miércoles, 30 de noviembre de 2016

Instalar un receptor de carga inalámbrico Qi en un móvil o tablet

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Siempre trato de probar las nuevas tecnologías, sobre todo las que pueden facilitarnos la vida; la carga por inducción magnética lleva unos años en el mercado; los más modernos móviles la incorporan, lo que es muy conveniente para evitar desgastar el conector de carga más de la cuenta.
Hay móviles que incorporan la posibilidad, como el Samsung S3, pero viene de fábrica sin él; consulta si al tuyo se le puede poner; es muy cómodo dejar el móvil en la mesita, encima del cargador cada noche y olvidarte de la batería (siempre que ésta dure normalmente más de 1 día). Normalmente a todos se les puede poner uno externo, que va pegado en la parte trasera y se conecta directamente al USB. Es lo más cómodo, aunque requiere fijarse en cómo dejas el móvil colocado, para que ambas antenas queden pegadas.


En el caso de las baterías Zerolemon, tienen mayor capacidad pero ninguna dispone de carga inalámbrica (que yo sepa), por lo que tenía que adaptar el receptor a mi S3:


Se ve mucho mejor en un vídeo el proceso, así que lo documenté de esa forma, con la ayuda de mi amorcito. Es un formato al que trataré de recurrir más a menudo:

domingo, 27 de noviembre de 2016

Libros abandonados y...

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Abrimos la puerta de la sección "Libros abandonados versus libros que nunca abandonaremos", comentaremos brevemente el motivo de no terminar o no querer parar de leer.

Álex: 
Libro abandonado: La vida exagerada Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique. El periódico El Mundo lo tiene entre las 100 mejores novelas del siglo XX. Yo lo dejé a la mitad (tiene casi 600 páginas) porque la historia llevaba al menos 250 páginas sin avanzar un ápice y el autor no dejaba de repetirse una y otra vez. Sentí que me estaba tomando el pelo y me deshice de él, creo que vendido al peso. Me parecía muy cruel regalárselo a alguien. 

Libro que jamás abandonaré: La historia interminable, de Michael Ende. Cuando tenía 11 años lo único que leía eran los libros obligatorios del colegio y lo poco que había apto para mi edad en casa. Esta novela fue la primera que leí por propia voluntad y aún la sigo leyendo de vez en cuando, pues la historia no se lee igual con 11 (la edad del protagonista) que con 16 o 27. En total la he leído 14-15 veces, y las que me quedan...


Saray:
Libro abandonado: Sé que lo que voy a decir marcará una cruz sobre mi cabeza (bueno, la pondréis algunos) pero... allá vamos. No podía dejar un libro una vez lo había empezado pero "El señor de los anillos" (Tolkien), marcó un antes y un después. Mientras el tercer arbolito de la derecha, al que la luz le rozaba levemente las perennes hojas.... yo pensaba en mil cosas, me quedaba adormilada y tenía que releer el párrafo. Soy muy visual, por eso mismo no me describas un bosque árbol a árbol. Eso sí, las pelis son una obra maestra.

Libro que jamás abandonaré: El principito (Antoine de Saint-Exupéry) lleva conmigo desde los 4 años. Pensé que era un libro infantil por la portada y lo devoré página a página pero había momentos en que por mi cabeza pasaba un "aunque entiendo todas las palabras hay cosas que se me escapan y no sé porqué, tengo que releérmelo cuando sea mayor". Así que fui volviendo a él primero para sacar toda su esencia y después para no olvidar esas valiosas enseñanzas.


Antonio:
Libro(s) Abandonado(s): Había llegado a mis oídos como un susurro, acompañado de un escalofrío. Esa sensación que estimula el sistema nervioso de un friki amante de los mitos y el folclore oscuro de todo el mundo. En mi particular universo, El Golem (Gustav Meyrink) fue a la novela de terror/fantasía lo que Los pilares de la Tierra a la novela histórica. A ambos les di unas cien páginas de confianza. El beneficio de la duda más amplio que haya otorgado. En comparación, puede que el margen que le di al segundo no llegase ni al diez por ciento. Por el primero, además, tenía interés. No sé si algún día lo retomaré, pero sólo recuerdo a un tal Pernath y un abrigo. ¿Qué me quería contar realmente el señor Meyrink? Si era algo importante me lo perdí. Quizá se pone interesante a partir de la página que sigue a aquella con la que decidí dar el cerrojazo. Lo de Ken follet… sopor. Lo siento, soy de relato o novela de dimensiones editables. Como dice Dani Rovira: muy coja tiene que estar la mesa para que yo le de uso a ese libro.

Libro que jamás abandonaré: No quise separarme de él desde que lo leí por primera vez allá por el 97. Lo devoré en un par de tardes, en las vacaciones de navidad de aquel año. Lo releí al tiempo y lo disfruté aún más. Y, de nuevo, volví a pegarme a sus páginas cuando supe de la adaptación al cine a manos de Peter Jackson. Luego resultó ser una de las películas (¡trilogía!) que más he odiado. El Hobbit, de J.R.R. Tolkien me robó el corazón a la primera; un flechazo. No es el resultado de un concienzudo trabajo de documentación ni un sesudo análisis del devenir de la sociedad en la que vivimos. Es una aventura bien contada y dirigida a todos los públicos (que lo escribera para sus hijos es un mito). En contraposición con el enorme tocho infumable del amigo Follet, en apenas 300 páginas cuenta una historia adictiva, épica y llena de personajes bastante definidos. Entrañable y emocionante como pocos. Puede que la friqueza me arrastrase, pero lloré todas las veces en esa parte que Blind Guardian retrata tan bien en la última estrofa de su canción The Bard´s Song-The Hobbit.
Mario:
Libro abandonado: Son muchos más los libros que no he entendido y los que no entendería que los que he abandonado. También yo fallé y fallo con El señor de los anillos (y con Harry Potter). Rayuela fue un penar, aunque disfruté con los personajes y los experimentos no tuve ni la mínima intención de leerlo saltando. Tras la invasión del pijama de franjas azules y blancas, desde el día en que lo terminé lo abandonaría. En general, los libros gordos y densos me dan demasiado respeto como para atreverme a intentar adoptarlos y los cómics de superhéroes no me enganchan.

Libro que jamás abandonaré: El árbol rojo, de Shaun Tan. Una joyita cuyas páginas no se pasan, se incorporan. Me gusta pensar en el libro, en el momento en que apareció, en el pez que lo acompañaba y en lo frondoso que puede ser un árbol rojo. En la estantería que no abandonaría, estaría acompañado por libros como Calles de arena, El Quijote y Cien años de soledad, para que apoyados no se caiga ninguno. Dentro de cinco minutos vendrá a mi mente alguno más e intentará empujarlos. No, ya están empezando a empujar. ¡A ver! ¡Orden! ¡De uno en uno!


David:
Libro abandonado: He tenido fácil elección, han sido unos cuantos últimamente... pero por nombrar uno, el primero de Harry Potter: Traté de leerlo, porque le encanta a mi chica, pero no me llegó a enganchar. Tal vez porque ya había visto las primeras películas, y no me llaman mucho las historias de magos; creo más en la magia de la ciencia; y al estar dirigido a un público infantil, perdí enseguida el interés. Supongo que los libros que son una extensión de nosotros mismos son los que más nos gustan...

Libro que jamás abandonaré: Literalmente, "Niork" de Stefan Wul. Creo que ningún libro me impactó tanto como éste... lo devoré ávidamente en 3 horas con 10 años; solía coger libros de Barco de Vapor y similares de la biblioteca de la escuela todas las semanas, y aquel viernes me atrapó en su lectura fácil y aventura suprema. Trata de un niño negro, en su lucha por sobrevivir en un planeta desolado por una guerra nuclear; repudiado de su tribu, una serie de acontecimientos le harán cada vez más fuerte, hasta convertirse prácticamente en un Dios. "Niork" era el antaño "New York", del que sus habitantes apenas recuerdan su verdadero nombre. Desde que lo leí, quise hacerme con un ejemplar, muy difícil de encontrar en castellano, hasta que hace poco el hermano de mi chica lo encontró a la venta en una vieja librería... todo un detallazo. Aunque es un libro que disfrutas más cuando tienes la mente virgen, se deja leer a todas las edades. Otros que me marcaron en mis inicios lectores fueron "El Hobbit", "Momo" y "Jim Botón y Lucas el maquinista". 


Migue:
Libro abandonado: Por eso de ser el escritor que me enganchó a la lectura, no le he dado una oportunidad, ni siquiera dos... y si digo tres me quedo corto. Cuatro oportunidades le he dado a "El juego de Gerald" de Stephen King, y he de reconocer, con todo mi corazoncito de lector ávido de terror, que al final me di por vencido. Sopor, sopor, sopor... sopor. Yo, que no suelo repetir lecturas porque hay demasiadas cosas interesantes que leer, creo que no volveré a intentarlo... o quizás sí, al fin y al cabo, casi parafraseando a Matas hablando de Urdangarín "es Stephen King".

Libro que jamás abandonaré: Como he dicho antes, no suelo repetir lecturas, lógicamente tengo mis excepciones, y sin dudas, la más importante, la más releída y, por supuesto la más querida es "Los mitos de Cthulhu" de H.P. Lovecraft and company. Un libro que, al igual que beato con su biblia, tengo en la mesita de noche, viejo y manoseado, ajado incluso... y único e incomparable.

viernes, 25 de noviembre de 2016

La película de Schrödinger

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El año pasado, 23 años después de la Expo 92 de Sevilla, se reabrió la sala IMAX del Pabellón de Canada. Una mente privilegiada dijo entonces con toda su osadía, orgullo y supina ignorancia que la primera película 3D de la Historia se había emitido allí. Normalmente me suelo quedar calladito pero esa vez le respondí que la primera película en 3D era de 1922, así que menos lobos, Caperucita.

La primera patente de cine en 3D es de 1890, pero era algo experimental y no apto para uso comercial. Hubo otras patentes y pruebas en 1900 y 1915, pero nada que se pudiera calificar de película.

La primera película en 3D proyectada en un cine, en el del Hotel Ambassador de Los Ángeles, fue The Power of Love, de los cinematógrafos Robert F. Elder y Harry K. Fairall. Fue el 22 de septiembre de 1922 y se usaban las gafas de dos colores que todos hemos visto (y tal vez usado) alguna vez, con una excepción. Las actuales son rojas y azules, mientras que aquellas eran rojas y verdes como la de la imagen que encabeza esta entrada.

Lo que me ha llamado la atención de esta película (aparte de su fecha de estreno) era que también fue la primera en tener dos finales distintos. La audiencia tenía la opción de ver el final por una sola lente, por la roja o por la verde. En un caso veían un final trágico y en el otro un final feliz. En mi caso si tuviera la oportunidad (que va a ser que no porque la película original está perdida) no cerraría los ojos y vería los dos finales a la vez.

Sería la película de Schrödinger, habría personajes que estarían vivos y muertos al mismo tiempo, aunque Schrödinger aún tardaría 13 años (1935) en enunciar su famosa paradoja. ¿Tiene alguna relación? No, Erwin Schrödinger tenía 35 años cuando se proyectó la película, pero no hay constancia de que se proyectase en ningún otro sitio y Schrödinger nunca pisó Estados Unidos.

Simples casualidades... o tal vez no...



Imagen de cabecera sacada de Wikimedia Commons:
By The original uploader was Wittkowsky at German Wikipedia [GFDL or CC-BY-SA-3.0], via Wikimedia Commons

miércoles, 23 de noviembre de 2016

That regular show

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Comencé a ver esta locura hace ya varios años, cuando se incluía en la programación de Cartoon Network y aun me sigue fascinando hasta el punto de ver los mismos episodios (ahora en Yomvi) una y otra vez sin importarme.

Regular Show (Historias Corrientes) es, aparte de la serie de animación que más se puede acercar en estos momentos a la definición de mítica, una de esas series para adultos que, por desgracia, se emiten en un canal para niños. Y realmente no es ese el asunto que me ha impulsado a escribir sobre ella. Sin embargo me sirve como hilo conductor para estructurar este modesto análisis. El caso es que no la considero inapropiada por la forma de hablar de sus personajes, que en ningún momento llega a ser obscena. O por su contenido, ajeno a imágenes violentas o desagradables. Hay muchos otros principios; algunos aparentes y otros más sutiles.

¿Ejemplos de esos primeros? Se me ocurren varios:

No es atractiva a los infantiles ojos acostumbrados al color en exceso o a los personajes con poderes asombrosos; la palabra antihéroes se les queda corta o apenas define a los protagonistas.

Aunque es, como ocurre con muchos títulos infantiles, más bien lineal (solamente) en cuanto a la estructura, los desenlaces así como los puentes que tienden para llegar a ellos son, cuanto menos, originales.

Además posee muy pocos rasgos característicos del cartoon clásico, cosa que no sé si realmente es un contra para esas pequeñas mentes que esperan que un crío de pelo imposible prenda fuego a un balón de una patada. Incluso la música, a la que he estado prestando más atención gracias a un amigo, resulta poco o nada cercana a ese tipo de público que tiene como banda sonora el pop malo y reiterativo de Disney Channel.

 La verdadera razón, la sutil peculiaridad por la que le cuelgo la etiqueta de no apta y por lo que a su vez me apasiona la serie, es el hecho de que si no has vivido tu adolescencia en la década de los noventa no la entenderías. O al menos no la disfrutarías al cien por cien. Su lenguaje, ya no solo los diálogos sino todo el conjunto que la define, es el paradigma de la personalidad de toda una generación que no voy a llamar X. Se trata de una sucesión de elementos al más puro estilo de los noventa más brillantes. La forma de hablar, la pareja de protagonistas chispeantes y sin más motivación que hacer el vago hasta aburrirse de ello y continuar después. La relación entre los personajes, los mismos personajes en sí y la profundidad de cada uno así como la aparición frecuente de otros más puntuales llenos de misterio y rodeados de esa aureola de “molonidad”. Las recreativas, la cafetería que frecuentan (que frecuenten una cafetería ya es un indicador de la edad a la que está dirigida), la consola frente al sofá con sus constantes duelos y las alusiones a videojuegos inventados pero que bien podrían ser bombazos de aquella época. Incluso la tipografía y la cabecera. Si no fuera por la música, podría ser perfectamente el fotograma de un video de Pearl Jam o Soundgarden.

Toda esta amalgama de singularidades noventeras me recuerda, salvando las distancias, al universo Kevin Smith. Sí, he dicho universo. No solo van a tener ese privilegio Spielberg o George Lucas. El porqué de ese impulso que me evoca la similitud con aquellas historias es que son reales, auténticas... hasta que entran en juego la ciencia ficción o el surrealismo más absoluto. En ese sentido, para mí es lo mismo jugarse a “piedra papel tijera” las tareas de mantenimiento del parque y acabar en otra dimensión que buscar el amor en un centro comercial y que termine dándote consejos sobre chicas Stan Lee. Eso me hace pensar que quizá el paralelismo más compatible sea con Mallrats. Unos fracasados que se asombran tanto del mundo que les rodea que desatienden por completo otras cuestiones más importantes. Pero cuando se quieren dar cuenta e intentan remediarlo, una fuerza superior se lo impide y comienza la lucha contra los elementos en un contexto de humor no pretendido.

Esa es la verdadera magia de esta serie. Los objetivos se autoimponen por obra del azar o de una maldición cósmica que conduce a los personajes, incluso a aquellos que no han tomado parte en los desencadenantes, hacia situaciones que no son para nada motivo de risa, pues en ocasiones los acercan demasiado a la muerte. Lo realmente cómico es cómo llegan a desembocar en tales situaciones partiendo de lo más cotidiano y anodino. Todo esto, unido a ese inconformismo rebelde de los protagonistas y a todo el conjunto de detalles que reflejan la edad que tenía el creador en los noventa (J. G. Quintel nació en 1982), hace que me retrotraiga a esa época cuando veo cualquiera de sus episodios. Ese, además de lo divertida y entretenida que me parece la propuesta, es el motivo principal por el que soy incapaz de levantarme del sofá (sacrilegio) cuando Mordecai y Rigby están poniendo en peligro la continuidad del universo.

Claro que, si estos no fueran un arrendajo azul y un coatí de cola anillada (al menos a mí me lo parece, más que un mapache), nada de lo que he dicho hasta ahora tendría sentido.

Un par de ejemplos: "Un puñado de patitos" y "El record" (Temporada 2)

Referencias:

Regular Show: J. G. Quintel, 2010.

Mallrats: Kevin Smith, 1995. (http://www.filmaffinity.com/es/film861246.html)

lunes, 21 de noviembre de 2016

Complejo edípico

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El hombre se acercó a la anciana, con el filo del machete le acarició las piernas. Ella, atada, pedía clemencia con sus ojos hinchados de llanto. Él, tierno, le besó la frente, le habló al oído:

    -Quedamos tú y yo, no hay más almas. ¡Pero por favor, no me mires así! Debes comprenderme, Madre, algo tengo que comer.


Texto: Rogelio Jarquín.
Imagen: Saray Pavón.

Rogelio Jarquín, Jalisco (Mexico), 1978. Empieza su andaduras literarias en pequeños periodicos de La Ciudad de México. Egresado de la Sogem (Sociedad de Escritores Mexicanos) parte para Madrid en donde reside y dice haber encontrado el lugar perfecto para escribir. Su primer libro "Tabaco Frito" se publicó y agotó en 2011, la 2ª edición está ya disponible aquí. Actualmente se encuentra trabajando en su próximo libro: "Cerillas sueltas".

sábado, 19 de noviembre de 2016

LA MUJER

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Cuando todo el mundo se marchó

La joven del abrigo rojo

Se quedó allí

Parada

Sola

Bajo la incesante lluvia que lo corroe todo

Bajo la iridiscencia mortecina de las farolas

Bajo la mirada atenta de un fantasma

Yo

Que la observaba desde mi ventana

Y no soy más que una sombra

Por primera vez

En muchos años

Lloré por mí

Texto de Migue Carrión
Dibujo (técnica mixta) de Saray Pavón