miércoles, 20 de noviembre de 2019

Blues del amo

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Va a hacer diecinueve años
que trabajo para un amo.
Hace diecinueve años que me da la comida
y todavía no he visto su rostro.

No he visto al amo en diecinueve años
pero todos los días yo me miro a mí mismo
y voy sabiendo poco a poco
cómo es el rostro de mi amo.

Va a hacer diecinueve años
que salgo de mi casa y hace frío
y luego entro en la suya y me pone una luz
amarilla encima de la cabeza...

Y todo el día escribo dieciséis
y mil y dos y ya no puedo más.
Y luego salgo al aire y es de noche
y vuelvo a casa y no puedo vivir.

Cuando vea a mi amo le preguntaré
lo que son mil y dieciséis
y por qué me pone una luz encima de la cabeza.

Cuando esté un día delante de mi amo,
veré su rostro, miraré en su rostro
hasta borrarlo de él y de mí mismo.



Poesía de Antonio Gamoneda
Imagen de Pixabay


lunes, 18 de noviembre de 2019

DEFECTO

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Durante años me hicieron creer
que yo no valía nada

pero el tiempo es sabio
y me desvela que no se trata de mis manos:
es la ausencia de docilidad

                            quieren nombres domesticados
porque temen a los desbocados
que rugen en libertad.



Poema de Ana Patricia Moya, Periquilla de los palotes 
Imagen de Pixabay


sábado, 16 de noviembre de 2019

R e í r

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Siempre he sido más de reír que de llorar. Puedo aguantar el dolor de cara tras las carcajadas, pero no soporto el dolor del corazón.  A veces pienso que la gente me cuida más de lo que yo la cuido, quizás todavía no he aprendido a querer, o se me olvidó por usar mi cariño con quien no lo merecía.  Aún así creo que no lo hago mal del todo porque siempre estoy ahí,  aunque no salude cuando llego a los sitios ni me despida cuando me voy. Puede que sí demuestre mi amor, a mi manera, pero no soy consciente. Sé que se me olvida llamar y felicitar los cumpleaños, aunque siempre los recuerde. Creo que dejé de ser detallista y por eso me abruma que la gente lo sea conmigo. Hace tiempo que mi cuerpo está inquieto y siempre estoy desubicada, pero siempre he sabido adaptarme rápido. Duermo mal, poco y en el sofá.  A deshoras. Lo mismo me pasa con la comida. Hago listas en cuadernos de las cosas que tengo que hacer. Casi nunca las acabo. Pienso mucho, demasiado. No añoro el pasado y me preocupo poco por el futuro. Sonrío cuando miro a mi gata, a mi perra y a mi perro. Sobre todo cuando duermen a mi lado con esa seguridad. Me gustan los abrazos, sin embargo soy poco dada al contacto humano. Creo que la gente se acerca más a mí que yo a ella. Soy desordenada y ordenada a la vez. Nerviosa y tranquila. Soy un péndulo que viene y va. Me gustan los días de sol y no me importa que llueva. Me hipnotiza mirar el mar, aunque me da un poco de miedo, y me pregunto mientras lo hago si algún día alguien me escribirá una canción. Me gustan las fotos en blanco y negro, aunque soy adicta al color. Y me gusta reír,  me gusta mucho reír.


Texto e Imagen: Mayte Nékez

jueves, 14 de noviembre de 2019

...después le explico

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Era un poco tarde cuando el funcionario decidió seguir de nuevo el vuelo de la mosca. La mosca, por su parte, como sabiéndose objeto de aquella observación, se esmeró en el programado desarrollo de sus acrobacias zumbando para sus adentros, toda vez que sabía que era una mosca doméstica común y corriente y entre muchas posibles la del zumbido no era su mejor manera de brillar, al contrario de lo que sucedía con sus evoluciones cada vez más amplias y elegantes en torno del funcionario, quien viéndolas recordaba pálida pero insistentemente y como negándoselo a sí mismo lo que él había tenido que evolucionar alrededor de otros funcionarios para llegar a su actual altura, sin hacer mucho ruido tampoco y quizás con menos gozo y más sobresaltos pero con un poquito de mayor brillo, si brillo podía llamarse sin reticencias lo que lograra alcanzar antes de y durante su ascenso a la cumbre de las oficinas públicas. 


Fragmento de relato de Augusto Monterroso
Imagen de Pixabay 

martes, 12 de noviembre de 2019

adiezminutosdelcentro

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adiezminutosdelcentro
saltan conejos ingrávidos
y aúllan pájaros deformes
adiezminutosdelcentro
la mentira se alimenta de azul de la piscina
aumentando la ilusión comunitaria
del bien encerrado entre alambre de gallinero
adiezminutosdelcentro
el ágora es un fósil transmutado
en estación de servicio
adiezminutosdelcentro
     el pan
sabe a combustible


Poema de "Ningún mapa es seguro", Eva Gallud
Imagen de Pixabay


domingo, 10 de noviembre de 2019

Sueño a veces

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Hay días en que la pereza puede con uno; se le hace tarde para la cena y no hay ganas de hacerla o no hay nada preparado del día anterior. Entonces pesca uno algo del frigo e improvisa un engrudo difícil: quesitos, algunas monedas de chorizo, berberechos, pan duro, una lata de cerveza y después, arrebujado en el sofá, me voy terminando un yogur. El caldero del estómago hierve al arrullo de la tele y me puede el conjuro del sueño. Voy a acostarme pesaroso y algo envenenado, creo que debí cenar una cosa frugal como dicen los cardiólogos pero el bolo que escogí ya ha generado un sueño intranquilo.

Entonces a veces sueño que mi amigo viene a casa con un cocodrilo en brazos. Ni reconozco que esa sea mi casa, ni reconozco a mi amigo, pero en el vórtice del sueño doy por hecho que sí lo son. Él camina con dificultad por el peso y las dimensiones del animal, resopla y suda por el esfuerzo; la cola del cocodrilo arrastra por el pasillo haciendo un ruido áspero de fricción. Es grande y le asoma la cabeza por encima de la de mi amigo, tiene la piel y las escamas resecas y nudosas como la corteza de un árbol, de un color mate y ceniza, se diría que ha estado fuera del agua mucho tiempo, huele fuerte a pescado y cieno «Tío, abre la puerta, mira qué te traigo» y se pone a reír a carcajadas. El animal pretendía torpemente librarse de los brazos de mi amigo con unos movimientos mansos; me causa una gran impresión los colmillos que le sobresalen de la boca cerrada, romos y astillados. En general el cocodrilo tenía un aspecto mudo y triste, muermo, drogado, moribundo y prehistórico. Así que abro la puerta que da a un estanque que está en el patio de luces. Es un estanque con dimensiones de piscina olímpica. Rodea el agua un pretil de ladrillo adornado con macetas de colores. El agua contenida, donde mi amigo se dispone a arrojar al cocodrilo, está verde, espesa y algo putrefacta con numerosas algas que alcanzan la superficie. El cocodrilo cae como un gran saco de piedras y provoca una estampida que levanta en ondas verdes el agua del estanque. El reptil se espabila bajo ese agua fangosa, bucea con sigilo y velocidad, se ve su silueta subacuática, negra, de monstruo jurásico. Mi amigo se ha sentado en el borde del pretil y le cuelgan los pies hacia el interior del estanque, ríe y lo señala «mira, tío, qué regalito, será para nosotros como un hermano». El agua ha dado al cocodrilo un vigor imperial, una fuerza asiria y una agilidad guerrera, diría que ha triplicado su tamaño y ahora es un gran saurio o un dragón, hace cabriolas y en una de esas volteretas abre la bocaza; se le arremolina el agua en esa boca abierta y dentada, remolino como un maelstrom. Cuando me giro para hablar con mi amigo, éste está ataviado con un albornoz encima del pretil, se lo quita, queda en bañador y salta al agua. La figura negra del cocodrilo bucea hacia él, presiento que quiere cazarle, comérsele, es una trágica premonición que he contenido desde que apareció con ese animal en casa ¿de dónde coño lo habrá sacado? El monstruo ha mordido al aire y mi amigo consigue zafarse y salir trepando por el pretil, chorrea agua y tiene algunas algas pegadas en los hombros; ahogo un grito de espanto, los dos huimos hacia la puerta abierta de acceso a la cocina para salir de casa. Veo de soslayo que el saurio nos persigue con una carrera reptante; es enorme, tripón, bíblico, cojonudo. Su cabeza se atasca en la puerta, se oyen ruidos de cascotes y muebles derribados, rotos, cacharrería. Escaleras abajo logramos salir de casa. Volamos por el barrio, doblamos varias esquinas, corremos por el hospital, por el ahorramás, por el eurodroguer, por la iglesia y los salones parroquiales, entre los andenes de la estación de autobuses, por el campo de fútbol de arena. Una anciana ha caído a causa de nuestro descuido en la carrera; una madre gira rápido el carrito de su bebé para esquivar nuestro arrollamiento, luego nos grita enfadada. No alcanzo a mi amigo, cada vez más lejano, más delante, le pierdo en la distancia, no me espera. No puedo más y paro sofocado, tosiendo, sudando a chorros. Y veo por encima de los bloques lejanos del barrio que asoma la figura kilométrica del cocodrilo, ahora bípedo como un Gozilla, gigante, cíclope, Leviatán alienígena y Neptuno; mordiendo tejados y ferralla. Suena la policía, los bomberos y el ejército que con helicópteros acuden como avispas al monstruo, al nuevo King Kong arcosaurio. Me ha jodido la casa; mi amigo, Babilonia, las mil y una noches; ¿De dónde lo ha sacado? ¿A qué coño me lo trae?

«Será para nosotros como un hermano, tío»




Texto de Garven
Imagen de Pixabay