No sabíamos de cuánto tiempo disponíamos. Aprovechando una distracción de mi escolta, nos dirigíamos la posada de Pierre sin que nos siguieran, aún a riesgo de la sanción que podía recibir más adelante. Allí era donde se hospedaban los Doce de Vaughan. Como pago por el alojamiento de los mercenarios, el Conde proveía gratuitamente al propietario de pan y cerveza, que dicho sea de paso, era lo que más consumían los variopintos inquilinos. Pese a que sus modales eran toscos y de cuando en cuando ocasionaban desperfectos, como sucedió en la víspera del crimen, Pierre y su esposa consentían tenerlos en el local y darles de comer por lo eficaces que resultaban ser en la defensa de la ciudad. Y porque, aun con todo, se sentían protegidos con ellos cerca.
Mientras caminábamos a toda prisa, mi amigo me hablaba en voz baja de ese misterioso hombre que una vez fue prisionero de Covenant. Su nombre era Ludovico, lo cual no me decía mucho. En cambio, cuando me lo describió, logré ubicarlo con facilidad. Nunca había tratado con él, pero le conocía de vista. En alguna ocasión lo había tenido cerca mientras luchábamos contra la gente del Barón. Era uno de los Doce de Vaughan, el más joven. Casi siempre acompañado de Eduardo, el mismo que había protegido a Aelis durante mi ausencia el día anterior.
En la entada a la posada nos recibió Anna-Marine, una mujer de pelo rojizo que pagaba su estancia cobrando a los hombres a cambio de sus favores. Era ella misma quien elegía a sus clientes y no a la inversa. Siempre llevaba encima una daga que no dudaba en usar contra quien intentara algo sin haber llegado antes a un acuerdo. Muy apreciada y respetada por los Doce de Vaughan, podía decirse que pertenecía al grupo. Aunque no en calidad de guerrera, sino de informante. En ocasiones ofrecía sus servicios a los soldados del Conde, estando bien enterada de lo que sucedía dentro de palacio. Al pasar por su lado, Anna-Marine ofreció a Vaughan su primer beso del día a cambio de la promesa de una jarra de cerveza. Este, a pesar de la premura, se detuvo un instante para tomar la parte del trato que le correspondía. Siempre percibí que había algo entre ellos, aunque mi amigo parecía reticente a confirmarme si estaba o no equivocado. A mí, en cambio, me saludó a desgana, como ya estaba acostumbrado a que hiciera. Nunca pretendí ser uno de sus clientes ni recordaba haberme dirigido a ella de manera que pudiera resultar ofensiva, por lo que no comprendía por qué mi presencia parecía despertar en ella cierta incomodidad. Sin embargo, no era momento de averiguarlo. Había cosas más apremiantes.
– Ludo – llamó Vaughan entre su grupo de guerreros. Solían conversar y reír escandalosamente mientras bebían, pero ese día era diferente. En cuando nos vieron entrar se hizo un silencio solamente roto por el sonido de las brasas y el burbujeante caldero que siempre estaba encendido. El obediente muchacho se levantó y, tras un gesto de su superior con la cabeza, cogió su jarra para acompañarnos a otra mesa más apartada. Allí nos sentamos los tres. Una vez se retomaron las conversaciones en el lugar, mi amigo me presentó al joven.
– Puedes confiar en mí, guardaré tu secreto – le dije para tranquilizarlo y que le costaba menos hablar –. Vaughan responde por ti, así que supongo que yo también puedo confiar.
– Podéis, Capitán. Deseo ver al Barón muerto tanto como vos.
– Lo sé. Te he visto luchar a nuestro lado. ¿Por qué cambiaste de bando?
– No lo habría hecho de no ser por Vaughan y sus hombres. Ellos me capturaron, devolviéndome la cordura que me había sido arrebatada.
– ¿Cuánto tiempo estuviste bajo la influencia de Covenant?
– Desde que era niño. Asaltaron mi aldea y, a los que sobrevivimos, nos llevaron a la fuerza a ese castillo. Toda mi familia pereció. Yo, en cambio, tuve la desgracia de sobrevivir.
– Puedo imaginar tu angustia y lo lamento. Debió ser insoportable para haber deseado la muerte.
– La Condenación Eterna no puede ser peor. Se divertían conmigo. Me torturaban y me obligaban a hacer cosas inefables. A beber sangre. Hasta que me volví como ellos. Como el Barón.
– ¿A qué te refieres? ¿Llegaste a matar?
– No. Pero... comí y bebí. Y disfruté.
El joven estaba claramente perturbado al recordar su experiencia. Preferí dejar ese asunto y centrarme en el que urgía.
– Dicen que quien atacó al general Beldar fue un hombre de Covenant. ¿Crees que es posible que también fuera quien asesinó a Cristian?
Ludovico negó con la cabeza.
– Explícate.
– Según he oído, el crimen tuvo lugar por la mañana, recién salida el alba. A un siervo del Barón le hubiera resultado imposible luchar en esas condiciones.
– Sé cuánto les merma la luz del sol. Gritan, se retuercen y tiemblan como si tuvieran fiebre. Pero tú no sufres tales efectos.
– Los sufrí. Era la primera vez que me enviaban con un grupo para atacar Villesainte, y me quedé atrás. Entonces fui capturado por el jefe Vaughan y sus entonces dos acompañantes.
– Uno de ellos era Eduardo– me aclaró Vaughan –, al que bien conoces. El otro era Deveraux.
– ¿El desertor de las tropas del Rey Enrique?
– Él fue quien me propuso capturar con vida a un hombre de Covenant para conocer mejor al enemigo. Resultó ser una buena idea, aunque requiere de mucha paciencia. Por eso el terco de Beldar nunca ha hecho algo similar, a pesar de que se lo sugerí varias veces.
– ¿Es pasajero, entonces? ¿Después de la fiebre, vuelven a la normalidad?
– No del todo – respondió el joven –. Me encontraba débil y aturdido. Por dentro seguía oyendo la voz de mi amo llamándome. Le necesitaba como un borracho a la bebida. Ese anhelo no desapareció hasta la tercera noche.
–Covenant podría, entonces, haber entrenado a uno de sus guerreros para que desarrolle resistencia a la luz.
– Por lo que sé, no lo creo. La oscuridad, la sangre, la influencia del Barón... Son como afluentes que convergen en el mismo río. En una fuerza que te arrastra y te somete. Renunciar a ella es un proceso largo y doloroso, no puedes hacerlo sólo en parte. O estás en la sombra, o no lo estás.
– Entiendo. ¿No hay entonces ninguna posibilidad?
– Aunque así fuera, lo considero un plan demasiado elaborado para el Barón. El ataque de anoche, en cambio, es más propio de él. Pero actuar con tanta premeditación, con tanto sigilo…
– Coincido. Si fuera tan astuto, ya hace tiempo que habría tomado Villesainte.
Durante un momento guardé silencio. Estaba algo molesto, aunque no con el muchacho. Empezaba a cansarme la idea de que tal o cual sospechoso del crimen fuera demasiado necio para cometerlo. Me quedé pensando en lo que había dicho el antiguo siervo de Covenant sobre su dominio. El frustrado asesino de Beldar antes había sido soldado de Villesainte. Según el testimonio de Ludovico, aunque lograra exponerse al sol, se encontraría demasiado débil para hacer todo lo que hizo el asesino de Cristian el domingo en la mañana. De lo contrario, habría recuperado también su cordura, y en tal caso hubiera optado por desobedecer a su amo. Había acertado, pues, en darle al Cardenal una pista errónea. El asesino de Cristian y el atacante de Beldar eran dos personas diferentes, como ya me figuraba.
Tal vez a causa de los malos recuerdos que le había despertado la conversación, o tal vez por mi ausencia de preguntas, Ludovico aprovechó para terminarse su jarra. Vaughan le dio una palmada en la espalda que casi le hizo derramar la poca cerveza que le quedaba, y le autorizó a marcharse si yo estaba de acuerdo. El encuentro había sido breve pero útil. Ya habría más ocasiones. El chico se despidió respetuosamente y, en cuanto se alejó un poco, Vaughan se apresuró a hablarme de nuevo.
– Antes de que aparezcan los cretinos que te vigilan hoy, tengo que decirte otra cosa. Entre los guardias se comenta que no solo Cristian se ausentó en la misa. Beldar llegó tarde y, al parecer, algo sofocado.
De nuevo guardé silencio durante un instante, intentando asimilar lo que Vaughan acababa de decirme. Esa información, seguramente, la habría conseguido a través de su espía de pelo rojizo. Pero cuanto más averiguaba, más dudas tenía. Si Beldar no estaba en misa cuando murió su hermano, ¿dónde se encontraba?
Antes de alcanzar a pensar en alguna posible respuesta, apareció mi escolta. Anna-Marine intentaba distraerlos, sin duda confabulada con Vaughan. Suerte tuvieron de que no sacara su daga tras la brusquedad con que la apartaron. Se les veía furiosos, tal vez asustados por las consecuencias que habrían sufrido si yo hubiera llegado a fugarme. Parecieron tranquilizarse al descubrir que no era así, pero a partir de entonces su vigilancia se volvería más dura.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano





