Mientras los guardias de la puerta de palacio me vigilaban, esperé a que Hugo solicitara a sus compañeros que alguno ocupara el puesto de Sigberto, quien claramente se encontraba demasiado abatido ante la muerte de Clodevinta. Cuando salió un sustituto, nos dirigimos a la posada de inmediato. Allí estaban de celebración, ajenos al crimen que acababa de cometerse. Herger nos recibió llevándose los caballos a la parte trasera. Ya desde el exterior se sentía a Wyndorf, un juglar convertido en mercenario por Vaughan que, cuando no robaba sorbos de cerveza a Orbec, cantaba y tocaba su laúd para animar aún más a sus ebrios compañeros. Al vernos entrar a mis escoltas y a mí, todos los presentes vitorearon y alzaron sus jarras. Me extrañó que Anna-Marine no estuviera en la puerta del local como era costumbre. La encontré en el interior, sentada sobre el regazo de Vaughan. Este le dijo algo al oído. Ella se levantó y se dirigió hacia mí, saludándome de forma sugerente.
– ¿A qué se debe este festejo? – le pregunté sin reaccionar a sus intentos de seducción – ¿Todavía celebran el fin de la guerra?
– Celebran que vuelven a ser trece.
Como esperaba, pude comprobar que Vargas se encontraba en el lugar brindando con los mercenarios, aunque no tan escandalosamente como estos. Anna-Marine continuó explicándome.
– Además, esta será su última fiesta en la posada. El lunes marcharán de la ciudad. Espero que me lleven con ellos, les echaré de menos si no lo hacen.
Escudriñé a Vaughan, quien no se había movido de su asiento. Me señaló a su cómplice con la mirada, después asintió y alzó su jarra para disimular frente a mis escoltas. A diferencia de sus hombres, el buen humor del que mostraba estar no parecía del todo sincero. Más le valía que fuera así. Si mis conclusiones sobre él y Vargas eran ciertas, hacía bien en tomarse con seriedad la situación.
– A ti también te extrañaré si te ejecutan – prosiguió ella ante mi severo semblante –. No te me pongas celoso.
– ¿Quién dice que lo esté?
– ¿Por qué nunca te has fijado en mí? Esa Aelis sabe lo afortunada que es y te tiene bien saciado, ¿verdad? Pero esta podría ser tu última noche, mereces algo distinto. Algo nuevo. Tienes tiempo de volver con ella después.
– No suena mal del todo – le dije siguiéndole la corriente.
– Si el precio es problema no te preocupes. Es un regalo de tu amigo.
Detrás de todo aquello pude reconocer la astucia de Vaughan para desprenderme de oídos indeseados. Pese a que hubiera preferido hablar con él directamente, fingí acceder a la repentina propuesta de Anna-Marine. Hugo y su nuevo compañero no mostraron objeción en perderme de vista durante el encuentro privado. Seguramente, agradecerían poder hacer un breve descanso para conversar sobre el desdichado Sigberto. Más aún cuando Herger entregó una jarra de cerveza a cada uno. Anna-Marine y yo continuamos con la farsa. Nos metimos en una habitación, donde permanecimos esperando en un silencio que ella rompió finalmente.
– Lo que te he dicho ahí fuera no ha sido cosa mía.
– Eso he observado. Mi respuesta también era fingida. Tengo el cariño de una buena mujer, no necesito más.
– Eres mejor que tu padre.
Me volví hacia ella con seriedad.
– ¿Qué tienes tú que decir de mi padre?
– No mucho, en realidad. No lo conocía, pero mi madre sí. Alguna vez te habló de la amante que tenía en Villesainte, ¿verdad?
– ¿Era tu madre?
– Por aquí la gente de pelo rojizo no suele gustar. Nos evitan, incluso fingen que no nos ven. Mi madre y yo nunca le hemos importado a nadie. Tu padre, en cambio, veía en ella una buena opción para desfogarse cuando le faltaba su esposa. Para él sólo era eso, una amante secreta. Pero para ella, el hombre del norte era el padre de su hija.
– ¡Somos hermanos!
– Veo que eres atento.
– Ahora entiendo. Por eso nunca has querido nada conmigo.
– Soy una degenerada, pero no tanto como algunos dicen.
– Me hubiera gustado saberlo. Podría haberte ayudado a tener una vida mejor. El padre Evelio te habría acogido cuando quedaste huérfana, igual que a mí.
– Lo intentó. Quiso mandarme a un convento por mediación de tu padre. Fue la única vez que mostró algo de interés por mi bienestar. Pero no estoy hecha para esa vida.
– ¿Entonces el padre Evelio lo sabía?
– Le pedí que no te dijera nada, igual que a Vaughan.
– ¿Por qué?
– No lo sé. Supongo que me incomodaba hablarte de ello. Por eso siempre te he evitado.
– ¿Y qué ha cambiado ahora? ¿Por qué te has decidido a contármelo?
– En el fondo eres la única familia que me queda. Si a la mañana te ejecutan, quiero que sepas que habrá alguien que llore tu muerte además de tu amada y tu amigo, aunque este último sea incapaz de admitirlo.
Por un instante, me olvidé de todo lo relativo a los crímenes. Sólo quería abrazar a mi recién descubierta hermana. Tanto tiempo teniéndola ante mis ojos sin conocer el lazo que nos unía. Podía haber estado ahí cuando me necesitara. Compartir sus penas y sus alegrías. Pero había optado por el silencio, y no podía culparla por ello. Era posible que no me pareciera a Padre tanto como solían decirme. Yo nunca habría engendrado a una hija con otra mujer, a espaldas de Aelis. Y de haberlo hecho, no me habría desentendido de ella. Por primera vez, sentía vergüenza de mis raíces. Quise hablar a Anna-Marine de todo aquello. Sin embargo, la puerta se abrió interrumpiéndonos. Esperaba ver de una vez a Vaughan para tener unas palabras con él. ¿Cómo había podido ocultarme tantas cosas? Pero fue Lucio Vargas quien apareció. Miré a esa mujer que hasta un instante antes no había sido más que una conocida para mí. Ella esbozó una sonrisa no del todo alegre, me acarició la mejilla y salió de la estancia.
– El hispano escurridizo – dije con cierto desdén, fruto tal vez del estado de ánimo en el que me encontraba, una vez quedamos solos –. ¿Cuándo pensabas hablar conmigo? ¿Cuando el verdugo me afeitara la nuca con el filo de su hacha?
– Te lo habría contado todo la noche del jueves si me hubieras preguntado. Vaughan así lo dispuso. Y también pretendía hacerlo al día siguiente en la parroquia, donde tú mismo me citaste. Era una carga de la que estaba ansioso por deshacerme. Por desgracia, todo se complicó.
– Una mujer ha muerto esta misma noche, mientras estabas de celebración. Una víctima más. De haberlo sabido antes lo habría evitado, así como la decapitación del padre Evelio, ya que mencionas su parroquia.
– Yo tampoco sabía que iban a suceder tales atrocidades. Retrasarlo tanto fue idea de tu amigo, no mía. Decía que así lo descubrirías por tu cuenta y encontrarías algo, además del testimonio de un extranjero, para demostrar tu inocencia. Si yo hubiera acudido al Conde desde el principio, ¿piensas que me habría creído? Me consideraría responsable de la muerte de su primogénito, y no habría contado con el mismo trato que tú. Además, también debía proteger a mi sobrino.
– Las excusas más tarde. Cuéntame lo sucedido.
– Como sabrás, aquella noche no había habitaciones libres en la posada. Tadeo durmió con Elfrida y yo al raso. Preferí salir de la ciudad para evitar ser visto. Entonces encontré el depósito de armas de Cristian hijo y decidí resguardarme allí. Pensaba abandonar el lugar en cuanto despuntara el alba, pero no conseguí dormir hasta bien entrada la noche. Cuando desperté, estaban llegando Cristian y Hereward con dos soldados. Avergonzado, me oculté y conseguí que nadie me viera. Decidí esperar a que terminaran sus ejercicios y se fueran para salir de mi escondite, aun a riesgo de llegar tarde a misa. No debía faltar mucho para ello cuando apareció el jinete con tu armadura y tus armas. Al principio creía que eras tú, igual que afirmaban todos los allí presentes. Después me di cuenta de que no era así.
– ¿Por qué no interviniste para evitar las muertes?
– Lo habría hecho, pero lo que vi me llevó a permanecer oculto. Él iba a caballo y yo a pie. Él llevaba protección y yo no. Su fuerza, además, era claramente superior a la mía. A la de cualquiera. Y también su destreza. Cargó contra los dos soldados a caballo y cruzó las lanzas, de manera que hirió al hombre que tenía a su izquierda con el arma de su mano derecha y a la inversa. El empuje les hizo girar al tiempo que los tiraba de sus monturas sin que él perdiera el equilibro.
– De ahí la posición cuando los encontraron y la desviación de sus heridas – pensé en voz alta. Acertadamente, él me ignoró y prosiguió con su relato.
– Ni siquiera el experimentado Hereward pudo detener su mano. Tratando de proteger a su alumno, ordenó a éste que no se moviera y se adelantó todo lo que pudo para impedir al impostor que llegara hasta él. Sólo tras asestarle un letal golpe con el mangual, el atacante por fin bajó de su montura y se quitó el yelmo. Aunque estaba de espaldas a mí, su melena y su voz resultaron fáciles de reconocer.
– Beldar.
– Su hermano le suplicó que se detuviera, pero él respondió que era necesario por el futuro de Villesainte. Pidió su perdón y, sin más, atacó. Poco pudo hacer Cristian salvo combatir como mejor sabía. Beldar acabó cortándole la cabeza. La recogió, clavó la espada en la tierra y se largó de allí tan rápidamente como había aparecido.
– Fue entonces cuando viniste a la posada en busca de ayuda.
– De las personas a las que podía acudir, Vaughan me pareció la mejor opción. Él y el General siempre se han llevado a matar, así que imaginé que no le costaría creerme.
– Pues ya tienes a alguien más que te cree. Necesitaré que repitas ante Conde todo cuanto acabas de contarme, y lo harás, llegado el caso.
Vargas no se negó. Aunque hubiera querido, no le habría dado opción a ello. La verdad había estado en posesión de Vaughan desde el principio. Sin duda, fue eso a lo que se refería cuando le acusé de traidor y me respondió que tenía sus motivos. Debía pensar que había hablado con el hispano y no con el cardenal. Pero a pesar de todo, esa verdad seguía incompleta. Faltaba por aclarar la motivación de Beldar para matar a su propio hermano. Cristian era un heredero modélico, benevolente y respetuoso con el pueblo. Su mandato hubiera sido aún mejor que el de su padre. ¿De qué manera su muerte podía ser necesaria por el futuro de Villesainte? ¿Y por qué, de todas las personas a las que podía haber incriminado para quedar libre de culpa, me eligió a mí? Siempre le fui leal como soldado y como amigo. No entendía qué podía tener en mi contra para provocar con sus actos que me condenaran a muerte o que casi me quemaran viva a Aelis. ¿Qué le había llevado a hacer tanto mal? Sin duda, esas respuestas no las obtendría de Vargas. Tras dar por terminada la conversación, autoricé al hispano a que abandonara la estancia. Mientras lo hacía, volvió a entrar Anna-Marine. Al verla de nuevo no pude contenerme y, por fin, aproveché la ocasión para aferrarme a ella en un sentido abrazo. Se había convertido en un motivo más para resolver todo aquel entuerto. Además, necesitaba algún gesto de cariño después de tanto desasosiego. Si el amor fraternal que siempre observé entre Beldar y Cristian equivalía, aunque sólo fuera en una porción, al que yo sentía por esa hermana a la que acababa de descubrir, ¿cómo el primero había sido capaz de matar al segundo?
Anna-Marine y yo esperamos un instante para salir. Algo más consolado, le sonreí; mis escoltas debieron pensar que de satisfacción. Sus jarras de cerveza estaban ya vacías, no habrían querido repetir. Les dije que habíamos terminado allí después de acercarme a Vaughan. En ese momento no podía decirle todo lo que me hubiera apetecido, tan sólo le pedí al oído que mandara a alguien para que informa a Aelis, pues debía estar preocupada por mi ausencia. Sin duda, él y Anna-Marine estaban hechos el uno para el otro. Al fin y al cabo, a ambos les gustaba guardar secretos.
Salimos al exterior. Descubrí que ya estaba amaneciendo. A un lado teníamos el sol, que asomaba por el horizonte, enmarcado por el arco de la entrada a Villesainte, la cual acababan de abrir completamente. Al otro, más allá de palacio, nubes negras se acercaban lentamente, trayendo consigo el llanto de Frey. El plazo había expirado. Aunque finalmente di con el asesino, no por ello mi situación había mejorado. Una semana antes, el Conde recibió una fatal noticia, y esa mañana iba a recibir otra. Cómo reaccionaría al conocerla era un misterio para mí. Fuera como fuese, yo había cumplido mi parte del pacto. El resto estaba en sus manos y las de los dioses.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano

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