miércoles, 8 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XII

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En víspera del funeral, la plaza frente a palacio fue el lugar elegido para un amplio velatorio. Aquello no sólo era la conmemoración de los caídos, también un festejo por la victoria alcanzada y el fin de la guerra. Según se comentaba, Villesainte no había vivido un evento de semejante magnitud desde la boda del Conde con su difunta esposa. Había cerdo asado, vino de Borgoña y música. Aelis y yo pudimos acudir con cierta tranquilidad, sin sentirnos observados, pues nadie se había encargado de suplir a mi última escolta. Pese al esfuerzo de todos por que el festejo resultara tan alegre como pudiera ser, el hedor a muerte estaba presente para recordarnos el precio que habíamos pagado. Por fortuna, el viento soplaba hacia el Este, por lo que no nos llegaba también el olor de la fosa ardiente, siendo arrastrado en dirección contraria, hacia el castillo de Covenant. Si no envenenaba los pulmones de los siervos de nuestro difunto enemigo, serviría para desmoralizarlos.
    En la plaza atisbé a Vaughan y sus hombres brindando por su compañero caído. Al verme, mi amigo me entregó una copa. Chocó la suya con la mía y me indicó dónde se encontraba Lucio Vargas entre los asistentes. No obstante, para una vez que lo tenía a mi disposición, consideré que no era momento adecuado para interrogarlo, pues acababa de enterarme de que su escudero caído era, además, hijo de su hermana. Tras saberlo, entendí lo afligido que podía estar, de modo que me dirigí al hispano limitándome a darle el pésame y a citarle tras el funeral, cuando hubiera podido llorar a su sobrino, en la parroquia del padre Evelio. Pese a que temía algún reproche por su parte, pues fui yo quien insistió en que tanto él como Tadeo me acompañaran en la batalla, el trato fue todo lo cordial que cabía esperar, dadas las circunstancias. No puso objeción a nuestro encuentro del día siguiente. Incluso me felicitó por la victoria, como tantos otros hicieron esa noche.
    Lejos del concepto que algunos parecían tener de mí días atrás, todos me consideraban un héroe. Ciertamente, el panorama había cambiado desde entonces. Tanto, que incluso tuve la idea de dirigirme al Conde y repetirle las últimas palabras que había pronunciado Covenant, con la intención de que se replanteara la responsabilidad que se me atribuía sobre las muertes del pasado domingo. Pero el cardenal Baptiste no se separaba de él ni un instante. Seguramente, aprovecharía la celebración para ponerle al corriente sobre las indiscreciones de Beldar, quien, dicho sea de paso, me dijeron que había estado presente durante la apertura del festejo, ausentándose poco después. Podía imaginarme con quién se encontraba celebrando la victoria en privado.
Su padre el Conde también celebraba a su manera. Observé la rapidez con la que bebía una copa tras otra, y supuse que en algún momento tendría que ir a hacer sus necesidades, para lo cual el cardenal no tendría más remedio que respetar su intimidad. Dado su estado, consideré que abordar a mi señor no sería fructífero esa noche. No así a Baptiste, quien parecía tener intenciones ocultas. Hice rellenar mi copa de vino unas cuantas veces mientras esperaba la ocasión. Cuando al fin la hallé, dejé a Aelis con sus amigas y los hombres de Vaughan, los cuales intentaban en vano cortejar a Gilsa y Otilia, para dirigirme al cardenal, quien me saludó con su falsa calidez cuando vio que me aproximaba.
    – Capitán Van Croff. Hoy debo ser yo quien os felicite a vos por vuestra heroica hazaña. Y también por vuestro ascenso. Ha llegado hasta mis oídos que ahora sois el preferido del Conde para sustituir a Beldar como general, una vez este haya abandonado su cargo para dedicarse a las tareas propias de un heredero del título. Todo esto resulta conveniente.
– Resultaría, si no acabo ejecutado en de tres días. Llevo desde el domingo conviviendo con esa amenaza y, hasta donde sé, aún se cierne sobre mí. Ese ascenso al que nunca aspiré y del que no tenía noticia, ¿es algo que os convenga de alguna forma o lo ha decidido el Conde al margen de vuestra influencia?
    – No os entiendo.
    – ¿Qué tramáis, cardenal? Desde que llegasteis a Villesainte no habéis hecho más que envenenar el oído de nuestro gobernante. Es obvio que, positiva o negativamente, los últimos acontecimientos han afectado a vuestro propósito.
    – Para ser pagano, habéis bebido suficiente sangre de Cristo, ¿no os parece?
    – ¡De ningún modo! – exclamó el Conde Cristian a nuestra espalda – En una noche como esta es imposible beber suficiente.
    Su habla se retorcía como un pez recién capturado. Al ver que era conmigo con quien conversaba el cardenal, me miró con ojos de alegría y tristeza por igual.
    – Ah, Van Croff… Últimamente has estado muy presente en mis pensamientos. He llegado a la conclusión de que creo en ti. Realmente espero que seas inocente. Incluso he dado orden de que te dejen descansar el día de hoy. Era lo menos que podía hacer tras habernos librado al fin de nuestro enemigo.
    – Os lo agradezco, mi señor. Tan sólo cumplía con mi deber.
– Pero si no eres el asesino de mi hijo, estás tardando demasiado en decirme quién lo mató, y eso no me gusta.
– Mi señor, precisamente quería comentaros…
– ¿De quién sospechas? – preguntó alzando la voz – ¿De Covenant? ¿De Vargas? ¡Habla de una vez!
– Aún no creo que sea certero mencionar a nadie, pues hasta el momento sólo tengo conjeturas. Pero os contaré una cosa. Lo último que dijo nuestro enemigo fue que sometería a Villesainte y nos empujaría a matarnos unos a otros. Que así fue como se deshizo del heredero. Esas fueron sus palabras, lo que me lleva a pensar que embaucó a alguien para que cometiera los crímenes. Alguien que aún se encuentra entre nosotros.
El Conde pareció calmarse y reflexionar, mientras se mordía el labio y paladeaba.
– Así que eso dijo. Dudo mucho que ese alguien sea uno de nosotros tres. Si Covenant tenía aquí un enemigo mayor que tú y que yo, sin duda es el cardenal Baptiste – se dirigió a este –. Creo que ya es tiempo de que lo sepa.
    – ¿Qué debo saber? – pregunté, aun a riesgo de que el clérigo encontrara mi ignorancia motivo de crítica o de mofa. Pese a mostrarse traicionado por el Conde y acorralado por mí, empezó a hablar con resignación.
    – La importancia de la abadía de Saint Benoît reside en ser la primera de muchas con una misión muy específica: Maellus Maleficarum. Servir a Dios todopoderoso expulsando y exterminando a los demonios. Tanto los que toman posesión de los hombres como los que se mueven libremente por la tierra, así como a los siervos de Satanás. Y para ese propósito llevamos años contando con el apoyo de Villesainte, ciudad que pretendemos se convierta en nuestra capital.
    – ¿A los demonios? Entonces, ¿es cierto que Covenant era un draugr?
    – Nadie sabe lo que era, pero su alma estaba corrompida por una maldad antinatural. Debemos asegurarnos de que no haya más como él.
    – ¿Me estáis diciendo que si Covenant hostigaba a esta ciudad no era por conquistar sus tierras, sino porque nos consideraba su enemigo? Son muchos los que han muerto por culpa de esa abadía y por la vuestra, cardenal.
    – Os equivocáis. Nuestro enemigo la emprendió contra Villesainte mucho antes de mi llegada, pero no hallamos forma de hacerle salir de la protección de su castillo, donde era demasiado poderoso. Al menos la guerra le mantenía ocupado mientras buscábamos una solución. De no ser así, habría secuestrando y torturando a muchos más inocentes de la zona. Podría haber reunido a un ejército lo suficientemente numeroso para acabar tomando la capital y extendiendo su mal por todo el país.
    – Un mal del que no sabéis nada, si es que realmente existe. ¡Ridículo!
    – Vos lo habéis visto cara a cara y habéis logrado acabar con él. No debió ser tarea fácil, ¿me equivoco?
    No contesté a Baptiste, aunque ambos conocíamos la respuesta. Él continuó hablando.
– Y en relación a lo que me preguntabais sobre vuestro ascenso: es deseo directo del Conde, en efecto, pero tampoco está reñido con mis intereses. Vuestra experiencia podría resultar muy útil para la causa. Soy consciente de que hasta hace no mucho hemos tenido diferencias, pero tal vez, ahora que la guerra ha terminado, queráis uniros como fuerza militar. Si de verdad sois inocente, claro.
–  Lo soy y lo demostraré. Y si el lunes mi cabeza no está clavada en una lanza, haciendo compañía a la que yo mismo coloqué esta mañana a las puertas de la ciudad, es posible que considere vuestra oferta. Hasta entonces, tengo cosas más apremiantes en las que pensar.
Me despedí del Conde respetuosamente y les di la espalda para regresar con Aelis. El cardenal me siguió, esa vez no había dado la conversación por terminada. Me posó la mano sobre un hombro. Mi primer impulso fue el de rechazarlo, pero me contuve. Quería verle desesperado, suplicándome sin éxito. Pronto me arrepentiría de haber oído sus palabras.
– Capitán, insisto en que no empezamos con buen pie y comprendo los motivos por los que os cuesta confiar en mí. Pero creedme cuando os digo que no soy vuestro enemigo. Hace unos días me hablasteis de vuestras sospechabais sobre el hispano. En agradecimiento por esa muestra de confianza, os obsequiaré con mi teoría. Algo que es muy posible que no os hayáis planteado hasta ahora. Si bien es cierto que Vargas podría estar interesado en que acabara esta guerra, fuera quien fuera su vencedor, no tiene por qué ser el único que piense de tal forma. La desventaja de contar con mercenarios es que en cualquier momento pueden ser comprados por otro, y a lo largo de esta guerra ha habido infinidad de ocasiones para ello.
    La furia tensó todo mi cuerpo al comprender lo que me decía. ¿Cómo osaba ese malnacido apuntar hacia Vaughan como sospechoso? Él jamás me hubiera traicionado, y mucho menos de aquella forma. Pero, al mismo tiempo, también sentí furia contra mí mismo, por no haber detenido la conversación cuando pude, y por permitir que un pensamiento miserable me abrasara por dentro. ¿Y si el cardenal estaba en lo cierto? ¿Y si todo había sido orquestado por Vaughan?
    Desde la distancia vi a Aelis junto a él, hablando con Eduardo. Seguramente, dándole sus condolencias por la muerte de Ludovico. Hermosa, valiente y de buen corazón. Ella podía ser un motivo por el que Vaughan hubiera decidido incriminarme a mí. No contaría con la decisión que tomó el Conde, pensando que me ejecutarían de inmediato al saberse que la cabeza de Cristian estaba en mi establo. En ese caso, yo mismo le habría pedido que me prometiera cuidar de ella, y así lo habría hecho. Eso podía explicar la falta de preocupación que había manifestado en todo momento. No para evitar que le viese alterado y contagiarme su inquietud, sino porque dicha inquietud no era tal. Y tal vez, de ahí venia su insistencia en señalar a Beldar como culpable. Quería que, al exponer mi conclusión al Conde, este no la aceptase y prefiriera ejecutarme a mí. Pero, ¿quién podía haber ofrecido tanto oro a Vaughan como para que nos traicionara de esa forma? Con toda probabilidad, el rey de Aragón a través de Lucio Vargas. O peor aún, el propio Covenant. Quizá Vaughan envió a Ludovico durante la batalla para que acabara con el Barón y así silenciarlo cuando estaba a punto de revelarme su secreto.
    Algo dentro de mí murió ahogado bajo esa avalancha de pensamientos. Tenía que interrogar al que hasta ese momento había considerado mi amigo más leal, poco menos que un hermano, para estar seguro de que no me hubiera traicionado.


Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

domingo, 5 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XI

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De haberse prologando la batalla, muy posiblemente el enemigo habría acabado superándonos. Pero tras ver la cabeza de su señor, la gente de Covenant se retiró sin más. Era como si con él hubieran perdido todo su valor. Toda su fuerza. Mejor así, pues yo también me sentía incapaz de seguir luchando. Mareado por el esfuerzo y el cúmulo de emociones, sentí que me faltaba el aire. No pude hacer otra cosa que sentarme sobre la roca en la que me encontraba, como un islote rodeado por un mar de cadáveres. En cambio, Beldar parecía más exaltado que nunca. Él y unos cuantos que le acompañaban se dedicaron a dar caza a algunos de los enemigos que huían. Aquello había degenerado en una masacre de la que yo no quería formar parte. Ya había odiado y matado suficiente por una noche. En cierto momento se me acercó Vaughan, preguntándome si me habían herido. Debía ser esa la impresión que daba, con tanta sangre por encima, sin apenas moverme y respirando de forma dificultosa. Ni siquiera tuve fuerzas para responderle. Tras asegurarse de que estaba ileso, me trajo un cubo con agua para que bebiera y me limpiase. La cabeza de nuestro enemigo aún colgaba de mi mano. Se la llevó con el pretexto de guardarla a buen recaudo hasta que se decidiera qué hacer con ella. Tampoco le respondí. No fue sino al alba, con los primeros graznidos de cuervos, cuando logré salir del ensimismamiento. Al igual que yo, debían percibir el hedor del fango rojo.
    Hugo y Sigberto ya no me acompañaban, les habrían requerido para ayudar a retirar los cuerpos. La cantidad de caídos en ambos bandos era excesiva. Cuando Covenant atacaba con pequeñas escaramuzas, nuestras pérdidas solían alcanzar la veintena, pero esa última batalla debía haberse cobrado unas diez veces más. Mientras deambulaba por la planicie de muerte, no podía dejar de preguntarme sobre el porqué de todo aquello. Encontré a Eduardo ejerciendo de padre por última vez. Atendía a un agonizante Ludovico. Intercambiaron unas palabras que sólo ellos conocerían, justo antes de que las valquirias se lo llevaran. Estas parecían sentir predilección por las almas jóvenes. Yeray el herrero lloraba la muerte de su único hijo varón, mientras Lucio Vargas hacía lo propio junto al cadáver de Tadeo, su leal escudero. ¿Qué sentiría Elfrida cuando recibiera la fatal noticia? Esa angustia que podía figurarme me llevó a pensar en Aelis, que seguramente estaría a su lado. En su inquietud al no saber qué había sido de mí. Pese a que aún me faltaba el aliento, corrí hacia el interior de la ciudad, buscando la casa de Gilsa y Otilia. Al llegar, descubrí que esta última se me había adelantado, poniendo a las demás al corriente sobre lo sucedido durante la noche. Todas consolaban a Elfrida por su pérdida. Al verme, Aelis me abrazó. No parecía importarle que sus ropas quedaran manchadas de sangre. Habían caído muchos, sí, pero por fin la guerra había terminado, y ella y yo seguíamos con vida. Al menos, por unos días más. Pese a que sus amigas estaban presentes, lloré tras recibir su cariño. Sólo entonces me sentí de nuevo con fuerzas. Había perdido demasiado tiempo postrado en aquella roca. Era el capitán, debía ayudar atendiendo a los heridos y transportando a los muertos.
    Los enemigos estaban siendo arrojados a la fosa ardiente, la cual casi rebosaba. Cuando se apagaran las llamas, cubrirían ese agujero infecto con tierra para no volver a abrirlo jamás. Ahí yacerían por siglos, digeridos lentamente por la tierra y el olvido. Ese mismo destino fue el que compartió el Barón Covenant, al menos la mayor parte de él. Le pedí a Vaughan la cabeza para clavarla en una lanza, colocándola a las puertas de Villesainte a modo de trofeo y como advertencia para ahuyentar a los corazones impíos. Fueron varios los que me elogiaron por ello, a pesar de que yo mismo no lo veía oportuno. Me bastaba con saber de que nuestros caídos serían tratados con el respeto que merecían. Si había alguien en la ciudad a quien hubiera que rendir homenaje era a ellos. El Conde ordenó abrir un cementerio en extramuros. No quedaría mucho de este con el pasar de los años, pues no había tiempo para levantar a su alrededor ninguna barrera que lo delimitara ni para esculpir una a una ciento cuarenta y nueve lápidas de piedra. Sólo estarían las tumbas y unas endebles cruces con los nombres de sus ocupantes, escritos en una tinta que no aguantaría mucho si nadie se encargaba de cuidarlas. Todo ello debía estar listo para el amanecer del viernes, cuando se procediera al funeral. Lo único que resistiría el paso del tiempo sería una roca con una inscripción tallada:

Aquí yacen los últimos Valientes que lucharon y murieron
para proteger a Villesainte del blasfemo Barón Covenant
en el año MLXXIV de Nuestro Señor,
a quien rogamos acoja sus almas con orgullo,
pues fue testigo de su Sacrificio.

   
    Al leer esa inscripción, consideré insuficiente el calificativo que usarían para referirse a Covenant. Perverso tal vez. Depravado. Maligno. Pero su blasfemia era lo de menos. El cadenal Baptiste debía estar detrás de aquello. Nuestro gobernante vivía demasiado sometido a su influencia, tenía que hacerle entrar en razón. Sobre todo, siendo cuales fueron las últimas palabras de su enemigo, las cuales resonaban en mi cabeza como si aún las oyera. «Someteré a esta ciudad y a su Conde. Os empujaré a que os matéis unos a otros. Así me deshice del heredero, y así me desharé de ti.»

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano


jueves, 2 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo X

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Los hombres de Covenant continuaron golpeando la puerta con un ariete, a pesar de la lluvia de flechas ardientes que caía sobre ellos desde lo alto del muro. Cuando estaban a punto de destrozar el portón, la actividad de los arqueros cesó. Finalmente echaron abajo las puertas y los que estaban en primera línea penetraron en la ciudad blandiendo sus espadas, esperando encontrar resistencia. Pero no fue así. Una vez dentro, se detuvieron extrañados. No había nadie para impedirles el paso. Ningún vientre que perforar ni cuello que cortar, tan sólo una catapulta preparada con su carga, pero desprovista de una mano que la accionara y que, en cualquiera caso, no suponía peligro para ellos particularmente, pues parecía apuntar más allá de la puerta. Debieron pensar que en el último instante habíamos optado por huir, ofreciéndoles la ciudad entera como presente a cambio de nuestras vidas. No podían estar más equivocados.
    Antes de que entraran, no sólo dos veintenas de hombres, sino casi toda nuestra infantería se había descolgado en sigilo desde los muros y esperaba oculta, agazapada tras rocas y matorrales.
    – ¡Ahora! – grité desde el frente sur. Beldar, en el frente norte, pareció oírme y ambos atacamos al unísono, atrapando al ejército de Covenant como un cepo para lobos. Pero nuestro objetivo no era acabar con ellos. Al menos, no en ese momento. Sólo envolverlos y estrechar su formación.
Los arqueros, ocultos tendidos en el adarve, se incorporaron y acabaron desde arriba con los pocos hombres de Covenant que habían llegado a atravesar las puertas de Villesainte. Entonces, los Doce de Vaughan salieron a caballo de su escondite en los callejones y cargaron hacia la puerta de la ciudad. Al sobrepasarla, arrasaron al enemigo rompiendo su formación, no sin antes accionar la catapulta, lo cual les ayudó a abrirse paso. Tras los mercenarios, un grupo de hombres y mujeres de Villesainte, entre los que se encontraba Otilia, se aseguraban de no dejar atrás a ningún enemigo con vida. Algunos a lomos de los caballos del ejército, otros a pie. Pero todos armados con su valor y su impulso por sobrevivir a esa noche. Por proteger aquello que amaban. Ese era el momento, la señal para que los que conteníamos a las tropas de Covenant por sus laterales atacáramos con todas nuestras fuerzas. Golpeando. Cercenando. Aplastando. Les dejamos libre la retaguardia para que pudieran huir en caso de verse desesperados, aunque recé a los dioses para que no lo hicieran. Para que todo acabara esa misma noche.
Un chorro de sangre atravesó las rendijas de mi yelmo y golpeó mi rostro. Tuve que levantar la visera para poder ver, pero continué blandiendo mi Slicer. No tenía la certeza de que me siguieran mis cuatro sombras: Hugo, Sigberto, Vargas y Tadeo. Tal vez habían caído o tal vez se encontraban luchando contra otros enemigos, quedando atrás. En ese momento no podía girarme a comprobarlo, sólo avanzar. Asimismo, ignoraba cuál había sido la suerte del grupo liderado por Beldar.
No podía flaquear ni retroceder un solo paso. Prefería morir allí, empuñando mi espada, que agitando los pies en la horca cuatro días más tarde. Pero tampoco estaba dispuesto caer. Aunque todos mis hombres hubieran muerto y sólo quedara yo para defender Villesainte, aunque mil flechas atravesaran mi cuerpo, no me detendría mientras supiera que ese draugr seguía en pie. Cuando me repuse del frenesí, me di cuenta de que había acabado con todos los enemigos que me rodeaban. El ejército de Covenant estaba disperso, lo cual significaba que, a pesar de nuestra inferioridad, habíamos conseguido igualar la batalla. Me encontraba en el corazón de su formación.
    Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sentí como si alguien justo detrás de mí susurrara mi nombre. Me desprendí del yelmo y me volví. Encontré a Covenant sonriendo mientras me contemplaba en la lejanía. A pesar de la distancia, sabía que era él quien me había llamado. Debía confiar tanto en su victoria que había acudido a la batalla sin protección. Para ser quince años mayor que el Conde, parecía tener quince años menos que este. Su indumentaria oscura y entreabierta dejaba ver extraños tatuajes y marcas en su pecho. Me aproximé a él con cautela.
    – Tengo ante mí al célebre Caballero Oscuro de Villesainte.
    Su voz sonaba perversa, casi musical. Parecía disfrutar con todo el mal que generaban sus actos irracionales.
– Y yo al perturbado Barón Covenant. Esta noche por fin acaba tu macabro juego.
    – Nada se acaba en este mundo. Sólo cambia de forma.
    – ¿Y cómo sería? ¿Piensas tomar la ciudad para dominarla o aniquilarás a sus habitantes?
    – Todo a su tiempo. En este momento la camada ya estará huérfana. Lo próximo será adiestrar a los cachorros para convertirlos en mis perros. Y los que se resistan… les servirán de alimento.
    Exhaló una risa malévola. Debía pensar que me afectarían sus palabras, pero ignoraba que los Doce de Vaughan ya se habían encargado de amputar la mano con la que pretendía apuñalarnos.
    – Nada de eso. Los cinco hombres a los que enviaste para entrar a escondidas han caído, antes incluso de que llegaran a asomar la cabeza. Tu derrota será absoluta.
    Ante la noticia, el ser estalló en cólera, lanzándose sobre mí. Esquivé su golpe y nos batimos. Era rápido y, aunque lograba detener sus ataques, cada vez me costaba más. Durante un instante estuvo a punto de cortarme la cabeza. Frené su espada con la mía e hice lo posible por contenerla mientras la hoja se aproximaba cada vez más a mi cuello. Ni siquiera durante el forcejeo pudo dejar de hablar, intentando hacerme daño con palabras envenenadas.
    – Someteré a esta maldita ciudad y a su Conde, con ejército o sin ejército. Os empujaré a que os matéis unos a otros. Así me deshice del heredero, y así me desharé de ti.
    Sabía algo. Además de haber intentado matar a Beldar, aquel condenado tenía algo que ver con la muerte de Cristian. Me lo diría al tiempo que suplicaba, justo antes de que acabara con él. La rabia me ayudó a reunir fuerzas suficientes para quitármelo de encima. Lo empujé, obligándole a retroceder. Entonces sentí cómo la tierra se estremecía con un galope veloz que se aproximaba. El jinete saltó de su caballo sobre nosotros y atacó a mi oponente con fiereza.
    – ¡Regresa al Infierno, Covenant!
    Al principio no lo reconocí, pues iba protegido por una cota de mayas y un casco. Fue su voz lo que me indicó de quién se trataba. Era Ludovico quien, empujado por la ira, atacaba al draugr. Este se olvidó de mí para centrarse en su nuevo oponente, esquivando con destreza cada uno de sus golpes, pero el joven luchaba con fiereza y parecía que iba a conseguir derrotarlo. Quería interponerme para evitar que ese maldito ser muriera antes de haberle arrancado una confesión y cuantos gritos de dolor que me hubieran sido posibles, mas conociendo la historia de Ludo, no podía privarle de su venganza. Si alguien la merecía más que yo era él. Con toda probabilidad, quien más había perdido por su culpa en toda Villesainte. Por eso vacilé durante un instante, conteniéndome en lugar de unirme a la lucha. Ese instante, sin embargo, fue suficiente para que el destino se torciera a favor del Barón, ensartando con su espada el vientre del joven y llevándose luego la hoja sanguinolenta a la boca para lamerla. No fue tanto el acto lo que volvió a despertar mi frenesí, como la plácida expresión con que lo llevó a cabo, mirándome fijamente. Pude imaginarlo lamiendo de forma similar no sólo la sangre de su última víctima, sino la de todos los demás que habían caído por su mano, incluyendo a Padre. Un deseo de venganza se apoderó de mí también y, a pesar de saber que Covenant podía decirme quién había matado a Cristian, en ese momento tuve el impulso de acabar con el ser. Lo necesitaba.
    Retomé el combate de forma más enérgica y desesperada. Por todo lo que nos había hecho y todo lo que nos había arrebatado. Tras intercambiar varios fallidos golpes de espada, finalmente encontré la oportunidad de ensartar a mi adversario y no dudé en aprovecharla. El enloquecido Barón no sesgaría ninguna vida más. Hundí a Slicer en su pecho y la retorcí. Gritó, tanto que todos sus hombres lo oyeron. El clamor de la batalla se apagó. Yo aullé con él de forma diferente, dejando escapar la ira que hasta ese momento se había apoderado de mi cuerpo. Como un diálogo de bestia a bestia. Finalmente lo decapité, acabando de una vez por todas con su dolor y con el mío. Sentí que el viento arrastraba suspiros de Odín, de Padre, de Cristian y de todos los valientes que me observaban. Con un golpe de mi espada había conseguido poner fin a la guerra.
    Subí a una roca, mostrando la cabeza amputada a todos los allí presentes, tanto aliados como enemigos.
    – ¡Covenant ha caído! – les grité alzando mi repulsivo trofeo. – ¡Covenant ha caído!

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano