domingo, 26 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XVIII

0


Menos de un día era el tiempo del que disponía para encontrar al asesino. A la mañana siguiente, tendría que comparecer ante el Conde, si ese acuerdo no había expirado tras los últimos acontecimientos. Debía visitarlo antes aun, tan pronto como fuera posible, para que comprobara que no me había dado a la fuga, presentarle mis disculpas por lo sucedido y asegurarme de que el plazo hasta la mañana del domingo seguía en vigor. Pero al mismo tiempo, consideré prudente esperar a que pasara, al menos, la hora del almuerzo, cuando los estómagos saciados ayudaran a calmar los ánimos.
    Poco después de que Aelis y yo comiéramos ocultos en la torre, apareció por allí Eduardo a lomos de un caballo y sujetando a otro de las riendas. Sabía que no le gustaría la idea, pero tuve que explicarle a Aelis que debía dejarla sola una última vez. El refugio en el que habíamos convertido la torre de vigilancia era para protegerla a ella, no a mí. Había llegado el momento de dirigirme a palacio. Le dije también que no tardaría demasiado, una promesa que tenía intención de cumplir, pero no sabía si estaría en mis posibilidades. Aunque evité mencionar el asunto delante de ella, previamente había dado indicaciones a Eduardo de que, si para el amanecer del día siguiente no tenían noticias mías, le ordenara de mi parte montar a Glissant y abandonar Villesainte. Para ocultar mis inquietudes, cambié a un asunto algo menos serio y aproveché que tenía delante a uno de los Once de Vaughan para preguntarle por algo en lo que no había podido dejar de pensar ni siquiera durante el almuerzo.
    – Esta mañana conté trece mercenarios. Seis soldados impostores frente a la hoguera y otros cuatro sobre la compuerta de la ciudad. Luego el arquero oculto, seguramente Gato, Herger que preparaba este escondite de mientras, y el propio Vaughan a las riendas del carro. Trece en total. ¿Tenéis alguna nueva incorporación? ¿Al fin habéis admitido a Anna-Marine en vuestro grupo?
    Eduardo esbozó una leve sonrisa. La primera que le vi desde la pérdida de su hijo adoptivo.
    – Vaughan sabía que tocarías el tema. Tenemos a uno nuevo, sí. Alguien de confianza. Pero no es ella la única que cumple ese requisito.
    Por orden de su jefe me fue imposible sacarle más. Tampoco era de gran importancia en ese momento. Así que, tras despedirme de Aelis de la forma más tranquilizadora en que me fue posible, mis escoltas y yo nos dirigimos a palacio, a lomos de los dos caballos que nos había llevado Eduardo.
    Imaginaba al cardenal Baptiste más furioso que nunca, oponiéndose enérgicamente a dejarme marchar si no revelaba el paradero de la condenada. Pero nada más llegar, tuve la sensación de que la visita no iría pareja a mis expectativas. Magullado por los golpes que le propiné en la mañana, el aspecto del clérigo era ciertamente lamentable. Se le veía abatido. Debía haber pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien le había puesto en su sitio. Lejos de malmeter en mi contra como era en él costumbre, apenas habló tras mi aparición allí, así que pude conversar con el Conde sin sus incómodas intromisiones. El talente de mi señor también fue más sosegado de lo que cabía esperar. Me preocupaba que, tras lo sucedido, considerase una ofensa mi regreso, presentándose ante él como si no temiera las consecuencias. Pero, lejos de eso, parecía conmovido por lo que definió como un gesto de gran valor. Aproveché no sólo para disculparme, también para convencerle de la inocencia de Aelis. Era mi principal prioridad, de lo demás ya me encargaría yo durante el poco tiempo que me quedara.
    – Si le hubiera notado el menor indicio de sumisión hacia Covenant y, por consecuencia, de traición a Villesainte y a mí, a estas alturas de la semana no me habría costado tanto entregarla como al principio de la misma. Lo que me ha movido esta mañana no ha sido sólo mis sentimientos hacia ella, también la certeza de que es inocente. De lo contrario, yo sería el primero en percatarse y el que más lo sufriría.
     – Eres el capitán más rebelde de toda Normandía – me respondió el Conde –, pero tu padre estaría orgulloso. Sé que mañana me darás lo que quiero o afrontarás las consecuencias sin bajar la vista.
    – Mañana acabará todo, de un modo u otro. Os proporcionaré esa satisfacción que tanto anheláis, tenéis mi palabra.
    Tras la conversación nos despedimos cordialmente, sabiendo que era más que probable que, la próxima vez que nos viéramos, tendría que tratarme como a un criminal. Percibí en sus ojos el impulso de abrazarme. Dada su amistad con Padre y los muchos años que había estado a su servicio, debía considerarme poco menos que un sobrino, por lo que su aprecio hacia mí iría en ese sentido, como también sucedía por mi parte. No obstante, pareció contenerse, limitando su mano a un par de afectuosas palmadas en la espalda. Tal vez por el resquicio de duda que le quedara sobre mi implicación en la muerte de su hijo, o tal vez por miedo a verse superado por los sentimientos si al día siguiente no le quedaba más opción que la de mandarme ejecutar.
    También me despedí de Baptiste. Dado su favorable cambio de actitud, hice lo que pude por reconciliarme con él.
    – Muerto el padre Evelio, ahora sois vos el único clérigo del condado. Villesainte necesita de un guía espiritual que obre con moral y justicia, eso excluye torturar y matar a gente inocente. Os he librado en dos ocasiones de cometer tales errores. ¿Seréis capaz de evitarlo sin mi ayuda a partir de ahora?
    – Cuando uno persigue demonios durante demasiado tiempo, acaba viéndolos donde no los hay. Espero que me ayudéis mañana por tercera y última vez. De ahí en adelante, sí, intentaré valerme por mí mismo.
    Ninguno de los dos dijo más, pero era suficiente. De camino a la salida, pasé junto a Beldar, quien se mostró agradecido por mis años de lealtad y servicio. Al igual que su padre, se mostraba esquivo al expresar los sentimientos. No quise forzarle a ello y nos limitamos a despedirnos llamándonos por nuestros rangos militares, como solíamos hacer cuando había subordinados cerca.
    El General sabía que Aelis y yo nos escondíamos en algún lugar de la zona, así que dio orden de que nadie, salvo mis escoltas, me siguiera al salir de palacio. Aun así, Hugo, Sigberto y yo cabalgamos todo lo rápido que pudimos. Para despistar a quien pudiera estar atento a nuestro rumbo, una vez fuera de la ciudad preferí dirigirme a la choza y esperar allí el ocaso antes de volver con Aelis a la torre de vigilancia. A lo largo de los años en que duró la guerra, nos habíamos acostumbrado a temer a las sombras. A verlas como una amenaza. Esa noche las usaríamos para protegernos. Aunque, ciertamente, tan sólo estaba retrasando lo inevitable.

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

0 críticas :

Publicar un comentario