domingo, 5 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XI

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De haberse prologando la batalla, muy posiblemente el enemigo habría acabado superándonos. Pero tras ver la cabeza de su señor, la gente de Covenant se retiró sin más. Era como si con él hubieran perdido todo su valor. Toda su fuerza. Mejor así, pues yo también me sentía incapaz de seguir luchando. Mareado por el esfuerzo y el cúmulo de emociones, sentí que me faltaba el aire. No pude hacer otra cosa que sentarme sobre la roca en la que me encontraba, como un islote rodeado por un mar de cadáveres. En cambio, Beldar parecía más exaltado que nunca. Él y unos cuantos que le acompañaban se dedicaron a dar caza a algunos de los enemigos que huían. Aquello había degenerado en una masacre de la que yo no quería formar parte. Ya había odiado y matado suficiente por una noche. En cierto momento se me acercó Vaughan, preguntándome si me habían herido. Debía ser esa la impresión que daba, con tanta sangre por encima, sin apenas moverme y respirando de forma dificultosa. Ni siquiera tuve fuerzas para responderle. Tras asegurarse de que estaba ileso, me trajo un cubo con agua para que bebiera y me limpiase. La cabeza de nuestro enemigo aún colgaba de mi mano. Se la llevó con el pretexto de guardarla a buen recaudo hasta que se decidiera qué hacer con ella. Tampoco le respondí. No fue sino al alba, con los primeros graznidos de cuervos, cuando logré salir del ensimismamiento. Al igual que yo, debían percibir el hedor del fango rojo.
    Hugo y Sigberto ya no me acompañaban, les habrían requerido para ayudar a retirar los cuerpos. La cantidad de caídos en ambos bandos era excesiva. Cuando Covenant atacaba con pequeñas escaramuzas, nuestras pérdidas solían alcanzar la veintena, pero esa última batalla debía haberse cobrado unas diez veces más. Mientras deambulaba por la planicie de muerte, no podía dejar de preguntarme sobre el porqué de todo aquello. Encontré a Eduardo ejerciendo de padre por última vez. Atendía a un agonizante Ludovico. Intercambiaron unas palabras que sólo ellos conocerían, justo antes de que las valquirias se lo llevaran. Estas parecían sentir predilección por las almas jóvenes. Yeray el herrero lloraba la muerte de su único hijo varón, mientras Lucio Vargas hacía lo propio junto al cadáver de Tadeo, su leal escudero. ¿Qué sentiría Elfrida cuando recibiera la fatal noticia? Esa angustia que podía figurarme me llevó a pensar en Aelis, que seguramente estaría a su lado. En su inquietud al no saber qué había sido de mí. Pese a que aún me faltaba el aliento, corrí hacia el interior de la ciudad, buscando la casa de Gilsa y Otilia. Al llegar, descubrí que esta última se me había adelantado, poniendo a las demás al corriente sobre lo sucedido durante la noche. Todas consolaban a Elfrida por su pérdida. Al verme, Aelis me abrazó. No parecía importarle que sus ropas quedaran manchadas de sangre. Habían caído muchos, sí, pero por fin la guerra había terminado, y ella y yo seguíamos con vida. Al menos, por unos días más. Pese a que sus amigas estaban presentes, lloré tras recibir su cariño. Sólo entonces me sentí de nuevo con fuerzas. Había perdido demasiado tiempo postrado en aquella roca. Era el capitán, debía ayudar atendiendo a los heridos y transportando a los muertos.
    Los enemigos estaban siendo arrojados a la fosa ardiente, la cual casi rebosaba. Cuando se apagaran las llamas, cubrirían ese agujero infecto con tierra para no volver a abrirlo jamás. Ahí yacerían por siglos, digeridos lentamente por la tierra y el olvido. Ese mismo destino fue el que compartió el Barón Covenant, al menos la mayor parte de él. Le pedí a Vaughan la cabeza para clavarla en una lanza, colocándola a las puertas de Villesainte a modo de trofeo y como advertencia para ahuyentar a los corazones impíos. Fueron varios los que me elogiaron por ello, a pesar de que yo mismo no lo veía oportuno. Me bastaba con saber de que nuestros caídos serían tratados con el respeto que merecían. Si había alguien en la ciudad a quien hubiera que rendir homenaje era a ellos. El Conde ordenó abrir un cementerio en extramuros. No quedaría mucho de este con el pasar de los años, pues no había tiempo para levantar a su alrededor ninguna barrera que lo delimitara ni para esculpir una a una ciento cuarenta y nueve lápidas de piedra. Sólo estarían las tumbas y unas endebles cruces con los nombres de sus ocupantes, escritos en una tinta que no aguantaría mucho si nadie se encargaba de cuidarlas. Todo ello debía estar listo para el amanecer del viernes, cuando se procediera al funeral. Lo único que resistiría el paso del tiempo sería una roca con una inscripción tallada:

Aquí yacen los últimos Valientes que lucharon y murieron
para proteger a Villesainte del blasfemo Barón Covenant
en el año MLXXIV de Nuestro Señor,
a quien rogamos acoja sus almas con orgullo,
pues fue testigo de su Sacrificio.

   
    Al leer esa inscripción, consideré insuficiente el calificativo que usarían para referirse a Covenant. Perverso tal vez. Depravado. Maligno. Pero su blasfemia era lo de menos. El cadenal Baptiste debía estar detrás de aquello. Nuestro gobernante vivía demasiado sometido a su influencia, tenía que hacerle entrar en razón. Sobre todo, siendo cuales fueron las últimas palabras de su enemigo, las cuales resonaban en mi cabeza como si aún las oyera. «Someteré a esta ciudad y a su Conde. Os empujaré a que os matéis unos a otros. Así me deshice del heredero, y así me desharé de ti.»

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano


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