lunes, 9 de marzo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo II

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Puesto que fueron Hugo y Sigberto quienes me apresaron, suyo fue el primer turno de mi custodia. Sus órdenes eran no perderme de vista a lo largo del día e impedir una posible huida. También recaía sobre ellos la responsabilidad de que no me sucediera nada mientras me encontrara bajo su vigilancia. Debía llegar al domingo con vida para ser ejecutado públicamente, en caso de no haber dado para entonces con el asesino de Cristian. Tras explicarnos a los tres esas condiciones, los hombres del Conde nos dejaron ir.
    Preferí salir de palacio por una puerta lateral para evitar a la muchedumbre. Antes de que llegáramos al exterior, oí que alguien me llamaba «muchacho». Una voz que conocía muy bien. Hasta la innecesaria llegada del cardenal Baptiste, el padre Evelio era el único clérigo de la ciudad. A poco de morir Padre, el párroco me acogió, enseñándome el arte de la letra escrita y acercándome a la Santa Biblia. Según él, no para influir en mis creencias, sino para ayudarme a comprender y desenvolverme en ese mundo tan diferente al mío. De un modo u otro, sus lecciones siempre me fueron de utilidad.
Tras abrazarme y lamentar lo terrible de los acontecimientos, el padre Evelio me pidió que le acompañara. Los cuatro cuerpos sin vida habían sido trasladados a su capilla, como era habitual. El cardenal Baptiste había suplido varias de las funciones del párroco, pero esa en particular no debía interesarle. Mi viejo maestro, en cambio, no mostraba reparos en ayudar siempre que se le solicitara. Gracias a su inamovible ánimo por resultar útil, había tenido una sagaz idea que podía ayudarme. Permitir que examinara los cadáveres antes de que fueran limpiados y cubiertos por el sudario, para que pudiera estimar la fuerza y precisión de la mano ejecutora.
    Seguí al padre Evelio y mis escoltas me siguieron a mí, inevitablemente. En ese momento no me importaba que estuvieran al tanto de mis progresos, pero resultaron ser una molestia más que otra cosa. Sobre todo Hugo, para quien limitarse a observar no era suficiente. El muy necio cogió un pequeño frasco que resbaló de entre sus torpes dedos y acabó reventando contra el suelo. El aire de la estancia se impregnó de un aroma dulce. «Ya no será necesario perfumar a los difuntos», dijo el padre Evelio sonriendo compasivamente. Siempre sabía buscar el lado bueno de los infortunios. Tras el desliz, intenté concentrarme en analizar a los fallecidos. Empecé por el más relevante, Cristian. El corte en su cuello era bastante certero. El asesino necesitó un único golpe para despojarle de su cabeza. Tenía sangre alrededor de su cuello, lo cual indicaba que murió en pie y no tendido en el suelo. La herida de Hereward también era reveladora. Si la mano de su verdugo hubiera estado desprovista de fuerza, los pinchos del mangual únicamente se habrían clavado en su sien izquierda. Sin embargo, el arma no solo le perforó el cráneo, también lo quebró por arriba, como si quien le golpeó lo hubiera hecho desde una posición superior, seguramente a caballo. En cuanto a los dos guardias, presentaban heridas sorprendentemente similares entre sí. Ambas eran de lanza, y ambas en el pecho. Pero en un caso se encontraba a la derecha y en el otro más a la izquierda. En ese momento no supe qué sentido darle a ese hallazgo.
    Incapaz de sacarle más partido a la observación de los cadáveres, agradecí al padre Evelio su favor y le autoricé a que procediera con los preparativos funerarios. Después me dirigí, junto a mis ineptas sombras, al claro donde habían tenido lugar los crímenes. Sabía que debía hablar con Aelis para tranquilizarla, pero aquello era más urgente. Cuanto más lo pospusiera, mayor era el riesgo de que acabara extraviado o dañado cualquier rastro que pudiera encontrar allí.
    Durante el camino, de nuevo a pie, reflexioné sobre lo que acababa de descubrir. Muy a mi pesar, lo averiguado hasta ese momento me obligaba a apartar al cardenal Baptiste de entre los potenciales culpables. Quien había dado muerte a esos cuatro hombres no era un anciano ni un enclenque, sino alguien con manos fuertes y diestras, seguramente un soldado. De inmediato, vino a mis pensamientos un hombre que se ajustaba a esa descripción, y que además podía encontrar algún beneficio en la muerte del heredero Cristian. Su hermano Beldar. Era pronto para que el Conde se pronunciara sobre quién le sucedería tras la pérdida de su primogénito, pero era evidente que elegiría a su segundo hijo, a pesar de que no lo tenía en tan alta estima como al primero. ¿Interés en el condado? ¿Celos de hermano? Cualquiera podía pensarlo. Yo, en cambio, conocía a mi general lo suficiente para saber que ambas cosas resultaban improbables. Beldar aborrecía la política y sus limitaciones. Opinaba que la reflexión y las buenas formas no salvarían a Villesainte, sólo la acción directa. Ni siquiera tenía aspecto de gobernante. Se dejaba crecer el pelo más de lo habitual por aquellas tierras. Muy a menudo prescindía de la parte superior de su indumentaria y protección, permaneciendo a pecho descubierto, mostrando su desarrollada musculatura. En Götaland hubiera sido un temible berserker. Y lo más importante: no estaba dispuesto a jurar lealtad a un duque que nos desproveía de soldados al tiempo que nos daba la espalda. Tampoco tenía motivos para pensar que sintiera celos de su hermano. Nunca había envidiado su posición como heredero. El profundo aprecio que le mostraba era recíproco. A menudo, solían aliarse en contra de su padre cuando uno de los dos discutía con este. Sin duda, Beldar no sería mi primera opción de quien sospechar. Aún así, era pronto para excluir a nadie.
Mis reflexiones hicieron que el camino hacia el lugar de los fatales hechos se me hiciera breve. Cuando llegamos, encontré a Vaughan hablando con un guardia, señalando algunas partes del claro. Al acercarme pude apreciar las manchas de sangre que había en el suelo.
    – Una mañana intensa, pequeño hermano – dijo Vaughan al verme. Siempre me había llamado de esa forma, y parecía que nada desmejorase su buen humor.
    – Toda la semana lo será.
    – Mi capitán – intervino el guardia –. Fui yo quien halló a los tres hombres muertos y al cuarto a punto de reunirse con el Creador.
    – ¿Cuáles fueron exactamente sus últimas palabras?
    – Me temo que fue bastante preciso. Dijo: «Nos ha atacado el Caballero Oscuro».
    Así era, en efecto, como solían llamarme los soldados de Villesainte, a causa de mi bien distinguible armadura. El hombre al que interrogaba no parecía mentir, y nada justificaba que me estuviera incriminando deliberadamente salvo la coacción. Preferí despojarme de toda duda al respecto.
    – ¿Qué viniste a hacer aquí cuando los encontraste?
    – El Conde me envió. Quería saber por qué su hijo y Lord Hereward no habían acudido a la misa del cardenal Baptiste. No habría sido la primera vez que desoían las campanas de la iglesia para continuar con su entrenamiento.
    – ¿Y qué hiciste tras atender al último hombre en morir?
    – Cabalgué a toda prisa para comunicárselo a mi señor, por supuesto. Éste me acompañó junto al general Beldar y otros dos hombres. Más tarde llegó un grupo en carro para que recoger los cuerpos.
    – Tanto el Conde como su hijo estarían muy afectados – indagué.
    – Naturalmente. Nunca había visto a nuestro general tan abatido.
    Por un momento, me quedé sin ideas sobre qué más preguntar a ese hombre. Vaughan debió darse cuenta, pues para ayudarme, le pidió que me repitiera lo que le había contado a él. Según la disposición de los cuerpos, el asesino parecía haber trazado una trayectoria. Empezaba en el granero, de donde, nos figuramos, cogió las dos lanzas con las que ensartó a los guardias, y terminaba en la posición de Cristian, el más alejado. Hugo y Sigberto así lo corroboraron, puesto que pertenecían al grupo que acudió en el carro. Fue Hugo quien recogió el mangual, que yacía en el suelo, no muy lejos de los restos de Hereward. Dejaron intactas las demás armas encontradas en el lugar, la mayoría pertenecientes a las víctimas. Salvo las lanzas, que fueron extraídas de los cuerpos de los guardias para facilitar su transporte.
    Después de dar permiso a mi informante para que volviera a sus obligaciones, me quedé en el lugar con Vaughan y mis dos escoltas, los cuales se limitaron a retirarse y observar. Había algo extraño en relación a los guardias muertos. Dada la posición en la que los encontraron, estaban de espaldas al asesino según el recorrido de este. Sin embargo, habían sido atacados frontalmente, como pude comprobar en la parroquia del padre Evelio. Ambos mostraban heridas más o menos a la misma altura del pecho, alineadas a diferentes lados. Examinamos las manchas de sangre y las huellas sobre esa tierra húmeda. Eran pisadas de caballos, orientadas en dirección al asesino. Éste también iría sobre su montura en el momento de atacarlos. Nuevamente, pensé que debía tratarse de alguien fuerte si, como era mi teoría, cargó contra los dos al mismo tiempo, empuñando una lanza para cada uno.
    Siguiendo las pisadas, el asesino continuó hacia Cristian y Hereward. Si estaban entrenando, se hallarían a ras de suelo. Además de esa desventaja, no encontré ningún escudo con el que hubieran podido cubrirse, sólo espadas. Seguramente tardarían en reaccionar, creyendo que era yo quien se había presentado en su lugar de entrenamiento para unirme a los ejercicios. Todo ello actuó en la contra de Hereward, el siguiente en morir según los restos que aún quedaban esparcidos por el suelo. Descubrimos aquí otro dato sobre el anónimo jinete: quería terminar lo antes posible. De haber tenido algo de honor, se habría bajado del caballo para combatir justamente contra Hereward. Pero, en lugar de eso, blandió mi mangual, colgado del cinturón que rodeaba la armadura robada, y con él reventó el cráneo de su oponente.
    Distinto fue su modo de actuar con Cristian, lo cual delataba quién era su verdadero objetivo. Esa vez sí abandonó la montura para luchar a ras de suelo. Quizá porque así resultaba más fácil decapitarle con un golpe limpio, manteniendo la cabeza intacta y, por tanto, fácilmente reconocible, para después dejarla en mi establo e incriminarme. Poco pudo haber hecho el inexperto Cristian contra su verdugo. Debió ser un combate desigual. Una victoria deshonrosa. Cuando el asesino hubo terminado su macabra tarea, clavó la espada sanguinolenta en la tierra, donde aún permanecía, y decidimos dejar tras examinarla. Al igual que las lanzas, debía haberla cogido del granero. Usó mi mangual contra Hereward. ¿Por qué no también mi Slicer para decapitar a Cristian? Aelis y yo la teníamos a buen recaudo dentro de la choza. Seguramente, habría encontrado demasiado arriesgado entrar a por ella. Ante todo, no se trataba de alguien impulsivo, sino prudente.
    Esas fueron mis conclusiones tras analizar el lugar. El granero no parecía esconder más secretos. Recogimos los utensilios desperdigados por el área que no estuvieran manchados de sangre y los guardamos. Era, al fin y al cabo, un buen depósito de armas. Mantenerlo como sus difuntos propietarios hubieran hecho era una manera más de honrarles.

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano


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