A pesar de la temprana hora a la que acudí, me permitieron la entrada en el salón de palacio, donde aguardé al Conde. Mientras tanto, reflexioné sobre cuál podía ser la forma más acertada de comunicarle que su primogénito había muerto a manos de su segundo hijo, quien también era responsable de cinco muertes más. No había logrado dar con ella cuando apareció mi señor seguido de cuatro soldados. Esa vez no le acompañaba su sombra, el cardenal Baptiste. A falta del padre Evelio, debía ser él quien se encargase de la tarea de preparar a los fallecidos antes del entierro y, por tanto, se encontraría ocupado aquella mañana con el reciente cadáver de Clodevinta, además de la misa que debía oficiar no sólo para las familias más pudientes, sino para toda la ciudad.
Al verme, el Conde me saludó efusivamente, tal vez complacido al comprobar que no tendría que enviar a sus soldados a buscarme por toda Normandía, o seguramente ansioso por escuchar lo que tenía que decirle sobre el asesino de su hijo. Sin más preámbulos, me interrogó directamente por ese espinoso tema que, según decía, no le había dejado dormir en toda la noche.
– ¿Has venido a entregarte para tu ejecución o para darme noticias?
– He encontrado al asesino, mi señor. Pero mucho me temo que se trata de alguien muy próximo.
– Lo cual añade más culpa a su traición. Ardo en deseos de tenerle frente a mí. Llévate a estos hombres y traédmelo con vida.
– ¿No queréis antes saber quién es?
– Como digo, apenas he dormido en toda la noche, tiempo más que suficiente para reflexionar. He concluido que prefiero descubrir la identidad del asesino cuando lo tenga delante. Estoy viejo y casi no me quedan fuerzas. No quiero gastar uno de los pocos arrebatos de ira que me quedan sin nadie presente con quien poder desquitarme.
– ¿Estáis seguro de ello?
– ¿Estás tú seguro de que saber quién mató a mi hijo?
Me abstuve de responder. No era necesario, como tampoco que él me confirmara su orden. Nos miramos ambos con determinación en nuestros semblantes. Sus ansias de justicia y venganza, que llevarían una semana consumiéndole, debían ser aún mayores que las mías. De modo que, aun a riesgo de que posteriormente considerase traicionera mi ambigüedad, le ofrecí esa satisfacción que reclamaba.
– Necesitaré que me acompañe Beldar. ¿Alguien sabe dónde puedo encontrarlo?
– En el viejo granero, mi capitán – respondió uno de los soldados que acompañaban al Conde –. Se fue no hace mucho, nada más despuntar el alba. Decía que quería hacer prácticas allí para honrar a su hermano.
– ¡Ni siquiera un día como hoy puede dejar de pensar con el filo de su espada! – exclamó el Conde. – Más le vale estar presente cuando me traigas al traidor. Recuerda: lo quiero con vida.
– Como deseéis, mi señor.
Me despedí de él respetuosamente. Los cuatro soldados que traía consigo se unieron a los dos que un instante antes habían sido mis vigilantes. Entendí que volvía a ser su capitán a todos los efectos. No volvería a ser tratado como un criminal. Salimos de palacio en completo silencio. No les dije a dónde nos dirigíamos para evitar que alguien pudiera oírnos, pues el asunto requería discreción.
Mis acompañantes caminaban enérgicos y dispuestos. Debían creer que era el líder de los mercenarios a quien apresaríamos. Seguramente, el cardenal Baptiste habría compartido su errónea teoría con el Conde en presencia de los guardias. Al igual que estos, mi señor pensaría también en Vaughan cuando dije que el asesino de Cristian era alguien próximo. Pero todos estaban equivocados, como pronto les demostraría.
Me detuve en la puerta de la posada. Ahí estaba él, como si ya me esperase. Delante de los soldados, le expliqué la situación. Éramos siete, debíamos bastar para capturar a un hombre común, pero no a Beldar. No con vida.
– ¿Necesitas ayuda?
– Tu presencia no haría sino empeorar las cosas. Quiero que su arresto sea lo menos conflictivo que esté en mi mano. Tengo que hablar con él. Logré averiguar el quién, y no gracias a ti. Vargas me ha dado el cómo. Pero aún no alcanzo a comprender el por qué.
– ¿Y crees que te lo dirá?
– En algún momento tendrá que hacerlo. A mí o a su padre.
– No deberías demorarlo. Si no quieres mi apoyo ni puedo decirte más de lo que ya sabes, ¿a qué has venido?
– Te debo una disculpa por haberte creído capaz de asesinar y traicionarme para quedarte con Aelis. Y tú me debes una a mí por ocultarme la verdad. Tengo mis dudas sobre cómo acabaría en un enfrentamiento con Beldar, así que quiero estar preparado para lo peor. Sería bueno hacer las paces por lo que pudiera ocurrir.
– No pensé en ocultártelo hasta que el Conde anunció que te concedía un plazo de siete días. Si lo hubieras sabido entonces te habrías precipitado, y necesitabas ese tiempo para averiguar no sólo que había sido Beldar, también por qué no podía ser nadie más. Si el asesino fuera otro, tal vez el testimonio de Vargas hubiera sido suficiente. Pero tratándose del segundo hijo del Conde...
– Ya me dijo el hispano. Pero sigo sin entender cómo fuiste capaz de mentirme, sobre eso y sobre más cosas.
– No creas que me resultó fácil. Aun sin decírtelo, intenté orientarte varias veces, pero siempre acababas sospechando de cualquiera menos de él. Sin duda, su padre pensaría de la misma forma, por eso dejé que siguieras buscando la respuesta por ti mismo a pesar de todo. Pero te juro por los dioses que nunca quise perjudicarte. En el caso de que finalmente no hubieras logrado encontrar al asesino, Vargas y yo lo habríamos delatado ante todos para evitar tu ejecución. Por fortuna, acerté en no subestimarte.
– Me alegra saber que al menos no lo dejaste al azar. ¿Y en cuanto a Anna-Marine?
– Tan sólo respeté su deseo de mantenerlo en secreto. Es una mujer de gran carácter, espero que tengas la oportunidad de conocerla mejor.
– Protégela bien. Ahora son dos las personas a las que te pido que cuides en mi ausencia.
– Deja de pedir tanto, pequeño hermano. Llegaste a capitán, ganaste una guerra, acabaste con un draugr y has desenmascarado a un vil cobarde sin más ayuda para todo ello que tu propia valía. Te esperarán por siglos en el Valhalla. No tengas prisa en morir hoy.
Hacía varios días que no me llamaba así, «pequeño hermano». Había llegado a echar de menos esas palabras, y también sus elogios cuando el ánimo me flaqueaba. Había sido un honor luchar a su lado durante tantos años, y así se lo hice saber al despedirme de él.
Quizá conmovido por nuestra reconciliación, Frey empezó a derramar algunas lágrimas sobre la ciudad. Cuando mis soldados y yo salimos de la misma, les hablé sin dejar de caminar a pesar de la lluvia.
– Como habréis advertido, vamos al granero. A partir de ahora trataréis al General como si no fuera vuestro superior. Venís conmigo por orden del Conde y estáis a mi cargo. No le obedezcáis en nada de lo que diga, pero procurad no hacerle daño. Lo apresaremos y lo llevaremos ante su padre, este decidirá.
El asombro que habían mostrado mis hombres dio paso al temor. Enfrentarse a su propio general era un asunto serio, más aún tratándose del único heredero que le quedaba al Conde. Pero lo que realmente temían era a la figura de Beldar, que parecía no haber nacido para otra cosa que la batalla. Capturarle vivo sería ardua tarea. Aunque no quise mostrarlo delante de mis subordinados, yo mismo compartía esa inquietud. Sabía que una vez más, en el mismo lugar y a la misma hora que la semana anterior, correría la sangre.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano

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