sábado, 11 de abril de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XIII

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Pese a que hasta ese momento había procurado contener a mi lengua, el resentimiento y la bebida me llevaron a desatarla sin temer las consecuencias. Bastante había soportado ya a lo largo de la semana, y lo peor estaba aún por llegar.
– Más os vale ser puro y tener la conciencia limpia, como ese hombre santo cuya fe afirmáis predicar. Pienso destapar cada mala acción que se cometa a escondidas en esta ciudad. Nadie, por muy alta que sea su posición, va a estar a salvo de la verdad. Nos veremos el domingo.
    Debí sonar amenazante, pues mi respuesta dejó mundo al cardenal. Hubiera sido honesto diciéndome lo que pensaba o simplemente estuviera tratando de embaucarme, sabía que disfrutaba con el sufrimiento que había despertado en mi interior. No obstante, marchó sin decir nada. A muy alto precio, por fin había conseguido deshacerme de él para el resto de la noche.
    Mi primera intención entonces fue acudir directamente a Vaughan, pero pude imaginar al clérigo siguiéndome con la mirada, satisfecho de sí mismo. Mientras caminaba encontré a Beldar, quien no parecía mucho más entusiasmado que yo.
    – ¿Cómo ha ido? – le pregunté. No hizo falta que le aclarase a qué me refería.
    – Esa mujer no me ha traído más que mala suerte. Voy a tener que dejarla.
    – No sé si Baptiste ha bebido o no, pero esta noche está más hablador que de costumbre. Sé prudente, no me extrañaría que se lo hubiera contado todo a tu padre.
    – Es un maldito entrometido. Olvidémonos de él. Brindemos.
    Buscó una copa de vino para él y yo hice que rellenaran la mía. Después, Beldar subió a un taburete y alzó su bebida. Todo el mundo calló.
    – A los villesaintos. A mis compañeros de batalla, los únicos hermanos que me quedan. Un brindis por los que cayeron. Por nosotros. Por la vida. ¡Por la victoria!
    – ¡Por la victoria! – exclamaron todos antes de chocar sus copas y jarras. Beldar y yo hicimos lo propio. La rabia, la insatisfacción y un cúmulo de emociones que ni siquiera yo mismo sabía describir me llevaron a beber demasiado rápido, casi de un trago. Empezaba a sentirme mareado. Me alegré de que el cardenal supiera que estaba celebrando con el General en lugar de haber ido a interrogar a mi viejo amigo, pero una vez se retomaron las conversaciones interrumpidas por el brindis, me despedí de Beldar.
Tras avanzar unos pasos que se me hicieron interminables, llegué hasta Vaughan. Era como si ya me esperase. Como si supiera de antemano que algo no iba bien.
    – ¿Qué tal la velada, “hermano”? – le dije en un tono recriminatorio que no debió costarle percibir.
    – ¿Y tú? Te veo alterado. Deberías disfrutar, es tu noche.
    – Cierto, debería, si no fuera por las cosas que he oído.
    Vaughan se aproximó para hablarme en voz baja. Mostraba cierta preocupación.
    – Maldito insensato. ¡Estás borracho!
    – Lo suficientemente sobrio para reconocer una traición.
    – ¿A qué te refieres?
    – Podrías al menos tener el valor de reconocerlo.
    – No es momento. Dejémoslo para cuando nadie nos oiga.
    – De modo que realmente hay algo que ocultar. Desearía estar equivocado, te lo juro por los dioses.
    – ¿Te has vuelto loco?
    – Tus esfuerzos por fingir no hacen más que ofenderme.
    – Dejemos pasar la noche. Mañana iré a verte y te lo cuento todo.
    – ¿De verdad esperas que confíe en ti después de lo que has hecho?
    – Tenía mis motivos. Mañana hablaremos, te doy mi palabra. Pero no aquí.
    – ¡Ya sé cuáles son esos motivos! Querías que yo desapareciera para que ella buscara consuelo en ti. Por no mencionar otros, aún más oscuros y mezquinos.
    Debió ser un golpe certero, pues Vaughan dejó de contenerse y se mostró tan furioso como yo.
    – ¿Que ella buscara consuelo en mí? ¿Crees que quiero arrebatarte a Aelis? ¡Qué poco me conoces! ¿Cuántas veces me has preguntado si hay algo entre Anna-Marine y yo?
    – ¿Y cuántas veces lo has negado? Por eso tu informante no me soporta. Fui yo quien te presentó a Aelis, a la que considera su rival. Tienes razón, creía que te conocía bien.
    – ¿Cómo puedes verme capaz de algo semejante? Somos amigos desde antes de que aprendiéramos a hablar.
    – Y por eso mismo no te entregaré al Conde sin haberte dado antes ventaja para que puedas huir. Pero tranquilo, no será esta noche. Disfruta de tus últimas horas en Villesainte.
– ¡Después de todo lo que he hecho por ti y por esta ciudad!
    Al oírnos discutir, Aelis se aproximó a nosotros.
    – Nos vamos – le dije agarrándola de la mano. Confundida y contrariada, intentó despedirse apresuradamente de los presentes mientras yo tiraba de ella. Oí lo que Vaughan le respondía:
    – Por favor, asegúrate de que no siga bebiendo. Maldito insensato…

    Durante el camino de regreso no dijimos nada. Aelis parecía molesta conmigo por esa situación que no entendería y que yo no quería explicarle. «No es momento.» «Mañana te lo cuento todo.» «Tenía mis motivos.» No podían haberme dolido más esas palabras aunque a cada sílaba la hubiera acompañado un latigazo. En conjunto con lo último que había dicho Covenant antes de morir, no había mucho margen para la duda.
     Cuando llegamos a la choza, Aelis y yo nos tendimos en la oscuridad, en completo silencio. Fui incapaz de dormir a pesar del cansancio. El odio y la bebida en mi estómago no se extinguían, haciéndome sentir como si dentro de mi cabeza retumbaran los martillazos de una fragua. Odiaba a Vaughan, al cardenal Baptiste y a mí mismo. Odiaba incluso a Covenant, a pesar de estar muerto, y me alegré de que su cabeza estuviera clavada en una lanza, convertida en un nido de moscas. Tuve la impresión de poder oír el zumbido de sus alas en el silencio de la noche. Aelis era lo único puro y verdadero que me quedaba, lo único por lo que merecía la pena morir o vivir. Ni siquiera podía confiar en los dioses, quienes habían mostrado un cruel sentido del humor al tejer mi destino.
    Finalmente caí, presa del agotamiento. Cuando desperté, descubrí que la claridad se hacía cada vez más evidente, sepultando a las estrellas del firmamento. Me había ausentado del velatorio por los caídos tras la disputa con Vaughan, pero no debía perderme el entierro. Tampoco quería dejar sola a Aelis, de modo que la besé para que ella también despertara. Me alivió sentir cómo me devolvió el beso.
    – ¿Vuelves a ser tú o sigue aquí ese loco ebrio que ocupó tu lugar? – me preguntó, aún adormilada.
    – Ni una cosa, ni la otra.
    – Eso dice tu aliento.
    – Mi actitud anoche fue deplorable. Entenderé si te cuesta perdonarme.
    – Tal vez lo considere cuando te hayas enjuagado la boca.
    – Me enjuagaré después de que te hayas levantado.
    Ambos cumplimos nuestra parte del trato y nos dirigimos con premura al lugar donde se celebraba el entierro. Ya habían colocado los cadáveres en sus respectivas tumbas, sólo faltaba cubrirlos de tierra. El padre Evelio recitaba unos versos de la Biblia cuando llegamos.
Aelis fue a consolar a Elfrida, a quien, pese a haber llorado todo el día anterior, aún parecían quedarle algunas lágrimas por derramar frente a la tumba de Tadeo. Yo me acerqué al herrero Yeray y su familia para darles mis condolencias. Muchos otros estaban presentes, aunque no tantos como los que habían acudido a la celebración. Como era de esperar, no faltaron las principales figuras de Villesainte: el Conde Cristian, su hijo el General, y su sombra el cardenal Baptiste. En el otro extremo se encontraban los Once de Vaughan, mostrando sus respetos al difunto Ludovico y a los demás caídos. El líder del grupo fingió no verme cuando llegué; yo hice lo mismo. Incluso el padre Evelio, aun sin interrumpir su la oración, pudo darse cuenta de nuestro mutuo desdén. Cuando finalizó el ritual, mi viejo maestro y consejero me pidió que me acercara llamándome, como era costumbre, «muchacho».
    – Hace ya algunos años que dejé de ser eso.
    – Es el pesar lo que gasta la juventud, no el tiempo.
    – Más a mi favor, entonces.
    – ¿Qué ha sucedido entre tu hermano y tú?
    Me aseguré de que nadie nos escuchara y bajé la voz.
– Me temo que es largo de contar, padre. Y peligroso. Esta tarde pasaré por tu capilla, me he citado allí con el hispano. Puedo acudir un poco antes y hablarte de ello mientras le espero.
– Sí, creo que será bueno. Yo también quería hablar contigo. Hasta entonces, hazme el favor de no reñir con tu hermano. Os conocéis desde niños, no me gusta veros enemistados.
– Ojalá fuera tan sencillo. Lo intentaré.
    Aelis volvió a mi lado para saludarlo. De habérsenos permitido nuestra unión, a los tres nos habría complacido que fuera él quien la oficiase. No hablamos mucho más, pues dos soldados se nos acercaron también. Eran la misma pareja que me había estado vigilando el lunes, durante el entierro de Cristian. El respiro que me concedió el Conde había llegado a su fin. A ojos de todos, volvían a ser Van Croff el criminal. Aunque esperaba que fuera por poco tiempo.

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