miércoles, 29 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XIX

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Sin Aelis, nuestro hogar se sentía vacío. Si no hubiera conseguido salvarla esa mañana, si la hubiera visto morir teniendo después que regresar a la choza en solitario, me habría derrumbado antes siquiera de pasar por la puerta. Al menos tenía la tranquilidad de que estaba a salvo. Ambos lo estábamos, aunque fuera por unas horas.
    Contemplé por última vez mi negra armadura, buscando quizá alguna respuesta. En una semana no había conseguido dar con el asesino de Cristian. Era el mismo que había acabado con el padre Evelio, de eso no me cabía duda, por lo que no podía tratarse de un hombre de Covenant, como acertó a decirme Ludovico. Los Doce de Vaughan, con su misterioso nuevo miembro, podrían impedir una ejecución en la semana, pero dos era demasiado. Seguramente se tomarían medidas para asegurarse de que aquello no volviera a suceder. Otra opción era la huida. Mi caballo, mi espada y mi amada estaban a mi alcance. Todo cuanto necesitaba llevar conmigo. Sería sumamente fácil matar a mis escoltas y marcharnos sin que nadie lo supiera. Pero no era eso lo que Padre me había enseñado, y ya había fallado bastante a su memoria como para, además, añadir la deshonra a mi fracaso. Había hecho un trato con su amigo el Conde, y lo cumpliría pasara lo que pasara. No sería recordado en Villesainte como Van Croff el Cobarde.
    Sin duda, Hugo y Siberto no eran los más despiertos de mis soldados, pero eran leales. Incluso con la guerra ya acabada, se mostraban incómodos a la intemperie, fuera de la protección de los muros de la ciudad, mientras caía la noche. Y aun así, permanecían a mi lado cuando decidí caminar hacia donde se divisaba el castillo de Covenant. Supuse que, si las torres de vigilancia como aquella en la que se ocultaba Aelis habían caído en desuso, era porque previamente se había comprobado la ausencia de actividad nocturna en la lúgubre fortaleza del Barón, pero quería verlo con mis propios ojos. Como era de esperar, la luz de ninguna llama asomaba por sus ventanas. En el interior sólo debía haber oscuridad y muerte. Muy pronto, tal vez a comienzos de la siguiente semana, los Doce de Vaughan lo reclamarían para sí, como se les había prometido a cambio de participar en la defensa de Villesainte. El Conde cumpliría su palabra, máxime si para entonces yo no me encontraba entre los vivos. Ese pensamiento me hizo alzar la vista, clamando en silencio por alguna señal desde el Valhalla, donde me debían estar esperando. Me percaté entonces de que el ojo de Dios ya no dominaba el firmamento. Al igual que las llamas del castillo de Covenant, también se había extinguido.
    – ¡No está! – exclamó Hugo al darse cuenta – ¡Se ha ido! ¿Quién nos protegerá ahora?
    – Acabamos con el mal hace tres noches – le respondí –. La protección de los dioses ha dejado de ser necesaria.
    – El Dios, no los dioses. Sólo hay uno.
    – Si existe más de un credo, ¿cómo saber cuál es el correcto?
    – Porque hay que adorar al Dios Verdadero, quien no lo hace es un pecador.
    – Creía que pecador era quien trataba mal a sus semejantes.
    Por un momento pareció quedarse sin respuesta.
    – Bueno… hay diferentes formas. Vos no sois perverso, pero igualmente pecáis. Por eso, Dios no os permite uniros en matrimonio con una fiel.
– Ese castigo no proviene de ningún dios, sino del hombre. Y puedo señalarte de qué hombre en particular.
– ¡Esos malditos clérigos! – intervino Sigberto.
– De ti sí que no me lo esperaba – le replicó Hugo.
– ¿Cómo tenerles en estima cuando no hacen más que prohibir?
– ¡Han pasado dos años! Olvídala y búscate a otra.
    Los soldados empezaron a discutir. Ignorando cuál era el conflicto, dejé de prestarles atención. Estaba a punto de decirles que nos volvíamos por fin a la torre cuando me pareció oírles mencionar cierto nombre. Les mandé callar de inmediato.
    – ¡Basta! ¿Habéis dicho Clodevinta, la sirvienta de palacio?
    – La misma, capitán – respondió Sigberto entre resoplidos.
    – ¿Y de qué prohibición hablas?
    Hugo intervino para el desagrado de su compañero.
    – El padre Evelio le inculcó la importancia de mantenerse virgen hasta el día de su matrimonio. Y como este cabeza de pera no podía esperar tanto, ella lo dejó.
    Sigberto continuó explicándome, apelando quizás a mi comprensión ante su desdicha.
– Ella quería expiar un pecado que no diré, fue entonces cuando empezó a frecuentar la parroquia. ¡Se lo contaba todo al padre Evelio! No solo era su confesor, también su confidente. Fue entonces cuando el clérigo empezó a llenarle la cabeza con esas ideas. Otras mujeres en secreto son más dispuestas, pero ella siempre ha mantenido que bajo ninguna circunstancia mientras no haya casamiento de por medio. Nadie ha conseguido que rompa la castidad ni una sola vez, por lo que sé. Os ruego no lo comentéis, mi capitán. Si ella se entera de que voy aireando sus intimidades, entonces sí que nunca querrá tener nada que ver conmigo.
    Contesté a Sigberto asegurándole que guardaría el secreto, pero esa respuesta salía de mi boca por sí sola, sin que yo fuera partícipe. Mi mente estaba en otro lugar. Una tormenta de pensamientos se precipitaba sobre mí. Tuve que tomarme tiempo para ponerlos en orden.
La mujer con la que Beldar afirmaba haber yacido mientras su hermano era asesinado, justo era una firmemente convencida ante la idea de mantenerse virgen hasta el matrimonio. ¿Qué podía significar eso? O la forzó, o sencillamente nunca copuló con ella. Clodevinta no tenía motivos para hablar con su señor de asuntos de cama, y menos de uno ligado a algo tan sustancial como la fe. Por tanto, él no debía saberlo. Ni siquiera habría intentado tomarla, simplemente la escogería al azar y la obligaría a esconderse con él en la despensa con el cardenal Baptiste como testigo. Sabría que, tarde o temprano, la entrometida sombra de su padre le diría a este lo que había visto, y así el Conde creería tener la certeza de que su hijo era inocente. Tal vez fuera eso lo que intentó decirme Clodevinta cuando insistió en limpiar la mancha de mi camisa, antes de que el clérigo nos interrumpiera. Al verse incapaz de hablar conmigo, seguramente acudiría al padre Evelio, con quien se sabía que yo tenía confianza. Por eso mi mentor me había pedido que dejara de reñir con Vaughan hasta nuestro frustrado encuentro del viernes. Él sabía la verdad y se disponía a compartirla conmigo. Beldar, que estaba presente, debió sospechar y por eso decidió matar al párroco antes de que este me contara nada, valiéndose de su cabeza amputada para incriminar a Aelis. Pero entonces, ¿por qué me ayudó en mi intento de sacarla del calabozo? Sabía que yo era capaz de cualquier cosa por salvarla. Si me ofreció su capucha fue no solo para evitar que sospechara de él; pretendía acelerar mi ejecución cuando me encontraran en la celda en el lugar de la condenada, y así el asunto de la muerte de su hermano quedaría zanjado conmigo bajo tierra. Y por ello, cuando ese plan falló, me habría facilitado el camino en caso de intentar huir cuando aún podía, creyéndole a él inocente y generando a mi alrededor sospechas a ojos de toda la ciudad.
    Eran muchas las conclusiones a las que estaba llegando de forma apresurada. Aun creyendo saber cómo se habían sucedido los eventos, me faltaba por averiguar lo más importante de todo. ¿Por qué Beldar había matado a su propio hermano? ¿Se habría confabulado con Covenant? De ser así, ¿cómo envió después el Barón a un hombre para que asesinara a su aliado? Ya pensaría en ello más adelante, debía solventar otro dilema con urgencia. Si mis conjeturas eran ciertas, al asesino aún le quedaba una vida más por arrebatar para concluir su plan con impunidad.
    – He de volver a palacio – pensé y dije al mismo tiempo. La pobre Clodevinta corría peligro.
    Sabía que debía pasar por la torre abandonada para informar a Aelis de que mi ausencia se prolongaría más allá de lo acordado, pero no había tiempo. Mis escoltas y yo cabalgamos a toda prisa hacia las puertas de la ciudad. Todavía estaban en proceso de reparación, por lo que no habían logrado cerrarlas del todo y fue fácil que nos dejaran paso, aun habiendo caído la noche. Recorrimos las calles hasta palacio sabiendo que allí costaría más que nos abrieran. Por desgracia, no fue necesario. Las sirvientas limpiaban una mancha de sangre reciente en el empedrado de la plaza, no muy lejos de la puerta, donde dos guardias vigilaban la entrada al tiempo que velaban por la seguridad de las mujeres. Éstas nos explicaron entre lágrimas que una de sus compañeras se había quitado la vida tirándose desde lo alto. Se había empezado a decir que intimaba con el hijo del Conde y que este la había dejado. Nos confirmaron que se trataba de Clodevinta, aunque yo ya lo sabía. ¿Por qué no permití que se expresara cuando acudió a mí? Quería pedirme ayuda pero, en lugar de eso, agoté el poco tiempo del que disponíamos diciéndole lo que creía saber que había entre ella y Beldar. Aunque fue el cardenal quien nos interrumpió, me sentía culpable de esa muerte. Tuve que callar mis dudas sobre si había sido o no un suicidio. Sigberto, en cambio, sí lo creyó, como seguramente casi todos dentro de palacio, incluyendo las propias sirvientas. Sugerí al soldado que, a pesar de la trágica circunstancia, no se desvelara como conocedor de la confianza que había entre la recién fallecida y el padre Evelio, pues hacerlo podía suponer su sentencia de muerte.
    Había llegado tarde. No quedaba nadie que pudiera dar testimonio de primera mano de que Beldar era sospechoso de las muertes. O tal vez sí. Vaughan tuvo razón desde el principio. ¿Intuición? ¿Desconfianza fruto de su mala relación con el General? ¿O había algo más que eso? Recordé entonces que había otro hombre de quien llegué a sospechar, y con el cual no había conseguido hablar hasta ese momento. Un hombre que pasó la noche antes del crimen en un lugar indeterminado y de quien nadie supo hasta mucho después. Si el culpable había resultado no ser él, debía tener otro motivo para ocultarse. Sabía algo y eso era demasiado peligroso dentro de los muros de aquella ciudad en la que estaba atrapado. Pudo haber acudido a Vaughan para pedirle ayuda e informarle de lo que había visto. A diferencia de mí, era evidente que él sí le creería, dada la rivalidad que había entre el General y el jefe de los mercenarios. Siendo mi amigo tan aficionado a estar enterado de todo, aquello bastaría para ganarse su confianza y un lugar en el equipo. Sin duda, ese misterioso duodécimo hombre de Vaughan debía ser el hispano. Y, en tal caso, sabía perfectamente dónde podía encontrarlo. Donde llevaría una semana ocultándose.

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

domingo, 26 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XVIII

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Menos de un día era el tiempo del que disponía para encontrar al asesino. A la mañana siguiente, tendría que comparecer ante el Conde, si ese acuerdo no había expirado tras los últimos acontecimientos. Debía visitarlo antes aun, tan pronto como fuera posible, para que comprobara que no me había dado a la fuga, presentarle mis disculpas por lo sucedido y asegurarme de que el plazo hasta la mañana del domingo seguía en vigor. Pero al mismo tiempo, consideré prudente esperar a que pasara, al menos, la hora del almuerzo, cuando los estómagos saciados ayudaran a calmar los ánimos.
    Poco después de que Aelis y yo comiéramos ocultos en la torre, apareció por allí Eduardo a lomos de un caballo y sujetando a otro de las riendas. Sabía que no le gustaría la idea, pero tuve que explicarle a Aelis que debía dejarla sola una última vez. El refugio en el que habíamos convertido la torre de vigilancia era para protegerla a ella, no a mí. Había llegado el momento de dirigirme a palacio. Le dije también que no tardaría demasiado, una promesa que tenía intención de cumplir, pero no sabía si estaría en mis posibilidades. Aunque evité mencionar el asunto delante de ella, previamente había dado indicaciones a Eduardo de que, si para el amanecer del día siguiente no tenían noticias mías, le ordenara de mi parte montar a Glissant y abandonar Villesainte. Para ocultar mis inquietudes, cambié a un asunto algo menos serio y aproveché que tenía delante a uno de los Once de Vaughan para preguntarle por algo en lo que no había podido dejar de pensar ni siquiera durante el almuerzo.
    – Esta mañana conté trece mercenarios. Seis soldados impostores frente a la hoguera y otros cuatro sobre la compuerta de la ciudad. Luego el arquero oculto, seguramente Gato, Herger que preparaba este escondite de mientras, y el propio Vaughan a las riendas del carro. Trece en total. ¿Tenéis alguna nueva incorporación? ¿Al fin habéis admitido a Anna-Marine en vuestro grupo?
    Eduardo esbozó una leve sonrisa. La primera que le vi desde la pérdida de su hijo adoptivo.
    – Vaughan sabía que tocarías el tema. Tenemos a uno nuevo, sí. Alguien de confianza. Pero no es ella la única que cumple ese requisito.
    Por orden de su jefe me fue imposible sacarle más. Tampoco era de gran importancia en ese momento. Así que, tras despedirme de Aelis de la forma más tranquilizadora en que me fue posible, mis escoltas y yo nos dirigimos a palacio, a lomos de los dos caballos que nos había llevado Eduardo.
    Imaginaba al cardenal Baptiste más furioso que nunca, oponiéndose enérgicamente a dejarme marchar si no revelaba el paradero de la condenada. Pero nada más llegar, tuve la sensación de que la visita no iría pareja a mis expectativas. Magullado por los golpes que le propiné en la mañana, el aspecto del clérigo era ciertamente lamentable. Se le veía abatido. Debía haber pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien le había puesto en su sitio. Lejos de malmeter en mi contra como era en él costumbre, apenas habló tras mi aparición allí, así que pude conversar con el Conde sin sus incómodas intromisiones. El talente de mi señor también fue más sosegado de lo que cabía esperar. Me preocupaba que, tras lo sucedido, considerase una ofensa mi regreso, presentándose ante él como si no temiera las consecuencias. Pero, lejos de eso, parecía conmovido por lo que definió como un gesto de gran valor. Aproveché no sólo para disculparme, también para convencerle de la inocencia de Aelis. Era mi principal prioridad, de lo demás ya me encargaría yo durante el poco tiempo que me quedara.
    – Si le hubiera notado el menor indicio de sumisión hacia Covenant y, por consecuencia, de traición a Villesainte y a mí, a estas alturas de la semana no me habría costado tanto entregarla como al principio de la misma. Lo que me ha movido esta mañana no ha sido sólo mis sentimientos hacia ella, también la certeza de que es inocente. De lo contrario, yo sería el primero en percatarse y el que más lo sufriría.
     – Eres el capitán más rebelde de toda Normandía – me respondió el Conde –, pero tu padre estaría orgulloso. Sé que mañana me darás lo que quiero o afrontarás las consecuencias sin bajar la vista.
    – Mañana acabará todo, de un modo u otro. Os proporcionaré esa satisfacción que tanto anheláis, tenéis mi palabra.
    Tras la conversación nos despedimos cordialmente, sabiendo que era más que probable que, la próxima vez que nos viéramos, tendría que tratarme como a un criminal. Percibí en sus ojos el impulso de abrazarme. Dada su amistad con Padre y los muchos años que había estado a su servicio, debía considerarme poco menos que un sobrino, por lo que su aprecio hacia mí iría en ese sentido, como también sucedía por mi parte. No obstante, pareció contenerse, limitando su mano a un par de afectuosas palmadas en la espalda. Tal vez por el resquicio de duda que le quedara sobre mi implicación en la muerte de su hijo, o tal vez por miedo a verse superado por los sentimientos si al día siguiente no le quedaba más opción que la de mandarme ejecutar.
    También me despedí de Baptiste. Dado su favorable cambio de actitud, hice lo que pude por reconciliarme con él.
    – Muerto el padre Evelio, ahora sois vos el único clérigo del condado. Villesainte necesita de un guía espiritual que obre con moral y justicia, eso excluye torturar y matar a gente inocente. Os he librado en dos ocasiones de cometer tales errores. ¿Seréis capaz de evitarlo sin mi ayuda a partir de ahora?
    – Cuando uno persigue demonios durante demasiado tiempo, acaba viéndolos donde no los hay. Espero que me ayudéis mañana por tercera y última vez. De ahí en adelante, sí, intentaré valerme por mí mismo.
    Ninguno de los dos dijo más, pero era suficiente. De camino a la salida, pasé junto a Beldar, quien se mostró agradecido por mis años de lealtad y servicio. Al igual que su padre, se mostraba esquivo al expresar los sentimientos. No quise forzarle a ello y nos limitamos a despedirnos llamándonos por nuestros rangos militares, como solíamos hacer cuando había subordinados cerca.
    El General sabía que Aelis y yo nos escondíamos en algún lugar de la zona, así que dio orden de que nadie, salvo mis escoltas, me siguiera al salir de palacio. Aun así, Hugo, Sigberto y yo cabalgamos todo lo rápido que pudimos. Para despistar a quien pudiera estar atento a nuestro rumbo, una vez fuera de la ciudad preferí dirigirme a la choza y esperar allí el ocaso antes de volver con Aelis a la torre de vigilancia. A lo largo de los años en que duró la guerra, nos habíamos acostumbrado a temer a las sombras. A verlas como una amenaza. Esa noche las usaríamos para protegernos. Aunque, ciertamente, tan sólo estaba retrasando lo inevitable.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

jueves, 23 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XVII

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    A pesar de la promesa que le hice a Aelis la noche antes, pude ver en sus ojos cómo se preparaba para afrontar el fin. Sentí el llanto de sus amigas y la conmoción de gran parte de los presentes. Pero el vocerío se detuvo de repente. Una certera se clavó en la parte trasera del poste en que se encontraba la condenada, cortando parcialmente su atadura. Aproveché esa distracción para subir al entablado sin que nadie me lo impidiera y golpear con saña al cardenal Baptiste, algo que llevaba tiempo deseando hacer. Hubiera disfrutando plenamente con ello si no fuera porque Aelis aún seguía en peligro. El clérigo cayó sobre la madera. Un pico de su hábito fue alcanzado por las llamas y se prendió. Tuve que hacer frente también al verdugo, que me atacaba con un leño ardiente. Mientras, aunque el oculto arquero seguía disparando, las cuerdas todavía inmovilizaban a la condenada. El fuego casi le tocaba los pies. Los seis soldados a ras de suelo subieron para rodearme. El verdugo se retiró entonces y ayudó al cardenal, que se había incorporado intentando apagar su atuendo en llamas.
    – ¡Aelis, salta! – grité. Una última flecha terminó de cercenar su atadura, liberándola por completo. Tal como le dije, se impulsó para pasar por encima de la hoguera sin tocarla, cayendo en mis brazos.
    – ¡Matadlos a ambos! – ordenó el encolerizado cardenal tras volver a ponerse en pie, revelando su verdadero carácter ante todos los villesaintos. Los soldados desenvainaron sus armas, pero desobedecieron la orden del clérigo. En lugar de eso, bajaron con nosotros del entablado y nos ayudaron a abrirnos paso entre la multitud sin demasiada dificultad. La gente había acudido a la plaza con ganas de espectáculo, y un espectáculo era en lo que se habían convertido el juicio y la ejecución frustrada. Hugo y Sigberto nos seguían, aunque no parecía que terminaran de entender lo que estaba sucediendo. Otros soldados intentaban llegar a nosotros para detenernos, pero el carro en el que llevaron a la condenada hasta la plaza nos estaba esperando con un cochero diferente al que había momentos antes. Los seis soldados nos ayudaron a subir a los cuatro; Hugo, Sigberto, Aelis y yo. Después, se desperdigaron entre la multitud. El nuevo cochero de rostro oculto tiró de las riendas y los caballos se pusieron en marcha. Me volví hacia Aelis, que no lograba salir de de su asombro. Una parte de ella parecía seguir atada en la hoguera, asumiendo que ese sería su final.
    – Te prometí que nos sacaría a ambos de esta.
    – Eso aún está por ver.
    – Volvemos a ser libres y estamos juntos. Es un buen comienzo.
    Le sonreí, consiguiendo que ella me devolviera un gesto similar. Ciertamente, teníamos motivos para sentir alegría. Aún no estábamos a salvo, pero todo transcurría según el plan, o casi todo. Hugo y Sigberto desenvainaron, apuntándome con sus espadas.
    – ¿Qué es esto? – les pregunté.
    – No podemos permitir que huyáis, capitán – respondió Hugo.
    – Ni falta que hace. No saldremos de los dominios de Villesainte.
    Aelis se mostró extrañada ante mis palabras, pero no era momento de dar explicaciones. Algo más apremiante acaparaba mi atención. Una improvisada caballería nos perseguía a través de las calles de la ciudad. Si alguien caía del carro, ya fuera uno de mis escoltas o cualquiera de nosotros, moriría aplastado bajo los cascos de los caballos. No quería que eso ocurriera, así que procuré moverme lo menos posible. Sin embargo, un soldado saltó desde algún edificio y cayó sobre mí, derribándome. Ante la inacción de Hugo y Sigberto, Aelis me ayudó atacando con fiereza a ese hombre, quien la apartó de un empujón, casi tirándola del carruaje. Aproveché el instante en que me soltó para devolverle los golpes que me había propinado. Lo arrojé por un lateral para que estuviera a salvo de los caballos que nos perseguían, aunque no estaba seguro de que mereciera esa preocupación por mi parte. Sus compañeros lo esquivaron y apretaron el ritmo. Si seguían así, acabarían alcanzándonos. Dentro de la ciudad, los jinetes carecían de espacio para rodearnos. En campo abierto sería distinto, y estábamos a punto de llegar a las puertas. Sobre estas, en el adarve, cuatro soldados sostenían un tronco procedente de las obras de reparación. Esperaron a que el carro saliera y, una vez pasamos, arrojaron el madero desde lo alto. Algunos de nuestros persecutores se asustaron y tuvieron que frenarse, otros tropezaron con el repentino obstáculo, cayendo de sus monturas.
Una vez en el exterior de la ciudad, cuando consideramos que nos habían perdido de vista, nos dirigimos a la arboleda, donde se erguía una de las torres de vigilancia, las cuales habían dejado de utilizarse tras el reciente fin de la guerra. Allí nos esperaba Herger, uno de los hombres de Vaughan, a lomos de Glissant.
    Bajamos del carro todos los ocupantes salvo el hombre que había estado guiando a los caballos. Volviéndose hacia nosotros, se retiró el pañuelo que cubría su rostro, mostrando su identidad. Era mi viejo amigo. Aelis me miró, gratamente sorprendida por nuestra reconciliación. Le conté lo que había sucedido la noche antes. Vaughan y Gato asaltaron a mis escoltas, no para poder matarme impunemente, sino para hablar conmigo en confidencia y ofrecerme ayuda. Mi amigo insistió en que él no había cometido los crímenes del domingo y del viernes siguiente, y me dijo que la conversación que me había llevado a estar seguro de ello no fue más que un malentendido. Aunque no quiso aclararme a qué se refería cuando dijo que tenía sus motivos para hacer aquello que hubiera hecho, decidí que creerle y volver a confiar en él era la mejor opción. También era lo que necesitaba. Los soldados que nos habían ayudado no eran sino los Once de Vaughan disfrazados. Sin embargo, los auténticos hombres del Conde no tardarían en aparecer y tendríamos que despistarlos.
    – Cuida de este zoquete –dijo Vaughan a Aelis –. No permitas que vuelva a tomar vino o acabará acusándote de haber asesinado a su abuela.
    De mí no se despidió. Pese a que me había prestado ayuda, aún estaba molesto conmigo por haber dudado de su lealtad. No le culpé por ello. Herger subió al carro. Su jefe azotó a los caballos y estos reanudaron la marcha.
    Mis dos escoltas, Aelis y yo subimos a la torre de vigilancia y cerramos la trampilla. Herger no sólo se había pasado por nuestra choza para recoger a Glissant, también nos había llevado nuestras dos espadas, mantas y algo de comida. Todo ello nos esperaba arriba en la torre. Las bases de la misma estaban cubiertas de tablas, formando un cobertizo que rodeaba la escalera, en el cual nuestro caballo estaría oculto y resguardado. El mejor lugar para esconderse dentro de los dominios de Villesainte. Al menos, durante un día.
    El plazo que me había dado el Conde estaba a punto de expirar y aún no había logrado desenmascarar al asesino. Podíamos darnos a la fuga, como dijo Aelis la noche antes. Desterrarnos para siempre de la ciudad y volver a empezar en otro sitio. Pero yo, por principios, quería llegar hasta el final del asunto. Alguien me había incriminado a mí y luego a ella. Había estado a punto de conseguir que la quemaran viva para no tener que responder por los crímenes que había cometido. Merecíamos una reparación por ese agravio. Y, por supuesto, Cristian, Hereward, el padre Evelio y las otras víctimas merecían que se hiciera justicia.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

lunes, 20 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XVI

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Me precipité al asumir cómo acabaría la noche anterior. Al llegar la luz del alba, yo seguía en pie, aunque no por mucho tiempo. Si no me ejecutaban al día siguiente, cuando acabara el plazo, me matarían en vida esa misma mañana de sábado, arrebatándome a Aelis. Tenía por delante una jornada dura y agitada, y así fue como empezó para mis escoltas, que dormían en el suelo de la choza hasta que les desperté a puntapiés.
    – Ya habéis abusado suficiente de mi hospitalidad, ¿no os parece? –dije cuando por fin abrieron los ojos. Uno de ellos miró a su alrededor, descubriendo que se encontraban frente a mi chimenea, calientes y con la ropa seca, aunque esta desprendía un olor que no tardaron en percibir.
    – ¿Qué sucedió anoche? – preguntó el soldado.
    – ¿La desorientación y el dolor de cabeza no bastan para deducirlo?
    – ¿Hemos bebido?
    – Eso sería decir poco. Os habéis bañado. Era una noche difícil para mí, así que paramos en la posada. Le dije al viejo Pierre que necesitaba algo más fuerte que la cerveza. Sacó un licor que tenía guardado y os invité a unas rondas. De haber sabido lo mal que os iba a sentar, habría pedido leche materna para vosotros.
    – Somos soldados del general Beldar – dijo el otro –. No se nos permite emborracharnos.
    – Tiritabais de frío y yo, como capitán vuestro que aún soy, os di permiso. No obstante, si lo preferís mantendremos el asunto en secreto.
    Los dos hombres se mostraron indecisos.
    – A no ser que me hagáis llegar tarde a la ejecución de hoy – les dije cambiando a un tono aún más severo –. Levantad de una vez.
    Me siguieron hasta el establo, donde puse junto a Glissant una cubeta con sobras de verduras y otra con agua para que estuviera bien en mi ausencia, pues ni Aelis ni yo podríamos darle compañía esa mañana. Además, si algo salía mal lo necesitaría provisto de fuerzas. Después nos dirigimos a la entrada de la ciudad, que estaba siendo reparada tras los desperfectos del último ataque de Covenant. Antes de llegar, Hugo y Sigberto nos interceptaron. Ellos serían el relevo. Seguramente, el Conde no me libraría de mi vigilancia hasta haberse celebrado el juicio y la ejecución de Aelis, por temor a lo que pudiera hacer yo para impedirlos. Al menos, también había mediado para que el cardenal Baptiste no la tocara hasta llegado el momento, o eso fue lo que me dieron a entender. Más valía que fuera cierto. Acompañado por mis nuevos y posiblemente últimos escoltas, acudí a la plaza para asegurarme de ello.
    Aún no había comparecido nadie, pero la hoguera ya estaba lista y los más madrugadores esperaban para presenciar el espectáculo que se les había negado seis días antes, cuando era yo el acusado. Varios soldados permanecían en pie a ras de suelo para impedir que alguien intentara subir al entablado. Pese a la abundante lluvia de la noche anterior, parecía que el cardenal Baptiste se había asegurado de conseguir leños secos.
    – Recordádmelo. ¿Qué es lo que se os ha ordenado durante mi vigilancia? – pregunté a Hugo y Sigberto, procurando que nadie nos oyera. El segundo de ellos respondió.
    – Evitar que os deis a la fuga y velar por vuestra seguridad.
    – Justo lo que espero de vosotros. Os mantendréis a mi lado en todo momento y no haréis nada que contradiga eso.
    – Claro, capitán… – contestó Sigberto con extrañeza, antes de intercambiar una mirada con su no menos desconcertado compañero.
    Poco a poco, la plaza se fue llenando. No tuvimos que esperar mucho más hasta que apareció la condenada sobre un carro, de pie y maniatada. Aunque estaba sucia, no parecía haber sufrido daños durante la noche. Sus ojos mostraban valor y dignidad por encima del temor que pudiera sentir. Dos guardias la bajaron del carro, llevándola hasta la hoguera. Allí, el verdugo la ató al poste. El cardenal era ligero condenando a quien fuera a sufrir la agonía de ser quemado vivo, pero el muy cobarde siempre necesitaba delegar en alguien para no tener que mancharse las manos. El Conde y su hijo asomaron desde la terraza de palacio. No se les veía especialmente cómodos con lo que se disponían a presenciar. En la plaza, algunas miradas eran compasivas, otras severas, y las más, indiferentes. En medio de todas ellas estaba la mía. Aelis no tardó en encontrarla, mostrando cierto alivio al percatarse de mi presencia. Intenté expresarle sin palabras el orgullo que sentía por su forma de afrontar la situación. Pasara lo que pasara, yo estaría con ella. Me asintió en señal de comprender. No era momento de mostrar debilidad. A pesar de la distancia y los obstáculos que nos separaban, casi sentía que pudiéramos tocarnos. Pero Baptiste interrumpió ese instante subiendo al entablado y presentándose con su habitual soberbia.
    – Se acusa a esta mujer, Aelis DuCroix, del asesinato de cinco hombres, entre ellos Cristian, hijo y heredero de nuestro Conde, bajo las órdenes del Barón Covenant, mortal enemigo de Villesainte.
    El público estalló en abucheos. Resultaba difícil distinguir cuáles iban destinados a la acusada y a Covenant, y cuáles al clérigo. Conseguí reconocer a Gilsa, Otilia y Elfrida entre la muchedumbre, aprovechando el barullo para lanzar insultos al cardenal Baptiste. Este no pareció reconocerlas. Pidió calma y prosiguió con el juicio, dirigiéndose a la condenada.
    – Es evidente que a través de malas artes y pactos con el Diablo, el Barón te dotó del poder para cometer tales crímenes. Por tanto, debemos añadir también la brujería a la lista. ¿Hay algo más que quieras confesar?
    – Nada salvo negar esas acusaciones. Jamás he cometido brujería ni he matado a nadie. ¿Y vos, cardenal? ¿Tenéis limpia vuestra conciencia o disfrutáis condenando a mujeres a la muerte?
    La pregunta incomodó a Baptiste, así como las risas que esta generó entre el público. Las amigas de Aelis iniciaron un aplauso que yo mismo secundé, y que, poco a poco, acabó resonando en toda la plaza. De nuevo, el cardenal alzó las manos rogando silencio, viéndose obligado a esperar más que la vez anterior para proseguir.
    – Es tu última oportunidad, bruja. ¿Te arrepientes y reniegas de Satanás, aceptando a Jescucristo como tu señor y salvador?
    – Acepto a Jesús y reniego de Satanás, como también reniego de los que actúan inspirados por el segundo al tiempo que dicen cumplir la voluntad del primero. Pero vuelvo y repito: no puedo arrepentirme de un pecado que jamás he cometido.
    En esta ocasión, lo que Aelis despertó entre los presentes fue un murmullo. Estaba dejando en evidencia al cardenal delante de un público cada vez más convencido de su inocencia. El clérigo se mostraba nervioso, dada la incuestionable simpatía que la condenada empezaba a inspirar entre los testigos de esa farsa que pretendía hacer pasar por juicio. Debió temer que le acabaran pidiendo clemencia, pues se apresuró en ordenar al verdugo que procediera con la «purificación». Este, con un leño ardiendo, encendió la hoguera. En un instante estuvo hecho. Ya no habría piedad, era demasiado tarde. Ni para la condenada, ni para el propio cardenal, que se arrepentiría de aquello. Sentiría mi furia en sus carnes. Me había equivocado respecto a cómo acabó el día anterior, pero no me equivocaba sobre cómo terminaría ese.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

viernes, 17 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XV

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La luz era tenue, procedente de una única vela encendida. Las sombras bailaban a mi alrededor con el temblor de la llama. Una figura, en cambio, se mantenía inmóvil, sentada en un taburete, a los pies de la cama sobre la que desperté. Era Vaughan. Supe entonces que me encontraba en la posada. A través de una ventana, vi que en el exterior había anochecido ya, y llovía. Me apresuré en incorporarme, pese a que aún no me había recuperado.
    – Tú… ¿Qué has hecho?
    – Sé que no me creerás, pero ha sido por tu bien. Ibas a conseguir que os mataran a los dos. Te he traído aquí para que no sufras enfriamiento, necesitarás fuerzas para lo que está por llegar.
    – ¡¿Qué has hecho?!
    – Cállate o tus malditos escoltas se enterarán de que has despertado y vendrán a meter sus narices.
– ¿Que me calle? ¡Van a matarla por tu culpa!
    Tal y como predijo Vaughan, los dos soldados entraron en la habitación. Opté demasiado tarde por guardar silencio y reflexionar. Era cierto que mi plan de huida, fruto de la desesperación, tenía pocas probabilidades de éxito. Pero en ese momento no era capaz de disculparme ni de agradecer su gesto. No cuando él mismo había provocado esa situación, permitiendo luego que se la llevaran. Si la condena a muerte de Aelis era su forma de demostrarme que no quería deshacerse de mí para quedarse con ella, Vaughan estaba más perturbado de lo que imaginaba. Me resistí a creer que fuera así. Lo más que deseaba después de salvarla era estar equivocado respecto a él, pero esa esperanza se disipaba al recordar la conversación que habíamos tenido la noche anterior. Me levanté, furioso. Encontré mis botas junto a la cama.
    – Iré a ver al Conde – dije, más a los soldados que a Vaughan. Fueron las últimas palabras que pronuncié antes de salir de allí.
    Atravesé la lluvia hasta llegar a palacio. Me alegré de que a mis escoltas les resultara molesto seguirme. A pesar de que el Conde, Beldar y el cardenal estaban cenando, seguía siendo el Capitán, de modo que los guardias no pudieron negarme el paso. Insistí en hablar a solas con el Conde. Este se disculpó ante los otros dos comensales y abandonó la mesa. También ordenó a sus hombres que mantuvieran la distancia para que nuestra conversación fuera privada.
    – Te comprendo muy bien, Van Croff. Sé lo doloroso que es perder a un ser querido. Pero esta vez no puedo ofrecerte ninguna alternativa.
    – Mi señor, la acusación es absurda. ¿Cómo iba ella a poder llegar hasta la capilla, matar al padre Evelio y regresar al mismo tiempo que mi escolta y yo nos dirigíamos allí? Sin ser vista, además, por nadie. Ni siquiera por alguno de nosotros.
    – Del mismo modo en el que el hombre enviado por mi tío para matar a Beldar pudo esquivar a tantos guardias antes de huir.
    – Ella nunca ha pertenecido a Covenant.
    – Estaban en su poder la cabeza y el arma con que esta fue cortada.
    – Alguien las colocaría en su cesta.
    – Eso puedo creérmelo una vez, no dos.
    – ¿A qué os referís?
    – No sólo se le acusa de la muerte del padre Evelio.
    Con asombro y horror a partes iguales, comprendí lo que quería decirme.
    – ¿De verdad pensáis que una sola mujer podría sacar fuerzas para asesinar a cuatro hombres, tres de ellos adiestrados en las armas?
    – ¿Quién despertó antes la mañana del domingo? ¿Tú o ella?
    – Fue ella quien me alertó. Su sueño es muy ligero y el caballo estaba agitado.
    – Según dices, el asesino portaba tu armadura. ¿Cómo explicas que se agitara cuando la devolvió a su lugar pero no cuando la sustrajo?
    Para aquello me quedé sin respuesta, aunque sabía perfectamente que no tenía por qué significar nada. En lugar de responder a su cuestión, le dije lo único que sabía con certeza.
    – Ella no puede ser una esclava de Covenant. No se ha separado de mí ni un solo día durante años y sus padres murieron por culpa de él, directa o indirectamente.
    – ¿Qué edad tenía ella cuando la conociste?
    – Quince años, mi señor.
    – Tiempo más que suficiente. Pero tienes razón, puede que no fuera una esclava de mi tío. Puede que simplemente ayudara a alguien.
    – Eso lo averiguaremos mañana – importunó a mi espalda el cardenal Baptiste –, cuando le extraigamos su confesión. Suplicará por el perdón de su alma.
    Tuve que contener mi furia para no golpearle hasta quedar con los nudillos en carne viva. Me aproximé al clérigo, obligándole a paladear mi aliento.
– Os hice una advertencia anoche, cuando aún me quedaba algo que perder. Ahora os hago otra muy distinta. Como volváis siquiera a insinuar que pretendéis torturarla, juro por los dioses que mataros será lo último que haga. Es una insensatez provocar a un hombre desesperado.
El clérigo no volvió a abrir la boca. Yo, por mi parte, lo ignoré como debería haber hecho desde el principio, y me dirigí de nuevo al Conde. Aún me quedaba algo por intentar.
    – Mi señor. Si ahora es ella la sospechosa y no yo, os ruego que, al menos, me despojéis de la vigilancia a la que estoy sometido. Al fin y al cabo, ayer pude haber huido y no lo hice. Eso debería serviros como muestra de mi entrega y obediencia.
    – No dudo de ti, Van Croff. Pero en este momento y tal como están las cosas, no es posible. Créeme que lo lamento.
Estaba claro que de aquella conversación no iba a sacar nada de provecho, y mucho menos estando presente el cardenal. Me despedí del Conde todo lo respetuosamente que pude y me dirigí a la salida. Por el camino encontré a Beldar, quien llevaba una prenda arrugada en la mano.
    – Capitán, fuera está diluviando. Ya que no puedo hacer otra cosa por ayudaros, al menos quisiera obsequiaros con esta capucha para que os proteja. Es mía, así que probablemente os esté grande. Pero os aseguro que, gracias a su tela gruesa, llegaréis completamente seco a vuestro destino.
    Además de su trato formal, desconcertante para la circunstancia en que nos encontrábamos, percibí en él una mirada de complicidad. Cogí la capucha.
    – Gracias, mi general.
    – Y otra cosa. He dado orden a los guardias para que os permitan visitar a la prisionera en privado durante toda la noche.
    – Sois muy amable, mi general. De nuevo, gratitud.
    Me puse la capucha y salí al exterior. Mis escoltas volvían a mojarse. Yo, en menor medida, también. La prenda que me había dado Beldar no era tan buena como decía. Entendí entonces que su verdadero regalo era otro. Gracias a él, al menos tenía una oportunidad de salvar a Aelis. Esa vez pude tomarme mi tiempo para trazar un plan.
    A medida que caminaba bajo la lluvia, me fui encorvando gradualmente para fingir que mi estatura era menor. No hablé durante todo el trayecto a la prisión y oculté mi rostro. Únicamente me retiré la capucha al presentarme ante los guardias, para identificarme y demostrarles que iba desarmado. Después afirmé sufrir enfriamiento y volví a llevarla incluso dentro del calabozo. Un vigilante me acompañó hasta la celda en la que Aelis se encontraba prisionera. Abrió la puerta y me dejó entrar, volviendo a cerrarla con llave tras mi paso. Los escoltas quedaron fuera. Tal y como les había ordenado su general, todos se retiraron y nos dejaron a solas.
    Aelis estaba acurrucada en el suelo, tendida sobre una manta. Nunca la había visto así. Ensimismada, como si no se hubiera percatado de mi presencia, aunque era imposible que no me hubiera oído entrar. Me acerqué despacio para no asustarla. Miré sus manos; cerraba los puños con fuerza. No me dio tiempo de decirle nada cuando se giró hacia mí al tiempo que se levantaba rápidamente, asestándome varios golpes en la cara. Debía estar confundiéndome con algún indeseable que pretendía abusar de una condenada a muerte. Cuando me despojé de la capucha y dejé que me viera, su expresión cambió drásticamente. Me abrazó y me besó mientras se deshacía en disculpas.
    – ¿Te han hecho daño?
    – No se han atrevido.
    – El cardenal quiere arrancarte una confesión, pero no voy a permitir que eso pase. He venido a sacarte de aquí.
    Por un momento, me miró con el rostro iluminado.
    – ¿Vamos a huir? Abandonémoslo todo. Vámonos a donde nunca nos encuentren.
    – Escúchame con atención – la interrumpí –. Vas a ponerte esta capucha y fingir que eres yo. No hables ni te expongas en ningún momento, ni siquiera les dejes ver tus manos. No hagas nada que te delate. Mis escoltas te acompañarán hasta la choza. Allí permanecerás mientras ellos quedan fuera y buscarás el momento adecuado para huir. Pero debe ser antes de que amanezca. Si es necesario usa tu espada, pero asegúrate de que no vuelvan a capturarte y de que nadie en la ciudad sepa dónde estás. No vayas a casa de Gilsa y Otilia, seguramente te busquen allí. Dirígete a la herrería de Yeray y pídele refugio. Dile que es mi último deseo.
    – ¿Y qué pasará contigo?
    – Yo me quedaré aquí. Me ocultaré y fingiré que ser tú. Para cuando descubran el cambio ya será por la mañana y tú estarás fuera de su alcance.
    – Pero te matarán.
    – No hasta el domingo, con suerte.
    – Entonces no acudiré al herrero, sino a Vaughan. Él me ayudará a rescatarte.
    – Ya no podemos confiar en él, es peligroso. ¿Viste que me atacó cuando me disponía a librarte de los guardias? Estamos solos.
    Dos cascadas de lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Sus labios temblaban.
    – Pero, amor. Aunque consiguiera hacer lo que dices, ¿qué vida me esperaría sabiendo que he huido para que mueras en mi lugar?
    – ¿Qué vida crees que me espera a mí después de contemplar cómo te queman viva, sabiendo que tuve en mis manos la oportunidad de salvarte de ese horror y no la aproveché?
    – Sé que soy fuerte, pero tú lo eres más. Durante un tiempo te hundirás y llorarás mi muerte, luego te recuperarás y buscarás venganza. Cuando te la hayas cobrado, serás un hombre proscrito aquí, pero podrás regresar a tu tierra y empezar una nueva vida. Tal vez con otra mujer.
    – No es eso lo que quiero. Nunca habrá otra.
    – Lo que los dos queremos ya no es posible. Seguramente nunca lo fue.
    Me quedé sin palabras. Era cierto que nuestro amor había sufrido trabas desde prácticamente su inicio. Hizo falta mucho tiempo, demasiado, hasta que sus progenitores acabaron aceptándome, pues sabían quién era yo y no me consideraban buen partido para su hija. Dada mi condición de soldado, pensaban que acabaría abandonándola en cuanto terminara la guerra, o que moriría pronto. Luego, como una losa, nos cayó encima la prohibición del cardenal Baptiste para contraer matrimonio. Tal vez a causa de los temores que nos asaltaban, fruto de la inestable situación de la ciudad, todos nuestros intentos por concebir habían sido en vano. Como colofón, parecía que estábamos destinados a que uno de los dos no llegara con vida al final de la semana. Tenía razón. Lo nuestro había sido un sueño hermoso pero imposible. Reconocerlo resultaba demasiado duro para lo que podía soportar en ese momento. Quería mantenerme firme para, al menos, insuflarle valor, pero ni siquiera de eso fui capaz. Acabé bajando la cabeza y sollozando.
    – Nuestra vida juntos se reduce a esta noche – me susurró ella con voz calmada –, y no quiero pasarla entre lágrimas.
Me secó las mejillas con sus manos. Después me miró de forma reconfortante, casi sonriendo, y me besó. Nos besamos. Moriría al día siguiente. La arrancarían de mis brazos o sería yo el que caería intentando impedirlo. O ambos. Pero esa noche era nuestra. Ella era mía y yo era suyo. Nos tendimos sobre la manta, revolviéndonos. Nos despojamos de nuestras ropas y nos vestimos el uno con el otro. Al igual que en la batalla, decidí no pensar en el después, sólo vivir el instante. Una parte de mí se sentía agradecida por tener la ocasión de compartir ese momento sabiendo que sería el último, de saborearlo con la intensidad que merecía. Cuando la pasión acabó, nos cobijamos bajo la ropa. Abrazados como si durmiéramos, con los ojos abiertos. Sin hablar, sólo disfrutando de ambos del calor que el otro desprendía.
    Fueron muchos los pensamientos que me asaltaron en ese momento de aparente tranquilidad. De haber sabido que por mi culpa acabaría muerta, jamás me habría acercado a ella. Volvió a mi memoria la desconfianza que sus padres mostraban hacia mí al principio. El momento en el que empezó a cambiar fue después de que las valquirias se llevaran a Padre y yo acabara bajo la tutela de Evelio. Pocos días antes de morir, la madre de Aelis me confesó que había llegado a quererme como a un segundo hijo y me pidió que cuidara de ella cuando faltara. Por eso no podía permitir que la mataran. La culpa acabaría también conmigo. Si el intercambio no era posible, no debía perder el tiempo, sino buscar otra estrategia. Pensé entonces en delatar a Vaughan y entregarle. Su traición había sido tal que ni siquiera le pondría sobre aviso, como dije que haría. Había tenido más tiempo del que merecía, si no lo había aprovechado era cosa suya.
    Me levanté. Prometí a Aelis que la sacaría de allí; a ambos. No me creía, de modo que me hizo jurárselo mientras nos vestíamos. Llamé a los guardias para que me dejaran salir y mis escoltas me acompañaron. No quise despedirme de ella. Dejé la capucha en la celda, pues mojaba más que resguardar.
    Las calles estaban vacías, nada se escuchaba en toda la ciudad salvo el sonido de miles de gotas chocando contra el empedrado y los tejados. Me extrañé al sentir a mi espalda dos golpes secos y algo parecido a un chapoteo. Me volví. Los dos guardias que me vigilaban yacían sobre un charco de agua. No parecían muertos, los habían dejado inconscientes del mismo modo que a mí esa misma tarde. Tras ellos, vi a Vaughan en pie junto a Gato, el más letal de sus hombres. ¿Conocía mis intenciones y se había anticipado? ¿Había decidido ir a por mí en el momento más vulnerable? Si ese era su plan, se equivocaba. Ataqué con todas mis fuerzas al que hasta un día antes había sido mi hermano. Su secuaz me interceptó, tirándome al suelo. Sorprendentemente, no me había hecho tanto daño como podía parecer. Volví a levantarme y repetí la acción con similar resultado. Gato me golpeó con su rodilla en el pecho para asegurarse de que no hubiera más intentos. Esa vez, durante un instante sentí que no podía respirar, no sabía si a causa del golpe o por desasosiego, como después de haber decapitado a Covenant. La idea de faltar a las promesas que hice a la madre de Aelis y a ella misma me aterraba. Sentí como si Padre estuviera observándome no desde Valhalla, sino allí mismo, lamentándose por mi fracaso. Me incorporé mientras recuperaba el aliento, pero no tenía fuerzas ni para levantarme. Lo más a que alcanzaba era a ponerme de rodillas. Así lo hice. Por primera vez en mi vida, había dejado que mi propio miedo me derrotase. Lo había perdido todo.
     – Termina – dije a Vaughan con dificultad –. Era lo que querías, ¿no?
    Vaughan no pronunció palabra. Ni siquiera hizo un gesto con el que ordenar a Gato que desenfundara su fina espada y acabara con lo poco que quedaba de mí. Sólo permanecía ahí, impasible, mirándome.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

martes, 14 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XIV

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Las recientes tribulaciones me habían llevado a descuidar cosas importantes. Había mostrado en todo momento preocupación por la seguridad de Aelis, pero no por cómo se sentía. Cuando esa larga semana hubiera terminado, si todo se resolvía de forma satisfactoria, ningún peligro nos seguiría perturbando. Ninguna guerra. Ninguna condena a muerte. Sólo estaríamos ella, yo y el tiempo que nos quedara por delante. El padre Evelio tenía razón cuando dijo que la juventud no se perdía con la edad. Podríamos vivir como un matrimonio corriente, aun sin serlo. O incluso casarnos en secreto, a espaldas de Baptiste, y criar hijos sin miedo a perderlos en un ataque de Coventant. Todo eso compartí con Aelis mientras desayunábamos, cuando volví a disculparme por mi actitud de la noche anterior. Me alivió descubrir que esa vez no ponía condiciones para perdonarme. Fue una buena forma de empezar un día que, esperaba, resultara de provecho.
    Tendría un encuentro de gran utilidad. Exponerle mis dilemas e inquietudes a Evelio me ayudaría a compartir esa pesada carga. Como siempre, me daría su sabio consejo, del que también estaba necesitado. Por otra parte, al fin podría hablar con Lucio Vargas. No me serviría de mucho, pues ya había desenmascarado a Vaughan, pero tal vez pudiera revelarme algún detalle que desconociera. Le preguntaría si la noche del sábado, cuando él y su sobrino se acercaron a la posada buscando alojamiento, encontró allí algo inusual. Pero aún faltaba un buen rato, de modo que intenté darme un descanso de todos esos asuntos. Ayudé a Aelis a recolectar hortalizas del huerto, pues el viernes era día de mercado en Villesainte y pensaba vender algunas de ellas, como cualquier otra semana. Aunque si por algo era conocida Aelis era por los frutos de su manzano, plantado años atrás en la parte trasera de la choza. Fue justamente ahí, junto al árbol, donde nos conocimos. Ella me sorprendió a punto de robar uno de sus frutos. Yo tenía diecisiete años, ella quince. Cuando vi a aquella muchacha de pelo dorado me olvidé por completo de las manzanas. Le dediqué los pocos elogios que conocía en su idioma. Ella intentó esquivarlos, poniendo en duda la salud de mis ojos. Al interpretar que mi interés no era correspondido, desistí y me despedí de ella. Entonces me detuvo y arrancó una de las manzanas de su padre, aun sabiendo que este la reprendería por ello, para entregármela como obsequio en agradecimiento por mis torpes halagos. Jamás había probado un sabor semejante. Desde entonces, cada vez que volvía a sentirlo en mi boca recordaba ese momento. Una anécdota que nos ayudaba a vender las manzanas en el mercado, que solíamos anunciar con el título de «fruto del amor».
    A lomos de Glissant, transportamos la mercancía hasta la calle donde se instalaba el mercado. Mis escoltas se limitaron a mirar a pesar de vernos apurados. Habíamos llegado tarde y los mejores sitios estaban ya cogidos, de modo que tuvimos que alojar el puesto de manzanas y verduras en un extremo poco visible. Al menos allí se encontraría más segura y distraída que en la soledad de la choza, pues ni contábamos con la protección de los hombres de Vaughan, ni yo la deseaba. Habiendo gente cerca, Aelis no tendría más que gritar para que acudieran en su ayuda. Me despedí de ella con un cálido beso y, aunque era demasiado pronto para empezar siquiera a esperar a Vargas, me dirigí con mis escoltas a la capilla del padre Evelio. Así tendría tiempo para conversar con mi viejo maestro sin miedo a ser interrumpidos. Ya buscaría la forma de esquivar los oídos no deseados. Cuando llegara el hispano, podía simular que nuestro encuentro allí era fortuito.
    Antes incluso de atravesar el portón, saludé al padre Evelio para ponerle sobre aviso de mi presencia, pero no recibí respuesta. Cuando eché un vistazo al interior, confirmé que algo iba mal. Había un cuerpo tendido en el suelo. No podía tratarse de uno de los caídos en la batalla que hubieran dejado allí olvidado, enterrando a todos sus compañeros menos a él. Además de que tal descuido resultara impensable, el cadáver era mucho más reciente. Su sangre estaba aún fresca, esparcida por el suelo, esperando convertirse en un repugnante estanque para las moscas. Al acercarme un poco más, descubrí que al cuerpo le faltaba la cabeza. No obstante, por sus dimensiones y la ropa que vestía, sabía perfectamente de quién se trataba. Era el padre Evelio quien yacía muerto.
Debió haber sucedido justo antes de que llegáramos. De inmediato, los guardias y yo registramos la estancia. No había ninguna huella en el suelo de piedra, nada que delatara al responsable de aquella atrocidad. Si se trataba de Vaughan, su crueldad había llegado demasiado lejos. ¿Qué daño podía haber hecho esa víctima a él o a quien fuera? Su cabeza había sido cortada de un solo tajo, igual que la de Cristian. Del mismo modo, el ejecutor se había llevado la parte amputada, seguramente para incriminar a alguien inocente. A mí.
    Me volví hacia mis escoltas.
    – Sois testigos de que no he podido ser yo. Si vamos a mi choza y encontramos allí la cabeza, declararéis que alguien comete crímenes pretendiendo hacerme responsable de ellos.
    Los guardias estaban tan horrorizados que no articularon palabra, sólo asintieron estúpidamente. Al menos, esa vez contaba con quien pudiera respaldar mi inocencia. Uno de los soldados corrió a dar el aviso, el otro permaneció conmigo. Examinamos más detenidamente el cadáver. Nada en las manos, ni siquiera un leño. Ninguna improvisada arma con la que oponer resistencia a su atacante. Estuvo completamente indefenso en el momento de su muerte. Un crimen atroz al que, por mucho que lo intentaba, no conseguía encontrarle sentido.
    El soldado que se había ido regresó con refuerzos.
– Ha aparecido la cabeza – informó uno de sus compañeros.
    – ¿Dónde? – le pregunté. Me miró sin contestar. Tuve que repetir furioso la pregunta.
    – En el mercado.
    – ¡Aparta! – exclamé mientras, de un empujón, le hacía a un lado y me apresuraba a salir de la capilla. Mientras corría por la calle pude oír el clamor de la muchedumbre. «Bruja», gritaban. No quería ni imaginar de quién se trataba, pero lo hice, y no tardé en descubrir que mis temores eran ciertos. Cuando llegué, vi a dos soldados llevándose a Aelis a la fuerza mientras ella se retorcía y clamaba su inocencia. Dos hombres no eran nada, incluso sin estar yo armado. Podía correr hacia ellos, derribar a uno, quitarle la espada y matar al otro si no soltaba la suya. Después correríamos hacia el puesto, donde estaba atado Glissant. Atacaría al soldado que sostenía la cabeza del padre Evelio, recién extraída de la cesta de manzanas. Estaría distraído observando el fruto del amor mancillado con sangre, y no tendría tiempo ni para desenvainar. Entonces Aelis y yo montaríamos en el caballo y huiríamos tan lejos como sus fuerzas nos permitieran. Hasta Götaland si hacía falta, o hasta los dominios de Hel. Ese fue el plan que tracé a toda prisa cuando la vi en apuros, pero no pude ejecutarlo.
Oí unos pasos rápidos a mi espalda. No parecían de mis escoltas, aunque seguramente estos me habían seguido. Antes de que pudiera girarme, alguien me atacó y me golpeó en la cabeza con algo duro, posiblemente la empuñadura de su espada, dejándome a mí sin sentido y a Aelis a merced de aquellos hombres.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano