Sin Aelis, nuestro hogar se sentía vacío. Si no hubiera conseguido salvarla esa mañana, si la hubiera visto morir teniendo después que regresar a la choza en solitario, me habría derrumbado antes siquiera de pasar por la puerta. Al menos tenía la tranquilidad de que estaba a salvo. Ambos lo estábamos, aunque fuera por unas horas.
Contemplé por última vez mi negra armadura, buscando quizá alguna respuesta. En una semana no había conseguido dar con el asesino de Cristian. Era el mismo que había acabado con el padre Evelio, de eso no me cabía duda, por lo que no podía tratarse de un hombre de Covenant, como acertó a decirme Ludovico. Los Doce de Vaughan, con su misterioso nuevo miembro, podrían impedir una ejecución en la semana, pero dos era demasiado. Seguramente se tomarían medidas para asegurarse de que aquello no volviera a suceder. Otra opción era la huida. Mi caballo, mi espada y mi amada estaban a mi alcance. Todo cuanto necesitaba llevar conmigo. Sería sumamente fácil matar a mis escoltas y marcharnos sin que nadie lo supiera. Pero no era eso lo que Padre me había enseñado, y ya había fallado bastante a su memoria como para, además, añadir la deshonra a mi fracaso. Había hecho un trato con su amigo el Conde, y lo cumpliría pasara lo que pasara. No sería recordado en Villesainte como Van Croff el Cobarde.
Sin duda, Hugo y Siberto no eran los más despiertos de mis soldados, pero eran leales. Incluso con la guerra ya acabada, se mostraban incómodos a la intemperie, fuera de la protección de los muros de la ciudad, mientras caía la noche. Y aun así, permanecían a mi lado cuando decidí caminar hacia donde se divisaba el castillo de Covenant. Supuse que, si las torres de vigilancia como aquella en la que se ocultaba Aelis habían caído en desuso, era porque previamente se había comprobado la ausencia de actividad nocturna en la lúgubre fortaleza del Barón, pero quería verlo con mis propios ojos. Como era de esperar, la luz de ninguna llama asomaba por sus ventanas. En el interior sólo debía haber oscuridad y muerte. Muy pronto, tal vez a comienzos de la siguiente semana, los Doce de Vaughan lo reclamarían para sí, como se les había prometido a cambio de participar en la defensa de Villesainte. El Conde cumpliría su palabra, máxime si para entonces yo no me encontraba entre los vivos. Ese pensamiento me hizo alzar la vista, clamando en silencio por alguna señal desde el Valhalla, donde me debían estar esperando. Me percaté entonces de que el ojo de Dios ya no dominaba el firmamento. Al igual que las llamas del castillo de Covenant, también se había extinguido.
– ¡No está! – exclamó Hugo al darse cuenta – ¡Se ha ido! ¿Quién nos protegerá ahora?
– Acabamos con el mal hace tres noches – le respondí –. La protección de los dioses ha dejado de ser necesaria.
– El Dios, no los dioses. Sólo hay uno.
– Si existe más de un credo, ¿cómo saber cuál es el correcto?
– Porque hay que adorar al Dios Verdadero, quien no lo hace es un pecador.
– Creía que pecador era quien trataba mal a sus semejantes.
Por un momento pareció quedarse sin respuesta.
– Bueno… hay diferentes formas. Vos no sois perverso, pero igualmente pecáis. Por eso, Dios no os permite uniros en matrimonio con una fiel.
– Ese castigo no proviene de ningún dios, sino del hombre. Y puedo señalarte de qué hombre en particular.
– ¡Esos malditos clérigos! – intervino Sigberto.
– De ti sí que no me lo esperaba – le replicó Hugo.
– ¿Cómo tenerles en estima cuando no hacen más que prohibir?
– ¡Han pasado dos años! Olvídala y búscate a otra.
Los soldados empezaron a discutir. Ignorando cuál era el conflicto, dejé de prestarles atención. Estaba a punto de decirles que nos volvíamos por fin a la torre cuando me pareció oírles mencionar cierto nombre. Les mandé callar de inmediato.
– ¡Basta! ¿Habéis dicho Clodevinta, la sirvienta de palacio?
– La misma, capitán – respondió Sigberto entre resoplidos.
– ¿Y de qué prohibición hablas?
Hugo intervino para el desagrado de su compañero.
– El padre Evelio le inculcó la importancia de mantenerse virgen hasta el día de su matrimonio. Y como este cabeza de pera no podía esperar tanto, ella lo dejó.
Sigberto continuó explicándome, apelando quizás a mi comprensión ante su desdicha.
– Ella quería expiar un pecado que no diré, fue entonces cuando empezó a frecuentar la parroquia. ¡Se lo contaba todo al padre Evelio! No solo era su confesor, también su confidente. Fue entonces cuando el clérigo empezó a llenarle la cabeza con esas ideas. Otras mujeres en secreto son más dispuestas, pero ella siempre ha mantenido que bajo ninguna circunstancia mientras no haya casamiento de por medio. Nadie ha conseguido que rompa la castidad ni una sola vez, por lo que sé. Os ruego no lo comentéis, mi capitán. Si ella se entera de que voy aireando sus intimidades, entonces sí que nunca querrá tener nada que ver conmigo.
Contesté a Sigberto asegurándole que guardaría el secreto, pero esa respuesta salía de mi boca por sí sola, sin que yo fuera partícipe. Mi mente estaba en otro lugar. Una tormenta de pensamientos se precipitaba sobre mí. Tuve que tomarme tiempo para ponerlos en orden.
La mujer con la que Beldar afirmaba haber yacido mientras su hermano era asesinado, justo era una firmemente convencida ante la idea de mantenerse virgen hasta el matrimonio. ¿Qué podía significar eso? O la forzó, o sencillamente nunca copuló con ella. Clodevinta no tenía motivos para hablar con su señor de asuntos de cama, y menos de uno ligado a algo tan sustancial como la fe. Por tanto, él no debía saberlo. Ni siquiera habría intentado tomarla, simplemente la escogería al azar y la obligaría a esconderse con él en la despensa con el cardenal Baptiste como testigo. Sabría que, tarde o temprano, la entrometida sombra de su padre le diría a este lo que había visto, y así el Conde creería tener la certeza de que su hijo era inocente. Tal vez fuera eso lo que intentó decirme Clodevinta cuando insistió en limpiar la mancha de mi camisa, antes de que el clérigo nos interrumpiera. Al verse incapaz de hablar conmigo, seguramente acudiría al padre Evelio, con quien se sabía que yo tenía confianza. Por eso mi mentor me había pedido que dejara de reñir con Vaughan hasta nuestro frustrado encuentro del viernes. Él sabía la verdad y se disponía a compartirla conmigo. Beldar, que estaba presente, debió sospechar y por eso decidió matar al párroco antes de que este me contara nada, valiéndose de su cabeza amputada para incriminar a Aelis. Pero entonces, ¿por qué me ayudó en mi intento de sacarla del calabozo? Sabía que yo era capaz de cualquier cosa por salvarla. Si me ofreció su capucha fue no solo para evitar que sospechara de él; pretendía acelerar mi ejecución cuando me encontraran en la celda en el lugar de la condenada, y así el asunto de la muerte de su hermano quedaría zanjado conmigo bajo tierra. Y por ello, cuando ese plan falló, me habría facilitado el camino en caso de intentar huir cuando aún podía, creyéndole a él inocente y generando a mi alrededor sospechas a ojos de toda la ciudad.
Eran muchas las conclusiones a las que estaba llegando de forma apresurada. Aun creyendo saber cómo se habían sucedido los eventos, me faltaba por averiguar lo más importante de todo. ¿Por qué Beldar había matado a su propio hermano? ¿Se habría confabulado con Covenant? De ser así, ¿cómo envió después el Barón a un hombre para que asesinara a su aliado? Ya pensaría en ello más adelante, debía solventar otro dilema con urgencia. Si mis conjeturas eran ciertas, al asesino aún le quedaba una vida más por arrebatar para concluir su plan con impunidad.
– He de volver a palacio – pensé y dije al mismo tiempo. La pobre Clodevinta corría peligro.
Sabía que debía pasar por la torre abandonada para informar a Aelis de que mi ausencia se prolongaría más allá de lo acordado, pero no había tiempo. Mis escoltas y yo cabalgamos a toda prisa hacia las puertas de la ciudad. Todavía estaban en proceso de reparación, por lo que no habían logrado cerrarlas del todo y fue fácil que nos dejaran paso, aun habiendo caído la noche. Recorrimos las calles hasta palacio sabiendo que allí costaría más que nos abrieran. Por desgracia, no fue necesario. Las sirvientas limpiaban una mancha de sangre reciente en el empedrado de la plaza, no muy lejos de la puerta, donde dos guardias vigilaban la entrada al tiempo que velaban por la seguridad de las mujeres. Éstas nos explicaron entre lágrimas que una de sus compañeras se había quitado la vida tirándose desde lo alto. Se había empezado a decir que intimaba con el hijo del Conde y que este la había dejado. Nos confirmaron que se trataba de Clodevinta, aunque yo ya lo sabía. ¿Por qué no permití que se expresara cuando acudió a mí? Quería pedirme ayuda pero, en lugar de eso, agoté el poco tiempo del que disponíamos diciéndole lo que creía saber que había entre ella y Beldar. Aunque fue el cardenal quien nos interrumpió, me sentía culpable de esa muerte. Tuve que callar mis dudas sobre si había sido o no un suicidio. Sigberto, en cambio, sí lo creyó, como seguramente casi todos dentro de palacio, incluyendo las propias sirvientas. Sugerí al soldado que, a pesar de la trágica circunstancia, no se desvelara como conocedor de la confianza que había entre la recién fallecida y el padre Evelio, pues hacerlo podía suponer su sentencia de muerte.
Había llegado tarde. No quedaba nadie que pudiera dar testimonio de primera mano de que Beldar era sospechoso de las muertes. O tal vez sí. Vaughan tuvo razón desde el principio. ¿Intuición? ¿Desconfianza fruto de su mala relación con el General? ¿O había algo más que eso? Recordé entonces que había otro hombre de quien llegué a sospechar, y con el cual no había conseguido hablar hasta ese momento. Un hombre que pasó la noche antes del crimen en un lugar indeterminado y de quien nadie supo hasta mucho después. Si el culpable había resultado no ser él, debía tener otro motivo para ocultarse. Sabía algo y eso era demasiado peligroso dentro de los muros de aquella ciudad en la que estaba atrapado. Pudo haber acudido a Vaughan para pedirle ayuda e informarle de lo que había visto. A diferencia de mí, era evidente que él sí le creería, dada la rivalidad que había entre el General y el jefe de los mercenarios. Siendo mi amigo tan aficionado a estar enterado de todo, aquello bastaría para ganarse su confianza y un lugar en el equipo. Sin duda, ese misterioso duodécimo hombre de Vaughan debía ser el hispano. Y, en tal caso, sabía perfectamente dónde podía encontrarlo. Donde llevaría una semana ocultándose.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano





