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jueves, 1 de noviembre de 2018

In my dreams, de Pink Cream 69

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Cuando abrí los ojos, una luz intensa me cegó durante unos segundos hasta que pude ver tu silueta. Dibujada por el sol, tu perfecta figura permanecía quieta, de pie junto a la cama. Fue en el momento en que mis ojos se acostumbraron a la mañana, cuando por fin pude ver con claridad tu cuerpo blanco, cubierto sólo con la ropa interior, negra como tus cabellos envueltos en magia. Estabas de espaldas a mí, inmersa en aquel baño de luz, mirando el mundo más allá de las cortinas que evitaban que todo se iluminase por completo, pudiendo estropear así aquel dulce despertar. Yo aún estaba tumbado, mirando embelesado cada fibra de tu dermis, mientras recordaba con serenidad la noche anterior. Y volví a dejarme llevar por las notas de esa armonía que es tu voz y el ronroneo que se eleva hacia mis oídos cada vez que te acurrucas en mi pecho. Y volví a sentir el mismo rubor incendiario que abrasó nuestros cuerpos en la madrugada, furtiva y fría hasta que nos encontramos bajo las sábanas. Recordé cada minuto de aquel baile acompasado, deteniéndome, recreándome en el acalorado aliento que me susurraba tu boca en cada paso. Regresé al estado casi moribundo al que me empujaba cada impulso de oxígeno que perdían mis pulmones al tratar de seguir la melodía. Me alimenté de nuevo de ti y, acorralado por la negrura de tu pelo,  saboreé otra vez el rato en el que el tiempo se detuvo en tu interior, y yo con él, mientras buscaba con mi cuerpo tu alma para tocarla.

Dejé de volar entre vivos pensamientos  y agradables deseos satisfechos y me incorporé, lentamente, sin hacer ruido, a pesar de que era consciente de que ya sabías que lo estaba haciendo. Pero seguías ahí de pie, esperando a que me acercara, oliendo mis movimientos, expectante de mi próximo gesto, como cuando unas horas antes esperabas a mi mano y su siguiente destino. Esta vez fue más suave y acarició tu piel, erizada por el frío. Y la rozó desde tu hombro y descendió serpeando por tu cintura hasta topar con el elástico de tu oscura lencería. Mi dedo juguetón se introdujo bajo la tela, solo un par de centímetros, y se deslizó hasta tu cadera. Entonces te diste la vuelta, grácilmente, y entrecerraste los ojos, dibujando una tenue y sensual sonrisa que me hizo estremecer. Y dejaste caer toda tu belleza sobre mi envoltura infinitamente más tosca. Y nos fundimos en un beso tierno y travieso, mientras nuestra carne volvía a compartir los latidos de cada una de nuestras venas. Nos rodeó un halo de paz que se antojaba eterna, y las sábanas fueron el hábito de una logia a la que solo pertenecíamos nosotros dos. Ya todo dejó de tener sentido. El tiempo, la luz, el frío. Solo nuestros labios cálidos que hablaban en silencio. Y mientras nuestras pieles se deslizaban la una sobre la otra, tu imagen se fue desenfocando, se fue volviendo gris y más borrosa, hasta que desperté en la realidad y la lejanía. La soledad me había destapado y el frío me hizo despertar y perder para siempre tu tacto, íntimo y verdadero. Me levanté y me resigné a recordarte, de pie, justo en el mismo lugar que ocupaste en mi mente dormida, dejando que aquella misma luz bañase mi cuerpo. Y por un momento sonreí al pensar que, aunque todo fue un sueño, al menos por un instante, nuestras almas se mezclaron entre besos y caricias.

Texto de A. Moreno
Imagen de Pixabay
Temazo de Pink Cream 69




martes, 26 de junio de 2018

Tuesday's Gone, de Lynyrd Skynyrd

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Podría ser un martes cualquiera. Pero para mí, este es el martes de la tristeza, del dolor, es ese martes en el que me alejo de ti. Mi mirada atraviesa la estación y va más allá, llega hasta tu casa, llega hasta tu habitación. Y mientras una voz vacía grita un descorazonador “pasajeros al tren”, te veo abrazada a la almohada, pensando, con la mirada perdida, deshojando cada uno de los días que pasamos juntos.


He de marcharme, ni siquiera yo sé por qué cometo esta locura, pero debo partir, debo dejarte libre. No te merezco, no mereces alguien como yo, jamás cambiaré, ahora lo sé. Jamás podré hacer que seas feliz. Y para que puedas serlo desaparezco de tu vida, te dejo parte de la mía para que puedas continuar y me llevo mi tristeza conmigo.

Ahora el tren echa a andar y el tronar de los discos sobre la vía me despierta de la visión. He dejado de contemplarte en la lejanía. Ahora me veo a mí mismo en un lugar desconocido, rodeado de desconocidas caras. El mismo sol que nos iluminó llena de sombras mis pensamientos y un destino incierto hará que nuestros corazones dejen de latir a compás. Solo la fuerza me hará continuar.

Aun recuerdo mi vida junto a ti y no encuentro razón lógica que sostenga mi débil y repentina decisión. El tren comienza a moverse, decenas de personas despiden a mis compañeros de viaje, yo me despido de tu sonrisa. Mi rostro echa de menos las lágrimas que de felicidad lo recorrieron y ya no quedan suspiros que las hagan aparecer de nuevo. La estación queda atrás, como el amor, tu amor borrado a la fuerza con el más ácido de mis lamentos.

Ahora que el tren me desgarra y me arranca de tu raíz, sé que no hay vuelta atrás. El traqueteo llega a mis oídos como un estruendo pero penetra en mi cerebro como un blues aterciopelado y a la vez desbaratador, que rompe mi corazón en mil pedazos.

Y la mayoría de esas porciones vuelan por la ventana, intentando buscarte para darte un último beso.




Texto de A. Moreno
Imagen de Pixabay
Video Tuesday's Gone, de Lynyrd Skynyrd


jueves, 3 de mayo de 2018

Off he goes, de Pearl Jam

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Aún recuerdo cuando todo era mejor. Cuando éramos mejores. Aquel tiempo en que giraba la cabeza y estabas ahí, siempre ahí. La cara, iluminada por una sonrisa sincera; los hombros encogidos, mirándome con la intrépida predisposición a cualquier propuesta, por inconsciente que fuese. Tu figura esperándome junto a los árboles. Aún conservo el olor de tu cabello mojado por el sudor, ondeando al viento mientras correteabas a mi alrededor. Por entonces las miradas de complicidad se cruzaban y los gestos eran mucho más que palabras. Se convertían en un idioma secreto que solo tú y yo podíamos comprender.

Echo de menos la agradable sensación que me embargaba al saber que en cualquier momento aparecerías por la puerta y te sentarías junto a mí. Cualquier cosa que hiciésemos pasaría a ser inolvidable, aunque solo fuese haber compartido un rato frente al televisor o simplemente haber dejado pasar el tiempo riendo sin motivo alguno. Las tardes eran luminosas e interminables y podíamos volver cada noche a nuestras casas sintiendo que nada impediría vernos de nuevo al día siguiente.

Ahora todo ha cambiado, todo es diferente. El cemento cubre con su triste gris nuestros sonrojados recuerdos. Y la distancia, que no la lejanía, rige nuestros encuentros. No desprecio aquello en lo que nos hemos convertido, en lo que hemos convertido nuestras vidas. Lo que sí desprecio es la frecuencia con la que ahora se recortan esos retales de felicidad, la magia y la calidad de un tiempo que solíamos compartir y que ahora compramos y vendemos a desconocidos mercaderes. Añoro esos viejos momentos que nos hacían sentir vivos. Y sé que estás ahí, sé que sigues ahí, y que aun puedes ofrecerme esa sonrisa descarada y afable. Pero no puedo evitar tener la sensación de que solo cuando nos hayamos perdido el uno al otro, nos daremos cuenta de que muy pocas cosas pueden sustituir a un viejo amigo.



Texto de A. Moreno
Imagen de Pixabay (Annie Spratt)

jueves, 1 de febrero de 2018

Given To Fly, de Pearl Jam

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El cielo me miraba desde su infinita belleza y me enviaba mensajes ocultos tras las nubes. Me provocaba. Su celeste inmensidad era casi insultante, pero podía oír su canto de sirenas. Me llamaba. Él sabía que no era mi mejor momento. Aunque también me conocía lo suficiente para saber que, a pesar de estar hundido, siempre miraba hacia arriba y buscaba en su claridad la esperanza que tanto necesitaba. Sentado en la rama de un viejo nogal soñaba con él, con el aire; las olas bajo mis pies, mi propia sombra proyectada sobre la superficie del inmenso océano. Sabía muy bien que sólo soy un ser humano, sabía que sólo unos pocos de mis semejantes serían capaces. Pero me creyó especial. “¿Y si en realidad lo soy?”, pensé mientras sentía que nada había cambiado a mi alrededor. De pronto me incorporé, casi de un salto. Estaba tan decidido que olvidé su benevolencia y le desafié. Sonrió, ignorando mi impertinencia, y lanzó su invitación, golpeándome con una ráfaga de viento. Entonces ocurrió, me elevé ayudado por sus alas invisibles y cabalgué las corrientes, desbocadas al principio. Nadie podía saber cómo me sentía, nadie excepto yo; un privilegiado que surcaba los vientos sin más pretensiones que escapar de todo. Mis pulmones bombeaban amor y libertad. Mis ojos, llenos de lágrimas se colmaban de la belleza que se abría ante mí. Los pájaros, extrañados en un primer momento, me acompañaron hasta que comprendieron que era uno de ellos, y regresaron a sus bandadas. La sensación de no pertenecer a ninguna me invadió durante largo rato mientras continuaba planeando sobre las nubes. Poco después, cuando conseguí controlar mi poder, comencé a pensar en todas las piezas del puzle de mi vida. Descendí hasta atravesar la esponjosa capa blanca que me impedía la visión. Desde mi nueva y exultante posición podía ver el mundo y cuanto contenía. El poder que se me había concedido me confería permiso para todo aquello que imaginase. Podría haber sobrevolado a quienes alguna vez me habían hecho daño, les podría haber devuelto el dolor recibido, o simplemente haberme vanagloriado ante todos ellos por el don que me hacía flotar sólo a mí. Podría haberlos matado de pura envidia. En cambio, preferí disfrutar del momento, de cada sensación, de cada lugar.

Exhausto, regresé junto a quienes me querían.

Nadie lo comprendió, pero continué como si nada hubiera ocurrido, continué siendo el mismo de siempre, rodeado de todo lo que amaba y de la miserable y pútrida materia en descomposición que conforma nuestro género. Pero de vez en cuando, volvía a escapar a las alturas, dichoso de haber compartido mi secreto: el increíble don de volar que todos poseemos, pero en el que sólo unos pocos somos capaces de creer.



Texto de A.Moreno
Imagen de Pixabay
Video Given To Fly, de Pearl Jam


sábado, 2 de septiembre de 2017

(Sittin’ On) The Dock Of The Bay, de Otis Redding

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Sentado en el muelle, la bahía se me hace más y más extensa cuanto más la miro. En el agua se esbozan las figuras de todas las mujeres que han pasado por mi vida. Y algunas son olas embravecidas que golpean los maderos con la intención de hacerme caer y atraparme en su seno. Otras son el murmullo que acaricia la orilla y no se cansa de deslizar hasta tierra firme conchas y algas para regalarme.

El mar me contempla siendo yo un niño, sentado, balanceando los pies sin una razón lógica. Me mira desde su magnificencia de miles de millones de años y me siento un niño grande. Pero luego termina mi viaje al recuerdo y me siento un hombre pequeño, insignificante, como una de esas conchas que esperan a ser recogidas.

El mar…

Lo cierto es que me asusta su grandeza, la inmensidad de ese gran monstruo legendario cuyo descomunal cuerpo es un caldo de cultivo. Un ser ancestral tan gigantesco que permite que habiten en su interior todo tipo de seres, algunos tan antiguos como él, algunos tan feroces como él. Sigo, embelesado, el balanceante vuelo de las gaviotas. Se fijan en mí por un instante y creo verlas sonreír, o quizá sea la forma de su pico, proclive a la sonrisa, que fue diseñado para transmitir tranquilidad y reposo. Me sobrevuelan quietas en el aire, como decenas de cometas sujetas por las manos de decenas de niños invisibles cuyas risas se escuchan a través del gorjeo de las argénteas aves. Su balanceo y el vaivén del mar parecen sincronizados en un ballet que llevan improvisando desde que el mundo es mundo y me vuelvo por momentos el más ferviente aficionado.

Cae la tarde y vamos quedando solos, las gaviotas, el mar y yo. Nos resistimos a abandonar el muelle. El mar continúa besando mis pies con sus interminables chapoteos, gotas como labios que son la prolongación de esas olas que de nuevo forman una silueta de mujer. Pero las gaviotas me ofrecen por última vez la música que mis oídos quieren oír y poco a poco van retirándose a sus secretos aposentos, ocultos en la inminente noche.

A lo lejos, los últimos de mis semejantes me abandonan y me dejan solo frente al monstruo. Se va volviendo más oscuro conforme el incauto Sol se adentra en unas fauces que lo engullen sin piedad. La última dentellada es voraz y el interior de la gran bola de fuego se desparrama en el horizonte dejando sobre la superficie la anaranjada sangre de la víctima. No se repondrá hasta dentro de muchas horas, hasta que en algún lugar del mundo sea vomitado de nuevo hacia el cielo; crimen y reencarnación sin castigo ni doctrinas. Al fin me veo a solas con él. Ya no distingo figuras femeninas, ni puedo ver los presentes en la orilla. Ahora solo veo negrura infinita y me sigue asustando, me aterra, pero estoy enamorado de sus resplandecientes olas cuando la mañana las dibuja para mí. Y me quedo sentado en el muelle de la bahía, viendo sin ver, intuyendo lo que el día me ha ofrecido y lo que, sin duda, volveré a contemplar, retrasando el momento de regresar a casa y soñar con las mareas.