sábado, 15 de junio de 2019

A ratos

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Los aeropuertos son lugares extraños. Ahora mismo, sentado en la sala de embarque del vuelo de las 6:45 no se me ocurre ninguno con el que compararlo, y ya que estoy aquí me paro a observar el ecosistema de éste. Es atemporal. Son las 6:01 pero lo mismo podrían ser las 17:54. Todos los humanos que estamos aquí ejecutamos rutinas sociales que nos atrapan hoy día: básicamente mirar la pantalla del móvil sentado en posición parecida a la que adoptamos en el váter. Todos obedecemos a una programación de la que no podemos escapar. Yo mismo, que no tenía pensado escribir nada, hacía lo mismo cuando me ha asaltado esta cadena de pensamientos. Por eso me he puesto a escribir esta chorrada, para intentar joder la rutina programada. En un par de horas cada uno estará en su destino trabajando, despidiendo a alguien, buscando algo, en fin…

Esta rutina social da poco margen de maniobra a los imprevistos aunque a veces pueda colarse algún destello de irrealidad en este agujero de gusano del espacio tiempo que comparto con todos estos desconocidos.

Se sienta a mi lado una pareja de unos 50 años largos. Ella le dice a él:
- Le he dicho a mi hermana que ya estamos aquí. Ya lo ha leído y ahora está escribiendo. Dice que ellos se levantan ahora. Lleva conectada desde las 5:02. Aquí lo pone.

El marido asiente y mira a un grupo de adolescentes que espera frente a ellos.

Últimamente vengo pensando que la gente hablamos demasiado solos. Que realmente al otro lado de las conversaciones de WhatsApp no hay nadie real, sólo parte de esta rutina social de la que hablaba antes. Incluso al hablar por teléfono con alguien de viva voz (cada vez se hace menos) detectas que, mientras, tu interlocutor hace cualquier otra cosa e interrumpe frases o palabras. Porque puede que los teléfonos sean multitarea, pero los humanos cada vez menos.

Esto me ha hecho recordar un poema de Luis García Montero en el que intenta definir qué es poesía. ¿Quizás este instante en sí sea un poema?

La poesía es la voz del que se sabe
vivo y mortal, lo dice Blas de Otero.
Y en conclusión, señores, el poema
no nace del esfuerzo de hablar solo,
es la necesidad de estarle hablando
a una silla vacía.

Texto de Antonio Ramírez
Imagen de pixabay


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