domingo, 24 de septiembre de 2017

La breve historia de Olimpia

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Soy Olimpia Galera Cote. Tenía ocho años cuando mi madre falleció, se fue y me dejó llamándola a gritos por la ventana.

Dicen los conocidos que fue a raíz de ese hecho cuando comencé a desarrollar un comportamiento muy peculiar. Desde ese día cada vez que una amiga o familiar intentaba marcharse en un momento que yo no creía oportuno manifestaba mi disconformidad sancionándolos con algún acto: una veces les escondía la cartera, otras les daba una patada, un pellizco, un tirón de pelo... En una ocasión incluso llegué a vaciar un vaso de aceite sobre la cabeza de una amiga: el motivo fue que decidió irse antes de finalizar un juego.

Afirman que a continuación los miraba con autoridad, señalaba la puerta de salida extendiendo el dedo índice y, con voz de ultratumba, gritaba:
–¡Fueeeraaa...!

Esa manía que en principio achacaron a la temprana edad y a una necesidad de llamar imperiosamente la atención fue derivando en algo más serio, pues la complejidad de las sanciones así como las huellas que dejaban aumentaron en calidad con el paso de los años.

Paralela a esta actitud en la celebración de la mayoría de edad comencé con otra costumbre también bastante peculiar. Ese día los hechos no se desarrollaron como tenía previsto y fue tal la rabia al no poder imponer mis deseos que abandoné la fiesta, salí a la calle y comencé a correr sin dirección alguna. Cuando por fin detuve la huida me encontré frente a la estación de trenes. Accedí al interior con la respiración entrecortada, compré una botella de agua con una moneda que encontré en el pantalón, bebí hasta la última gota, busqué el banco más apartado, me senté, elevé instintivamente la vista y al ver el panel de los viajes programados elegí un destino al azar. Luego cerré los ojos... El olor a centro público, la fricción de las ruedas de las maletas sobre el suelo, la musicalidad de la megafonía y los gritos de despedidas ayudaron a imaginarme viajando hacia ese lugar. La sensación de lejanía fue tan cautivadora que durante años, cuando las cosas no se desarrollaban según los planes previstos, actuaba de la misma manera.

Fue en una de esas escapadas donde conocí a Klaus. Apareció igual que un Adonis vestido de blanco. Se encontraba desvalido como un animal fuera de habitat, llevaba todas sus pertenencias sobre los hombros y apenas chapurreaba el español, pero el idioma no fue un impedimento para iniciar una conversación. De ahí pasamos a tomar un café y entre vocablos mal pronunciados me explicó que había venido de Alemania a perfeccionar el castellano y conocer el país de su abuelo paterno.

Desde ese primer encuentro comenzamos a salir con cierta continuidad. A las pocas semanas todas las viejas costumbres pasaron a ocupar un lugar irrelevante, mi único interés pasó a ser su compañía.

A los tres meses de conocernos abandoné el hogar paterno con la intención de iniciar una vida en común y empleé el suelo de cajera en alquilar un pequeño piso donde él impartí clases de idioma.

Yo no había tenido demasiada experiencia con el sexo opuesto, no sé si por la hostilidad de mi comportamiento o por mi extremada delgadez pero ninguno de esos detalles le importaron a Klaus. Repetía una y otra vez que había dejado una huella indeleble en su existencia, que trazaríamos un mismo camino, que ahora todo tenía sentido, que nunca me abandonaría... En ningún momento me extrañaron tantos juramentos en tan poco tiempo, estaba falta de buenas promesas y reconozco que habría creído a quien me hubiese ofrecido la primera sonrisa.

Soportaba sin rechistar sus continuas llegadas a altas horas de la madrugada, las borracheras de fines de semana o las escapadas para practicar alpinismo. Todo con tal de oírle decir:
–Ich verde zurückkommen...

La palabra volveré pronunciada en su idioma era el mejor juramento y Klaus, consciente de su poder, la utilizó tantas veces como creyó oportuno. Pero la vida no siempre nos lleva por el camino deseado. Un día sin previo aviso las ofrendas terminaron. Al poco tiempo lo vi abrazado a una desconocida y, en ese instante, descubrí como el dolor del engaño supera al abandono.

El hallazgo de este hecho fue un revulsivo de los viejos instintos, no necesité oír un adiós para saber que terminaría marchándose. Y ante eso debía actuar, no quería quedarme gritando su nombre por la ventana.

Esa misma noche me puse su vestido preferido, el negro de amplio escote. Para cenar preparé crema de calabacines, patatas asadas, filetes de sajonia, flan casero aderezado con una buena dosis de somníferos y, como digestivo, una generosa copa de un licor alemán preparado a base de hierbas llamado Abteilikoer. El efecto de la sobredosis de benzodiazepina fue inmediato, en pocos minutos se desvaneció sobre el sofá.

A la mañana siguiente nadie diría que estaba muerto... parecía tan dormido...



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Relato de Esperanza García Guerrero, de su libro Puertas Giratorias, editado por Ediciones En Huida, 2012.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Out of hand

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En esta ocasión traemos un video experimental de Beatriz Pavón realizado con After Effects. Para desarrollarlo ha partido de un tema de Shlohmo, Out of hand, por el que se desliza enlazando las imágenes al ritmo de la música. Encontraremos los estilos figurativo y abstracto bailando juntos, no sabemos si se encontraba en la capilla sixtina cuando pensó en incluir una electrización del detalle de las manos del fresco "El nacimiento de Adán", de Miguel Ángel, pero lo que tenemos claro es que hay que seguir de cerca las creaciones de esta artista.


Texto: Saray Pavón
Audiovisual: Beatriz Pavón
Música: Shlohmo - out of hand

miércoles, 20 de septiembre de 2017

El deber y no la oscuridad

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La que debo ser
abraza a pretextos de horas más largas
se entrevista con fantasmas en mi habitación
ve con mis ojos y me da por muerta
un contrapunto entre mis manos y la sucia reputación del tiempo
no pienso en emboscadas
si confunde al amor con la sombra de la lámpara.
Dentro de su capullo
bastidor por el que tamizó el vendaval del miedo
ha visto a trasluz
los huesos cansados que sostienen las dudas

No pierde el hábito de las rodillas en señal de plegaria
la traición de cambiar de lado en las discusiones
huele a bosques en la piel
y sé que me busca
en ese mediodía fatal del desierto.
Hay noches en que me alcanza con la verdad:
si han de atravesarme los años
qué sentiré un día rojo como el de hoy
la piel se mancillará delgada sin contenerla
habremos de ser por fin coraje
o para siempre el insomnio de la palabra que no dije

Aún puede ser una conquista
conmoverla con el ruido de la hoja que cae
en la costumbre de perseguir al furor como a un ídolo
enredadas en un mismo cuerpo
atadas por vendas funerarias de lealtad

Vamos a correr juntas bajo el sol eclipsado
aunque el precio sea el deber y no la oscuridad
aunque suponga un incendio infatigable sobre mis hombros.


Poema de Marinés Scelta
Fotografía de Amanda Elledge



lunes, 18 de septiembre de 2017

Tiempo de retención de la información

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o... ¿Cuánto tiempo se guardará la información de mi disco duro SSD, SI NO LO USO?

Las memorias flash, que, como otros muchos dispositivos, llevan los discos ultrarrápidos SSD, tienen una cantidad limitada de escrituras/borrados, que van desde las 1000 a las 100.000 mil por celda, dependiendo de la tecnología empleada.

Pero si guardamos documentos en un disco duro SSD desconectado de la corriente eléctrica, ¿Cuánto tiempo se mantendrán disponibles?
La respuesta rápida es: Mucho menos que si fuera un disco magnético, a pesar de que no les afectan ni campos magnéticos ni apenas los fuertes golpes. Por lo que no se te ocurra usarlo para guardar en un estante los vídeos o fotos familiares ;).
El tiempo de retención de la información de un SSD sin uso puede ser, dependiendo de varios factores, tan corto como tres meses (según informe de Dell) y tan largo como 10 años, pero no más, con la tecnología actual.

sábado, 16 de septiembre de 2017

AJO - La perrina y yo

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AJO - La perrina y yo AJO (María José Martín de la Hoz) es una micropoetisa y personaje de referencia de la contracultura madrileña cuyo nombre sólo conocía por la iniciativa "Te comería a versos" de 2014. No había tenido el placer de llevarme algunos de sus libros a las manos hasta hace poco, más concretamente La perrina y yo, Espasa Libros, 2016.

Lo primero que me ha sorprendido de este libro de poesía es que no es un libro de poesía, sino de poesía y prosa poética, y diría que más de lo segundo que lo primero. La prosa poética es un terreno que nunca me ha atraído, tal vez porque cada vez que me soltaban esas dos palabras venían acompañados de la sugerencia de leer Ocnos, libro del que he ojeado algunos fragmentos y tranquilamente podría irse a la sección de Abandonados. No es el caso de este libro. La perrina y yo me ha sorprendido muy gratamente. Es un libro dedicado sobre todo a su perrina Musa, una West Higland Terrier, y a Madrid. Se hace corto y no por los micropoemas o las excelentes ilustraciones, sino porque una vez que empiezas a leer engancha y no lo quieres soltar hasta acabarlo, ya sabéis, esa sensación de "voy a leer uno más, que no voy a tardar nada".

La sensación final es que a la hora de hacer limpieza (expurgo) en la estantería ese libro NO se toca y NO se presta a casi nadie. Se ha ganado un hueco permanente en mi biblioteca pues desde el momento en que lo terminé supe que volveré a leerlo en más de una ocasión. Libro absolutamente recomendable, por no decir imprescindible.

Si queréis echarle un ojo a algunos de sus micropoemas Saray os lo puso fácil en esta entrada.


Reseña y foto de Álex Ruiz


jueves, 14 de septiembre de 2017

Estrés

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Siento miedo cuando tengo estrés. Me vuelvo vulnerable y, me asusta perder el control sobre aquello que me estresa. Presento altibajos. Y, relajarme un rato, tan solo agota más el tiempo de avanzar con aquello, y eso, me estresa más. Te necesito a ti: el papel.

Busco palabras que me hagan olvidar el tiempo... 



Texto y videopoema de Jesús Paluzo
Imagen de Pixabay