domingo, 14 de agosto de 2022

Conjuros para la noche de una virgen

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Ah, ese látigo, ese látigo que gime entre los muslos,
que despliega en la sombra su tenaz poderío,
ese látigo que viene de la muerte hacia la muerte,
aventando cenizas a los aires más puros,
señalando fronteras en cinturas y pechos,
recorriendo la piel con ciego escalofrío.
Ese látigo, su furor incansable,
pongo hoy en tus manos y celebro sus llagas.
Fuente de esperma, cabellera al viento,
navegar de tu vientre en un mar imposible,
coronas de cansancio y manos que resbalan
y resbalan y caen y caen trepando el muro,
la imponente pared que, al fin,
mármol o sangre, resquebrajada se desploma.
Ah, ese látigo, camino de elefantes,
muñeca de trapo herida de alfileres,
cruz donde la piel termina y su bosque de pelo.
Olas blancas de sábana sobre tus ojos locos,
dientes sin más oficio que morder en su dicha,
placer de ser un dedo, un cuchillo, la sombra.
«Hemos venido caminando, hemos buscado eternamente,
y hoy, por fin, llegamos a nosotros,
ponemos nuestra planta en tierra verdadera.»
La ceremonia, el rito con incienso de voces,
húmedos labios, palabras como espejos,
ha de tener su principio solemne:
dilatada pupila, ejercicio de furia y de sonámbulo,
estatuas que el cincel deseara.
Más tarde se extenderá el silencio,
un silencio de océano vacío,
una calma impasible de nieve
donde la sangre cantará su derrota.
Al terminar se oirán dos voces,
súbitamente naciendo de la nada
y un tropel de caballos en celo
moverá las cortinas y pisará los sueños.
La luz del día, 26 de agosto, pondrá su velo azul
sobre caricia y hueso, pezón alzado y extinta lengua.
Jornal de ausencia pagará estas horas,
olor de sucia oveja y plantas que se pudren.
«Sí hemos andado, hemos andado hasta llegar aquí
y ahora sabemos que no era ésta nuestra tierra.»
Rasgando el aire, nubes, sol, luna, estrellas,
un látigo de fuego pregona su condena.



Poema de Juan Luis Panero
Imagen de Pixabay

miércoles, 10 de agosto de 2022

Cencerros

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18/11/2020

Sus pequeños cencerros tienen el ritmo acompasado a su caminar. Y oyéndolo, mientras las ves pastar y desplazarse buscando la hierba más fresca, entras en un trance de paz en el que quieres quedarte o te quedas sin pensar. El tiempo se detiene y olvidas que si levantas la vista ves la ciudad, Sevilla, que aún conserva el aroma de un tiempo más natural, antes de que el tráfico y las prisas la poseyeran.

Texto e imagen de Maite Márquez Martín

sábado, 6 de agosto de 2022

Odiar el teatro

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-¿Cómo puedes odiar el teatro?
-Sólo sirve para lucirse -dijo Pierrot, y se encogió de hombros mientras enunciaba esta evidencia.
Briony supo que tenía razón. Por eso precisamente ella adoraba las obras de teatro, o por lo menos la suya; todo el mundo la adoraría a ella. Al mirar a sus primos, debajo de cuyas sillas se estaba encharcando agua que luego se filtraba por las grietas entre las tablas, supo que nunca comprenderían su ambición. La indulgencia suavizó el tono.
-¿Tú crees que Shakespeare sólo quería lucirse?


Fragmento de Expiación, Ian McEwan
Imagen de Pixabay



jueves, 4 de agosto de 2022

La bestia presente

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Al pasado puedo volver. Allí se vivir:
Con mi lima le rebaje las asperezas
(mi pasado es un cama de clavos)
Con mi escoba le barrí la mierda
(mi pasado es un estercolero).

También en mi futuro se vivir:
Con mis pinzas le arranco las púas
(mi futuro es un cactus)
Con mis tenazas le extirpo los colmillos
(mi futuro es una cobra loca).

Con el ahora, en cambio, no puedo:
Se me sacude entre las manos como una anguila.
Se retuerce a más velocidad de lo que alcanzo a moldear.
No se está quieto, es indomable
dios nos asista va a matarnos a todos.




Poema de Sergi Puertas
Imagen de Pixabay

martes, 2 de agosto de 2022

Mi padre

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Mi padre. Gordo y sudoroso.
Con mi hermana chica en un brazo
y un muslo de pollo en la otra mano.
Aunque no se note mi madre tiene cogido de la oreja a Joaquín.
Para que se esté quieto.
Mi hermano Carlos no sonríe para que no se le vea la ortodoncia.
Y siguiendo la estampa familiar
a Raquel sentada se le ven las bragas.
Sólo falto yo.
Que hice la foto.

Mi hermana chica se casó y se largó.
Vive en una zona turística. Allí se esterilizó
y depiló con láser sus ingles.
Lo mejor que oí decir de ella es que tiene un amante diez años
más joven que la amante que se echó su marido.
A mi hermano Carlos ya le quitaron la ortodoncia
pero algo de aquellas burlas hace que apenas pase por casa.
Y Joaquín, que ya cumplió los cuarenta,
come allí todos lo días.
Y Raquel sigue enseñando sus bragas
en un local más allá de la Avenida de la Paz.
Lleva a cuestas esa felicidad de la que no piensa demasiado.

Mi madre vive sola sin demasiada pena
y mi padre murió hace ya años
infartado por una avalancha de colesterol.
La de veces que le gritaba que dejara de comer
como si fuera un agujero negro.

Aún hablamos sólo de él
cada vez que un pedazo de familia se encuentra.
No es posible renegar de aquella masa de grasa y conservantes
a la que mi madre insistía en que llamáramos padre.

Pero si algo consiguió en su vida, fue sólo a su muerte,
cuando pudo poner por una vez a toda la familia de acuerdo,
de acuerdo en que su vida fue aquella foto.
Desenfocada.
Mal encuadrada.
Mi hermana chica en un brazo
y un muslo de pollo en la otra mano.
Incapaz de decidirse entre darle un beso a la niña
o pegarle un bocado a la comida.
Siempre entre la familia y la carne,
el viejo gordo bastardo.


Poema de Javier Martínez López
Imagen de Pixabay