadrado Morales
Imagen de Javier Infante


lunes, 9 de marzo de 2020

La estafa y el arte (V)

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ENCARGO

Mi primer cliente quería una metáfora de lilas. Una boda de cretas tras un palacio bonito.
Un cuadro de lejos que abriera bocas
desde el umbral del pasillo.
El cliente quería un sopapo de irrealidad que yo no sabía hacer.


Texto e ilustración Garven

sábado, 7 de marzo de 2020

jueves, 5 de marzo de 2020

P o l i l l a

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Has estado leyendo a Byron. Has marcado los párrafos en los que parece haber cierta aprobación de tu carácter. Veo marcas en todas las frases que parecen revelar una naturaleza sarcástica pero apasionada, un ímpetu parecido al de la polilla que se lanza sin vacilar contra la dureza del vidrio.


Fragmento de Las Olas de Virginia Woolf
Imagen de Pixabay

martes, 3 de marzo de 2020

Stanley William Hayter

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Stanley William Hayter pintor y grabador Británico, que creó el taller “Atelier 17” en 1927 en París donde daba clases de grabado, inventó el proceso de Roll-up que consiste en combinar niveles de profundidad de mordido con entintados a rodillo, variando la viscosidad de la tinta y la dureza de los rodillos. Le da un gran valor al efecto matérico creado por los diversos colores y por los relieves.


Texto de Saray Pavón
Estampas de Stanley William Hayter 

lunes, 2 de marzo de 2020

La estafa y el arte (IV)

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Recuerdo cierto día en la escuela, durante una lección de ciencias la profesora nos dijo que nada salía del globo terráqueo; es decir, que nuestros cuerpos yacentes; nuestros fluidos y secreciones; nuestros huesos hechos polvo por los siglos; nuestras volátiles cenizas, incluso nuestros recuerdos quedarán en la Tierra. Nada desaparece y todo se transforma, pero aquí dentro. De aquí no sale ni dios.
Sentí una honda tristeza y miré al cielo a través de la ventana, con nostalgia de preso condenado a cadena perpetua.


Texto e ilustración Garven