lunes, 20 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XVI

0

 

Me precipité al asumir cómo acabaría la noche anterior. Al llegar la luz del alba, yo seguía en pie, aunque no por mucho tiempo. Si no me ejecutaban al día siguiente, cuando acabara el plazo, me matarían en vida esa misma mañana de sábado, arrebatándome a Aelis. Tenía por delante una jornada dura y agitada, y así fue como empezó para mis escoltas, que dormían en el suelo de la choza hasta que les desperté a puntapiés.
    – Ya habéis abusado suficiente de mi hospitalidad, ¿no os parece? –dije cuando por fin abrieron los ojos. Uno de ellos miró a su alrededor, descubriendo que se encontraban frente a mi chimenea, calientes y con la ropa seca, aunque esta desprendía un olor que no tardaron en percibir.
    – ¿Qué sucedió anoche? – preguntó el soldado.
    – ¿La desorientación y el dolor de cabeza no bastan para deducirlo?
    – ¿Hemos bebido?
    – Eso sería decir poco. Os habéis bañado. Era una noche difícil para mí, así que paramos en la posada. Le dije al viejo Pierre que necesitaba algo más fuerte que la cerveza. Sacó un licor que tenía guardado y os invité a unas rondas. De haber sabido lo mal que os iba a sentar, habría pedido leche materna para vosotros.
    – Somos soldados del general Beldar – dijo el otro –. No se nos permite emborracharnos.
    – Tiritabais de frío y yo, como capitán vuestro que aún soy, os di permiso. No obstante, si lo preferís mantendremos el asunto en secreto.
    Los dos hombres se mostraron indecisos.
    – A no ser que me hagáis llegar tarde a la ejecución de hoy – les dije cambiando a un tono aún más severo –. Levantad de una vez.
    Me siguieron hasta el establo, donde puse junto a Glissant una cubeta con sobras de verduras y otra con agua para que estuviera bien en mi ausencia, pues ni Aelis ni yo podríamos darle compañía esa mañana. Además, si algo salía mal lo necesitaría provisto de fuerzas. Después nos dirigimos a la entrada de la ciudad, que estaba siendo reparada tras los desperfectos del último ataque de Covenant. Antes de llegar, Hugo y Sigberto nos interceptaron. Ellos serían el relevo. Seguramente, el Conde no me libraría de mi vigilancia hasta haberse celebrado el juicio y la ejecución de Aelis, por temor a lo que pudiera hacer yo para impedirlos. Al menos, también había mediado para que el cardenal Baptiste no la tocara hasta llegado el momento, o eso fue lo que me dieron a entender. Más valía que fuera cierto. Acompañado por mis nuevos y posiblemente últimos escoltas, acudí a la plaza para asegurarme de ello.
    Aún no había comparecido nadie, pero la hoguera ya estaba lista y los más madrugadores esperaban para presenciar el espectáculo que se les había negado seis días antes, cuando era yo el acusado. Varios soldados permanecían en pie a ras de suelo para impedir que alguien intentara subir al entablado. Pese a la abundante lluvia de la noche anterior, parecía que el cardenal Baptiste se había asegurado de conseguir leños secos.
    – Recordádmelo. ¿Qué es lo que se os ha ordenado durante mi vigilancia? – pregunté a Hugo y Sigberto, procurando que nadie nos oyera. El segundo de ellos respondió.
    – Evitar que os deis a la fuga y velar por vuestra seguridad.
    – Justo lo que espero de vosotros. Os mantendréis a mi lado en todo momento y no haréis nada que contradiga eso.
    – Claro, capitán… – contestó Sigberto con extrañeza, antes de intercambiar una mirada con su no menos desconcertado compañero.
    Poco a poco, la plaza se fue llenando. No tuvimos que esperar mucho más hasta que apareció la condenada sobre un carro, de pie y maniatada. Aunque estaba sucia, no parecía haber sufrido daños durante la noche. Sus ojos mostraban valor y dignidad por encima del temor que pudiera sentir. Dos guardias la bajaron del carro, llevándola hasta la hoguera. Allí, el verdugo la ató al poste. El cardenal era ligero condenando a quien fuera a sufrir la agonía de ser quemado vivo, pero el muy cobarde siempre necesitaba delegar en alguien para no tener que mancharse las manos. El Conde y su hijo asomaron desde la terraza de palacio. No se les veía especialmente cómodos con lo que se disponían a presenciar. En la plaza, algunas miradas eran compasivas, otras severas, y las más, indiferentes. En medio de todas ellas estaba la mía. Aelis no tardó en encontrarla, mostrando cierto alivio al percatarse de mi presencia. Intenté expresarle sin palabras el orgullo que sentía por su forma de afrontar la situación. Pasara lo que pasara, yo estaría con ella. Me asintió en señal de comprender. No era momento de mostrar debilidad. A pesar de la distancia y los obstáculos que nos separaban, casi sentía que pudiéramos tocarnos. Pero Baptiste interrumpió ese instante subiendo al entablado y presentándose con su habitual soberbia.
    – Se acusa a esta mujer, Aelis DuCroix, del asesinato de cinco hombres, entre ellos Cristian, hijo y heredero de nuestro Conde, bajo las órdenes del Barón Covenant, mortal enemigo de Villesainte.
    El público estalló en abucheos. Resultaba difícil distinguir cuáles iban destinados a la acusada y a Covenant, y cuáles al clérigo. Conseguí reconocer a Gilsa, Otilia y Elfrida entre la muchedumbre, aprovechando el barullo para lanzar insultos al cardenal Baptiste. Este no pareció reconocerlas. Pidió calma y prosiguió con el juicio, dirigiéndose a la condenada.
    – Es evidente que a través de malas artes y pactos con el Diablo, el Barón te dotó del poder para cometer tales crímenes. Por tanto, debemos añadir también la brujería a la lista. ¿Hay algo más que quieras confesar?
    – Nada salvo negar esas acusaciones. Jamás he cometido brujería ni he matado a nadie. ¿Y vos, cardenal? ¿Tenéis limpia vuestra conciencia o disfrutáis condenando a mujeres a la muerte?
    La pregunta incomodó a Baptiste, así como las risas que esta generó entre el público. Las amigas de Aelis iniciaron un aplauso que yo mismo secundé, y que, poco a poco, acabó resonando en toda la plaza. De nuevo, el cardenal alzó las manos rogando silencio, viéndose obligado a esperar más que la vez anterior para proseguir.
    – Es tu última oportunidad, bruja. ¿Te arrepientes y reniegas de Satanás, aceptando a Jescucristo como tu señor y salvador?
    – Acepto a Jesús y reniego de Satanás, como también reniego de los que actúan inspirados por el segundo al tiempo que dicen cumplir la voluntad del primero. Pero vuelvo y repito: no puedo arrepentirme de un pecado que jamás he cometido.
    En esta ocasión, lo que Aelis despertó entre los presentes fue un murmullo. Estaba dejando en evidencia al cardenal delante de un público cada vez más convencido de su inocencia. El clérigo se mostraba nervioso, dada la incuestionable simpatía que la condenada empezaba a inspirar entre los testigos de esa farsa que pretendía hacer pasar por juicio. Debió temer que le acabaran pidiendo clemencia, pues se apresuró en ordenar al verdugo que procediera con la «purificación». Este, con un leño ardiendo, encendió la hoguera. En un instante estuvo hecho. Ya no habría piedad, era demasiado tarde. Ni para la condenada, ni para el propio cardenal, que se arrepentiría de aquello. Sentiría mi furia en sus carnes. Me había equivocado respecto a cómo acabó el día anterior, pero no me equivocaba sobre cómo terminaría ese.


Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

0 críticas :

Publicar un comentario