miércoles, 24 de abril de 2019

Ahora...

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Ahora lo entiendo todo.
Es más fácil esconderse tras la cámara,
ser una fotografía,
la realidad que quieres.
Vivir la vida como si fuese una película
y no exponerse
a los sentimientos.
Medir las palabras
en píxeles abiertos
o cerrados que juegan
a la ruleta rusa.
Ahora lo entiendo todo
y, por eso, marcho.

lunes, 22 de abril de 2019

Mi País

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Un teléfono arrancado,
un coche celular que frena, me mira
y vuelve a acelerar,
restos de una barricada ardiendo,
los semáforos como muertos puestos de pie,
este frío
que casi impide
respirar:
              ésa es
la inhóspita geografía
que he atravesado esta noche
para llegar hasta ti.

Tu piel,
mi país: donde el sol
se quedó a vivir.


Poema de Karmelo C. Iribarren
Imagen de Pixabay

viernes, 19 de abril de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 5: La Caza

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Anteriormente en El Cazador De Dioses...


El resto de los tripulantes debatía qué debían hacer después de que, con cierta preocupación, April les informara de las anomalías que había detectado el sistema de la nave en la sala de carga. Era evidente que allí estaba pasando algo. Intentaron contactar con el capitán, la paleontóloga y el hipergorila, pero ninguno respondía.

– De acuerdo – intervino finalmente Kruger –. La compañía me paga por proteger vuestros culos, y eso es lo que voy a hacer.

Para la sorpresa de Palmer, el agente de seguridad se volvió hacia él.

– ¿Qué te parece si somos amigos durante un rato? Necesito que traigas tus mejores cuchillos. Escoged el que más os guste para defenderos y seguidme. Iremos al puente de mando. Quiero que os encerréis allí mientras yo aseguro la nave, busco a los demás y atrapo a ese cavernícola, si es que anda suelto.

– Iré contigo – agregó April –. Tengo nociones de primeros auxilios, puede que me necesites. Además, he de comprobar que la sala despresurizada esté sellada correctamente.

Kruger estuvo de acuerdo y ordenó al grupo que se preparara para emprender la marcha. Pero cuando estaban a punto de hacerlo, el ex-militar se detuvo en seco. Había visto algo. Una silueta rojiza, como todo lo que captaba su sensor de movimiento, que se correspondía con la de alguien que corría armado con una lanza.

– ¡Volved atrás, rápido! – exclamó en voz baja. Todos obedecieron y regresaron al comedor. Sin pensárselo dos veces, el agente de seguridad se adentró en los pasillos para dar caza al homínido. Si quería atraparlo no tenía tiempo de pasar por las taquillas para coger un arma de munición letal, pero su puño biónico y su pistola gravitacional deberían bastar para reducir a ese melenudo en taparrabos. Por si acaso, se le ocurrió una forma de que la caza fuera aún más sencilla, así acabaría antes.

– April, apaga las luces – le susurró a su comunicador de pulsera. Un instante después, la nave quedó sumida en la oscuridad. Fue entonces cuando activó su visión de infrarrojos, y, aprovechando que nadie podía verlo, esbozó una sonrisa perversa. Había ganado la pelea antes de que empezara.

No tardó en encontrar al homínido con cara de pasmado, examinando la luz amarilla que emitía algún interruptor. Debía ser lo único que podía ver en la negrura. Kruger se fijó en la lanza que llevaba, estaba hecha con un trozo de cristal atado a una tubería. Ingenioso, pero de nada serviría contra su pistola gravitacional. Apuntó a aquel pobre diablo y, un segundo antes de apretar el gatillo, el cavernícola se escondió tras una esquina, haciéndole fallar el tiro. El agente de seguridad se había confiado demasiado. Su presa estaba ciega, no sorda, y puede que el interruptor de la pared no fuera lo único que viera. La maldita luz de su ojo artificial delataba su posición. Aún así, la oscuridad seguía dándole ventaja. Se le había escapado una vez, pero a ciegas no podría ir muy lejos.

Kruger caminó lentamente hacia el lugar por donde había desaparecido el escurridizo cavernícola, procurando que sus pesadas botas sonaran lo menos posible contra el metal del suelo, aunque era difícil. El disparo gravitacional había abollado la pared de la nave, y sin duda el estruendo generado sepultó las pisadas descalzas del cavernícola dándose a la fuga. O eso pensaba Kruger cuando giró aquella esquina. Lo último que imaginaba era que encontraría a su presa tan cerca, esperándolo pacientemente para atacar. La punta de la lanza fue directa a su ojo artificial, anulando su visión de infrarrojos y dejándolo momentáneamente ciego.

– ¡April, luces! – gritó con la esperanza de que la androide lo oyera desde la cocina. Se alegró de que así fuera, aunque eso no lo ayudó demasiado. El cabrón era rápido, y en cuanto volvió a ver reanudó su ataque. Kruger se protegió con su brazo de metal, así que el homínido buscó el que parecía ser su punto débil.

De nuevo, el agente de seguridad recibió una lanzada en la cara. A diferencia de como sucedió con el artificial, aquel otro ojo sí que tenía terminaciones nerviosas, y le dolía. Demasiado como para seguir peleando como si nada, aunque siguió intentándolo. Tras dar algunos puñetazos al aire, sintió cómo algo entraba por su boca y, con violencia, salía por su cogote.

Cayó postrado. Sus rodillas retumbaron al chocar contra el suelo, pero no llegó a ser consciente de su derrota. Para entonces ya estaba muerto.


Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre

jueves, 18 de abril de 2019

Los Viajes Inmóviles

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Con el fin de sumergirme en el más profundo “yo” en una necesidad casi infranqueable de introspección, durante los últimos años, metía mi culo en el coche y huía lejos, muy lejos... enseguida, sacaba el disco de su carátula, suspiraba antes de reproducirlo y, me echaba a soñar.

Una brisa con las ventanillas cerradas recorre mi cuerpo, al reconocer esos primeros acordes de la mano de Moisés P. Sánchez, que enseguida se convierte en un crescendo de latidos que me envuelve en dosis cada vez más intensas de energía, con lo que es hacer poesía para Nach

De pronto se para el tiempo. Una profunda sensación de angustia invade mis adentros. Me llaman. Una voz serena, segura, a veces sola y otras con ternura, asentada en mis pensamientos; sé que habla de él, pero siento como si hablara yo. Pero yo, ya hace tiempo que escapé de mi triste cuerpo para entrar en un lugar mucho más hondo de mí mismo. Hasta que esa calma se rompe con la inquietante melodía de Hándicaps, no para salir de ahí, sino para remover un nuevo recoveco de mi mente. La frustración de lo que es, de lo que hay ahí fuera. Un baile entre mis pulsaciones y mis ojos que, sin mirar a ninguna parte, representan en una coreografía la más pura entropía estenografiada. 

Hace ya mucho rato que dejó de tener sentido la palabra tiempo; ahora lo pierde definitivamente con Tiempo, dame tiempo. Siento que lo conozco. Siento que me conoce y me burla. Empiezo a entender el tiempo como si yo no estuviera dentro de él. Y la brisa sigue. Mis ojos ya no sé si están abiertos o cerrados. Brainwash. Mi cuerpo expresa tiritones de la crítica. Como un ataque epiléptico que invade mi alma y mis músculos lo manifiestan, aunque yo siga en ese estado inmóvil, donde solo hay sentimientos, pensamientos y poesía. Mas de repente, algo cambia. Lo estoy intentando. La inmensidad de mi ser se hace visible, entremezclado con la paz más puramente animal que tengo, que me hace amar mi mundo. La energía de un viejo que renace, que sabe de la vida, que entiende cada pequeño detalle de lo que importa. Da igual la edad que tenga o quien sea; sonrío con esa viva energía creciendo en mi pecho. 

Interludio: un nuevo anochecer. Un breve suspiro de melodías que calman la alborotada locura de mis emociones. Acaba la quietud y empieza la angustia en el escenario de Tercer mundo, un juicio de depresión e impotencia. La agonía de una utopía que necesita exteriorizarse, y expresar la hartura de lo que hay. Mis labios están tristes y mis párpados caídos. Cuando de repente, mi cuerpo intenta salir de ese asiento en que ya no me acordaba estaba sentado. Me pregunto Qué soy, al compás que Nach me dice qué es él, y sigo en la inopia imaginando cada elemento de mi ser lejos de mí… Comienza a sonar aquella armonía de acordes que, sin más me anticipan lo que viene, Te vi pasar, una emoción tan intensa de la que no soy capaz de hablar. Ese instante eterno pasa, y una lluvia de colores y fondo negro de pasarela despierta mi pensamiento. La calle es un zooilógico, me trae verdad y sátira, comedia y realidad, sonrisas y filosofía. 

Donde descansa la esperanza se convierte para mí en un camino bisectriz, entre lo profundo del sueño del que vengo y la realidad que, quiera o no, sigue ahí y, yo pertenezco a ella. Además, ahora soy un nuevo yo, hasta que vuelva a huir y me sumerja de nuevo en lo íntimo y reflexivo de este viaje inmóvil. Busco palabras que expresen lo que fui, lo que viví, busco palabras que no tengan miedo de mí. Busco palabras que hablen y me hagan olvidar el silencio.


Reseña de Jesús Paluzo
Imagen de Nach


martes, 16 de abril de 2019

El mundo amarillo

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Es un libro de Albert Espinosa. En el prólogo, Eloy Azorín (actor) dice de él, entre otras cosas, que "le ha ganado varias batallas a la muerte, por eso sus historias rebosan tanta vida. Es hiperactivo, prefiere perder sueño a perder experiencias. Su velocidad mental es de vértigo." Entran ganas de conocerle ¿no?

He disfrutado de varios títulos de este autor, así que cuando vi en la Fnac que estaba a 6,95€: lo compré sin pensarlo dos veces. No pude sumergirme en él hasta una noche de insomnio de esas en las que sólo se bebe agua para no despertar con el ruido de la cafetera y se piensa "que lleguen ya las 6 (quedan 3h) y así podré saborear el primer café de la mañana" y terminas olvidándote de todo lo que te rodea para devorar las páginas de "El mundo amarillo".

Con los libros de Albert y/o la gente que ha tenido experiencias terroríficas pero en lugar de llevar a cuestas una taciturnosis ensimismada son pura energía y/o con películas sobrecogedoras (La vida secreta de las palabras, cosas que nunca te dije, mi vida sin mi, las horas, etc.)... aunque me purguen de agua salada hacen que retome la vida con más ganas (si cabe).

Albert "viene a decirnos que la única minusvalía es la emocional" y que el cáncer le "quitó cosas materiales" (pierna, pulmón,etc.) pero le dio a conocer quién era él y la gente que le rodeaba, descubrir sus límites y perder miedo a la muerte. Puede parecer que estoy comentando un libro de autoayuda pero no, estoy con él, más bien lo que habla es de su forma de vida y de sentir las cosas... si esto te abre los ojos y te hace disfrutar más del tiempo que tienes: genial.

Me entran ganas de compartir infinidad de fragmentos, diseccionarlos todos como si fuesen una rana panza arriba y desvelar cada parte pero sólo voy a añadir que la novela está dividida en cuatro capítulos inspirados en el poema "Autobiografía" de Gabriel Celaya y como me parece sublime... es el broche perfecto para cerrar esta reseña:

"No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.

Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Donde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.

Eso, para seguir.


¿Le parece a Ud. correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.

Eso, para vivir.

No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
!Ay, sí, no respires! Dar el no a todos los "no"

y descansar:  Morir"


Reseña y fotografía del libro de Saray Pavón
Fotografía del café realizada por @Villu_


domingo, 14 de abril de 2019

Elvira Sastre

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Siento una urgencia extrema de no decirte nada,
como si en mi pecho
cabalgaran ambulancias en silencio. Debe ser que a veces
me da por pensar
que este olvido me queda algo grande:
se me cae de los dedos,
empapa mi pelo como una tormenta,
anuda mi estómago y ata mis manos. Me sobra olvido
por los pies cuando paseo
y llego a tu casa
y observo tu buzón
que me grita todo lo que no nos contamos. Me sobra olvido
por las manos
cuando se abren para cogerte
y vacío es lo único que encuentran:
nunca imaginé que las mismas alas
que abracé con ternura
te llevarían tan lejos de mí. Me sobra olvido
cuando duermo
y no pasa nada,
y no suenan pájaros,
y arriba solo hay techo,
y no quedan rastros del huracán:
unas bragas en el suelo o tu pelo durmiendo o tu mano
a un centímetro de la mía
—como si me hubiera buscado en sueños—;
nada,
la sábana en una esquina o la almohada mojada o tu calor
dado la vuelta;
nada,
diez llamadas perdidas o una botella de agua vacía o
tu olor empapando mi suerte;
nada,
un disco terminado en el ordenador que aún parpadea,
como si fuera una alarma que avisara
de que hasta lo más bello termina. Nada:
solo este orden justo y preciso,
este orden que ya es solo mío y no encuentra lugar en el que caerse,
este orden que no se va porque no vienes.
Este orden
que también me sobra.
Me sobra olvido
también
de las canciones que tengo prohibidas,
de esas palabras
que ya no sé pronunciar,
de todos los ángeles
que me abandonan,
de cada día que tropiezo
con la misma pregunta:
¿no es olvido y recuerdo la misma cosa? Me sobra olvido,
ya ves qué tontería,
cómo puede sobrar algo que no se tiene. Si pudiera llamarte amor
o si pudiera
tal vez
solo llamarte. Amor.
Me sobra olvido.


Poema de Elvira Sastre
Imagen de Pixabay