Los hombres de Covenant continuaron golpeando la puerta con un ariete, a pesar de la lluvia de flechas ardientes que caía sobre ellos desde lo alto del muro. Cuando estaban a punto de destrozar el portón, la actividad de los arqueros cesó. Finalmente echaron abajo las puertas y los que estaban en primera línea penetraron en la ciudad blandiendo sus espadas, esperando encontrar resistencia. Pero no fue así. Una vez dentro, se detuvieron extrañados. No había nadie para impedirles el paso. Ningún vientre que perforar ni cuello que cortar, tan sólo una catapulta preparada con su carga, pero desprovista de una mano que la accionara y que, en cualquiera caso, no suponía peligro para ellos particularmente, pues parecía apuntar más allá de la puerta. Debieron pensar que en el último instante habíamos optado por huir, ofreciéndoles la ciudad entera como presente a cambio de nuestras vidas. No podían estar más equivocados.
Antes de que entraran, no sólo dos veintenas de hombres, sino casi toda nuestra infantería se había descolgado en sigilo desde los muros y esperaba oculta, agazapada tras rocas y matorrales.
– ¡Ahora! – grité desde el frente sur. Beldar, en el frente norte, pareció oírme y ambos atacamos al unísono, atrapando al ejército de Covenant como un cepo para lobos. Pero nuestro objetivo no era acabar con ellos. Al menos, no en ese momento. Sólo envolverlos y estrechar su formación.
Los arqueros, ocultos tendidos en el adarve, se incorporaron y acabaron desde arriba con los pocos hombres de Covenant que habían llegado a atravesar las puertas de Villesainte. Entonces, los Doce de Vaughan salieron a caballo de su escondite en los callejones y cargaron hacia la puerta de la ciudad. Al sobrepasarla, arrasaron al enemigo rompiendo su formación, no sin antes accionar la catapulta, lo cual les ayudó a abrirse paso. Tras los mercenarios, un grupo de hombres y mujeres de Villesainte, entre los que se encontraba Otilia, se aseguraban de no dejar atrás a ningún enemigo con vida. Algunos a lomos de los caballos del ejército, otros a pie. Pero todos armados con su valor y su impulso por sobrevivir a esa noche. Por proteger aquello que amaban. Ese era el momento, la señal para que los que conteníamos a las tropas de Covenant por sus laterales atacáramos con todas nuestras fuerzas. Golpeando. Cercenando. Aplastando. Les dejamos libre la retaguardia para que pudieran huir en caso de verse desesperados, aunque recé a los dioses para que no lo hicieran. Para que todo acabara esa misma noche.
Un chorro de sangre atravesó las rendijas de mi yelmo y golpeó mi rostro. Tuve que levantar la visera para poder ver, pero continué blandiendo mi Slicer. No tenía la certeza de que me siguieran mis cuatro sombras: Hugo, Sigberto, Vargas y Tadeo. Tal vez habían caído o tal vez se encontraban luchando contra otros enemigos, quedando atrás. En ese momento no podía girarme a comprobarlo, sólo avanzar. Asimismo, ignoraba cuál había sido la suerte del grupo liderado por Beldar.
No podía flaquear ni retroceder un solo paso. Prefería morir allí, empuñando mi espada, que agitando los pies en la horca cuatro días más tarde. Pero tampoco estaba dispuesto caer. Aunque todos mis hombres hubieran muerto y sólo quedara yo para defender Villesainte, aunque mil flechas atravesaran mi cuerpo, no me detendría mientras supiera que ese draugr seguía en pie. Cuando me repuse del frenesí, me di cuenta de que había acabado con todos los enemigos que me rodeaban. El ejército de Covenant estaba disperso, lo cual significaba que, a pesar de nuestra inferioridad, habíamos conseguido igualar la batalla. Me encontraba en el corazón de su formación.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sentí como si alguien justo detrás de mí susurrara mi nombre. Me desprendí del yelmo y me volví. Encontré a Covenant sonriendo mientras me contemplaba en la lejanía. A pesar de la distancia, sabía que era él quien me había llamado. Debía confiar tanto en su victoria que había acudido a la batalla sin protección. Para ser quince años mayor que el Conde, parecía tener quince años menos que este. Su indumentaria oscura y entreabierta dejaba ver extraños tatuajes y marcas en su pecho. Me aproximé a él con cautela.
– Tengo ante mí al célebre Caballero Oscuro de Villesainte.
Su voz sonaba perversa, casi musical. Parecía disfrutar con todo el mal que generaban sus actos irracionales.
– Y yo al perturbado Barón Covenant. Esta noche por fin acaba tu macabro juego.
– Nada se acaba en este mundo. Sólo cambia de forma.
– ¿Y cómo sería? ¿Piensas tomar la ciudad para dominarla o aniquilarás a sus habitantes?
– Todo a su tiempo. En este momento la camada ya estará huérfana. Lo próximo será adiestrar a los cachorros para convertirlos en mis perros. Y los que se resistan… les servirán de alimento.
Exhaló una risa malévola. Debía pensar que me afectarían sus palabras, pero ignoraba que los Doce de Vaughan ya se habían encargado de amputar la mano con la que pretendía apuñalarnos.
– Nada de eso. Los cinco hombres a los que enviaste para entrar a escondidas han caído, antes incluso de que llegaran a asomar la cabeza. Tu derrota será absoluta.
Ante la noticia, el ser estalló en cólera, lanzándose sobre mí. Esquivé su golpe y nos batimos. Era rápido y, aunque lograba detener sus ataques, cada vez me costaba más. Durante un instante estuvo a punto de cortarme la cabeza. Frené su espada con la mía e hice lo posible por contenerla mientras la hoja se aproximaba cada vez más a mi cuello. Ni siquiera durante el forcejeo pudo dejar de hablar, intentando hacerme daño con palabras envenenadas.
– Someteré a esta maldita ciudad y a su Conde, con ejército o sin ejército. Os empujaré a que os matéis unos a otros. Así me deshice del heredero, y así me desharé de ti.
Sabía algo. Además de haber intentado matar a Beldar, aquel condenado tenía algo que ver con la muerte de Cristian. Me lo diría al tiempo que suplicaba, justo antes de que acabara con él. La rabia me ayudó a reunir fuerzas suficientes para quitármelo de encima. Lo empujé, obligándole a retroceder. Entonces sentí cómo la tierra se estremecía con un galope veloz que se aproximaba. El jinete saltó de su caballo sobre nosotros y atacó a mi oponente con fiereza.
– ¡Regresa al Infierno, Covenant!
Al principio no lo reconocí, pues iba protegido por una cota de mayas y un casco. Fue su voz lo que me indicó de quién se trataba. Era Ludovico quien, empujado por la ira, atacaba al draugr. Este se olvidó de mí para centrarse en su nuevo oponente, esquivando con destreza cada uno de sus golpes, pero el joven luchaba con fiereza y parecía que iba a conseguir derrotarlo. Quería interponerme para evitar que ese maldito ser muriera antes de haberle arrancado una confesión y cuantos gritos de dolor que me hubieran sido posibles, mas conociendo la historia de Ludo, no podía privarle de su venganza. Si alguien la merecía más que yo era él. Con toda probabilidad, quien más había perdido por su culpa en toda Villesainte. Por eso vacilé durante un instante, conteniéndome en lugar de unirme a la lucha. Ese instante, sin embargo, fue suficiente para que el destino se torciera a favor del Barón, ensartando con su espada el vientre del joven y llevándose luego la hoja sanguinolenta a la boca para lamerla. No fue tanto el acto lo que volvió a despertar mi frenesí, como la plácida expresión con que lo llevó a cabo, mirándome fijamente. Pude imaginarlo lamiendo de forma similar no sólo la sangre de su última víctima, sino la de todos los demás que habían caído por su mano, incluyendo a Padre. Un deseo de venganza se apoderó de mí también y, a pesar de saber que Covenant podía decirme quién había matado a Cristian, en ese momento tuve el impulso de acabar con el ser. Lo necesitaba.
Retomé el combate de forma más enérgica y desesperada. Por todo lo que nos había hecho y todo lo que nos había arrebatado. Tras intercambiar varios fallidos golpes de espada, finalmente encontré la oportunidad de ensartar a mi adversario y no dudé en aprovecharla. El enloquecido Barón no sesgaría ninguna vida más. Hundí a Slicer en su pecho y la retorcí. Gritó, tanto que todos sus hombres lo oyeron. El clamor de la batalla se apagó. Yo aullé con él de forma diferente, dejando escapar la ira que hasta ese momento se había apoderado de mi cuerpo. Como un diálogo de bestia a bestia. Finalmente lo decapité, acabando de una vez por todas con su dolor y con el mío. Sentí que el viento arrastraba suspiros de Odín, de Padre, de Cristian y de todos los valientes que me observaban. Con un golpe de mi espada había conseguido poner fin a la guerra.
Subí a una roca, mostrando la cabeza amputada a todos los allí presentes, tanto aliados como enemigos.
– ¡Covenant ha caído! – les grité alzando mi repulsivo trofeo. – ¡Covenant ha caído!
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano








