sábado, 9 de mayo de 2026

Crónicas de Villesainte - Epílogo

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Los soldados que me acompañaron dieron testimonio de lo sucedido, así como Vargas y Vaughan. Por otra parte, Sigberto afirmó conocer a Clodevinta y la confianza de ésta con el padre Evelio, la cual supuso la muerte para ambos. Abatido antes las innegables evidencias, el Conde no tuvo más remedio que creerme y exculparnos tanto a Aelis como a mí.
    A pesar de los crímenes que había cometido en vida, fue deseo del Conde que el cuerpo de Beldar reposara en el panteón familiar junto a su madre y a Cristian, con la esperanza de que se reconciliara con este último en la otra vida. Yo mismo estuve de acuerdo, pues sabía que, si bien la decisión que tomó mi general fue equivocada, no por ello había dejado de amar a su hermano, y estaba seguro de que le pesaba en la conciencia. Por ese mismo motivo, me ofrecí a ser uno de los cargaron con el ataúd, gesto que fue reconocido por el propio cardenal Baptiste.

    Una vez concluido el asunto, acompañé a los Doce de Vaughan hacia el castillo de Covenant para que tomaran su compensación por haber permanecido luchando por Villesainte durante años. Pese a la desaprobación del cardenal, el Conde, heredero de la fortaleza tras la muerte de su tío, emitió a Vaughan un documento acreditándolo como legítimo propietario de la misma. En su fantasmagórico interior no encontramos nada con vida, aquello estaba abandonado. Cámaras de tortura, restos humanos, bidones de sangre corrompida y otros horrores eran cuanto quedaba del legado de su perturbado último ocupante. Encontré, también, un diario redactado por el secretario de Covenant, quien, al parecer, dejó de escribir poco después de la llegada al castillo de un oscuro sacerdote llamado Upir' Likhyi. Pese a que me pareció que aquello podría resultar de interés para el cardenal Baptiste, dejé que ese documento acabara pasto de las llamas, junto con todo lo que Vaughan y sus hombres consideraron excesivo en aquel lugar. Apenas encontraron objetos de valor, de modo que decidieron utilizar el propio castillo para sacar beneficio económico. Ofrecieron a Pierre el posadero y a su mujer la posibilidad de trasladarse allí y habilitar una parte para su negocio, a cambio de que se encargaran de su mantenimiento y compartieran las ganancias. Sus socios no lo dudaron, dejando su antiguo local en manos de Gilsa y Otilia.
    No obstante, fue breve el plazo en que los Doce de Vaughan disfrutaron de su nuevo hogar. Al poco tiempo de instalarse, marcharon hacia Aragón para ofrecer sus espadas al rey Sancho I, como habían prometido a Vargas tras terminar la guerra de Villesainte, llevándose con ellos a Anna-Marine, tal y como era su deseo. Mi amigo me propuso que ejerciera como señor de su castillo mientras estuviera ausente, pero decliné la oferta. Al igual que a Aelis, no me gustaba la idea de permanecer tanto tiempo en aquel lugar que, hasta no mucho antes, había estado maldito, y en vista de las circunstancias decidí complacerla. Acabábamos de descubrir que habíamos sido bendecidos por Freyja, algo que no esperábamos ya, dado el tiempo que estuvimos juntos sin ningún resultado. Poco después del fin de la guerra, el ciclo de Aelis se interrumpió. Dio a luz un hijo varón al que llamamos Helfdane, igual que Padre. Me propuse educarle para hacer de él un mejor hombre que mi progenitor. Convertirle en la imagen y semejanza de lo que debería haber sido.

    La muerte del conde Cristian supuso un golpe para la moral de Villesainte. Al no haber ningún heredero, el aborrecible duque Guillermo tomó posesión de la ciudad. El cardenal Baptiste encontró entonces una oportunidad de imponerse como gobernante, y así lo hizo. Si bien yo había lidiado con su soberbia, consiguiendo finalmente aplacarla, a los villesaintos les tocó sufrir la corrupción del clérigo, para la cual no parecía haber remedio alguno. Su desmesura a la hora de cobrar impuestos obligó a muchos a abandonar sus hogares. Entre éstos estaban las amigas de Aelis, las cuales, tras un breve periodo de prosperidad, volvieron a temer por sus vidas por el simple hecho de amarse. Durante un tiempo, Baptiste no tocó a los habitantes de extramuros, pero cuando empezó a hacerlo decidí abandonar aquello y regresar a Götaland junto con Aelis y el pequeño Helfdane. Tan solo pasamos allí un invierno, pues las noches duran demasiado y eso a ella le inquietaba. Los veranos, en cambio, le resultaron una bendición, pues son realmente escasas las horas de oscuridad.
Aunque medio derruida, encontrar la vieja cabaña de mis padres me hizo desenterrar muchos recuerdos que, con el correr de los años, creía extintos. No sin esfuerzo la reconstruí, y es en ella donde vivimos desde entonces la mayor parte del año. Aelis llevó semillas de su manzano, así como de otros vegetales, para plantarlas allí. La tierra de Götaland no es tan fértil como la de Villesainte, pero entre los dos conseguimos que germinaran. Yo, por mi parte, los meses en que regresamos a Normandía, escribo esta crónica mientras el pequeño Helfdane me observa con fascinación. Quiere aprender a «dibujar las palabras», como él lo llama, y yo quiero enseñarle, tal como el padre Evelio hizo conmigo. Puesto que vendimos la choza y la vieja posada de Pierre acabó cerrando, es en el castillo donde nos alojamos durante nuestras visitas invernales. A pesar de su oscura historia, han conseguido hacer de él un lugar acogedor. Siempre somos aquí bien recibidos por mis hermanos Vaughan y Anna-Marine, y también por las amigas de Aelis.
    Entre otras cosas, Vaughan me habla sobre los musulmanes que encontró en Aragón, a los cuales considera unos adversarios fascinantes, nada que ver con los harapientos y deshonrosos hombres de Covenant. Dice que aquello es sólo una ínfima muestra de una guerra que parece no tener fin. Esas huestes del sur dominan lo que los cristianos llaman «Tierra Santa», y se comenta que el Papa está llamando a los soldados de Cristo para conquistarlas. Los Doce de Vaughan no han decidido aún si participarán o no en esa contienda. En cuanto a Villesainte, soy testigo de cómo ha caído en completa decadencia después de mi partida. El cardenal Baptiste murió asesinado, noticia que ni me extraña ni me causa gran pesadumbre, pero después, poco a poco, la ciudad ha sido abandonada, convertida en un enorme, silencioso y amurallado nido de ratas. No puedo evitar imaginarme al espíritu de Convenant contemplando la imagen y sonriendo, igual que mi viejo amigo y yo habíamos explorado su fortaleza abandonada. Un pensamiento que me llena de pesar e inquietud. Todo aquello por lo que habíamos luchado, por lo que Padre y tantos otros habían dado sus vidas, caerá en el olvido, desapareciendo como si nunca hubiera existido. Es por ello por lo que escribo esta crónica. Para las generaciones venideras, mi hijo y yo mismo, con el propósito de que Villesainte y todo lo que allí aconteció perdure en el tiempo de alguna forma.
    Que este testimonio sirva para evitar que se repitan la locura, la avaricia, el crimen y la desesperanza, los mismos males que azotaron ese pedazo de tierra durante veintinueve largos años, por el que muchos murieron y otros mataron, y que, a pesar de todo el sacrificio, al igual que sucede con los propios hombres tras su paso por el mundo, pronto será nada.

 

FIN

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

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