miércoles, 24 de abril de 2019

Ahora...

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Ahora lo entiendo todo.
Es más fácil esconderse tras la cámara,
ser una fotografía,
la realidad que quieres.
Vivir la vida como si fuese una película
y no exponerse
a los sentimientos.
Medir las palabras
en píxeles abiertos
o cerrados que juegan
a la ruleta rusa.
Ahora lo entiendo todo
y, por eso, marcho.

lunes, 22 de abril de 2019

Mi País

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Un teléfono arrancado,
un coche celular que frena, me mira
y vuelve a acelerar,
restos de una barricada ardiendo,
los semáforos como muertos puestos de pie,
este frío
que casi impide
respirar:
              ésa es
la inhóspita geografía
que he atravesado esta noche
para llegar hasta ti.

Tu piel,
mi país: donde el sol
se quedó a vivir.


Poema de Karmelo C. Iribarren
Imagen de Pixabay

viernes, 19 de abril de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 5: La Caza

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Anteriormente en El Cazador De Dioses...


El resto de los tripulantes debatía qué debían hacer después de que, con cierta preocupación, April les informara de las anomalías que había detectado el sistema de la nave en la sala de carga. Era evidente que allí estaba pasando algo. Intentaron contactar con el capitán, la paleontóloga y el hipergorila, pero ninguno respondía.

– De acuerdo – intervino finalmente Kruger –. La compañía me paga por proteger vuestros culos, y eso es lo que voy a hacer.

Para la sorpresa de Palmer, el agente de seguridad se volvió hacia él.

– ¿Qué te parece si somos amigos durante un rato? Necesito que traigas tus mejores cuchillos. Escoged el que más os guste para defenderos y seguidme. Iremos al puente de mando. Quiero que os encerréis allí mientras yo aseguro la nave, busco a los demás y atrapo a ese cavernícola, si es que anda suelto.

– Iré contigo – agregó April –. Tengo nociones de primeros auxilios, puede que me necesites. Además, he de comprobar que la sala despresurizada esté sellada correctamente.

Kruger estuvo de acuerdo y ordenó al grupo que se preparara para emprender la marcha. Pero cuando estaban a punto de hacerlo, el ex-militar se detuvo en seco. Había visto algo. Una silueta rojiza, como todo lo que captaba su sensor de movimiento, que se correspondía con la de alguien que corría armado con una lanza.

– ¡Volved atrás, rápido! – exclamó en voz baja. Todos obedecieron y regresaron al comedor. Sin pensárselo dos veces, el agente de seguridad se adentró en los pasillos para dar caza al homínido. Si quería atraparlo no tenía tiempo de pasar por las taquillas para coger un arma de munición letal, pero su puño biónico y su pistola gravitacional deberían bastar para reducir a ese melenudo en taparrabos. Por si acaso, se le ocurrió una forma de que la caza fuera aún más sencilla, así acabaría antes.

– April, apaga las luces – le susurró a su comunicador de pulsera. Un instante después, la nave quedó sumida en la oscuridad. Fue entonces cuando activó su visión de infrarrojos, y, aprovechando que nadie podía verlo, esbozó una sonrisa perversa. Había ganado la pelea antes de que empezara.

No tardó en encontrar al homínido con cara de pasmado, examinando la luz amarilla que emitía algún interruptor. Debía ser lo único que podía ver en la negrura. Kruger se fijó en la lanza que llevaba, estaba hecha con un trozo de cristal atado a una tubería. Ingenioso, pero de nada serviría contra su pistola gravitacional. Apuntó a aquel pobre diablo y, un segundo antes de apretar el gatillo, el cavernícola se escondió tras una esquina, haciéndole fallar el tiro. El agente de seguridad se había confiado demasiado. Su presa estaba ciega, no sorda, y puede que el interruptor de la pared no fuera lo único que viera. La maldita luz de su ojo artificial delataba su posición. Aún así, la oscuridad seguía dándole ventaja. Se le había escapado una vez, pero a ciegas no podría ir muy lejos.

Kruger caminó lentamente hacia el lugar por donde había desaparecido el escurridizo cavernícola, procurando que sus pesadas botas sonaran lo menos posible contra el metal del suelo, aunque era difícil. El disparo gravitacional había abollado la pared de la nave, y sin duda el estruendo generado sepultó las pisadas descalzas del cavernícola dándose a la fuga. O eso pensaba Kruger cuando giró aquella esquina. Lo último que imaginaba era que encontraría a su presa tan cerca, esperándolo pacientemente para atacar. La punta de la lanza fue directa a su ojo artificial, anulando su visión de infrarrojos y dejándolo momentáneamente ciego.

– ¡April, luces! – gritó con la esperanza de que la androide lo oyera desde la cocina. Se alegró de que así fuera, aunque eso no lo ayudó demasiado. El cabrón era rápido, y en cuanto volvió a ver reanudó su ataque. Kruger se protegió con su brazo de metal, así que el homínido buscó el que parecía ser su punto débil.

De nuevo, el agente de seguridad recibió una lanzada en la cara. A diferencia de como sucedió con el artificial, aquel otro ojo sí que tenía terminaciones nerviosas, y le dolía. Demasiado como para seguir peleando como si nada, aunque siguió intentándolo. Tras dar algunos puñetazos al aire, sintió cómo algo entraba por su boca y, con violencia, salía por su cogote.

Cayó postrado. Sus rodillas retumbaron al chocar contra el suelo, pero no llegó a ser consciente de su derrota. Para entonces ya estaba muerto.


Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre

jueves, 18 de abril de 2019

Los Viajes Inmóviles

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Con el fin de sumergirme en el más profundo “yo” en una necesidad casi infranqueable de introspección, durante los últimos años, metía mi culo en el coche y huía lejos, muy lejos... enseguida, sacaba el disco de su carátula, suspiraba antes de reproducirlo y, me echaba a soñar.

Una brisa con las ventanillas cerradas recorre mi cuerpo, al reconocer esos primeros acordes de la mano de Moisés P. Sánchez, que enseguida se convierte en un crescendo de latidos que me envuelve en dosis cada vez más intensas de energía, con lo que es hacer poesía para Nach

De pronto se para el tiempo. Una profunda sensación de angustia invade mis adentros. Me llaman. Una voz serena, segura, a veces sola y otras con ternura, asentada en mis pensamientos; sé que habla de él, pero siento como si hablara yo. Pero yo, ya hace tiempo que escapé de mi triste cuerpo para entrar en un lugar mucho más hondo de mí mismo. Hasta que esa calma se rompe con la inquietante melodía de Hándicaps, no para salir de ahí, sino para remover un nuevo recoveco de mi mente. La frustración de lo que es, de lo que hay ahí fuera. Un baile entre mis pulsaciones y mis ojos que, sin mirar a ninguna parte, representan en una coreografía la más pura entropía estenografiada. 

Hace ya mucho rato que dejó de tener sentido la palabra tiempo; ahora lo pierde definitivamente con Tiempo, dame tiempo. Siento que lo conozco. Siento que me conoce y me burla. Empiezo a entender el tiempo como si yo no estuviera dentro de él. Y la brisa sigue. Mis ojos ya no sé si están abiertos o cerrados. Brainwash. Mi cuerpo expresa tiritones de la crítica. Como un ataque epiléptico que invade mi alma y mis músculos lo manifiestan, aunque yo siga en ese estado inmóvil, donde solo hay sentimientos, pensamientos y poesía. Mas de repente, algo cambia. Lo estoy intentando. La inmensidad de mi ser se hace visible, entremezclado con la paz más puramente animal que tengo, que me hace amar mi mundo. La energía de un viejo que renace, que sabe de la vida, que entiende cada pequeño detalle de lo que importa. Da igual la edad que tenga o quien sea; sonrío con esa viva energía creciendo en mi pecho. 

Interludio: un nuevo anochecer. Un breve suspiro de melodías que calman la alborotada locura de mis emociones. Acaba la quietud y empieza la angustia en el escenario de Tercer mundo, un juicio de depresión e impotencia. La agonía de una utopía que necesita exteriorizarse, y expresar la hartura de lo que hay. Mis labios están tristes y mis párpados caídos. Cuando de repente, mi cuerpo intenta salir de ese asiento en que ya no me acordaba estaba sentado. Me pregunto Qué soy, al compás que Nach me dice qué es él, y sigo en la inopia imaginando cada elemento de mi ser lejos de mí… Comienza a sonar aquella armonía de acordes que, sin más me anticipan lo que viene, Te vi pasar, una emoción tan intensa de la que no soy capaz de hablar. Ese instante eterno pasa, y una lluvia de colores y fondo negro de pasarela despierta mi pensamiento. La calle es un zooilógico, me trae verdad y sátira, comedia y realidad, sonrisas y filosofía. 

Donde descansa la esperanza se convierte para mí en un camino bisectriz, entre lo profundo del sueño del que vengo y la realidad que, quiera o no, sigue ahí y, yo pertenezco a ella. Además, ahora soy un nuevo yo, hasta que vuelva a huir y me sumerja de nuevo en lo íntimo y reflexivo de este viaje inmóvil. Busco palabras que expresen lo que fui, lo que viví, busco palabras que no tengan miedo de mí. Busco palabras que hablen y me hagan olvidar el silencio.


Reseña de Jesús Paluzo
Imagen de Nach


martes, 16 de abril de 2019

El mundo amarillo

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Es un libro de Albert Espinosa. En el prólogo, Eloy Azorín (actor) dice de él, entre otras cosas, que "le ha ganado varias batallas a la muerte, por eso sus historias rebosan tanta vida. Es hiperactivo, prefiere perder sueño a perder experiencias. Su velocidad mental es de vértigo." Entran ganas de conocerle ¿no?

He disfrutado de varios títulos de este autor, así que cuando vi en la Fnac que estaba a 6,95€: lo compré sin pensarlo dos veces. No pude sumergirme en él hasta una noche de insomnio de esas en las que sólo se bebe agua para no despertar con el ruido de la cafetera y se piensa "que lleguen ya las 6 (quedan 3h) y así podré saborear el primer café de la mañana" y terminas olvidándote de todo lo que te rodea para devorar las páginas de "El mundo amarillo".

Con los libros de Albert y/o la gente que ha tenido experiencias terroríficas pero en lugar de llevar a cuestas una taciturnosis ensimismada son pura energía y/o con películas sobrecogedoras (La vida secreta de las palabras, cosas que nunca te dije, mi vida sin mi, las horas, etc.)... aunque me purguen de agua salada hacen que retome la vida con más ganas (si cabe).

Albert "viene a decirnos que la única minusvalía es la emocional" y que el cáncer le "quitó cosas materiales" (pierna, pulmón,etc.) pero le dio a conocer quién era él y la gente que le rodeaba, descubrir sus límites y perder miedo a la muerte. Puede parecer que estoy comentando un libro de autoayuda pero no, estoy con él, más bien lo que habla es de su forma de vida y de sentir las cosas... si esto te abre los ojos y te hace disfrutar más del tiempo que tienes: genial.

Me entran ganas de compartir infinidad de fragmentos, diseccionarlos todos como si fuesen una rana panza arriba y desvelar cada parte pero sólo voy a añadir que la novela está dividida en cuatro capítulos inspirados en el poema "Autobiografía" de Gabriel Celaya y como me parece sublime... es el broche perfecto para cerrar esta reseña:

"No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.

Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Donde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.

Eso, para seguir.


¿Le parece a Ud. correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.

Eso, para vivir.

No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
!Ay, sí, no respires! Dar el no a todos los "no"

y descansar:  Morir"


Reseña y fotografía del libro de Saray Pavón
Fotografía del café realizada por @Villu_


domingo, 14 de abril de 2019

Elvira Sastre

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Siento una urgencia extrema de no decirte nada,
como si en mi pecho
cabalgaran ambulancias en silencio. Debe ser que a veces
me da por pensar
que este olvido me queda algo grande:
se me cae de los dedos,
empapa mi pelo como una tormenta,
anuda mi estómago y ata mis manos. Me sobra olvido
por los pies cuando paseo
y llego a tu casa
y observo tu buzón
que me grita todo lo que no nos contamos. Me sobra olvido
por las manos
cuando se abren para cogerte
y vacío es lo único que encuentran:
nunca imaginé que las mismas alas
que abracé con ternura
te llevarían tan lejos de mí. Me sobra olvido
cuando duermo
y no pasa nada,
y no suenan pájaros,
y arriba solo hay techo,
y no quedan rastros del huracán:
unas bragas en el suelo o tu pelo durmiendo o tu mano
a un centímetro de la mía
—como si me hubiera buscado en sueños—;
nada,
la sábana en una esquina o la almohada mojada o tu calor
dado la vuelta;
nada,
diez llamadas perdidas o una botella de agua vacía o
tu olor empapando mi suerte;
nada,
un disco terminado en el ordenador que aún parpadea,
como si fuera una alarma que avisara
de que hasta lo más bello termina. Nada:
solo este orden justo y preciso,
este orden que ya es solo mío y no encuentra lugar en el que caerse,
este orden que no se va porque no vienes.
Este orden
que también me sobra.
Me sobra olvido
también
de las canciones que tengo prohibidas,
de esas palabras
que ya no sé pronunciar,
de todos los ángeles
que me abandonan,
de cada día que tropiezo
con la misma pregunta:
¿no es olvido y recuerdo la misma cosa? Me sobra olvido,
ya ves qué tontería,
cómo puede sobrar algo que no se tiene. Si pudiera llamarte amor
o si pudiera
tal vez
solo llamarte. Amor.
Me sobra olvido.


Poema de Elvira Sastre
Imagen de Pixabay


viernes, 12 de abril de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 4: Fragmentos

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En el comedor la fiesta continuaba. Le había costado bastante, pero escarbando en el repertorio musical de la nave, tan extenso como insoportable, Palmer consiguió encontrar algo más próximo a su época: Depeche Mode. Eligió el tema I'ts Not Good porque tenía un ritmo apropiado para marcarse un baile con Saima Tyagi, pero había olvidado que su letra pseudo-romántica fuera tan agresiva. Afortunadamente, nadie le prestaba atención.

La pareja de pilotos fueron los primeros en animarse a acompañar al cocinero y la paleontóloga. Kruger se dispuso a intentarlo con la androide, pero se le adelantó el encargado de limpieza, y no quería acercarse a la única chica que quedaba disponible: la técnica de comunicaciones. Evitaba todo contacto con ella desde que, en una ocasión, le tiró los tejos de una forma que tal vez la hiciera sentir incómoda, ya que poco le faltó para echar a correr al puente de mando. En cambio, Onatopp no parecía tener problemas con el otro agente de seguridad, el hipergorila.

Demasiado orgulloso como para ser el único que bailara sin pareja, Kruger se sentó junto al capitán, limitándose a mirar mientras bebía y provocaba a Palmer señalando su torpeza. El cocinero hacía todo lo posible por ignorarlo siguiendo el consejo de su compañera de baile, pero interiormente estaba cada vez más tenso. Casi se alegró cuando April interrumpió la fiesta.

– Un momento. Un momento. Acabo de notar un fallo en la cápsula de la sala de carga que podría ser grave, además de una leve fuga de la atmósfera en dicha estancia.

– ¡No jodas! ¿El cavernícola? – preguntó un pálido Harris. Se levantó apresuradamente y, a causa de ello, del alcohol que había tomado o del temor que le generaba la noticia, tal vez de ello todo junto, el contenido de su estómago empezó a trepar por donde había entrado.

Pararon la música y Onatopp llamó al técnico de crio-hibernación a través de su comunicador de pulsera. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que nadie sabía dónde se encontraba.

Maldiciendo a Niizaki, el capitán respiró hondo y ordenó a los agentes de seguridad que uno de ellos lo acompañara a la sala de carga. Kruger le cedió el honor a su compañero, brindándole una oportunidad de impresionar a su nueva amiguita. Tyagi también se unió; a ella le importaba el bienestar del espécimen por motivos científicos, más que económicos. Por orden de Harris, los demás permanecieron en el comedor por si aparecía aquel viejo borracho.

El capitán recorrió tan a prisa los pasillos de la nave que a sus subordinados les costaba seguirle el paso. Cuando por fin llegaron a la sala de carga, encontraron al inútil de Niizaki allí tumbado, junto a su vaso. Derramado y roto, igual que él. Harris estuvo a punto de echarle una buena bronca hasta que se dio cuenta.

– Hay cristales por todas partes – observó la paleontóloga. De inmediato, G-Carl desenfundó su pistola gravitacional reglamentaria, capaz de propulsar cinco metros a un humano adulto, y barrió visualmente la estancia.

– Capitán – dijo el hipergorila –. Parce que la mesa de control de la cápsula sufre algún tipo de avería. Además, hay una fuga de vapor refrigerante.

G-Carl también observó que el cofre con los utensilios del homo sapiens estaba no muy lejos del cadáver de Niizaki, abierto y vacío.

– Está suelto por ahí y armado – susurró.

– No – respondió Tyagi en voz baja –. Intentó usar sus armas, pero estaban fosilizadas y no le servían. Fíjate en el suelo, está cubierto de restos.

Harris empezaba a asimilar lo que estaba sucediendo y miró a su alrededor, comprobando que era cierto lo que decía la paleontóloga, y también lo que indicó April minutos antes.

– ¿Deberíamos evacuar? – preguntó el capitán, señalando la ventanilla que daba al espacio exterior. Había sido golpeada y tenía una raja por la que, poco a poco, se fugaba la atmósfera.

– El cristal es blindado, por suerte – respondió G-Carl –. La despresurización es demasiado lenta como para suponer una amenaza, aunque deberíamos repararlo cuanto antes. De sufrir más golpes, sí que podría acabar reventando.

Tyagi seguía examinando el suelo.

– Pero estos fragmentos no pueden pertenecer a la ventanilla ni al vaso de Niizaki. ¿De dónde vienen?

El capitán se fijó en la cabina de crio-hibernación. Uno de sus paneles de vidrio había desaparecido.

– ¿Se despertó dentro cuando la cápsula aún estaba cerrada y se abrió paso a golpes? – preguntó. La paleontóloga pretendía decirle que eso era improbable, pero G-Carl la interrumpió con un rugido. Había visto algo. Una figura asomó por la puerta de la sala y lanzó una tubería en su dirección. Por un segundo, sintió cierto alivio al ver volar el objeto más allá de ellos. El cavernícola se daba a la fuga sin que la lanzada fuera directa a nadie, más bien parecía una advertencia. Pero sólo lo parecía.

La tubería golpeó de lleno el cristal de la ventanilla que daba al espacio exterior, atravesándolo y rompiéndolo en mil pedazos. No era lo único de allí que se rompería.



Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre


miércoles, 10 de abril de 2019

Desajustes temporales

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Tengo la manía, quizás absurda, de llegar temprano a todas mis citas. Es un desajuste de mi reloj interno que no acaba de acompasar sus tics y tacs con los relojes del día a día, ya sean el del móvil o el de la pulsera de actividad. Qué se yo, cada vez hay más relojes y menos tiempo para todo.

El caso es que conocí a una chica con la manía, también absurda, de llegar siempre tarde a todas sus citas.

Llegamos a acudir a un psiquiatra temporal juntos aunque al final las sesiones no nos sirvieron de mucho. Nos recomendó dejar de consultar relojes y vivir más a razón de impulsos. Que es fácil decirlo, pero hacerlo...

Yo nunca vi este desajuste como un drama pero siempre me pareció que esta chica se sentía culpable por esos minutos de más o de menos, según se mire, que dejábamos de compartir. ¿Y si era en esos momentos cuando los acontecimientos realmente importantes estaban a punto de surgir, y claro, al pillarnos separados, a mi esperando y a ella por llegar, no sucedían? 

Al poco, un miércoles cualquiera, rompimos por diferencias psicotemporales, como no podía ser de otra manera. 

Hace poco la encontré con otro hombre de la mano besándose mientras paseaban con los ojos cerrados en un alarde de coordinación amorosa, y entendí que realmente estaban hechos el uno para el otro. No le dije nada, aunque mi intención inicial fue saludarla y pedirle disculpas por mis desajustes horarios propios de la adolescencia. Se fueron calle abajo y yo disimulé mirando el escaparate de una ortopedia con carteles que anunciaban rebajas en prótesis de rodillas. 

Al momento comprendí que tal vez fuese ya demasiado tarde para volverme a saludarla. Ella, si me vio, quizás pensó que era aún demasiado pronto para volver a hablarme.

Cosas de miércoles.


Microrrelato de A. Ramírez
Imagen de pixabay

domingo, 7 de abril de 2019

viernes, 5 de abril de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 3: El Despertar

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Anteriormente en El Cazador De Dioses...

Por supuesto que Jim Niizaki no era tan estúpido. Conocía los riesgos de resucitar a un polo de carne sin un equipo de psicológicos cerca. Sobre todo en una nave, donde el estrés y la desorientación podían ser tan fuertes que la demencia espacial se manifestara casi en el acto. También sabía que una metedura de pata como aquella supondría su despido y, seguramente, una demanda por incumplimiento del contrato, en lugar de la generosa prima asegurada por el capitán Harris. Así que, durante la cena, el técnico de crio-hibernación se limitó a escuchar a la paleontóloga, comer un poco y arrasar con el vino. Añejo, receta riojana. Elaborado por un familiar de Grijalba, el encargado de limpieza de la nave, adquirido a precio de ganga y reservado para ocasiones especiales como aquella. Eso sí que había sido un hallazgo de la compañía.

La adicción que sufría Niizaki no era culpa suya; al menos, no de forma directa. De hecho, lo que él más lamentaba al respecto era no tener un verdadero motivo para ello. Ninguna esposa lo había abandonado, ningún hijo suyo había muerto, ninguna duda existencial lo había empujado a empinar el codo. Todo empezó nueve años atrás, cuando la nave en la que trabajaba entonces sufrió una grave avería, y tuvieron que descomprimir la atmósfera de varios compartimentos para evitar que un incendio se extendiera, carbonizándolos a todos. Eso les hizo perder la sala de sueño y la enfermería, por lo que realizaron un viaje de mil cuatrocientas horas sin poder crio-hibernar y sin acceso a la paramensamina, medicamento usado para mitigar los síntomas de la demencia espacial. Después de dos semanas y sabiendo que aún no habían recorrido ni la mitad de la distancia, Niizaki empezó a sentir los efectos, y sus compañeros le suministraron tequila para hacerle el viaje más llevadero.

Así que ahora, a bordo de la Thaddeus, el técnico de crio-hibernación tomaba un trago siempre que podía. Y la pequeña celebración que había organizado el capitán Harris era la ocasión perfecta para ello. No sólo hubo vino. Tras la cena, April abrió una botella de ron y preparó unos mojitos bien cargados. Después del segundo vaso, Niizaki se mantenía sumergido en un tanque de silencio. Había aprendido a no hablar más de la cuenta cuando estaba borracho, pero interiormente no paraba de darle vueltas a una idea: ir a comprobar la cápsula del homo sapiens antes de echarse su siesta espacial, para asegurarse de que no hubiera ningún error. No fuera a ser que le increparan por no haber desempeñado bien su función antes de desatarse con el alcohol, y se quedara sin la prima.

Con ese objetivo, se escabulló a la sala de carga llevándose consigo el vaso a medio terminar, ni que decir tiene. Lo comprobó todo: alimentación eléctrica, temperatura, humedad... Como ya imaginaba, la conservación del espécimen era óptima. Niizaki podía presumir de ser un técnico de lo más eficiente cuando estaba sobrio.
Sin nada más por hacer, antes de irse quiso echar un último vistazo al homínido. Menuda musculatura tenía. En su época no existían las máquinas de ejercicio, así que todo debía ser funcional. Seguro que era un gran cazador.

Cazador... ¡Claro, los utensilios! Niizaki recordó que, junto al cuerpo, Tyagi había encontrado algunos objetos. Sus herramientas. G-Carl los había metido con cuidado en un pequeño cofre acolchado, que transportó en su mochila y luego depositó en algún rincón de aquella misma sala. Por primera vez en mucho tiempo, había algo por lo que merecía la pena soltar la copa. No tardó mucho en encontrar la lanza rota, el mazo y el cuchillo, todos ellos hechos de piedra, madera y cuerda. De ahí también podían sacar restos de ADN de alguna especie animal o vegetal. Niizaki sonrió. Habían hecho un gran trabajo. El capitán Harris tenía razón, la gratificación que recibirían de la compañía sería enorme... si todo salía bien, claro.

Se encendieron las luces de emergencia. Empezó a sonar la alarma y una voz enlatada informó de un «fallo en el sistema de crio-hibernación».

– ¿Pero qué demonios...? ¡Si hace un momento estaba todo en orden!

Condensación. Había dejado su copa sobre un borde de la mesa de control. Un par de gotas reptaron por el vaso empañado y se introdujeron por las ranuras del teclado, con la malicia de provocar un cortocircuito. Ante situaciones similares, la máquina estaba programada para salvar al sujeto que albergaba en su interior, y eso fue lo que hizo. Lo expulsaría antes de que el fallo fuera a más y la cápsula se apagara. ¡Maldita April! Siempre ponía demasiado hielo en sus cocteles.

«Protocolo de emergencia. El sujeto no está listo para la reanimación, detectadas células dañas. Reparando.» Aquello de lo que Niizaki fue capaz de abstenerse a hacer a posta, aún estando borracho, lo iba a conseguir por accidente. No tenía forma de demostrar que no era su intención reanimar al homo sapiens antes de tiempo, y aunque fuera así, el volumen de alcohol en su sangre seguía siendo un agravante. Estaba jodido.

«Crio-hibernación suspendida.» Ya era tarde. Las puertas de la cápsula se abrieron lentamente, liberando un vapor gélido. La criatura que dormitaba en su interior abrió los ojos.

Aterrado, Niizaki optó por hacer lo único que podía en esas circunstancias: intentar dejar al homínido inconsciente, reparar la cápsula y volver a meterlo dentro. Nadie tenía por qué enterarse de aquello, y si no ya se le ocurriría algo. Pero lo primero era lo primero.

Cogió aquel mazo rudimentario y atacó al cavernícola con su propia herramienta de caza. Un arma que, al igual que su dueño, tenía veintidós mil años de antigüedad. El mango se hizo trizas mientras Niizaki lo blandía para golpear al homo sapiens, haciendo que el golpe perdiera la mayor parte de su fuerza. Sin embargo, le dolió lo suficiente como para interpretar aquello como un gesto de hostilidad. Fue el último error que cometió aquel borracho.


Nave: Thaddeus

Destino: Earthworld, Sistema Asgard

Tripulación: 11 miembros. Pasajero nº 8 fallecido. Suplente:



Nº 8 (ficha por defecto)
Nombre: (En blanco)
Rango: 6
Sexo: XY
Edad: 30 aprox. (+22.150 años crionizado)
Categoría: Humano
Función: Cargamento
Comentario personal: Por transcripción: (Ininteligible)
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Otros datos: Sin formación. Signos de demencia espacial en fase aguda. Peligroso.


Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre


jueves, 4 de abril de 2019

Una bala para su conciencia

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En la azotea de un alto edificio, bien situado, permanece a la espera. Es su primer trabajo, ha sido entrenado y tiene una puntería excelente. La causa es de orden mayor, su objetivo, un ser despreciable. Se ha enfrentado a alimañas como esa, aunque en situaciones bien distintas, y en todas ellas, la impotencia ha ganado siempre la partida.

El frío cala su gruesa ropa de asalto. El suelo, helado por capricho del invierno duerme el dolor de las antiguas heridas. Está preparado, le han adiestrado para ello, apretar el gatillo sin miramientos, sin sentimiento de culpa.

La aleación metálica y el tintado del visor le dan al rifle un acabado mate que hace que lo único que brille sea el furor de sus ojos en la noche. Ha estudiado la zona, es segura, nadie puede advertir su presencia. Está listo.

¿Lo está?

Aparta la mirada del visor. Pone el seguro al arma. Cierra los ojos y sacude la cabeza, intenta autoconvencerse y darse aliento para afrontar la realidad.

Gotas de sudor brotan de su frente y sortean las angulosas facciones de su rostro hasta que topan con la espesura de su barba. Está nervioso, lo sabe. Pero también sabe que sería un deshonor negarse a terminar el trabajo.

La noche es oscura, le sirve, le ayuda, sin embargo el temor ensombrece su mente más que la tristeza que ondea a través de la portentosa madrugada. Conoce su objetivo, cada detalle de su vida, cada detalle de cómo debe ser su muerte. Sopesa su arma y la acaricia, pensando irremediablemente en su mujer, sus hijos, el daño que ha hecho su objetivo a gente inocente como ellos.

Vuelve a amartillar el arma, los ojos se encienden de ira. Espera la señal.

El blanco sale del restaurante, solo, da una calada a su puro y se gira, en espera del resto de sus cómplices. Es el momento. La presión se dispara, la tensión crece por segundos.

La diana está inmóvil, la luz de la marquesina otorga una visión perfecta.

El sudor fluye por la piel bajo los negros guantes de cuero.

No hay disparo.

El resto de la camarilla deja el edificio también. La situación se complica.

Y se complica aun más. Sin tiempo siquiera de asimilar la presencia de la cuadrilla, una pequeña se acerca desde el interior del local y se encarama a los brazos del objetivo. Éste la acoge en su pecho, puro en mano, y deja apenas visible la cabeza, sistemáticamente a salvo de la mirilla por los repetidos abrazos y besos de la chiquilla.

El sudor se hace más profuso en su frente, y sobre todo en sus manos temblorosas, no es capaz de apuntar con la precisión que le caracteriza, se está echando atrás. En su cabeza aparece la palabra retirada, secundada por pensamientos obvios de ternura hacia la diminuta criatura.

El pulso le tiembla y comienza a perder el control, hasta que de pronto, una voz familiar le exime, por el momento, de la terrible decisión que debe tomar. Suspira de alivio y atiende la llamada. "¡La cena está lista!", grita su madre desde la cocina. El francotirador, encarnado por un crío de nueve años que blande el mando analógico de una consola de última generación, permanece en pausa con el menú de opciones cubriendo su rostro barbudo y sudoroso.

El objetivo cuenta con una cena de ventaja.

Texto y fotomontaje de A. Moreno

Imágenes extraídas de Pixabay

martes, 2 de abril de 2019

Lucy

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Comienza la película y me atrapa. Voz en off, cambios de ritmos en las grabaciones y una situación de la que pocos escaparían con vida. Luego Norman (Morgan Freeman) aparece dando una conferencia que no hace más que seguir enganchándome: "Una neurona: estás vivo, dos neuronas: hay movimiento; y con el movimiento comienzan a suceder cosas interesantes". ¿Qué pasaría si alguien consiguiese utilizar el 100% de su cerebro? Se plantea en la película aunque he leído artículos en los que dicen que es un mito eso del 10%, en realidad lo usamos todo [aquí podéis ver otras teorías que se desploman (en inglés con subtítulos)], pero si pensamos en que consiguiésemos dominarlo totalmente las 24h (sin que supusiese un mayor desgaste físico) podríamos ser una versión de Bruce Lee ¿no? [lo de Lucy (la seductora Scarlett Jonhansson) me parece ciencia ficción, pero bien realizada].


La BSO me ha cautivado. Además (modo friki on) me encanta cuando sincronizan pasos con el ritmo o los movimientos de la cámara, luces u otros elementos. Para mí eso hace que te adentres todavía más en la trama (que repito: capta totalmente la atención). No me gustaría destripar la historia pero cuesta morderse la lengua cuando el cerebro y el corazón están como si se hubiesen tomado una buena dosis de azúcar, café, guaraná, mate, etc. (y no, por mis venas ahora sólo corren dos de esas sustancias, tampoco quiero que tras una danza frenética mi corazón decida tomarse un largo descanso). Me ha resultado súper interesante y pienso que muchas de las cosas que se dicen parten de una base lógica (como la desligación de las emociones que nos hacen ser humanos con el acercamiento a comprender cosas que antes no estaban a tu alcance) y creo que bebe de otras fuentes con las que disfruté: Donie Darko, El efecto Mariposa, Matrix, Origen, El señor de los anillos (cuando Gandalf le dice a Sam que no subestime a Gollum puesto a que no se sabe qué papel le queda todavía por representar o algo así), el documental ¿y tú qué sabes?, Waking life, etc.


Hace tiempo leí una reseña de A.Moreno sobre esta película. He tenido que releerla no con el fin de recomendarla ahora (porque de sobra sabía que me apasionó y creó más ganas de adentrarme en Lucy) sino por el simple placer de refrescarle a mis neuronas las acertadas palabras que le dedicó. Lo bueno de mi memoria (la parte negativa ya se sabe) es que puedo disfrutar del film sin tener reminiscencias o spoilers en mi cabeza y si se trata de un reencuentro puedo llegar a disfrutarlo como si nunca antes lo hubiese visto (también hay que decir que en ocasiones se enciende la bombilla y la recuerdo, en esos casos depende del nivel de atracción que posea el largometraje sobre mi persona para continuar o darle al...

stop).


Reseña de Saray Pavón
Imágenes de la peli