lunes, 30 de marzo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo IX

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El juego de Covenant había cambiado. Apenas comenzaba el ocaso, cuando su ejército se detuvo ante las puertas de Villesainte. No solo atacaban más temprano que de costumbre, sino que eran mucho más numerosos que la última vez, y que ninguna otra que yo recordara. Allí permanecieron esos malditos, riendo y mofándose de nuestros soldados cada vez que los veían asomarse por encima del muro. Les lanzaban palabras terribles y obscenas sobre lo que pensaban hacerles a sus mujeres y a sus hijos cuando tomaran la ciudad, pero esas provocaciones no pasaba de ahí. Ninguna de las dos partes atacaba. Nuestros enemigos esperarían a que la poca claridad que se filtraba a través de las nubes desapareciera por completo.
    Ya me había enfundado la parte inferior de mi armadura, así como la del tronco, en casa de las amigas de Aelis, donde la dejé con la esperanza de que estuviera a salvo. Para no perder tiempo, fui colocándome la protección de los brazos mientras caminaba entre los soldados dando mis primeras órdenes, aprovechando que estos formaban una fila para recibir la bendición del padre Evelio antes de la batalla. Hugo llevaba las piezas que faltaban por ponerme, entregándomelas conforme se las pedía. Sigberto también me acompañaba, portaba mis armas. Mantenían conmigo la cercanía, pues incluso en ese momento seguían siendo responsables de mi seguridad, y percibía en ellos cierto remanente de lealtad. O tal vez fuera consecuencia del miedo. Estábamos en inferioridad numérica. Según el último recuento, nuestro ejército constaba de dos cientos setenta y tres hombres. En otras ocasiones habíamos salido de los muros para combatir, pero esa vez eran demasiados y necesitábamos de su protección. No obstante, echarían abajo las puertas.
    Anticipándose a mis deseos, Vaughan se había dirigido con sus doce a vigilar el desagüe del muro, con el mortero aún fresco, por si Covenant enviaba un grupo para infiltrarse por ese paso que creían abierto y desprotegido.
    – Quiero una línea de arqueros sobre la entrada – ordené a mis hombres –. Y cargad la catapulta. ¿El portón está cerrado y reforzado?
    – Fue lo primero que hicimos cuando no quedó fuera nadie de los nuestros – contestó Beldar, apareciendo por sorpresa.
    – General. Esperamos sus órdenes.
Cuando estábamos en combate, nos tratábamos formalmente, llamándonos por nuestros rangos. Sobre todo si había soldados delante.
    – El grueso de nuestras tropas defenderá la ciudad desde dentro. Excepto dos grupos de veinte hombres, que se descolgarán del muro desde los laterales evitando ser vistos y cargarán contra las tropas de Covenant por su retaguardia. La señal para ese ataque será el momento en el que consigan derribar la puerta. De esta forma, les distraeremos y disminuiremos el flujo de soldados que penetren en la ciudad, dando una oportunidad a los que sigan en el interior para acabar con ellos conforme vayan pasando.
    Asentí en señal de conformidad. Otras materias se le resistían, pero, en lo relativo a la guerra, no había rival para el general Beldar en toda Villesainte.
– En cualquier caso – prosiguió –, nuestro objetivo principal será dar muerte a Covenant. El capitán organizará uno de los grupos del exterior, yo dirigiré el otro. No le dejaremos escapar.
Me aproximé a él para hablarle en voz baja.
    – General, será una misión muy peligrosa, y vos sois en este momento una figura fundamental. Villesainte no puede arriesgarse a perderos. Dejádmelo a mí y a mis hombres.
    Me retiré, dándole espacio y tiempo para que tomara una decisión. Terminé de ponerme la armadura colocándome el yelmo con la visera levantada, única pieza que me faltaba para estar completamente protegido. Mientras esperaba su respuesta, pensé en la estrategia que seguiría. Vaughan podía llevar a su equipo, ayudándome a dirigir a los dos grupos una vez reunidos en la retaguardia del enemigo. No hice mención a esa idea, pero dadas las características de la misión y sus circunstancias, sabía que Beldar podía figurárselo. Recé a los dioses por que el General dejara a un lado sus rencillas con mi amigo y tomara la decisión correcta. Casi como si nos hubiera oído desde fuera, Covenant forzó las cosas comenzando a golpear con un ariete las puertas de la entrada a la ciudad. Sentimos la agitación entre los soldados asignados a apuntalarla. El tiempo se acababa.
    – Así será. Que el capitán Van Croff tome el mando de la batalla fuera del muro, yo dirigiré la de dentro. Si sobrevivimos lo suficiente, mañana contemplaremos el amanecer más hermoso que jamás hayamos visto, sabedores de que no tendremos que volver a temer a las sombras. Que seremos libres. No os fallaré. No me falléis.
    De nuevo, Beldar conseguía motivar al insuficiente y desgastado ejército de Villesainte. Todos nos pusimos en marcha. Yo seleccionaba a los hombres que me acompañarían a luchar en el exterior cuando vi que allí se encontraban Lucio Vargas y su escudero, ambos preparados también para la batalla.
    – ¡Tú! – me apresuré en exclamar, no fuera a ser que de nuevo se me escapara. – Tú vendrás conmigo. Y, cuando esto haya terminado, hablaremos.
    – Cómo no, Capitán – respondió con extrañeza. No fui capaz de discernir si estaba fingiendo o si realmente ignoraba que le había estado buscando con ahínco, aunque algo le habría dicho su escudero. Junto con mi escolta, ya tenía a cuatro hombres que me seguirían allá donde fuera durante el resto de la noche.
    Ocho soldados debían dirigirse al lado norte del muro, donde se encontraban los Doce de Vaughan, para comunicarles mis órdenes y unirse a ellos. Mientras les asignaba la tarea, Herger, uno de los mercenarios, acudió corriendo a mí casi sin aliento.
    – ¡Capitán! Cinco hombres. Les hemos dado caza. No hemos conseguido que hablaran, tuvimos que matarles de inmediato para evitar que alertasen al resto.
    Pese a que hablaba entrecortadamente y escatimando en palabras, pude entender que habían sorprendido a cinco hombres de Covenant intentando adentrarse en la ciudad por la recién tapada entrada del arroyo.    
    – De modo que la batalla era sólo una distracción… – dije para mí mismo con asombro. Por supuesto que Covenant querría tomar la ciudad, pero la verdadera victoria debía pretenderla desde dentro y no desde fuera. Un grupo tan reducido como el que había enviado a infiltrarse no sería capaz de hacer mucho daño, a no ser que su ataque fuera muy certero. Mientras nuestros soldados estuvieran ocupados resistiendo el ataque de su ejército, esos cinco camparían a sus anchas. Con toda probabilidad, para asesinar al Conde. Así, aunque el Barón perdiera, habría ganado igualmente.
    – Qué serpiente más astuta… – volví a susurrar. Herger no podría oírme a causa del ruido, pues me pidió que repitiera lo que acababa de decir. En lugar de eso, le pedí que hiciera venir a Vaughan para plantear una nueva estrategia. Lo mismo hice con uno de mis soldados, ordenándole que avisara al General. Si nuestro enemigo pretendía cogernos desprevenidos, así lo haríamos también nosotros.

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

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