domingo, 19 de mayo de 2019

viernes, 17 de mayo de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 9: El Valle Inquietante

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El cocinero y la mecánica corrieron hacia ningún sitio, pues el homínido custodiaba la única puerta de la sala. Se ocultaron tras una fila de taquillas y esperaron, atrapados a su merced.

– Vaya una forma de morir – susurró Palmer. Por primera vez en mucho tiempo volvía a saber lo que era el miedo, y no le gustaba. Estaba empezando a hiperventilar. Se habría desmayado si April no hubiera tomado las riendas, sorprendiéndolo.

– Cálmate, ¿vale? No vamos a morir. Creo que puedo engañarlo para que suelte su arma. Cuando esté distraído, tú lo inmovilizas y yo te ayudo.

– ¿Qué? ¿Cómo vas a hacerlo? Ni siquiera conoces su idioma.

– Por favor, Palmer – dijo guiñándole un ojo –. ¿Cuándo he necesitado palabras para entenderme con alguien?

De repente surgía un rayo de esperanza. Además de la mecánica de la nave, April 9213 era un modelo básico de placer. Estaba programada para satisfacer a cualquier miembro de la tripulación que solicitara sus servicios. Incluso contaba con un accesorio retráctil para ejercer funciones sexuales masculinas, en el caso de que fuera necesario. Pero el único que hacía pasar a la androide a su camarote era el capitán Harris, y con bastante asiduidad.

Aunque Palmer le recomendó que no lo hiciera, April salió de su escondite muy despacio, con las manos a la vista para que el cavernícola viera que no suponía ninguna amenaza. Caminó lenta y sensualmente hacia él, deteniéndose a un par de metros. Mientras emitía un leve gemido agarró la parte baja de su camiseta y tiró de ella hacia arriba, quitándosela. El salvaje permaneció inmóvil; su mirada denotaba cierto interés. Ella continuó despojándose de su ropa mientras le dedicaba una sonrisa de complicidad a su objetivo masculino. Éste se mostraba cada vez más tranquilo, y parecía que poco a poco abandonara la idea de seguir matando. Tal vez podrían pasarlo bien juntos.

April se quitó las botas. No quiso lanzarlas muy lejos, como solía hacer cuando llevaba a cabo su protocolo de seducción, para no alterar el ambiente de calma que estaba consiguiendo con aquel improvisado striptease. Por último, dejó caer sus pantalones. Una hembra hermosa, desnuda, limpia y dispuesta. ¿Qué macho podía resistirse?

La androide dirigió una fugaz mirada al bulto que se acababa de formar bajo aquel taparrabos. Había mordido el anzuelo, aunque parecía un poco tímido. Para ayudarlo, se le acercó lentamente, sonriendo y mirándolo con lujuria. Cuando sólo faltaba un paso para que lo alcanzara fue él quien se adelantó. Sin soltar su lanza la rodeó con el brazo que tenía libre y la apretó contra sí. Tras el gesto, April dejó escapar una fugaz risa, fingiendo nerviosismo y excitación. Él también sonreía. Lo tenía en el bote. Todo iba bien cuando, de repente, la libido se esfumó.

El homínido había dado claras muestras de estar gustándole lo que veía, hasta que en la entrepierna de androide empezó a asomar algo que no debería estar ahí. El golpe que había sufrido al tirar de Palmer para esconderse había desconfigurado sus funciones sexuales, activando por defecto su accesorio masculino, recientemente utilizado por el capitán Harris. Cuando fue consciente de ello ya era tarde para ocultar aquella desconcertante sorpresa.

Furioso, el salvaje agarró a April por el cuello, alzó su lanza y le atravesó el pecho con ella, abriendo una herida de la que emanaban chispas en lugar de sangre. Aquello sólo le dio motivos para tirar al suelo a la androide y seguir destrozándola. Palmer salió entonces de su escondite y atacó al cazador con el cuchillo que portaba, pero éste consiguió esquivarlo sufriendo sólo un rasguño en el brazo. El cocinero lo intentó por segunda vez y de un manotazo el arma blanca salió disparada hacia el interior de la sala. No estaba dispuesto a volver a esconderse allí; no ahora que estaba tan cerca de la puerta. Prefirió retirarse y echar a correr por los pasillos, tan aprisa como pudo y sin mirar atrás.


Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre

jueves, 16 de mayo de 2019

martes, 14 de mayo de 2019

Camino a casa

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Me he sorprendido hablando solo,
tratando de distinguir lo ficticio de los hechos.
Escuchando quizás, las risas en felices vientos,
con niños y sus tardes, en gloria y melancolía,
simples ondulaciones en la falda de mi madre,
ahora ecos en ese universo de arena,
que poco a poco, lo va borrando el viento.

Me he sorprendido andando, tan solo y resquebrajado
por sobre las mismas orillas, una y otra vez,
recordando tristezas, meditándolas en el camino,
consolándome al andar hablándole a mis penas.
Enterrando mis alegrías. Dejándolas en el olvido.

Me he sorprendido mirando al piso en cada paso que doy,
dentro de ese final que ya no es más mi final.
El hombre: Vano remedo de la desintegración.
Yo: Jamás altivo y siempre consciente,
pensando cautivo: “Lo finito es humillación…”

Me he sorprendido confesando en lucubraciones:
"¡Caprichosa la vida…! ¡Que ingrata la amistad…!
Todo se pierde y todo se va…
Soñando en un campo…
¿Moriré al despertar…?”

Al final, nada queda, salvo tristes vestigios
de lo que alguna vez fui en mi andar.
Al final nada queda, salvo el camino a casa,
que aquella noche, me regalo este pensar.

Texto de Luis Morales
Foto de Patricia Reisman

domingo, 12 de mayo de 2019

Perfeccionismo

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Amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño.
Joaquín Sabina
Es enternecedor
ese esmero tan tuyo
en lograr la excelencia del destrozo
sin una concesión a la chapuza;
ese don especial
de llamar a las cosas por su nombre.

Se trata
de no dejar resquicio a la esperanza
ni piedra sobre piedra;
de matar los recuerdos,
no vaya a ser que alguno fuera hermoso
y nos traiga de pronto
un instante de duda inoportuno.

Me lo dijiste
con esa forma tuya de mirarme
y esa necesidad de hacerme daño.

Con ese virtuosismo que despliegas
solo para alcanzar
la máxima expresión de la derrota.

Poesía de Ana Montojo
Imagen de Pixabay


viernes, 10 de mayo de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 8: Error Fatal

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Anteriormente en El Cazador De Dioses...


El grupo de Palmer se movía por la nave de forma no muy diferente a como lo hacía el de Clark. Después de que April asegurara el cierre de la sala de carga, exploraron la zona en busca de supervivientes. Grijalba estaba aterrado, no paraba de sudar, pero seguía adelante a pesar de todo. Ayudaría a su amigo a encontrar a Tyagi, o al menos estaría con él cuando no tuviera más remedio que asumir lo peor, que era lo más probable. Lewis habló a través del comunicador, pegándole un pequeño susto.

– Palmer, ¿estáis bien?

– Sí – le respondió el cocinero en voz baja. – Aún no hemos encontrado nada.
    – Nosotros acabamos de sufrir un ataque. Onatopp ha muerto, y también hemos visto el cadáver de Kruger. Tened cuidado con el cavernícola, se ha hecho una lanza con una tubería de hierro y un trozo de cristal.

– Mierda. Recibido.

Grijalba detuvo a Palmer posándole una mano sobre su hombro. Había sentido algo. Una respiración, pero no una cualquiera. Era más salvaje, más primitiva. Consiguió localizar su origen: la sala de las taquillas. Seguramente, el salvaje había ido allí a husmear entre sus cosas y aprender de aquellos a los que consideraba enemigos. El encargado de la limpieza se lo imaginaba olfateando su ropa interior, y se adelantó a sus compañeros blandiendo el cuchillo. Pasara lo que pasara, aquel desgraciado iba a llevarse una buena puñalada. El cazador cazado.

Sus compañeros intentaron detenerlo negando con la cabeza y las manos, procurando no hacer ruido, pero no percibió sus gestos o no quiso hacerlo, presa del ansia. Entró corriendo en la sala, lo más sigilosamente que pudo, y atacó con su cuchillo. Palmer y April oyeron un rugido de dolor, pero no sonaba como cabía esperar. Era demasiado grave para haber sido emitido por un ser humano, ni siquiera por uno del pleistoceno.

¡Hostia puta! – exclamó Grijalba – Lo siento mucho, tío. De verdad. Lo siento...

El cuchillo cayó al suelo. El cocinero y la mecánica entraron corriendo y encontraron a G-Carl herido de gravedad.

Milagrosamente, el hipergorila se había salvado cuando el cavernícola reventó la ventanilla de la sala de carga, disparándose a sí mismo con su pistola gravitacional para lanzarse lo más lejos que pudiera, y después agarrándose aquí y allá con su fuerza animal, trepando horizontalmente. Logró salir de allí justo antes de que se sellara la puerta. No pudo ayudar a nadie más, todos fueron succionados por la ventanilla y escupidos al espacio exterior. Después se escondió cerca, en la sala de las taquillas. Intentó contactar con sus compañeros, pero su comunicador de muñeca resultó dañado durante la descompresión. Además, aún tenía que recuperar el aliento, ya que un disparo de pistola gravitacional a quemarropa no era mortal, pero sí muy doloroso. Un pitido le taladraba los tímpanos desde que usó el arma contra sí mismo y, aunque ya empezaba a disiparse, aquello le impidió sentir la presencia de sus compañeros cuando se le acercaban sigilosamente. Se disponía a coger un fusil letal y dar caza a aquel desgraciado al que nunca debieron rescatar del hielo, pero antes de que le diera tiempo a introducir el primer dígito en la clave de seguridad de su taquilla, fue atacado a traición por el homo sapiens que no se esperaba.

Grijalba perdió los nervios y se puso a gritar, maldiciéndose a sí mismo. April y Palmer atendieron al herido. El cocinero le preguntó por Tyagi, pero el G-Carl no estaba en condiciones de hablar. Dos regueros de sangre caían por las comisuras de sus labios. La única respuesta que pudo darle antes de morir fue una negación con la cabeza. Para su desgracia, Palmer comprendió perfectamente el significado de aquel gesto. Nadie más de su grupo había sobrevivido. Quedaban cinco tripulantes: los dos pilotos y ellos tres. Dos, mejor dicho.

Algo sanguinolento asomó por el pecho del encargado de limpieza, reventando su caja torácica. Un fragmento de cristal grueso y puntiagudo. Por fin había encontrado al cavernícola, aunque no de la forma que le hubiera gustado. Grijalba miró al suelo antes de desplomarse sobre él, vio las manchas de sangre y pensó «menos mal que no voy a ser yo quien limpie todo esto».
April se levantó y tiró de Palmer para ayudarle a incorporarse, perdiendo ella el equilibrio y chocándose contra una taquilla. Cualquier ser humano habría perdido el sentido con semejante golpe, pero ella estaba hecha de otro material.

Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre


miércoles, 8 de mayo de 2019

Entrevista a Emma J. Bach

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Más que una entrevista, esto es una especie de interrogatorio. No por violento o porque nuestra invitada tenga antecedentes (creemos que no), sino porque su timidez a veces obliga a sonsacarle información. Eso me recuerda a alguien…

Parca en palabras, pero fértil en imaginación, hoy se limpia los pies en nuestro felpudo Emma García Álvarez, conocida en la parte baja de sus lienzos y papeles de diferentes gramajes y texturas como Emma J. Bach. Una joven estudiante de Bellas Artes afincada en La Laguna, Tenerife


La i Crítica – Antes que nada, espero que te estés portando bien. ¿Cómo llevas y cuánto te queda para terminar la carrera?

Emma J. Bach – La carrera está bien. Estoy en 2º , así que eso hacen... ¡dos años para acabar! Sin embargo, me gustaría seguir estudiando después. Si las circunstancias me lo permiten, preferiblemente en el extranjero.

LiC – Ya podemos empezar en serio. ¿Qué se rompió dentro de tu cabeza para plasmar todas esas ideas locas en tus obras?

EJB – Me atrae mucho la idea de un surrealismo “realista”. Algo que pueda hacer de la fantasía absurda o de los sueños extraños algo visible y palpable. Actualmente sólo soy una estudiante, por lo que creo que mi estilo personal no está muy definido todavía, y estoy explorando en su búsqueda. Uno de mis objetivos es utilizar tanto métodos académicos y tradicionales como otros más conceptuales y no convencionales, pero me queda un largo camino para aprender. También pueden influir en mis obras mis “objetos fetiche” del momento; no necesito una razón para plasmarlos, simplemente me gustan mucho estéticamente hablando.

Ahora mismo diría que son los farolillos de papel y las latas de refresco.

LiC – Sabemos que también tocas la batería en Metrayer, una banda local bastante burra. ¿Qué se rompió dentro de tu cabeza para querer aporrear tambores?

EJB – Mi pobre cabeza parece no estar muy bien... pero desde que era niña siempre me llamó la atención la batería. Eso y gracias a mi hermano mayor que también es músico, hizo que ganara interés en la música. Desde los 7 hasta los 10 años estuve aprendiendo piano, a los 11-12 probé la guitarra sin éxito... Y durante años, cada Navidad les pedía a mis padres una batería, medio de coña medio no, hasta que cuando tenía 13 años por fin me la regalaron. Le sigo sacando provecho hoy en día.

LiC – Dejemos de romper tu cabeza por un momento. ¿Cómo haces para compaginar estudios, tus propias obras ajenas a la facultad y el trabajo tras el kit con tu vida diaria de outsider?

EJB – Diciéndolo así, parece que hasta tengo una vida ocupada... Pero soy una estudiante de universidad. Poco fiestera, además. Cuando no estoy creando cosas en general, probablemente estoy durmiendo, jugando a videojuegos o leyendo. También me gusta aprender idiomas, ahora mismo estoy con japonés y en un futuro, algo de coreano y chino. Normalmente salgo para ir a clase y para ensayar con mi grupo. Otras veces también, para ver la luz del sol.

LiC – ¿Te has atrevido con alguna otra disciplina como la escultura o la talla?

EJB – El mundo del modelado me llama la atención hasta cierto punto... Pero la escultura en sí, no tanto. Soy demasiado simple como para crear formas y texturas únicamente, sin plasmar ninguna figura. Aunque tengo muchas ganas de probar grabado en 3º de carrera.

LiC – Dicen que el que es artista lo es para todo. ¿Cómo te llevas con la literatura? ¿Qué lees? ¿Qué escribes?

EJB – Me gusta la literatura. Echo mucho de menos estudiarla en el instituto. Me atrae sobre todo en inglés, de literatura española no estoy muy al tanto. Lo mismo me pasa a la hora de escribir. Leo mayormente novelas, pero casi siempre escribo poemas. Últimamente estoy muy enganchada a Haruki Murakami. Sé que llego tarde, pero Kafka en la orilla es definitivamente uno de mis libros favoritos. También me encantan Neil Gaiman, Terry Pratchett y Oscar Wilde. Respecto a la poesía, Shakespeare es increíble, obviamente. También me entusiasman Keats, Poe, Wilfred Owen, Alfred Tennyson, o si nos ponemos más contemporáneos, Savannah Brown. En algún futuro me encantaría publicar un poemario ilustrado por mí misma.

LiC – Tenemos un colaborador (Ramsés Torres, un crack) que escribe historias o relatos a partir de pinturas o esculturas. ¿Te gustaría que algún día alguien (por no enmarronarlo sin consultar) lo hiciera con alguna de tus obras?

EJB – ¡Claro! Sería muy emocionante leerlo. Siempre intento que mis obras den lugar a relatos que se pueda imaginar el espectador.

LiC – Veamos tu relación con Historia del Arte. Si pudieses viajar atrás en el tiempo ¿a qué pintor matarías por placer y a qué otro para tomar su lugar?

EJB – Matar... es un poco fuerte, ¿no? No se me ocurre un artista que me guste tan poco. Todo arte tiene su contexto y se puede apreciar dentro de éste. Pero me encantaría reemplazar a Vermeer. Me gusta muchísimo. Aunque no pinto como él ni en sueños.

LiC – Lo mismo pero con un baterista.

EJB – Aunque suene típico... mataría por placer a Lars Ulrich. No quiero ofender, pero lo siento. Me parece que con todos esos años de carrera debería ser mucho mejor baterista de lo que es. Reemplazaría a Gene Hoglan, aunque preferiría que me diera par de clases buenas antes.

LiC – No sé si has visto Big Eyes o si conoces la historia detrás de la peli. ¿Cómo reaccionarías si quisieran aprovecharse de tu talento?

EJB – No he visto la peli (me la apunto). Según la sinopsis, trata de una mujer artista cuyo marido se apropiaba su autoría y méritos. Esa era la realidad para las mujeres hasta hace poco, es muy chocante pensar que me pudiera ocurrir eso en aquel entonces, y por culpa de ello no tenemos constancia de muchas excepcionales a lo largo de la historia. A ningún artista le gusta que se apropien su obra, y siendo mujer, menos aún por un motivo sexista.

LiC – ¿Cómo te ves dentro de unos años? ¿Creando las portadas de tus propios discos? ¿Poniendo música a tus exposiciones de arte? ¿Diseñando parches personalizados? Patente en trámite.

EJB – Me intimida un poco el futuro, como a todo el mundo a mi edad, supongo. Solo sé que seguiré trabajando mucho y esforzándome en todos mis campos mientras veo qué cosas van dando fruto. De ahí iré tomando decisiones. Pero no me gustaría nada tener que elegir un solo camino que seguir; me gustaría explotar hasta cierto punto todas mis facetas creativas.

LiC – Sé ególatra. Recomiéndanos una de tus obras y déjanosla un rato para que la coloquemos en la revista.

EJB – La obra que más suele gustar a la gente es de Lavender, un autorretrato y estudio de mi propia anatomía.
Aunque a mí me atrae especialmente una que hice hace muy poco, Eyes behind the wall.

LiC – La prueba final: despídete y dinos dónde y por qué admirar y/o adquirir tus obras.

EJB – ¡Muchas gracias por la entrevista! Ha sido un placer. Estoy activa en Facebook como Emma J. Bach y en Instagram como @emmajanebach. Se puede consultar sobre adquisición a través de estas páginas, por medio de un mensaje. Admirarlas o adquirirlas, eso lo dejo a juicio de cada uno.

Una entrevista de A. Moreno

lunes, 6 de mayo de 2019

Galveston

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2015-03-11 05.39.40-ha editado
Es una interesante novela de Nic Pizzolatto con un toque ácido, irónico y estimulante al estilo de Chuck Palahniuk (en Asfixia) y Amélie Nothomb (en Diario de Golondrina, por ejemplo). En ella nos encontraremos con un giro radical en la vida de Roy Cady: el cáncer lo devora por dentro. Ese motivo, la cornamenta que pasea gracias a su novia y la sospecha de que su jefe quiere quitárselo de encima harán que pase de matón profesional a fugitivo. A su huida se le sumará una joven desamparada (la desolación a veces despierta compasión) pese a que "La primera y más útil regla en la cárcel es que te cargas con tu condena, no con la de los demás". Galveston te mantendrá con el corazón acelerado como una batidora.

Espero que si hacen una película escojan a Matthew McConaughey como protagonista que en True Detective, también de Nic, me dejó cautivada.

Fotografía y reseña: Saray Pavón


sábado, 4 de mayo de 2019

Los ángeles de la prisa

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Espíritus de seis alas,
seis espíritus pajizos,
me empujaban.

Seis ascuas.

Acelerado aire era mi sueño
por las aparecidas esperanzas
de los rápidos giros de los cielos,
de los veloces, espirales pueblos,
rodadoras montañas,
raudos mares, riberas, ríos, yermos.

Me empujaban.

Enemiga era la tierra,
porque huía.
Enemigo el cielo,
porque no paraba.
Y tú, mar,
y tú, fuego,
y tú,
acelerado aire de mi sueño.

Seis ascuas,
oculto el nombre y las caras,
empujándome de prisa.

¡Paradme!
Nada.
¡Paradme todo, un momento!
Nada.

No querían
que yo me parara en nada.


Poema de Rafael Alberti
Imagen de Pixabay



viernes, 3 de mayo de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 7: Recorte de Personal

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Anteriormente en El Cazador De Dioses...


Lo que quedaba de la tripulación de la Thaddeus se movilizó, dividida en dos grupos. Tras despedirse del cocinero, la androide y el encargado de limpieza, los pilotos y la técnica de comunicaciones emprendieron su marcha. No tardaron en encontrar el cadáver del agente de seguridad humano. Su arma estaba tirada por ahí, pero sólo tenía una carga que ya había sido disparada, así que no podían usarla. A pesar de que una vez se propasó con ella, Onatopp sentía algo de lástima. De haber sabido que era sobrina de Iván Pietrovich, seguramente Kruger jamás se habría atrevido a tirarle los tejos. Su tío era un alto cargo de la compañía, apodado por sus subordinados como “Ivan el Terrible”. Era un mote que le hacía justicia. Tanto, que en lugar de presumir de su parentesco para ganar respeto a bordo de la Thaddeus, la técnica de comunicaciones hacía todo lo posible por ocultarlo.

A Clark también le afectó ver al grandullón de Kruger abatido de esa forma, pero por motivos distintos. Mientras avanzaban con sigilo hacia el puente de mando, ella intentaba prestar atención a cualquier sonido extraño, sin lograr evitar que la cabeza se le fuera a otra parte. Concretamente, al rincón de casa donde guardaba su pistola gravitacional. No estaba permitida a bordo de la nave, aunque tampoco lo estaba en la academia de pilotos, y eso no le impidió llevársela para esquivar las habituales novatadas de sus compañeros. Fue allí a sacarse el título, no a que le tocaran las narices. Seguramente el arma no les salvaría la vida a todos, pero al menos la habría hecho sentirse mucho más segura. Lo suficiente como para no darle tantas vueltas a un asunto. Quería que, por si acaso, su compañero en la cama y a los mandos de la nave supiera algo.

– Scott – dijo en voz baja –. Sé que no es el momento, pero a estas alturas tú eres un piloto tan válido como yo, así que deja de pensar que eres menos importante. Si me pasara algo, los demás dependerían de ti.

Antes de continuar en silencio, los pilotos se sonrieron mutuamente y se besaron. Al verlo, Onatopp no pudo disimular una expresión de fastidio. Lo cierto es que no era culpa de sus compañeros, y ella lo sabía. Cuando, a petición de su madre, su tío le consiguió el puesto de técnica de comunicaciones, le aseguró que aunque no tuviera el título, si se esmeraba y aprendía de Clark, convirtiéndose en su mano derecha, podía acabar ejerciendo de copiloto, incrementando su salario.

Desde su cómodo despacho en la sede de Nuevo Edén, Pietrovich ignoraba las necesidades de los empleados que trabajaban sobre el terreno, así como sus condiciones. Por eso, desconocía que la nave ya tuviera un copiloto o, si lo sabía, pretendía que su sobrina peleara por arrebatarle el puesto, lo cual era lo más probable. ¿Para qué pagar dos salarios pudiendo unificar ambas funciones en una sola empleada, que además por ser de la familia no emprendería acciones sindicales?

Onatopp, por supuesto, se resistía a usurparle a Lewis el asiento de copiloto, y no sólo por convicciones morales. Desde el primer día todos sus compañeros habían sido amables con ella, y en el puente de mando había un ambiente de trabajo bastante bueno que desaparecería con Lewis. Sobre todo si Clark descubría el asunto de Pietrovich.

Pero por otro lado, a Onatopp le aterraba la idea de recibir otro de los sermones por no esforzarse lo suficiente a los que su madre la tenía acostumbrada, y sabía que eso era exactamente lo que ocurriría si su tío la informaba negativamente de su rendimiento en la Thaddeus. Por eso, ver tan compenetrada a la pareja de pilotos no hacía más que avivar el fuego de su conflicto interno.

– Vamos, tortolitos. Reservaos para cuando estemos en el puuaaaaaah... – «En el puente de mando», eso era lo que Onatopp se disponía a decirles, hasta que algo la interrumpió. Algo punzante. Al menos, así su madre se arrepentiría de haber movido los hilos para que ella acabara allí.

Clark se horrorizó al ver a su compañera ensartada. Generando aquella pequeña distracción había obsequiado al cazador con una nueva presa. Lewis intentó atacar, pero recibió un golpe después de que el cavernícola recuperara su improvisada lanza y se defendiera con ella, aturdiéndolo. Para cuando Clark reaccionó, de forma casi automática la criatura había regresado a la nada de la que salió.

Tras aquello, el pulso siempre firme de la piloto se vio comprometido, haciendo que la mano con la que sostenía el cuchillo temblara de puro terror, mientras vigilaba la puerta por la que había desaparecido el salvaje. Algo agarró su tobillo, sobresaltándola. Era Lewis.

– ¿Se ha ido? – preguntó mientras buscaba sus gafas, que habían salido disparadas.

– Creo que sí, pero se ha cargado a Valeria.

– Lo sé. Hijo de puta... Vámonos antes de que vuelva, ya casi hemos llegado.

Clark ayudó a Lewis a levantarse y reanudaron el camino hacia el puente de mando, donde esperaban sentirse a salvo de más ataques sorpresa.


Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre


jueves, 2 de mayo de 2019

Game Over

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En el salón de su casa, un crío de nueve años acaricia ensimismado los botones de su mando analógico e inalámbrico. La edad es escasa, pero la soltura es impresionante; la precisión, impecable. Su madre no se lo pensó dos veces antes de regalarle aquel violento juego en el que la estrategia de guerra y las crueles nubes rosas estaban tan presentes. Solo disponible para X Station, reza la cubierta; +18, se resalta en rojo.

Mientras la madre discurre frente a los fogones, el insensible crío visualiza la escena. Azotea poco iluminada, calles tranquilas, la anterior fase en guerra abierta queda atrás en su memoria. Pasa a la visión subjetiva y observa la puerta de un restaurante. Se le abre el apetito, el dulce aroma que proviene de la cocina alcanza su pituitaria y siente hambre, pero el juego es adictivo. Si consigue eliminar al objetivo desbloqueará nuevas opciones para la próxima partida. En el tráiler del juego aparece el heroico protagonista asestando certeros balazos de 15 mm en las sienes de diversos caciques y dictadores militares. El laureado francotirador de la saga se hace viejo, pero parece que la edad no pasa por su atlético y fibroso cuerpo. La resolución es apabullante, la consola de tercera generación consigue un “excelente” en el apartado gráfico del análisis en la revista Supergame. El juego es realista, demasiado. Demasiado para un niño. Pero él disfruta de esos momentos previos a la cena. De pronto, su madre, con voz firme pero no autoritaria, exclama desde la cocina que la cena está lista. Voz en grito, pulsa el botón de pausa y da un salto desde el sillón.

Fundido en negro

Todo vuelve a la normalidad.

En la azotea de un alto edificio un soldado despierta de su absorta ensoñación al sentir el frío cañón de un rifle enemigo en la nuca. El francotirador hubiera deseado estar hecho de píxeles y polígonos.

Texto y fotomontaje de A. Moreno
Imágenes extraídas de Pixabay