martes, 21 de mayo de 2019

Día x mes x \ Bucle infinito

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DIA X MES X \ BUCLE INFINITO

Terminar la jornada doméstica digiriendo
una insípida ensalada mientras la televisión
emite sus fantasías a todo volumen,
procurando anestesiar esta desazón cíclica

-mi nombre se repite
en todas las listas de exclusión:
demasiada mala suerte-;

aprovecho la soledad de los fines de semana
para no pensar en lo que [me] destruye

duele no ser como los personajes que saturan
la pantalla, traficantes de falacias con las que comercian
por una atractiva cifra con muchos ceros,
parásitos alérgicos al trabajo mundano,

duele ser fiel a la herencia de mis padres
-esta forma de ser es un pasaporte
/ directo al fracaso-

duele la vida honesta, sin ambiciones.

Se disipa el hambre -qué harta me tiene la dieta-;
me embobo con la programación decadente,

abandono mis neuronas al espectáculo circense
con sus destellos de color y glamour de plástico,

que ya no quiero lamentarme más por la falta
/ de oportunidades,
por la lucha permanente con candidatos más aptos
o porque no me puedo atiborrar de chocolate o whisky,

ignorar a la filosofía, los principios, la desazón,

sorberme las lágrimas y formar parte de la manada
de borregos adictos a la felicidad artificial




hasta la madrugada que anunciará
el retorno al desayuno frugal, a limpieza intensiva con lejía
de los baños y a estudiar cursos para llenar mil currículos



Poema de Ana Patricia Moya, Periquilla de los palotes 
Ilustración de Mario Arévalo


domingo, 19 de mayo de 2019

viernes, 17 de mayo de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 9: El Valle Inquietante

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El cocinero y la mecánica corrieron hacia ningún sitio, pues el homínido custodiaba la única puerta de la sala. Se ocultaron tras una fila de taquillas y esperaron, atrapados a su merced.

– Vaya una forma de morir – susurró Palmer. Por primera vez en mucho tiempo volvía a saber lo que era el miedo, y no le gustaba. Estaba empezando a hiperventilar. Se habría desmayado si April no hubiera tomado las riendas, sorprendiéndolo.

– Cálmate, ¿vale? No vamos a morir. Creo que puedo engañarlo para que suelte su arma. Cuando esté distraído, tú lo inmovilizas y yo te ayudo.

– ¿Qué? ¿Cómo vas a hacerlo? Ni siquiera conoces su idioma.

– Por favor, Palmer – dijo guiñándole un ojo –. ¿Cuándo he necesitado palabras para entenderme con alguien?

De repente surgía un rayo de esperanza. Además de la mecánica de la nave, April 9213 era un modelo básico de placer. Estaba programada para satisfacer a cualquier miembro de la tripulación que solicitara sus servicios. Incluso contaba con un accesorio retráctil para ejercer funciones sexuales masculinas, en el caso de que fuera necesario. Pero el único que hacía pasar a la androide a su camarote era el capitán Harris, y con bastante asiduidad.

Aunque Palmer le recomendó que no lo hiciera, April salió de su escondite muy despacio, con las manos a la vista para que el cavernícola viera que no suponía ninguna amenaza. Caminó lenta y sensualmente hacia él, deteniéndose a un par de metros. Mientras emitía un leve gemido agarró la parte baja de su camiseta y tiró de ella hacia arriba, quitándosela. El salvaje permaneció inmóvil; su mirada denotaba cierto interés. Ella continuó despojándose de su ropa mientras le dedicaba una sonrisa de complicidad a su objetivo masculino. Éste se mostraba cada vez más tranquilo, y parecía que poco a poco abandonara la idea de seguir matando. Tal vez podrían pasarlo bien juntos.

April se quitó las botas. No quiso lanzarlas muy lejos, como solía hacer cuando llevaba a cabo su protocolo de seducción, para no alterar el ambiente de calma que estaba consiguiendo con aquel improvisado striptease. Por último, dejó caer sus pantalones. Una hembra hermosa, desnuda, limpia y dispuesta. ¿Qué macho podía resistirse?

La androide dirigió una fugaz mirada al bulto que se acababa de formar bajo aquel taparrabos. Había mordido el anzuelo, aunque parecía un poco tímido. Para ayudarlo, se le acercó lentamente, sonriendo y mirándolo con lujuria. Cuando sólo faltaba un paso para que lo alcanzara fue él quien se adelantó. Sin soltar su lanza la rodeó con el brazo que tenía libre y la apretó contra sí. Tras el gesto, April dejó escapar una fugaz risa, fingiendo nerviosismo y excitación. Él también sonreía. Lo tenía en el bote. Todo iba bien cuando, de repente, la libido se esfumó.

El homínido había dado claras muestras de estar gustándole lo que veía, hasta que en la entrepierna de androide empezó a asomar algo que no debería estar ahí. El golpe que había sufrido al tirar de Palmer para esconderse había desconfigurado sus funciones sexuales, activando por defecto su accesorio masculino, recientemente utilizado por el capitán Harris. Cuando fue consciente de ello ya era tarde para ocultar aquella desconcertante sorpresa.

Furioso, el salvaje agarró a April por el cuello, alzó su lanza y le atravesó el pecho con ella, abriendo una herida de la que emanaban chispas en lugar de sangre. Aquello sólo le dio motivos para tirar al suelo a la androide y seguir destrozándola. Palmer salió entonces de su escondite y atacó al cazador con el cuchillo que portaba, pero éste consiguió esquivarlo sufriendo sólo un rasguño en el brazo. El cocinero lo intentó por segunda vez y de un manotazo el arma blanca salió disparada hacia el interior de la sala. No estaba dispuesto a volver a esconderse allí; no ahora que estaba tan cerca de la puerta. Prefirió retirarse y echar a correr por los pasillos, tan aprisa como pudo y sin mirar atrás.


Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre

jueves, 16 de mayo de 2019

martes, 14 de mayo de 2019

Camino a casa

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Me he sorprendido hablando solo,
tratando de distinguir lo ficticio de los hechos.
Escuchando quizás, las risas en felices vientos,
con niños y sus tardes, en gloria y melancolía,
simples ondulaciones en la falda de mi madre,
ahora ecos en ese universo de arena,
que poco a poco, lo va borrando el viento.

Me he sorprendido andando, tan solo y resquebrajado
por sobre las mismas orillas, una y otra vez,
recordando tristezas, meditándolas en el camino,
consolándome al andar hablándole a mis penas.
Enterrando mis alegrías. Dejándolas en el olvido.

Me he sorprendido mirando al piso en cada paso que doy,
dentro de ese final que ya no es más mi final.
El hombre: Vano remedo de la desintegración.
Yo: Jamás altivo y siempre consciente,
pensando cautivo: “Lo finito es humillación…”

Me he sorprendido confesando en lucubraciones:
"¡Caprichosa la vida…! ¡Que ingrata la amistad…!
Todo se pierde y todo se va…
Soñando en un campo…
¿Moriré al despertar…?”

Al final, nada queda, salvo tristes vestigios
de lo que alguna vez fui en mi andar.
Al final nada queda, salvo el camino a casa,
que aquella noche, me regalo este pensar.

Texto de Luis Morales
Foto de Patricia Reisman

domingo, 12 de mayo de 2019

Perfeccionismo

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Amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño.
Joaquín Sabina
Es enternecedor
ese esmero tan tuyo
en lograr la excelencia del destrozo
sin una concesión a la chapuza;
ese don especial
de llamar a las cosas por su nombre.

Se trata
de no dejar resquicio a la esperanza
ni piedra sobre piedra;
de matar los recuerdos,
no vaya a ser que alguno fuera hermoso
y nos traiga de pronto
un instante de duda inoportuno.

Me lo dijiste
con esa forma tuya de mirarme
y esa necesidad de hacerme daño.

Con ese virtuosismo que despliegas
solo para alcanzar
la máxima expresión de la derrota.

Poesía de Ana Montojo
Imagen de Pixabay