domingo, 19 de mayo de 2019

viernes, 17 de mayo de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 9: El Valle Inquietante

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El cocinero y la mecánica corrieron hacia ningún sitio, pues el homínido custodiaba la única puerta de la sala. Se ocultaron tras una fila de taquillas y esperaron, atrapados a su merced.

– Vaya una forma de morir – susurró Palmer. Por primera vez en mucho tiempo volvía a saber lo que era el miedo, y no le gustaba. Estaba empezando a hiperventilar. Se habría desmayado si April no hubiera tomado las riendas, sorprendiéndolo.

– Cálmate, ¿vale? No vamos a morir. Creo que puedo engañarlo para que suelte su arma. Cuando esté distraído, tú lo inmovilizas y yo te ayudo.

– ¿Qué? ¿Cómo vas a hacerlo? Ni siquiera conoces su idioma.

– Por favor, Palmer – dijo guiñándole un ojo –. ¿Cuándo he necesitado palabras para entenderme con alguien?

De repente surgía un rayo de esperanza. Además de la mecánica de la nave, April 9213 era un modelo básico de placer. Estaba programada para satisfacer a cualquier miembro de la tripulación que solicitara sus servicios. Incluso contaba con un accesorio retráctil para ejercer funciones sexuales masculinas, en el caso de que fuera necesario. Pero el único que hacía pasar a la androide a su camarote era el capitán Harris, y con bastante asiduidad.

Aunque Palmer le recomendó que no lo hiciera, April salió de su escondite muy despacio, con las manos a la vista para que el cavernícola viera que no suponía ninguna amenaza. Caminó lenta y sensualmente hacia él, deteniéndose a un par de metros. Mientras emitía un leve gemido agarró la parte baja de su camiseta y tiró de ella hacia arriba, quitándosela. El salvaje permaneció inmóvil; su mirada denotaba cierto interés. Ella continuó despojándose de su ropa mientras le dedicaba una sonrisa de complicidad a su objetivo masculino. Éste se mostraba cada vez más tranquilo, y parecía que poco a poco abandonara la idea de seguir matando. Tal vez podrían pasarlo bien juntos.

April se quitó las botas. No quiso lanzarlas muy lejos, como solía hacer cuando llevaba a cabo su protocolo de seducción, para no alterar el ambiente de calma que estaba consiguiendo con aquel improvisado striptease. Por último, dejó caer sus pantalones. Una hembra hermosa, desnuda, limpia y dispuesta. ¿Qué macho podía resistirse?

La androide dirigió una fugaz mirada al bulto que se acababa de formar bajo aquel taparrabos. Había mordido el anzuelo, aunque parecía un poco tímido. Para ayudarlo, se le acercó lentamente, sonriendo y mirándolo con lujuria. Cuando sólo faltaba un paso para que lo alcanzara fue él quien se adelantó. Sin soltar su lanza la rodeó con el brazo que tenía libre y la apretó contra sí. Tras el gesto, April dejó escapar una fugaz risa, fingiendo nerviosismo y excitación. Él también sonreía. Lo tenía en el bote. Todo iba bien cuando, de repente, la libido se esfumó.

El homínido había dado claras muestras de estar gustándole lo que veía, hasta que en la entrepierna de androide empezó a asomar algo que no debería estar ahí. El golpe que había sufrido al tirar de Palmer para esconderse había desconfigurado sus funciones sexuales, activando por defecto su accesorio masculino, recientemente utilizado por el capitán Harris. Cuando fue consciente de ello ya era tarde para ocultar aquella desconcertante sorpresa.

Furioso, el salvaje agarró a April por el cuello, alzó su lanza y le atravesó el pecho con ella, abriendo una herida de la que emanaban chispas en lugar de sangre. Aquello sólo le dio motivos para tirar al suelo a la androide y seguir destrozándola. Palmer salió entonces de su escondite y atacó al cazador con el cuchillo que portaba, pero éste consiguió esquivarlo sufriendo sólo un rasguño en el brazo. El cocinero lo intentó por segunda vez y de un manotazo el arma blanca salió disparada hacia el interior de la sala. No estaba dispuesto a volver a esconderse allí; no ahora que estaba tan cerca de la puerta. Prefirió retirarse y echar a correr por los pasillos, tan aprisa como pudo y sin mirar atrás.


Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre

jueves, 16 de mayo de 2019

martes, 14 de mayo de 2019

Camino a casa

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Me he sorprendido hablando solo,
tratando de distinguir lo ficticio de los hechos.
Escuchando quizás, las risas en felices vientos,
con niños y sus tardes, en gloria y melancolía,
simples ondulaciones en la falda de mi madre,
ahora ecos en ese universo de arena,
que poco a poco, lo va borrando el viento.

Me he sorprendido andando, tan solo y resquebrajado
por sobre las mismas orillas, una y otra vez,
recordando tristezas, meditándolas en el camino,
consolándome al andar hablándole a mis penas.
Enterrando mis alegrías. Dejándolas en el olvido.

Me he sorprendido mirando al piso en cada paso que doy,
dentro de ese final que ya no es más mi final.
El hombre: Vano remedo de la desintegración.
Yo: Jamás altivo y siempre consciente,
pensando cautivo: “Lo finito es humillación…”

Me he sorprendido confesando en lucubraciones:
"¡Caprichosa la vida…! ¡Que ingrata la amistad…!
Todo se pierde y todo se va…
Soñando en un campo…
¿Moriré al despertar…?”

Al final, nada queda, salvo tristes vestigios
de lo que alguna vez fui en mi andar.
Al final nada queda, salvo el camino a casa,
que aquella noche, me regalo este pensar.

Texto de Luis Morales
Foto de Patricia Reisman

domingo, 12 de mayo de 2019

Perfeccionismo

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Amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño.
Joaquín Sabina
Es enternecedor
ese esmero tan tuyo
en lograr la excelencia del destrozo
sin una concesión a la chapuza;
ese don especial
de llamar a las cosas por su nombre.

Se trata
de no dejar resquicio a la esperanza
ni piedra sobre piedra;
de matar los recuerdos,
no vaya a ser que alguno fuera hermoso
y nos traiga de pronto
un instante de duda inoportuno.

Me lo dijiste
con esa forma tuya de mirarme
y esa necesidad de hacerme daño.

Con ese virtuosismo que despliegas
solo para alcanzar
la máxima expresión de la derrota.

Poesía de Ana Montojo
Imagen de Pixabay


viernes, 10 de mayo de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 8: Error Fatal

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Anteriormente en El Cazador De Dioses...


El grupo de Palmer se movía por la nave de forma no muy diferente a como lo hacía el de Clark. Después de que April asegurara el cierre de la sala de carga, exploraron la zona en busca de supervivientes. Grijalba estaba aterrado, no paraba de sudar, pero seguía adelante a pesar de todo. Ayudaría a su amigo a encontrar a Tyagi, o al menos estaría con él cuando no tuviera más remedio que asumir lo peor, que era lo más probable. Lewis habló a través del comunicador, pegándole un pequeño susto.

– Palmer, ¿estáis bien?

– Sí – le respondió el cocinero en voz baja. – Aún no hemos encontrado nada.
    – Nosotros acabamos de sufrir un ataque. Onatopp ha muerto, y también hemos visto el cadáver de Kruger. Tened cuidado con el cavernícola, se ha hecho una lanza con una tubería de hierro y un trozo de cristal.

– Mierda. Recibido.

Grijalba detuvo a Palmer posándole una mano sobre su hombro. Había sentido algo. Una respiración, pero no una cualquiera. Era más salvaje, más primitiva. Consiguió localizar su origen: la sala de las taquillas. Seguramente, el salvaje había ido allí a husmear entre sus cosas y aprender de aquellos a los que consideraba enemigos. El encargado de la limpieza se lo imaginaba olfateando su ropa interior, y se adelantó a sus compañeros blandiendo el cuchillo. Pasara lo que pasara, aquel desgraciado iba a llevarse una buena puñalada. El cazador cazado.

Sus compañeros intentaron detenerlo negando con la cabeza y las manos, procurando no hacer ruido, pero no percibió sus gestos o no quiso hacerlo, presa del ansia. Entró corriendo en la sala, lo más sigilosamente que pudo, y atacó con su cuchillo. Palmer y April oyeron un rugido de dolor, pero no sonaba como cabía esperar. Era demasiado grave para haber sido emitido por un ser humano, ni siquiera por uno del pleistoceno.

¡Hostia puta! – exclamó Grijalba – Lo siento mucho, tío. De verdad. Lo siento...

El cuchillo cayó al suelo. El cocinero y la mecánica entraron corriendo y encontraron a G-Carl herido de gravedad.

Milagrosamente, el hipergorila se había salvado cuando el cavernícola reventó la ventanilla de la sala de carga, disparándose a sí mismo con su pistola gravitacional para lanzarse lo más lejos que pudiera, y después agarrándose aquí y allá con su fuerza animal, trepando horizontalmente. Logró salir de allí justo antes de que se sellara la puerta. No pudo ayudar a nadie más, todos fueron succionados por la ventanilla y escupidos al espacio exterior. Después se escondió cerca, en la sala de las taquillas. Intentó contactar con sus compañeros, pero su comunicador de muñeca resultó dañado durante la descompresión. Además, aún tenía que recuperar el aliento, ya que un disparo de pistola gravitacional a quemarropa no era mortal, pero sí muy doloroso. Un pitido le taladraba los tímpanos desde que usó el arma contra sí mismo y, aunque ya empezaba a disiparse, aquello le impidió sentir la presencia de sus compañeros cuando se le acercaban sigilosamente. Se disponía a coger un fusil letal y dar caza a aquel desgraciado al que nunca debieron rescatar del hielo, pero antes de que le diera tiempo a introducir el primer dígito en la clave de seguridad de su taquilla, fue atacado a traición por el homo sapiens que no se esperaba.

Grijalba perdió los nervios y se puso a gritar, maldiciéndose a sí mismo. April y Palmer atendieron al herido. El cocinero le preguntó por Tyagi, pero el G-Carl no estaba en condiciones de hablar. Dos regueros de sangre caían por las comisuras de sus labios. La única respuesta que pudo darle antes de morir fue una negación con la cabeza. Para su desgracia, Palmer comprendió perfectamente el significado de aquel gesto. Nadie más de su grupo había sobrevivido. Quedaban cinco tripulantes: los dos pilotos y ellos tres. Dos, mejor dicho.

Algo sanguinolento asomó por el pecho del encargado de limpieza, reventando su caja torácica. Un fragmento de cristal grueso y puntiagudo. Por fin había encontrado al cavernícola, aunque no de la forma que le hubiera gustado. Grijalba miró al suelo antes de desplomarse sobre él, vio las manchas de sangre y pensó «menos mal que no voy a ser yo quien limpie todo esto».
April se levantó y tiró de Palmer para ayudarle a incorporarse, perdiendo ella el equilibrio y chocándose contra una taquilla. Cualquier ser humano habría perdido el sentido con semejante golpe, pero ella estaba hecha de otro material.

Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre


miércoles, 8 de mayo de 2019

Entrevista a Emma J. Bach

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Más que una entrevista, esto es una especie de interrogatorio. No por violento o porque nuestra invitada tenga antecedentes (creemos que no), sino porque su timidez a veces obliga a sonsacarle información. Eso me recuerda a alguien…

Parca en palabras, pero fértil en imaginación, hoy se limpia los pies en nuestro felpudo Emma García Álvarez, conocida en la parte baja de sus lienzos y papeles de diferentes gramajes y texturas como Emma J. Bach. Una joven estudiante de Bellas Artes afincada en La Laguna, Tenerife


La i Crítica – Antes que nada, espero que te estés portando bien. ¿Cómo llevas y cuánto te queda para terminar la carrera?

Emma J. Bach – La carrera está bien. Estoy en 2º , así que eso hacen... ¡dos años para acabar! Sin embargo, me gustaría seguir estudiando después. Si las circunstancias me lo permiten, preferiblemente en el extranjero.

LiC – Ya podemos empezar en serio. ¿Qué se rompió dentro de tu cabeza para plasmar todas esas ideas locas en tus obras?

EJB – Me atrae mucho la idea de un surrealismo “realista”. Algo que pueda hacer de la fantasía absurda o de los sueños extraños algo visible y palpable. Actualmente sólo soy una estudiante, por lo que creo que mi estilo personal no está muy definido todavía, y estoy explorando en su búsqueda. Uno de mis objetivos es utilizar tanto métodos académicos y tradicionales como otros más conceptuales y no convencionales, pero me queda un largo camino para aprender. También pueden influir en mis obras mis “objetos fetiche” del momento; no necesito una razón para plasmarlos, simplemente me gustan mucho estéticamente hablando.

Ahora mismo diría que son los farolillos de papel y las latas de refresco.

LiC – Sabemos que también tocas la batería en Metrayer, una banda local bastante burra. ¿Qué se rompió dentro de tu cabeza para querer aporrear tambores?

EJB – Mi pobre cabeza parece no estar muy bien... pero desde que era niña siempre me llamó la atención la batería. Eso y gracias a mi hermano mayor que también es músico, hizo que ganara interés en la música. Desde los 7 hasta los 10 años estuve aprendiendo piano, a los 11-12 probé la guitarra sin éxito... Y durante años, cada Navidad les pedía a mis padres una batería, medio de coña medio no, hasta que cuando tenía 13 años por fin me la regalaron. Le sigo sacando provecho hoy en día.

LiC – Dejemos de romper tu cabeza por un momento. ¿Cómo haces para compaginar estudios, tus propias obras ajenas a la facultad y el trabajo tras el kit con tu vida diaria de outsider?

EJB – Diciéndolo así, parece que hasta tengo una vida ocupada... Pero soy una estudiante de universidad. Poco fiestera, además. Cuando no estoy creando cosas en general, probablemente estoy durmiendo, jugando a videojuegos o leyendo. También me gusta aprender idiomas, ahora mismo estoy con japonés y en un futuro, algo de coreano y chino. Normalmente salgo para ir a clase y para ensayar con mi grupo. Otras veces también, para ver la luz del sol.

LiC – ¿Te has atrevido con alguna otra disciplina como la escultura o la talla?

EJB – El mundo del modelado me llama la atención hasta cierto punto... Pero la escultura en sí, no tanto. Soy demasiado simple como para crear formas y texturas únicamente, sin plasmar ninguna figura. Aunque tengo muchas ganas de probar grabado en 3º de carrera.

LiC – Dicen que el que es artista lo es para todo. ¿Cómo te llevas con la literatura? ¿Qué lees? ¿Qué escribes?

EJB – Me gusta la literatura. Echo mucho de menos estudiarla en el instituto. Me atrae sobre todo en inglés, de literatura española no estoy muy al tanto. Lo mismo me pasa a la hora de escribir. Leo mayormente novelas, pero casi siempre escribo poemas. Últimamente estoy muy enganchada a Haruki Murakami. Sé que llego tarde, pero Kafka en la orilla es definitivamente uno de mis libros favoritos. También me encantan Neil Gaiman, Terry Pratchett y Oscar Wilde. Respecto a la poesía, Shakespeare es increíble, obviamente. También me entusiasman Keats, Poe, Wilfred Owen, Alfred Tennyson, o si nos ponemos más contemporáneos, Savannah Brown. En algún futuro me encantaría publicar un poemario ilustrado por mí misma.

LiC – Tenemos un colaborador (Ramsés Torres, un crack) que escribe historias o relatos a partir de pinturas o esculturas. ¿Te gustaría que algún día alguien (por no enmarronarlo sin consultar) lo hiciera con alguna de tus obras?

EJB – ¡Claro! Sería muy emocionante leerlo. Siempre intento que mis obras den lugar a relatos que se pueda imaginar el espectador.

LiC – Veamos tu relación con Historia del Arte. Si pudieses viajar atrás en el tiempo ¿a qué pintor matarías por placer y a qué otro para tomar su lugar?

EJB – Matar... es un poco fuerte, ¿no? No se me ocurre un artista que me guste tan poco. Todo arte tiene su contexto y se puede apreciar dentro de éste. Pero me encantaría reemplazar a Vermeer. Me gusta muchísimo. Aunque no pinto como él ni en sueños.

LiC – Lo mismo pero con un baterista.

EJB – Aunque suene típico... mataría por placer a Lars Ulrich. No quiero ofender, pero lo siento. Me parece que con todos esos años de carrera debería ser mucho mejor baterista de lo que es. Reemplazaría a Gene Hoglan, aunque preferiría que me diera par de clases buenas antes.

LiC – No sé si has visto Big Eyes o si conoces la historia detrás de la peli. ¿Cómo reaccionarías si quisieran aprovecharse de tu talento?

EJB – No he visto la peli (me la apunto). Según la sinopsis, trata de una mujer artista cuyo marido se apropiaba su autoría y méritos. Esa era la realidad para las mujeres hasta hace poco, es muy chocante pensar que me pudiera ocurrir eso en aquel entonces, y por culpa de ello no tenemos constancia de muchas excepcionales a lo largo de la historia. A ningún artista le gusta que se apropien su obra, y siendo mujer, menos aún por un motivo sexista.

LiC – ¿Cómo te ves dentro de unos años? ¿Creando las portadas de tus propios discos? ¿Poniendo música a tus exposiciones de arte? ¿Diseñando parches personalizados? Patente en trámite.

EJB – Me intimida un poco el futuro, como a todo el mundo a mi edad, supongo. Solo sé que seguiré trabajando mucho y esforzándome en todos mis campos mientras veo qué cosas van dando fruto. De ahí iré tomando decisiones. Pero no me gustaría nada tener que elegir un solo camino que seguir; me gustaría explotar hasta cierto punto todas mis facetas creativas.

LiC – Sé ególatra. Recomiéndanos una de tus obras y déjanosla un rato para que la coloquemos en la revista.

EJB – La obra que más suele gustar a la gente es de Lavender, un autorretrato y estudio de mi propia anatomía.
Aunque a mí me atrae especialmente una que hice hace muy poco, Eyes behind the wall.

LiC – La prueba final: despídete y dinos dónde y por qué admirar y/o adquirir tus obras.

EJB – ¡Muchas gracias por la entrevista! Ha sido un placer. Estoy activa en Facebook como Emma J. Bach y en Instagram como @emmajanebach. Se puede consultar sobre adquisición a través de estas páginas, por medio de un mensaje. Admirarlas o adquirirlas, eso lo dejo a juicio de cada uno.

Una entrevista de A. Moreno

lunes, 6 de mayo de 2019

Galveston

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2015-03-11 05.39.40-ha editado
Es una interesante novela de Nic Pizzolatto con un toque ácido, irónico y estimulante al estilo de Chuck Palahniuk (en Asfixia) y Amélie Nothomb (en Diario de Golondrina, por ejemplo). En ella nos encontraremos con un giro radical en la vida de Roy Cady: el cáncer lo devora por dentro. Ese motivo, la cornamenta que pasea gracias a su novia y la sospecha de que su jefe quiere quitárselo de encima harán que pase de matón profesional a fugitivo. A su huida se le sumará una joven desamparada (la desolación a veces despierta compasión) pese a que "La primera y más útil regla en la cárcel es que te cargas con tu condena, no con la de los demás". Galveston te mantendrá con el corazón acelerado como una batidora.

Espero que si hacen una película escojan a Matthew McConaughey como protagonista que en True Detective, también de Nic, me dejó cautivada.

Fotografía y reseña: Saray Pavón


sábado, 4 de mayo de 2019

Los ángeles de la prisa

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Espíritus de seis alas,
seis espíritus pajizos,
me empujaban.

Seis ascuas.

Acelerado aire era mi sueño
por las aparecidas esperanzas
de los rápidos giros de los cielos,
de los veloces, espirales pueblos,
rodadoras montañas,
raudos mares, riberas, ríos, yermos.

Me empujaban.

Enemiga era la tierra,
porque huía.
Enemigo el cielo,
porque no paraba.
Y tú, mar,
y tú, fuego,
y tú,
acelerado aire de mi sueño.

Seis ascuas,
oculto el nombre y las caras,
empujándome de prisa.

¡Paradme!
Nada.
¡Paradme todo, un momento!
Nada.

No querían
que yo me parara en nada.


Poema de Rafael Alberti
Imagen de Pixabay



viernes, 3 de mayo de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 7: Recorte de Personal

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Anteriormente en El Cazador De Dioses...


Lo que quedaba de la tripulación de la Thaddeus se movilizó, dividida en dos grupos. Tras despedirse del cocinero, la androide y el encargado de limpieza, los pilotos y la técnica de comunicaciones emprendieron su marcha. No tardaron en encontrar el cadáver del agente de seguridad humano. Su arma estaba tirada por ahí, pero sólo tenía una carga que ya había sido disparada, así que no podían usarla. A pesar de que una vez se propasó con ella, Onatopp sentía algo de lástima. De haber sabido que era sobrina de Iván Pietrovich, seguramente Kruger jamás se habría atrevido a tirarle los tejos. Su tío era un alto cargo de la compañía, apodado por sus subordinados como “Ivan el Terrible”. Era un mote que le hacía justicia. Tanto, que en lugar de presumir de su parentesco para ganar respeto a bordo de la Thaddeus, la técnica de comunicaciones hacía todo lo posible por ocultarlo.

A Clark también le afectó ver al grandullón de Kruger abatido de esa forma, pero por motivos distintos. Mientras avanzaban con sigilo hacia el puente de mando, ella intentaba prestar atención a cualquier sonido extraño, sin lograr evitar que la cabeza se le fuera a otra parte. Concretamente, al rincón de casa donde guardaba su pistola gravitacional. No estaba permitida a bordo de la nave, aunque tampoco lo estaba en la academia de pilotos, y eso no le impidió llevársela para esquivar las habituales novatadas de sus compañeros. Fue allí a sacarse el título, no a que le tocaran las narices. Seguramente el arma no les salvaría la vida a todos, pero al menos la habría hecho sentirse mucho más segura. Lo suficiente como para no darle tantas vueltas a un asunto. Quería que, por si acaso, su compañero en la cama y a los mandos de la nave supiera algo.

– Scott – dijo en voz baja –. Sé que no es el momento, pero a estas alturas tú eres un piloto tan válido como yo, así que deja de pensar que eres menos importante. Si me pasara algo, los demás dependerían de ti.

Antes de continuar en silencio, los pilotos se sonrieron mutuamente y se besaron. Al verlo, Onatopp no pudo disimular una expresión de fastidio. Lo cierto es que no era culpa de sus compañeros, y ella lo sabía. Cuando, a petición de su madre, su tío le consiguió el puesto de técnica de comunicaciones, le aseguró que aunque no tuviera el título, si se esmeraba y aprendía de Clark, convirtiéndose en su mano derecha, podía acabar ejerciendo de copiloto, incrementando su salario.

Desde su cómodo despacho en la sede de Nuevo Edén, Pietrovich ignoraba las necesidades de los empleados que trabajaban sobre el terreno, así como sus condiciones. Por eso, desconocía que la nave ya tuviera un copiloto o, si lo sabía, pretendía que su sobrina peleara por arrebatarle el puesto, lo cual era lo más probable. ¿Para qué pagar dos salarios pudiendo unificar ambas funciones en una sola empleada, que además por ser de la familia no emprendería acciones sindicales?

Onatopp, por supuesto, se resistía a usurparle a Lewis el asiento de copiloto, y no sólo por convicciones morales. Desde el primer día todos sus compañeros habían sido amables con ella, y en el puente de mando había un ambiente de trabajo bastante bueno que desaparecería con Lewis. Sobre todo si Clark descubría el asunto de Pietrovich.

Pero por otro lado, a Onatopp le aterraba la idea de recibir otro de los sermones por no esforzarse lo suficiente a los que su madre la tenía acostumbrada, y sabía que eso era exactamente lo que ocurriría si su tío la informaba negativamente de su rendimiento en la Thaddeus. Por eso, ver tan compenetrada a la pareja de pilotos no hacía más que avivar el fuego de su conflicto interno.

– Vamos, tortolitos. Reservaos para cuando estemos en el puuaaaaaah... – «En el puente de mando», eso era lo que Onatopp se disponía a decirles, hasta que algo la interrumpió. Algo punzante. Al menos, así su madre se arrepentiría de haber movido los hilos para que ella acabara allí.

Clark se horrorizó al ver a su compañera ensartada. Generando aquella pequeña distracción había obsequiado al cazador con una nueva presa. Lewis intentó atacar, pero recibió un golpe después de que el cavernícola recuperara su improvisada lanza y se defendiera con ella, aturdiéndolo. Para cuando Clark reaccionó, de forma casi automática la criatura había regresado a la nada de la que salió.

Tras aquello, el pulso siempre firme de la piloto se vio comprometido, haciendo que la mano con la que sostenía el cuchillo temblara de puro terror, mientras vigilaba la puerta por la que había desaparecido el salvaje. Algo agarró su tobillo, sobresaltándola. Era Lewis.

– ¿Se ha ido? – preguntó mientras buscaba sus gafas, que habían salido disparadas.

– Creo que sí, pero se ha cargado a Valeria.

– Lo sé. Hijo de puta... Vámonos antes de que vuelva, ya casi hemos llegado.

Clark ayudó a Lewis a levantarse y reanudaron el camino hacia el puente de mando, donde esperaban sentirse a salvo de más ataques sorpresa.


Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre


jueves, 2 de mayo de 2019

Game Over

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En el salón de su casa, un crío de nueve años acaricia ensimismado los botones de su mando analógico e inalámbrico. La edad es escasa, pero la soltura es impresionante; la precisión, impecable. Su madre no se lo pensó dos veces antes de regalarle aquel violento juego en el que la estrategia de guerra y las crueles nubes rosas estaban tan presentes. Solo disponible para X Station, reza la cubierta; +18, se resalta en rojo.

Mientras la madre discurre frente a los fogones, el insensible crío visualiza la escena. Azotea poco iluminada, calles tranquilas, la anterior fase en guerra abierta queda atrás en su memoria. Pasa a la visión subjetiva y observa la puerta de un restaurante. Se le abre el apetito, el dulce aroma que proviene de la cocina alcanza su pituitaria y siente hambre, pero el juego es adictivo. Si consigue eliminar al objetivo desbloqueará nuevas opciones para la próxima partida. En el tráiler del juego aparece el heroico protagonista asestando certeros balazos de 15 mm en las sienes de diversos caciques y dictadores militares. El laureado francotirador de la saga se hace viejo, pero parece que la edad no pasa por su atlético y fibroso cuerpo. La resolución es apabullante, la consola de tercera generación consigue un “excelente” en el apartado gráfico del análisis en la revista Supergame. El juego es realista, demasiado. Demasiado para un niño. Pero él disfruta de esos momentos previos a la cena. De pronto, su madre, con voz firme pero no autoritaria, exclama desde la cocina que la cena está lista. Voz en grito, pulsa el botón de pausa y da un salto desde el sillón.

Fundido en negro

Todo vuelve a la normalidad.

En la azotea de un alto edificio un soldado despierta de su absorta ensoñación al sentir el frío cañón de un rifle enemigo en la nuca. El francotirador hubiera deseado estar hecho de píxeles y polígonos.

Texto y fotomontaje de A. Moreno
Imágenes extraídas de Pixabay

martes, 30 de abril de 2019

Renacimiento

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Concepto básico:
Se podría decir que es el movimiento que abre las puertas a la edad moderna. Artísticamente participan todas las disciplinas y se promueve en muchos sectores como la arquitectura o la medicina. Se considera un nuevo despertar del arte clásico, recuperándose la idea del hombre como la creación más perfecta. Por encima del mensaje destaca la búsqueda de la belleza y su perfección. No obstante, es más una reinterpretación del arte antiguo que una vuelta al mismo.

Ejemplos:
Obras como El nacimiento de Venus de Boticcelli, La creación de Adán de Miguel Ángel, la Cúpula de la Catedral de Santa María del Fiore de Brunelleschi o el Cristo en el Limbo de Donatello podrían ser de las más representativas. Sin embargo, si hay una figura que se considere estandarte de esta etapa es sin duda Leonardo Da Vinci.


Texto de Saray Pavón
Imagen María Magdalena, penitente; Donatello

domingo, 28 de abril de 2019

Camas

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Leer Groucho Marx en una portada es saber que vas a disfrutar y si el título es "Camas" igual lo hagas el doble (está bien, modo picarón off). Se trata de un libro fino que se consume de una sentada y es posible que al cerrarlo busques más cosas de Groucho. Es entretenido tiene puntos que hacen reír y reflexiones interesantes. Pero: "No lo escribiré de otra manera... hay miles de cosas que hacer todos los días. Fuera la colcha. Salto de la cama. Me dispongo a enfrentarme con la vida."




Y hoy 2x1 porque "No estamos locos" del Gran Wyoming bebe de Groucho y su humor cargado de ironía. Me encanta su manera de contar las cosas y lo que dice. 100% recomendable.

Hablando de dios (en minúscula, las mayúsculas se utilizarán cuando se porte como Dios manda), que nos hizo a imagen y semejanza lanza la pregunta que debe hacerse todo filosofo: ¿por qué con diferentes penes?. Menciona también a mi amado George Carlin (que por suerte nos dejó un legado amplio de humor y sabiduría) y su monólogo de Dios. Sobre Drácula de Bram Stroker y los empalamientos lo hila con "Algunos mandatarios descubren métodos para, sin que se note mucho, acabar dando por el mismo sitio". ¿No os da ya curiosidad?

viernes, 26 de abril de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 6: División

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Anteriormente en El Cazador De Dioses...


Palmer no aguantaba más. No cuando Tyagi podía encontrarse en peligro o algo peor. Había estado dispuesto a dejarlo en manos del agente de seguridad, pero llevaban minutos sin saber nada de él. De ninguno de los dos. Así que tuvo que asumir el mando.

– No podemos quedarnos aquí escondidos todo el viaje, tenemos que solucionar esto. Vosotros dirigíos al puente de mando y bloquead la puerta, intentad conseguir ayuda externa. Yo buscaré a Tyagi y a los demás.

Sus compañeros no parecían muy convencidos, pero April dio un paso al frente. Aún tenía que asegurar la sala despresurizada, así que acompañaría al cocinero. Grijalba también se les unió. Sabía lo mucho que significaba la paleontóloga para su compañero y amigo, y quería echar una mano. De esta forma, el grupo se dividiría en dos.

– Necesitamos algo mejor que estos cuchillos – protestó la técnica de comunicaciones – ¿No hay armas a bordo?

– Claro, en las taquillas de los guardias – le respondió Palmer –. ¿Tienes tú la clave para acceder a ellas?

Onatopp exhaló un resoplido. Aquel era su primer trabajo y no estaba acostumbrada a situaciones de emergencia; mucho menos a las de aquella naturaleza. Los pilotos intentaron tranquilizarla. Después, Lewis se aproximó al cocinero para hablarle en voz baja.

– ¿Estáis seguros de no venir al puente de mando? Aún no sabemos nada de los guardias, puede que se estén encargando ellos. Y si han caído, no creo que vosotros tengáis muchas posibilidades. Además, seguramente... ya sea tarde.

– ¿Crees que no lo he pensado? – respondió Palmer –. Prefiero correr ese riesgo a descubrir que pude haberla salvado y no lo hice. Ya me entiendes.

Lewis lo entendía, desde luego. Se estaba refiriendo a la conversación que tuvieron durante la anterior misión de la Thaddeus. Una noche, el copiloto no conseguía dormir y fue a la cocina. Allí encontró al chef, quien le ofreció su somnífero favorito del siglo XXI: una copa de whisky. Mientras la tomaban, charlaron y contrastaron sus posturas respecto la vida. Según Palmer, haber asumido la muerte y resurrección dejaba algún tipo de impronta en el carácter, y para él aquello supuso la capacidad de despojarse totalmente del miedo. Lo único que temía era que, en el futuro, le asaltara una combinación de cuatro palabra: «qué hubiera pasado si». Por ese motivo, a pesar de haber sido amablemente rechazado por Tyagi, no se arrepentía de haberle confesado lo que sentía por ella.

Después de aquella profunda pero agradable conversación, el tímido Lewis consiguió armarse de valor para responder a las insinuaciones de su compañera en el puente de mando, algo por lo que siempre le estaría agradecido a Palmer.

–  Entonces os acompañaré. Sólo soy el ayudante de Clark, ella es la verdadera piloto.

– Te lo agradezco, pero ya somos demasiados para esta misión suicida. Ve con las chicas y cuidaos unos de otros.

Lewis tuvo que darle la razón a Palmer. Era mejor que ambos grupos estuvieran equilibrados, tres y tres. Además, no había tiempo para discutir. Todos se sobresaltaron cuando sus comunicadores recibieron señal. No llegaron a discernir ninguna palabra, sólo ruido, pero aquello bastó para que Palmer albergara una mínima esperanza. Aún había alguien con vida.



Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre


miércoles, 24 de abril de 2019

Ahora...

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Ahora lo entiendo todo.
Es más fácil esconderse tras la cámara,
ser una fotografía,
la realidad que quieres.
Vivir la vida como si fuese una película
y no exponerse
a los sentimientos.
Medir las palabras
en píxeles abiertos
o cerrados que juegan
a la ruleta rusa.
Ahora lo entiendo todo
y, por eso, marcho.


Poesía de Saray Pavón

lunes, 22 de abril de 2019

Mi País

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Un teléfono arrancado,
un coche celular que frena, me mira
y vuelve a acelerar,
restos de una barricada ardiendo,
los semáforos como muertos puestos de pie,
este frío
que casi impide
respirar:
              ésa es
la inhóspita geografía
que he atravesado esta noche
para llegar hasta ti.

Tu piel,
mi país: donde el sol
se quedó a vivir.


Poema de Karmelo C. Iribarren
Imagen de Pixabay

viernes, 19 de abril de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 5: La Caza

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Anteriormente en El Cazador De Dioses...


El resto de los tripulantes debatía qué debían hacer después de que, con cierta preocupación, April les informara de las anomalías que había detectado el sistema de la nave en la sala de carga. Era evidente que allí estaba pasando algo. Intentaron contactar con el capitán, la paleontóloga y el hipergorila, pero ninguno respondía.

– De acuerdo – intervino finalmente Kruger –. La compañía me paga por proteger vuestros culos, y eso es lo que voy a hacer.

Para la sorpresa de Palmer, el agente de seguridad se volvió hacia él.

– ¿Qué te parece si somos amigos durante un rato? Necesito que traigas tus mejores cuchillos. Escoged el que más os guste para defenderos y seguidme. Iremos al puente de mando. Quiero que os encerréis allí mientras yo aseguro la nave, busco a los demás y atrapo a ese cavernícola, si es que anda suelto.

– Iré contigo – agregó April –. Tengo nociones de primeros auxilios, puede que me necesites. Además, he de comprobar que la sala despresurizada esté sellada correctamente.

Kruger estuvo de acuerdo y ordenó al grupo que se preparara para emprender la marcha. Pero cuando estaban a punto de hacerlo, el ex-militar se detuvo en seco. Había visto algo. Una silueta rojiza, como todo lo que captaba su sensor de movimiento, que se correspondía con la de alguien que corría armado con una lanza.

– ¡Volved atrás, rápido! – exclamó en voz baja. Todos obedecieron y regresaron al comedor. Sin pensárselo dos veces, el agente de seguridad se adentró en los pasillos para dar caza al homínido. Si quería atraparlo no tenía tiempo de pasar por las taquillas para coger un arma de munición letal, pero su puño biónico y su pistola gravitacional deberían bastar para reducir a ese melenudo en taparrabos. Por si acaso, se le ocurrió una forma de que la caza fuera aún más sencilla, así acabaría antes.

– April, apaga las luces – le susurró a su comunicador de pulsera. Un instante después, la nave quedó sumida en la oscuridad. Fue entonces cuando activó su visión de infrarrojos, y, aprovechando que nadie podía verlo, esbozó una sonrisa perversa. Había ganado la pelea antes de que empezara.

No tardó en encontrar al homínido con cara de pasmado, examinando la luz amarilla que emitía algún interruptor. Debía ser lo único que podía ver en la negrura. Kruger se fijó en la lanza que llevaba, estaba hecha con un trozo de cristal atado a una tubería. Ingenioso, pero de nada serviría contra su pistola gravitacional. Apuntó a aquel pobre diablo y, un segundo antes de apretar el gatillo, el cavernícola se escondió tras una esquina, haciéndole fallar el tiro. El agente de seguridad se había confiado demasiado. Su presa estaba ciega, no sorda, y puede que el interruptor de la pared no fuera lo único que viera. La maldita luz de su ojo artificial delataba su posición. Aún así, la oscuridad seguía dándole ventaja. Se le había escapado una vez, pero a ciegas no podría ir muy lejos.

Kruger caminó lentamente hacia el lugar por donde había desaparecido el escurridizo cavernícola, procurando que sus pesadas botas sonaran lo menos posible contra el metal del suelo, aunque era difícil. El disparo gravitacional había abollado la pared de la nave, y sin duda el estruendo generado sepultó las pisadas descalzas del cavernícola dándose a la fuga. O eso pensaba Kruger cuando giró aquella esquina. Lo último que imaginaba era que encontraría a su presa tan cerca, esperándolo pacientemente para atacar. La punta de la lanza fue directa a su ojo artificial, anulando su visión de infrarrojos y dejándolo momentáneamente ciego.

– ¡April, luces! – gritó con la esperanza de que la androide lo oyera desde la cocina. Se alegró de que así fuera, aunque eso no lo ayudó demasiado. El cabrón era rápido, y en cuanto volvió a ver reanudó su ataque. Kruger se protegió con su brazo de metal, así que el homínido buscó el que parecía ser su punto débil.

De nuevo, el agente de seguridad recibió una lanzada en la cara. A diferencia de como sucedió con el artificial, aquel otro ojo sí que tenía terminaciones nerviosas, y le dolía. Demasiado como para seguir peleando como si nada, aunque siguió intentándolo. Tras dar algunos puñetazos al aire, sintió cómo algo entraba por su boca y, con violencia, salía por su cogote.

Cayó postrado. Sus rodillas retumbaron al chocar contra el suelo, pero no llegó a ser consciente de su derrota. Para entonces ya estaba muerto.


Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre



jueves, 18 de abril de 2019

Los Viajes Inmóviles

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Con el fin de sumergirme en el más profundo “yo” en una necesidad casi infranqueable de introspección, durante los últimos años, metía mi culo en el coche y huía lejos, muy lejos... enseguida, sacaba el disco de su carátula, suspiraba antes de reproducirlo y, me echaba a soñar.

Una brisa con las ventanillas cerradas recorre mi cuerpo, al reconocer esos primeros acordes de la mano de Moisés P. Sánchez, que enseguida se convierte en un crescendo de latidos que me envuelve en dosis cada vez más intensas de energía, con lo que es hacer poesía para Nach

De pronto se para el tiempo. Una profunda sensación de angustia invade mis adentros. Me llaman. Una voz serena, segura, a veces sola y otras con ternura, asentada en mis pensamientos; sé que habla de él, pero siento como si hablara yo. Pero yo, ya hace tiempo que escapé de mi triste cuerpo para entrar en un lugar mucho más hondo de mí mismo. Hasta que esa calma se rompe con la inquietante melodía de Hándicaps, no para salir de ahí, sino para remover un nuevo recoveco de mi mente. La frustración de lo que es, de lo que hay ahí fuera. Un baile entre mis pulsaciones y mis ojos que, sin mirar a ninguna parte, representan en una coreografía la más pura entropía estenografiada. 

Hace ya mucho rato que dejó de tener sentido la palabra tiempo; ahora lo pierde definitivamente con Tiempo, dame tiempo. Siento que lo conozco. Siento que me conoce y me burla. Empiezo a entender el tiempo como si yo no estuviera dentro de él. Y la brisa sigue. Mis ojos ya no sé si están abiertos o cerrados. Brainwash. Mi cuerpo expresa tiritones de la crítica. Como un ataque epiléptico que invade mi alma y mis músculos lo manifiestan, aunque yo siga en ese estado inmóvil, donde solo hay sentimientos, pensamientos y poesía. Mas de repente, algo cambia. Lo estoy intentando. La inmensidad de mi ser se hace visible, entremezclado con la paz más puramente animal que tengo, que me hace amar mi mundo. La energía de un viejo que renace, que sabe de la vida, que entiende cada pequeño detalle de lo que importa. Da igual la edad que tenga o quien sea; sonrío con esa viva energía creciendo en mi pecho. 

Interludio: un nuevo anochecer. Un breve suspiro de melodías que calman la alborotada locura de mis emociones. Acaba la quietud y empieza la angustia en el escenario de Tercer mundo, un juicio de depresión e impotencia. La agonía de una utopía que necesita exteriorizarse, y expresar la hartura de lo que hay. Mis labios están tristes y mis párpados caídos. Cuando de repente, mi cuerpo intenta salir de ese asiento en que ya no me acordaba estaba sentado. Me pregunto Qué soy, al compás que Nach me dice qué es él, y sigo en la inopia imaginando cada elemento de mi ser lejos de mí… Comienza a sonar aquella armonía de acordes que, sin más me anticipan lo que viene, Te vi pasar, una emoción tan intensa de la que no soy capaz de hablar. Ese instante eterno pasa, y una lluvia de colores y fondo negro de pasarela despierta mi pensamiento. La calle es un zooilógico, me trae verdad y sátira, comedia y realidad, sonrisas y filosofía. 

Donde descansa la esperanza se convierte para mí en un camino bisectriz, entre lo profundo del sueño del que vengo y la realidad que, quiera o no, sigue ahí y, yo pertenezco a ella. Además, ahora soy un nuevo yo, hasta que vuelva a huir y me sumerja de nuevo en lo íntimo y reflexivo de este viaje inmóvil. Busco palabras que expresen lo que fui, lo que viví, busco palabras que no tengan miedo de mí. Busco palabras que hablen y me hagan olvidar el silencio.


Reseña de Jesús Paluzo
Imagen de Nach


martes, 16 de abril de 2019

El mundo amarillo

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Es un libro de Albert Espinosa. En el prólogo, Eloy Azorín (actor) dice de él, entre otras cosas, que "le ha ganado varias batallas a la muerte, por eso sus historias rebosan tanta vida. Es hiperactivo, prefiere perder sueño a perder experiencias. Su velocidad mental es de vértigo." Entran ganas de conocerle ¿no?

He disfrutado de varios títulos de este autor, así que cuando vi en la Fnac que estaba a 6,95€: lo compré sin pensarlo dos veces. No pude sumergirme en él hasta una noche de insomnio de esas en las que sólo se bebe agua para no despertar con el ruido de la cafetera y se piensa "que lleguen ya las 6 (quedan 3h) y así podré saborear el primer café de la mañana" y terminas olvidándote de todo lo que te rodea para devorar las páginas de "El mundo amarillo".

Con los libros de Albert y/o la gente que ha tenido experiencias terroríficas pero en lugar de llevar a cuestas una taciturnosis ensimismada son pura energía y/o con películas sobrecogedoras (La vida secreta de las palabras, cosas que nunca te dije, mi vida sin mi, las horas, etc.)... aunque me purguen de agua salada hacen que retome la vida con más ganas (si cabe).

Albert "viene a decirnos que la única minusvalía es la emocional" y que el cáncer le "quitó cosas materiales" (pierna, pulmón,etc.) pero le dio a conocer quién era él y la gente que le rodeaba, descubrir sus límites y perder miedo a la muerte. Puede parecer que estoy comentando un libro de autoayuda pero no, estoy con él, más bien lo que habla es de su forma de vida y de sentir las cosas... si esto te abre los ojos y te hace disfrutar más del tiempo que tienes: genial.

Me entran ganas de compartir infinidad de fragmentos, diseccionarlos todos como si fuesen una rana panza arriba y desvelar cada parte pero sólo voy a añadir que la novela está dividida en cuatro capítulos inspirados en el poema "Autobiografía" de Gabriel Celaya y como me parece sublime... es el broche perfecto para cerrar esta reseña:

"No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.

Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Donde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.

Eso, para seguir.


¿Le parece a Ud. correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.

Eso, para vivir.

No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
!Ay, sí, no respires! Dar el no a todos los "no"

y descansar:  Morir"


Reseña y fotografía del libro de Saray Pavón
Fotografía del café realizada por @Villu_


domingo, 14 de abril de 2019

Elvira Sastre

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Siento una urgencia extrema de no decirte nada,
como si en mi pecho
cabalgaran ambulancias en silencio. Debe ser que a veces
me da por pensar
que este olvido me queda algo grande:
se me cae de los dedos,
empapa mi pelo como una tormenta,
anuda mi estómago y ata mis manos. Me sobra olvido
por los pies cuando paseo
y llego a tu casa
y observo tu buzón
que me grita todo lo que no nos contamos. Me sobra olvido
por las manos
cuando se abren para cogerte
y vacío es lo único que encuentran:
nunca imaginé que las mismas alas
que abracé con ternura
te llevarían tan lejos de mí. Me sobra olvido
cuando duermo
y no pasa nada,
y no suenan pájaros,
y arriba solo hay techo,
y no quedan rastros del huracán:
unas bragas en el suelo o tu pelo durmiendo o tu mano
a un centímetro de la mía
—como si me hubiera buscado en sueños—;
nada,
la sábana en una esquina o la almohada mojada o tu calor
dado la vuelta;
nada,
diez llamadas perdidas o una botella de agua vacía o
tu olor empapando mi suerte;
nada,
un disco terminado en el ordenador que aún parpadea,
como si fuera una alarma que avisara
de que hasta lo más bello termina. Nada:
solo este orden justo y preciso,
este orden que ya es solo mío y no encuentra lugar en el que caerse,
este orden que no se va porque no vienes.
Este orden
que también me sobra.
Me sobra olvido
también
de las canciones que tengo prohibidas,
de esas palabras
que ya no sé pronunciar,
de todos los ángeles
que me abandonan,
de cada día que tropiezo
con la misma pregunta:
¿no es olvido y recuerdo la misma cosa? Me sobra olvido,
ya ves qué tontería,
cómo puede sobrar algo que no se tiene. Si pudiera llamarte amor
o si pudiera
tal vez
solo llamarte. Amor.
Me sobra olvido.


Poema de Elvira Sastre
Imagen de Pixabay


viernes, 12 de abril de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 4: Fragmentos

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En el comedor la fiesta continuaba. Le había costado bastante, pero escarbando en el repertorio musical de la nave, tan extenso como insoportable, Palmer consiguió encontrar algo más próximo a su época: Depeche Mode. Eligió el tema I'ts Not Good porque tenía un ritmo apropiado para marcarse un baile con Saima Tyagi, pero había olvidado que su letra pseudo-romántica fuera tan agresiva. Afortunadamente, nadie le prestaba atención.

La pareja de pilotos fueron los primeros en animarse a acompañar al cocinero y la paleontóloga. Kruger se dispuso a intentarlo con la androide, pero se le adelantó el encargado de limpieza, y no quería acercarse a la única chica que quedaba disponible: la técnica de comunicaciones. Evitaba todo contacto con ella desde que, en una ocasión, le tiró los tejos de una forma que tal vez la hiciera sentir incómoda, ya que poco le faltó para echar a correr al puente de mando. En cambio, Onatopp no parecía tener problemas con el otro agente de seguridad, el hipergorila.

Demasiado orgulloso como para ser el único que bailara sin pareja, Kruger se sentó junto al capitán, limitándose a mirar mientras bebía y provocaba a Palmer señalando su torpeza. El cocinero hacía todo lo posible por ignorarlo siguiendo el consejo de su compañera de baile, pero interiormente estaba cada vez más tenso. Casi se alegró cuando April interrumpió la fiesta.

– Un momento. Un momento. Acabo de notar un fallo en la cápsula de la sala de carga que podría ser grave, además de una leve fuga de la atmósfera en dicha estancia.

– ¡No jodas! ¿El cavernícola? – preguntó un pálido Harris. Se levantó apresuradamente y, a causa de ello, del alcohol que había tomado o del temor que le generaba la noticia, tal vez de ello todo junto, el contenido de su estómago empezó a trepar por donde había entrado.

Pararon la música y Onatopp llamó al técnico de crio-hibernación a través de su comunicador de pulsera. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que nadie sabía dónde se encontraba.

Maldiciendo a Niizaki, el capitán respiró hondo y ordenó a los agentes de seguridad que uno de ellos lo acompañara a la sala de carga. Kruger le cedió el honor a su compañero, brindándole una oportunidad de impresionar a su nueva amiguita. Tyagi también se unió; a ella le importaba el bienestar del espécimen por motivos científicos, más que económicos. Por orden de Harris, los demás permanecieron en el comedor por si aparecía aquel viejo borracho.

El capitán recorrió tan a prisa los pasillos de la nave que a sus subordinados les costaba seguirle el paso. Cuando por fin llegaron a la sala de carga, encontraron al inútil de Niizaki allí tumbado, junto a su vaso. Derramado y roto, igual que él. Harris estuvo a punto de echarle una buena bronca hasta que se dio cuenta.

– Hay cristales por todas partes – observó la paleontóloga. De inmediato, G-Carl desenfundó su pistola gravitacional reglamentaria, capaz de propulsar cinco metros a un humano adulto, y barrió visualmente la estancia.

– Capitán – dijo el hipergorila –. Parce que la mesa de control de la cápsula sufre algún tipo de avería. Además, hay una fuga de vapor refrigerante.

G-Carl también observó que el cofre con los utensilios del homo sapiens estaba no muy lejos del cadáver de Niizaki, abierto y vacío.

– Está suelto por ahí y armado – susurró.

– No – respondió Tyagi en voz baja –. Intentó usar sus armas, pero estaban fosilizadas y no le servían. Fíjate en el suelo, está cubierto de restos.

Harris empezaba a asimilar lo que estaba sucediendo y miró a su alrededor, comprobando que era cierto lo que decía la paleontóloga, y también lo que indicó April minutos antes.

– ¿Deberíamos evacuar? – preguntó el capitán, señalando la ventanilla que daba al espacio exterior. Había sido golpeada y tenía una raja por la que, poco a poco, se fugaba la atmósfera.

– El cristal es blindado, por suerte – respondió G-Carl –. La despresurización es demasiado lenta como para suponer una amenaza, aunque deberíamos repararlo cuanto antes. De sufrir más golpes, sí que podría acabar reventando.

Tyagi seguía examinando el suelo.

– Pero estos fragmentos no pueden pertenecer a la ventanilla ni al vaso de Niizaki. ¿De dónde vienen?

El capitán se fijó en la cabina de crio-hibernación. Uno de sus paneles de vidrio había desaparecido.

– ¿Se despertó dentro cuando la cápsula aún estaba cerrada y se abrió paso a golpes? – preguntó. La paleontóloga pretendía decirle que eso era improbable, pero G-Carl la interrumpió con un rugido. Había visto algo. Una figura asomó por la puerta de la sala y lanzó una tubería en su dirección. Por un segundo, sintió cierto alivio al ver volar el objeto más allá de ellos. El cavernícola se daba a la fuga sin que la lanzada fuera directa a nadie, más bien parecía una advertencia. Pero sólo lo parecía.

La tubería golpeó de lleno el cristal de la ventanilla que daba al espacio exterior, atravesándolo y rompiéndolo en mil pedazos. No era lo único de allí que se rompería.



Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre


miércoles, 10 de abril de 2019

Desajustes temporales

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Tengo la manía, quizás absurda, de llegar temprano a todas mis citas. Es un desajuste de mi reloj interno que no acaba de acompasar sus tics y tacs con los relojes del día a día, ya sean el del móvil o el de la pulsera de actividad. Qué se yo, cada vez hay más relojes y menos tiempo para todo.

El caso es que conocí a una chica con la manía, también absurda, de llegar siempre tarde a todas sus citas.

Llegamos a acudir a un psiquiatra temporal juntos aunque al final las sesiones no nos sirvieron de mucho. Nos recomendó dejar de consultar relojes y vivir más a razón de impulsos. Que es fácil decirlo, pero hacerlo...

Yo nunca vi este desajuste como un drama pero siempre me pareció que esta chica se sentía culpable por esos minutos de más o de menos, según se mire, que dejábamos de compartir. ¿Y si era en esos momentos cuando los acontecimientos realmente importantes estaban a punto de surgir, y claro, al pillarnos separados, a mi esperando y a ella por llegar, no sucedían? 

Al poco, un miércoles cualquiera, rompimos por diferencias psicotemporales, como no podía ser de otra manera. 

Hace poco la encontré con otro hombre de la mano besándose mientras paseaban con los ojos cerrados en un alarde de coordinación amorosa, y entendí que realmente estaban hechos el uno para el otro. No le dije nada, aunque mi intención inicial fue saludarla y pedirle disculpas por mis desajustes horarios propios de la adolescencia. Se fueron calle abajo y yo disimulé mirando el escaparate de una ortopedia con carteles que anunciaban rebajas en prótesis de rodillas. 

Al momento comprendí que tal vez fuese ya demasiado tarde para volverme a saludarla. Ella, si me vio, quizás pensó que era aún demasiado pronto para volver a hablarme.

Cosas de miércoles.


Microrrelato de A. Ramírez
Imagen de pixabay

domingo, 7 de abril de 2019

viernes, 5 de abril de 2019

El Cazador De Dioses - Capítulo 3: El Despertar

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Anteriormente en El Cazador De Dioses...

Por supuesto que Jim Niizaki no era tan estúpido. Conocía los riesgos de resucitar a un polo de carne sin un equipo de psicológicos cerca. Sobre todo en una nave, donde el estrés y la desorientación podían ser tan fuertes que la demencia espacial se manifestara casi en el acto. También sabía que una metedura de pata como aquella supondría su despido y, seguramente, una demanda por incumplimiento del contrato, en lugar de la generosa prima asegurada por el capitán Harris. Así que, durante la cena, el técnico de crio-hibernación se limitó a escuchar a la paleontóloga, comer un poco y arrasar con el vino. Añejo, receta riojana. Elaborado por un familiar de Grijalba, el encargado de limpieza de la nave, adquirido a precio de ganga y reservado para ocasiones especiales como aquella. Eso sí que había sido un hallazgo de la compañía.

La adicción que sufría Niizaki no era culpa suya; al menos, no de forma directa. De hecho, lo que él más lamentaba al respecto era no tener un verdadero motivo para ello. Ninguna esposa lo había abandonado, ningún hijo suyo había muerto, ninguna duda existencial lo había empujado a empinar el codo. Todo empezó nueve años atrás, cuando la nave en la que trabajaba entonces sufrió una grave avería, y tuvieron que descomprimir la atmósfera de varios compartimentos para evitar que un incendio se extendiera, carbonizándolos a todos. Eso les hizo perder la sala de sueño y la enfermería, por lo que realizaron un viaje de mil cuatrocientas horas sin poder crio-hibernar y sin acceso a la paramensamina, medicamento usado para mitigar los síntomas de la demencia espacial. Después de dos semanas y sabiendo que aún no habían recorrido ni la mitad de la distancia, Niizaki empezó a sentir los efectos, y sus compañeros le suministraron tequila para hacerle el viaje más llevadero.

Así que ahora, a bordo de la Thaddeus, el técnico de crio-hibernación tomaba un trago siempre que podía. Y la pequeña celebración que había organizado el capitán Harris era la ocasión perfecta para ello. No sólo hubo vino. Tras la cena, April abrió una botella de ron y preparó unos mojitos bien cargados. Después del segundo vaso, Niizaki se mantenía sumergido en un tanque de silencio. Había aprendido a no hablar más de la cuenta cuando estaba borracho, pero interiormente no paraba de darle vueltas a una idea: ir a comprobar la cápsula del homo sapiens antes de echarse su siesta espacial, para asegurarse de que no hubiera ningún error. No fuera a ser que le increparan por no haber desempeñado bien su función antes de desatarse con el alcohol, y se quedara sin la prima.

Con ese objetivo, se escabulló a la sala de carga llevándose consigo el vaso a medio terminar, ni que decir tiene. Lo comprobó todo: alimentación eléctrica, temperatura, humedad... Como ya imaginaba, la conservación del espécimen era óptima. Niizaki podía presumir de ser un técnico de lo más eficiente cuando estaba sobrio.
Sin nada más por hacer, antes de irse quiso echar un último vistazo al homínido. Menuda musculatura tenía. En su época no existían las máquinas de ejercicio, así que todo debía ser funcional. Seguro que era un gran cazador.

Cazador... ¡Claro, los utensilios! Niizaki recordó que, junto al cuerpo, Tyagi había encontrado algunos objetos. Sus herramientas. G-Carl los había metido con cuidado en un pequeño cofre acolchado, que transportó en su mochila y luego depositó en algún rincón de aquella misma sala. Por primera vez en mucho tiempo, había algo por lo que merecía la pena soltar la copa. No tardó mucho en encontrar la lanza rota, el mazo y el cuchillo, todos ellos hechos de piedra, madera y cuerda. De ahí también podían sacar restos de ADN de alguna especie animal o vegetal. Niizaki sonrió. Habían hecho un gran trabajo. El capitán Harris tenía razón, la gratificación que recibirían de la compañía sería enorme... si todo salía bien, claro.

Se encendieron las luces de emergencia. Empezó a sonar la alarma y una voz enlatada informó de un «fallo en el sistema de crio-hibernación».

– ¿Pero qué demonios...? ¡Si hace un momento estaba todo en orden!

Condensación. Había dejado su copa sobre un borde de la mesa de control. Un par de gotas reptaron por el vaso empañado y se introdujeron por las ranuras del teclado, con la malicia de provocar un cortocircuito. Ante situaciones similares, la máquina estaba programada para salvar al sujeto que albergaba en su interior, y eso fue lo que hizo. Lo expulsaría antes de que el fallo fuera a más y la cápsula se apagara. ¡Maldita April! Siempre ponía demasiado hielo en sus cocteles.

«Protocolo de emergencia. El sujeto no está listo para la reanimación, detectadas células dañas. Reparando.» Aquello de lo que Niizaki fue capaz de abstenerse a hacer a posta, aún estando borracho, lo iba a conseguir por accidente. No tenía forma de demostrar que no era su intención reanimar al homo sapiens antes de tiempo, y aunque fuera así, el volumen de alcohol en su sangre seguía siendo un agravante. Estaba jodido.

«Crio-hibernación suspendida.» Ya era tarde. Las puertas de la cápsula se abrieron lentamente, liberando un vapor gélido. La criatura que dormitaba en su interior abrió los ojos.

Aterrado, Niizaki optó por hacer lo único que podía en esas circunstancias: intentar dejar al homínido inconsciente, reparar la cápsula y volver a meterlo dentro. Nadie tenía por qué enterarse de aquello, y si no ya se le ocurriría algo. Pero lo primero era lo primero.

Cogió aquel mazo rudimentario y atacó al cavernícola con su propia herramienta de caza. Un arma que, al igual que su dueño, tenía veintidós mil años de antigüedad. El mango se hizo trizas mientras Niizaki lo blandía para golpear al homo sapiens, haciendo que el golpe perdiera la mayor parte de su fuerza. Sin embargo, le dolió lo suficiente como para interpretar aquello como un gesto de hostilidad. Fue el último error que cometió aquel borracho.


Nave: Thaddeus

Destino: Earthworld, Sistema Asgard

Tripulación: 11 miembros. Pasajero nº 8 fallecido. Suplente:



Nº 8 (ficha por defecto)
Nombre: (En blanco)
Rango: 6
Sexo: XY
Edad: 30 aprox. (+22.150 años crionizado)
Categoría: Humano
Función: Cargamento
Comentario personal: Por transcripción: (Ininteligible)
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Otros datos: Sin formación. Signos de demencia espacial en fase aguda. Peligroso.


Novela por entregas de Román Pinazo 
Ilustraciones de Oscar Silvestre