Tras la visita a Beldar, mis escoltas y yo nos dirigimos a la capilla de palacio, donde imaginé que podía encontrar al cardenal. Por el camino, sin embargo, me crucé con la doncella a la que dos noches antes vi vendando la herida de su señor después de que este hubiera recibido una puñalada. Al percatarse de la mancha de ciruela en la manga de mi camisa, me preguntó si quería que me la limpiara, pues, según afirmaba, la tarea no requeriría mucho tiempo ni esfuerzo. Accedí y la seguimos hasta el sótano, donde se lavaba la ropa. Por el camino, me dijo que su nombre era Clodevinta. Supe entonces que ese encuentro no había sido fortuito, ni tan simple el ofrecimiento de lavar mi mancha. Se trataba de la mujer con la que Beldar afirmaba haber estado la mañana en la que mataron a su hermano. ¿Hasta qué punto estaría unida a él?
Una vez en el sótano, me despojé de la camisa para entregársela a la sirvienta. Ella mojó la manga y la frotó. Pude notar cómo las demás doncellas presentes se ruborizaban al ver mi torso desnudo. Aproveché el pudor de las mujeres para acercarme a Clodevinta y susurrarle. De esa forma, despistaríamos tanto a ellas como a los guardias.
– Sé que el verdadero motivo por el que me has traído aquí es para decirme algo.
– Quería hablaros de la mañana en que murió el heredero del Conde.
– Estoy al tanto de todo. Acabo de hablar con Beldar.
Ella se mostró apurada ante mi revelación.
– ¿Os lo ha contado?
– Dice que el cardenal Baptiste os vio. Puedes estar tranquila, no diré nada al Conde e intentaré que el clérigo tampoco os delate. Si es un romance lo que intentáis ocultar, os ayudaré en lo que pueda.
A pesar de mis palabras, no la vi menos intranquila. Sin embargo, eso fue todo lo que pudimos hablar. El cardenal irrumpió en el sótano. Debían haberle informado de mis andanzas por palacio. Me halló descamisado y muy cerca de una de las sirvientas. Aquella de cuyos escarceos con el General había sido testigo, nada menos. Clodevinta pareció comprender la situación y se apresuró a devolverme la camisa, ya limpia. Aun con la manga mojada, me la puse y le di las gracias, antes de saludar a Baptiste. A pesar de que intenté sonar todo lo cordial que me fue posible, él no hizo lo mismo, utilizando palabras ambiguas.
– Capitán Van Croff. ¿Traicionando la confianza de vuestro general?
Por sí misma, su acusación ya resultaba ofensiva, ¿pero a qué se refería realmente? ¿Pensaba que mis intenciones hacia la doncella eran indecentes, pretendiendo yacer con la amante de mi superior, o que la estaba interrogando sobre lo que hizo con este la mañana del domingo, lo cual delataba mis sospechas hacia él? En ambos casos, esa pregunta era la confirmación que necesitaba. El cardenal conocía el motivo de la tardanza de Beldar al acudir a misa. Sin quererlo, me había abierto la posibilidad de hablar del asunto. Pero sería yo quien elegiría el momento, no él.
– Lo único que tengo contra mi general es que me ofreció una ciruela y acabé manchándome con ella. He bajado aquí a que me limpiaran la camisa. Mis escoltas podrán daros testimonio de ello. ¿Acaso he abusado de la hospitalidad de palacio?
– Siendo así, en absoluto. Soy yo quien ha abusado, dejándose llevar por las apariencias. Os pido disculpas si os he ofendido.
– No tiene importancia. Estoy más que acostumbrado. ¿Puedo ayudaros en algo?
– Ciertamente. Nuestra conversación de ayer fue breve debido a las circunstancias. Confiaba en que hoy, en cambio, pudiéramos hablar con más tranquilidad. Si habéis tenido tiempo de bajar a donde las sirvientas lavan la ropa, es obvio que también lo tendréis para intercambiar unas palabras.
Preferí no comentar que era yo quien tenía la intención de buscarle a él antes de que me interceptara Clodevinta. En lugar de ello, le seguí la corriente, acompañándolo a la capilla. No soportaba oírle referirse a esta como suya, pues él no era su legítimo dueño, sino el Conde y su familia. Ya estaba ahí antes de que llegara a Villesainte, y lo estaría después de que se marchara. Pero debía medir mis palabras si quería sacar algo provechoso de ese encuentro. Tenía que usar su propia artimaña contra él: dar para ganarme el derecho a pedir.
Al igual que cuando hablé con Beldar, me valí del inofensivo pretexto de saber dónde estaban todos la mañana del domingo para interrogar al cardenal. Como su paradero durante el crimen era evidente, allí mismo haciendo preparativos para la misa y luego oficiándola, le pregunté si había encontrado a Vargas entre los feligreses, pues me resultaba extraña la forma en que el hispano se ausentaba durante largos periodos de tiempo sin que nadie conociera su paradero. El cardenal parecía no haber reparado antes en ello, pero afirmó que, en efecto, ni él ni su escudero habían acudido al rito religioso. Algo desconcertante, pues no solían faltar ningún domingo.
– De modo que es a Vargas a quien pensáis culpar por la muerte de Cristian. Una jugada inteligente. Nadie le debe nada en esta ciudad, más bien al contrario. Y nadie le echaría de menos si el Conde lo mandara ejecutar.
– Por el momento no culpo a nadie, solo quiero averiguar la verdad. Hablar con él, saber dónde estuvo y si vio algo. Como hago con todos.
– También con el General. Al Conde le disgustará saber que contempláis incriminar a uno de sus hijo del asesinato del otro.
– Eso es falso. Sé lo unidos que estaban los hermanos y lo poco que a Beldar le interesa la política, así como heredar el título de su padre. Lo considero totalmente incapaz de algo tan miserable. Además, tiene una coartada que le exculpa, como bien sabéis. ¿Por qué no informáis de ello al Conde? ¿Cuál es el motivo?
– Quien me conozca lo suficiente sabe que hay un momento para hablar y otro para callarse. Creo que lo mejor será que demos por terminada esta conversación.
Sin más, el cardenal me dio la espalda y abandonó la estancia, dejándome a solas frente al mural de su dios mutilado. Cuando el padre Evelio me habló de Jesucristo, le comenté que su calvario me recordaba al de Loki, a quien los demás dioses mantenían atado y sobre cuya cabeza derramaban constantemente el doloroso veneno de una serpiente. Si bien el castigo que recibió el æsir era merecido, el de Jesús no, pues el párroco lo describía como un hombre bueno y justo que optó por el sacrificio para pagar por la culpa de toda la humanidad. El embaucador, usurero y mezquino cardenal Baptiste parecía más próximo a Loki que a Jesucristo, en nombre de quien afirmaba predicar. Y no era la única contradicción del clérigo. ¿Por qué tanta codicia y soberbia? ¿Qué escondía? No lo averiguaría esa mañana. Sería más fructífero centrarme en hallar a Lucio Vargas, quien se ajustaba a las características que requería el autor de la muerte de Cristian. Sin medios para huir, sin haber conseguido lo que había ido a buscar en Villesainte y sin su escudero, dudaba que el hispano se hubiera marchado de la ciudad. Debía continuar allí, oculto en alguna parte.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano

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