sábado, 21 de marzo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo VI

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Para ahorrar complicaciones tanto a mis escoltas como a mí mismo, decidí regresar a la choza. Allí encontré a Aelis trabajando en el huerto. Normalmente yo también participaba en esas labores, pero la mañana había sido ajetreada y no pude acompañarla. Cerca de ella, uno de los hombres de Vaughan permanecía en pie, imperturbable. Era de corta estatua y tenía una expresión perpetua como si acabara de despertar, con los ojos entrecerrados. Su espada podía parecer demasiado fina y ligera, pero cuando la empuñaban era mejor no interponerse en su camino. Apenas hablaba nuestra lengua, nadie sabía su nombre. Le llamaban Gato por sus rasgos y porque, en contra de lo que podían dar a entender su talla y el arma de aspecto endeble que portaba, era rápido y fiero como un felino acorralado. Le saludé y le di las gracias. No estaba seguro de que me hubiera entendido, pero me respondió algo en su idioma y, tras una reverencia, se marchó.
    Me dirigí a Aelis, quien fingía no darse cuenta de mi presencia. Era un juego habitual entre nosotros y me alivió saber que, a pesar de las preocupaciones que nos asaltaban, se encontraba con ánimos para ello. Le quité el azadón de las manos, dejándolo caer al suelo, y por un instante simulamos un forcejeo que se convirtió en abrazo. Un gesto de cariño que ambos necesitábamos. El resto del día lo pasé con ella. Al fin y al cabo, era posible que fuera mi última semana con vida. Debía aprovechar cada instante de buenos momentos. Además, hasta entonces no había sido consciente de lo agotado que estaba. Necesitaba y merecía un pequeño descanso.
    A la mañana siguiente, mientras esperaba la llegada de algún hombre de Vaughan, terminé con la labor en el huerto que estuvo realizando ella cuando la interrumpí. Algo me decía que el martes iba a ser largo, así que, mientras trabajaba, intenté avanzar mentalmente con la búsqueda del asesino. Eran cuatro los posibles culpables que contemplaba. Cuatro opciones para resolver ese cruento crimen y salvar la vida.
    En primer lugar estaba Beldar. Seguramente, tras la muerte de su hermano acabaría heredando el condado de Villesainte. Tal vez el cardenal Baptiste se atribuyera el mérito de haber impedido su asesinato cuando en realidad esa intervención no fue necesaria. El soldado que se hacía pasar por hombre de Covenant podía en realidad cumplir órdenes de su propio general, de ahí que le hiriera sin llegar a matarlo. Pero, si solo estaba fingiendo y no era realmente un enviado del Barón, ¿cómo consiguió huir? Además, podía ser que Beldar tuviera astucia para tramar aquello, pero no paciencia. Ese plan habría requerido meses de preparación, justo el tiempo en que no se había visto por Villesainte a ese soldado. De cualquier modo, aún estaba por comprobar dónde se encontraba él en el momento en que murió su hermano.
    La segunda opción era el cardenal Baptiste. Obviamente, la mano ejecutora de Cristian y las otras tres víctimas no había sido la suya, pero eso no significaba que no pudiera estar implicado. Ese plan de contratar a un soldado de moral dudosa y ocultarlo durante meses para hacerlo pasar por desaparecido sí era algo digno del clérigo. Pudo haberlo enviado a matar al primer hijo del Conde y posteriormente a apuñalar al segundo, interviniendo él en el instante preciso para convertirse en héroe a ojos de todos. Sin contar con su tentativa de incriminar a alguien a quien no tenía en mucha estima, como era yo mismo, para quedar libre de sospecha. Una estrategia no menos propia de él. Con Baptiste, sin embargo, se presentaba de nuevo el dilema del falso hombre de Covenant y su inexplicable habilidad para esquivar a nuestros soldados, además del interrogante de sus motivaciones. ¿Ambición? ¿Hacerse con el control de la ciudad? No era tan perverso como el Barón, aunque no distaba mucho de serlo.
El tercer lugar lo ocupaba Lucio Vargas, el cual tenía aptitudes para la batalla y, quien todos sabían, estaba interesado en que la guerra terminase para que los Doce de Vaughan quedaran libres. No era ningún secreto en Villesainte que se había convertido en poco más que un mendigo, circunstancia indigna para un caballero. Podía haber tomado partido por el bando contrario para acelerar los acontecimientos que le sacaran de esa situación.
    Por último quedaba, cómo no, el Barón Covenant. Si, además de matar al heredero del Conde, lograba también deshacerse de su otro hijo y principal adversario en el campo de batalla, nuestro gobernante acabaría desmoralizarlo. La victoria sería total, en caso de que fuera eso lo que buscaba. A pesar de las palabras con Ludovico el día anterior, no conseguía despojarme del todo de esa teoría. ¿Habrían sido dos hombres diferentes los enviados, uno para cada víctima? ¿Un esclavo y un hombre libre? En ello pensaba cuando, casi al mismo tiempo que aparecía el relevo para mi escolta, Eduardo llegó para suplirme en la protección de la choza.
    El enviado de Vaughan quiso hablar conmigo en intimidad, aprovechando que los guardias eran cuatro y en ese momento no parecía que considerasen necesario vigilarnos muy de cerca. Mencionó el pasado de Ludo, como él lo llamaba, y que me sabía conocedor del mismo. Lo que quería decirme era algo que ya me quedó claro cuando le interrogué. Que el muchacho no suponía ningún peligro para nadie en Villesainte. Pude apreciar en su tono una preocupación nacida, tal vez, de un afecto paternal. Vaughan me había contado que cuando conoció a Eduardo lo vio desolado por la tragedia. Acababa de enterrar a su esposa e hijos, quienes habían muerto por enfermedad. No era difícil deducir que el remedio para su pesar fue encariñarse con ese joven que también había perdido a los suyos, pues a veces los lazos de sangre no eran lo único que unía a las familias. Le tranquilicé explicándole que mi impresión acerca de Ludovico estaba en concordancia con lo que me decía, y que hasta el momento nada me había dado motivos para que eso cambiara.
    Tras la breve conversación, dejé a Aelis a su cargo. Me despedí de ella con un beso y marché a la ciudad seguido por mis nuevos escoltas. Estos, al parecer, habían sido puestos sobre aviso de mi repentina fuga el día anterior, por lo que no me quitaban ojo de encima. Me propuse, pues, destinar el martes a visitar palacio, un lugar cerrado del que no era fácil escapar. Al menos, a plena luz del día. Eso me ayudaría a mantener lejos los oídos indeseados, como acababa de comprobar con Eduardo, pues asumía que los guardias informarían al Conde sobre con quién había hablado y de qué asuntos. Si podía, al menos, evitar que conocieran esto último, así lo haría.
    Para dirigirnos a palacio, me valí de la excusa de hablar con mi general para preguntarle por su estado, tanto de ánimo como físico. En ambos casos, afirmó que aún se estaba recuperando. Por orden de su padre, desayunaba frente a una abundante mesa de comida. Afortunadamente para ambos, el Conde no se encontraba allí en ese momento. Beldar afirmaba estar más que saciado y me pidió que le ayudara a acabar con la fruta. Si no, tendría que tirarla. Me acordé del padre Evelio, a quien le disgustaba mucho presenciar semejante derroche de alimentos, así que tomé una ciruela que resultó ser más caldosa de lo que aparentaba. Su jugo cayó por mi mano y manchó la manga de mi camisa. Aquello me sirvió para bromear sobre mi torpeza e iniciar una conversación cordial. Quería averiguar el motivo por el que llegó tarde a misa el domingo, pero no podía preguntárselo sin bordear el tema. Mencioné que estaba intentando saber dónde se encontraba cada cual en la mañana del crimen, con el fin de descartar lugares por donde podría haber pasado el asesino. Pese a que no parecía dispuesto a contarme el porqué de su retraso, finalmente lo hizo tras ordenar a mis escoltas que esperaran tras la puerta de la sala.
    Entre los soldados solía comentarse que el general Beldar se desfogaba con sus sirvientas, por mucho que este se esforzara en ocultarlo por respeto al honor de ellas y para evitar a su padre el pudor que le provocaba ese tipo de conductas. Sobre todo, tras la llegada del cardenal Baptiste, quien imponía sobre la familia una moralidad basada en la devoción y rectitud extremas. Yo, por supuesto, estaba al tanto del asunto, y él lo sabía. Tal vez por eso acabó confesándome, entrecortadamente y lleno de remordimientos, lo que hacía cuando empezó la misa. Mientras su hermano necesitaba ayuda, tal vez en el mismo instante en el que moría, él se encontraba encerrado en la despensa con Clodevinta, una doncella de palacio, ajeno a todo.
    – No sé cuánto tiempo podré ocultárselo mi padre, pues hubo alguien que me vio entrar ahí con ella. Alguien sobre quien no tengo autoridad, que podría delatarme, pero hasta ahora no lo ha hecho. Ignoro el motivo.
    – Dime de quién se trata. Podría sonsacárselo y hacértelo saber.
    – Dudo que te lo diga. Es ese cardenal que tan poco aprecio te tiene.
    No pude manifestar mucha sorpresa, pues Baptiste residía en palacio y le resultaba fácil vigilar al Conde y a sus hijos. Ser el único conocedor del furtivo encuentro, además de los implicados, era algo de lo que podía sacar beneficio. Bien para ganarse el favor de Beldar en caso de no delatarle, bien para ganarse el de su padre en caso de hacerlo. Imaginé que, si aún no había revelado su intención, era porque seguía sopesando a quién de los dos le convenía más beneficiar.
    Agradecí al general su franqueza y me despedí, asegurándole que, como siempre, su secreto estaría a salvo conmigo. Aunque por dentro, una parte de mí estaba decepcionada. Esperaba que no fuera Beldar el asesino de su propio hermano, pero al mismo tiempo, eso significaba que tendría que continuar con la búsqueda del culpable, con todo lo que ello implicaba. El segundo sospechoso estaba ahí mismo, en palacio, y además acababa de comprometerme a hablar con él para ver qué podía averiguar. Sin ninguna excusa a mi alcance para demorarlo, tenía que intentar algo que hasta el momento había sido imposible, tanto por su parte como por la mía. Mantener una conversación sosegada con el cardenal Baptiste.

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

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