La luz era tenue, procedente de una única vela encendida. Las sombras bailaban a mi alrededor con el temblor de la llama. Una figura, en cambio, se mantenía inmóvil, sentada en un taburete, a los pies de la cama sobre la que desperté. Era Vaughan. Supe entonces que me encontraba en la posada. A través de una ventana, vi que en el exterior había anochecido ya, y llovía. Me apresuré en incorporarme, pese a que aún no me había recuperado.
– Tú… ¿Qué has hecho?
– Sé que no me creerás, pero ha sido por tu bien. Ibas a conseguir que os mataran a los dos. Te he traído aquí para que no sufras enfriamiento, necesitarás fuerzas para lo que está por llegar.
– ¡¿Qué has hecho?!
– Cállate o tus malditos escoltas se enterarán de que has despertado y vendrán a meter sus narices.
– ¿Que me calle? ¡Van a matarla por tu culpa!
Tal y como predijo Vaughan, los dos soldados entraron en la habitación. Opté demasiado tarde por guardar silencio y reflexionar. Era cierto que mi plan de huida, fruto de la desesperación, tenía pocas probabilidades de éxito. Pero en ese momento no era capaz de disculparme ni de agradecer su gesto. No cuando él mismo había provocado esa situación, permitiendo luego que se la llevaran. Si la condena a muerte de Aelis era su forma de demostrarme que no quería deshacerse de mí para quedarse con ella, Vaughan estaba más perturbado de lo que imaginaba. Me resistí a creer que fuera así. Lo más que deseaba después de salvarla era estar equivocado respecto a él, pero esa esperanza se disipaba al recordar la conversación que habíamos tenido la noche anterior. Me levanté, furioso. Encontré mis botas junto a la cama.
– Iré a ver al Conde – dije, más a los soldados que a Vaughan. Fueron las últimas palabras que pronuncié antes de salir de allí.
Atravesé la lluvia hasta llegar a palacio. Me alegré de que a mis escoltas les resultara molesto seguirme. A pesar de que el Conde, Beldar y el cardenal estaban cenando, seguía siendo el Capitán, de modo que los guardias no pudieron negarme el paso. Insistí en hablar a solas con el Conde. Este se disculpó ante los otros dos comensales y abandonó la mesa. También ordenó a sus hombres que mantuvieran la distancia para que nuestra conversación fuera privada.
– Te comprendo muy bien, Van Croff. Sé lo doloroso que es perder a un ser querido. Pero esta vez no puedo ofrecerte ninguna alternativa.
– Mi señor, la acusación es absurda. ¿Cómo iba ella a poder llegar hasta la capilla, matar al padre Evelio y regresar al mismo tiempo que mi escolta y yo nos dirigíamos allí? Sin ser vista, además, por nadie. Ni siquiera por alguno de nosotros.
– Del mismo modo en el que el hombre enviado por mi tío para matar a Beldar pudo esquivar a tantos guardias antes de huir.
– Ella nunca ha pertenecido a Covenant.
– Estaban en su poder la cabeza y el arma con que esta fue cortada.
– Alguien las colocaría en su cesta.
– Eso puedo creérmelo una vez, no dos.
– ¿A qué os referís?
– No sólo se le acusa de la muerte del padre Evelio.
Con asombro y horror a partes iguales, comprendí lo que quería decirme.
– ¿De verdad pensáis que una sola mujer podría sacar fuerzas para asesinar a cuatro hombres, tres de ellos adiestrados en las armas?
– ¿Quién despertó antes la mañana del domingo? ¿Tú o ella?
– Fue ella quien me alertó. Su sueño es muy ligero y el caballo estaba agitado.
– Según dices, el asesino portaba tu armadura. ¿Cómo explicas que se agitara cuando la devolvió a su lugar pero no cuando la sustrajo?
Para aquello me quedé sin respuesta, aunque sabía perfectamente que no tenía por qué significar nada. En lugar de responder a su cuestión, le dije lo único que sabía con certeza.
– Ella no puede ser una esclava de Covenant. No se ha separado de mí ni un solo día durante años y sus padres murieron por culpa de él, directa o indirectamente.
– ¿Qué edad tenía ella cuando la conociste?
– Quince años, mi señor.
– Tiempo más que suficiente. Pero tienes razón, puede que no fuera una esclava de mi tío. Puede que simplemente ayudara a alguien.
– Eso lo averiguaremos mañana – importunó a mi espalda el cardenal Baptiste –, cuando le extraigamos su confesión. Suplicará por el perdón de su alma.
Tuve que contener mi furia para no golpearle hasta quedar con los nudillos en carne viva. Me aproximé al clérigo, obligándole a paladear mi aliento.
– Os hice una advertencia anoche, cuando aún me quedaba algo que perder. Ahora os hago otra muy distinta. Como volváis siquiera a insinuar que pretendéis torturarla, juro por los dioses que mataros será lo último que haga. Es una insensatez provocar a un hombre desesperado.
El clérigo no volvió a abrir la boca. Yo, por mi parte, lo ignoré como debería haber hecho desde el principio, y me dirigí de nuevo al Conde. Aún me quedaba algo por intentar.
– Mi señor. Si ahora es ella la sospechosa y no yo, os ruego que, al menos, me despojéis de la vigilancia a la que estoy sometido. Al fin y al cabo, ayer pude haber huido y no lo hice. Eso debería serviros como muestra de mi entrega y obediencia.
– No dudo de ti, Van Croff. Pero en este momento y tal como están las cosas, no es posible. Créeme que lo lamento.
Estaba claro que de aquella conversación no iba a sacar nada de provecho, y mucho menos estando presente el cardenal. Me despedí del Conde todo lo respetuosamente que pude y me dirigí a la salida. Por el camino encontré a Beldar, quien llevaba una prenda arrugada en la mano.
– Capitán, fuera está diluviando. Ya que no puedo hacer otra cosa por ayudaros, al menos quisiera obsequiaros con esta capucha para que os proteja. Es mía, así que probablemente os esté grande. Pero os aseguro que, gracias a su tela gruesa, llegaréis completamente seco a vuestro destino.
Además de su trato formal, desconcertante para la circunstancia en que nos encontrábamos, percibí en él una mirada de complicidad. Cogí la capucha.
– Gracias, mi general.
– Y otra cosa. He dado orden a los guardias para que os permitan visitar a la prisionera en privado durante toda la noche.
– Sois muy amable, mi general. De nuevo, gratitud.
Me puse la capucha y salí al exterior. Mis escoltas volvían a mojarse. Yo, en menor medida, también. La prenda que me había dado Beldar no era tan buena como decía. Entendí entonces que su verdadero regalo era otro. Gracias a él, al menos tenía una oportunidad de salvar a Aelis. Esa vez pude tomarme mi tiempo para trazar un plan.
A medida que caminaba bajo la lluvia, me fui encorvando gradualmente para fingir que mi estatura era menor. No hablé durante todo el trayecto a la prisión y oculté mi rostro. Únicamente me retiré la capucha al presentarme ante los guardias, para identificarme y demostrarles que iba desarmado. Después afirmé sufrir enfriamiento y volví a llevarla incluso dentro del calabozo. Un vigilante me acompañó hasta la celda en la que Aelis se encontraba prisionera. Abrió la puerta y me dejó entrar, volviendo a cerrarla con llave tras mi paso. Los escoltas quedaron fuera. Tal y como les había ordenado su general, todos se retiraron y nos dejaron a solas.
Aelis estaba acurrucada en el suelo, tendida sobre una manta. Nunca la había visto así. Ensimismada, como si no se hubiera percatado de mi presencia, aunque era imposible que no me hubiera oído entrar. Me acerqué despacio para no asustarla. Miré sus manos; cerraba los puños con fuerza. No me dio tiempo de decirle nada cuando se giró hacia mí al tiempo que se levantaba rápidamente, asestándome varios golpes en la cara. Debía estar confundiéndome con algún indeseable que pretendía abusar de una condenada a muerte. Cuando me despojé de la capucha y dejé que me viera, su expresión cambió drásticamente. Me abrazó y me besó mientras se deshacía en disculpas.
– ¿Te han hecho daño?
– No se han atrevido.
– El cardenal quiere arrancarte una confesión, pero no voy a permitir que eso pase. He venido a sacarte de aquí.
Por un momento, me miró con el rostro iluminado.
– ¿Vamos a huir? Abandonémoslo todo. Vámonos a donde nunca nos encuentren.
– Escúchame con atención – la interrumpí –. Vas a ponerte esta capucha y fingir que eres yo. No hables ni te expongas en ningún momento, ni siquiera les dejes ver tus manos. No hagas nada que te delate. Mis escoltas te acompañarán hasta la choza. Allí permanecerás mientras ellos quedan fuera y buscarás el momento adecuado para huir. Pero debe ser antes de que amanezca. Si es necesario usa tu espada, pero asegúrate de que no vuelvan a capturarte y de que nadie en la ciudad sepa dónde estás. No vayas a casa de Gilsa y Otilia, seguramente te busquen allí. Dirígete a la herrería de Yeray y pídele refugio. Dile que es mi último deseo.
– ¿Y qué pasará contigo?
– Yo me quedaré aquí. Me ocultaré y fingiré que ser tú. Para cuando descubran el cambio ya será por la mañana y tú estarás fuera de su alcance.
– Pero te matarán.
– No hasta el domingo, con suerte.
– Entonces no acudiré al herrero, sino a Vaughan. Él me ayudará a rescatarte.
– Ya no podemos confiar en él, es peligroso. ¿Viste que me atacó cuando me disponía a librarte de los guardias? Estamos solos.
Dos cascadas de lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Sus labios temblaban.
– Pero, amor. Aunque consiguiera hacer lo que dices, ¿qué vida me esperaría sabiendo que he huido para que mueras en mi lugar?
– ¿Qué vida crees que me espera a mí después de contemplar cómo te queman viva, sabiendo que tuve en mis manos la oportunidad de salvarte de ese horror y no la aproveché?
– Sé que soy fuerte, pero tú lo eres más. Durante un tiempo te hundirás y llorarás mi muerte, luego te recuperarás y buscarás venganza. Cuando te la hayas cobrado, serás un hombre proscrito aquí, pero podrás regresar a tu tierra y empezar una nueva vida. Tal vez con otra mujer.
– No es eso lo que quiero. Nunca habrá otra.
– Lo que los dos queremos ya no es posible. Seguramente nunca lo fue.
Me quedé sin palabras. Era cierto que nuestro amor había sufrido trabas desde prácticamente su inicio. Hizo falta mucho tiempo, demasiado, hasta que sus progenitores acabaron aceptándome, pues sabían quién era yo y no me consideraban buen partido para su hija. Dada mi condición de soldado, pensaban que acabaría abandonándola en cuanto terminara la guerra, o que moriría pronto. Luego, como una losa, nos cayó encima la prohibición del cardenal Baptiste para contraer matrimonio. Tal vez a causa de los temores que nos asaltaban, fruto de la inestable situación de la ciudad, todos nuestros intentos por concebir habían sido en vano. Como colofón, parecía que estábamos destinados a que uno de los dos no llegara con vida al final de la semana. Tenía razón. Lo nuestro había sido un sueño hermoso pero imposible. Reconocerlo resultaba demasiado duro para lo que podía soportar en ese momento. Quería mantenerme firme para, al menos, insuflarle valor, pero ni siquiera de eso fui capaz. Acabé bajando la cabeza y sollozando.
– Nuestra vida juntos se reduce a esta noche – me susurró ella con voz calmada –, y no quiero pasarla entre lágrimas.
Me secó las mejillas con sus manos. Después me miró de forma reconfortante, casi sonriendo, y me besó. Nos besamos. Moriría al día siguiente. La arrancarían de mis brazos o sería yo el que caería intentando impedirlo. O ambos. Pero esa noche era nuestra. Ella era mía y yo era suyo. Nos tendimos sobre la manta, revolviéndonos. Nos despojamos de nuestras ropas y nos vestimos el uno con el otro. Al igual que en la batalla, decidí no pensar en el después, sólo vivir el instante. Una parte de mí se sentía agradecida por tener la ocasión de compartir ese momento sabiendo que sería el último, de saborearlo con la intensidad que merecía. Cuando la pasión acabó, nos cobijamos bajo la ropa. Abrazados como si durmiéramos, con los ojos abiertos. Sin hablar, sólo disfrutando de ambos del calor que el otro desprendía.
Fueron muchos los pensamientos que me asaltaron en ese momento de aparente tranquilidad. De haber sabido que por mi culpa acabaría muerta, jamás me habría acercado a ella. Volvió a mi memoria la desconfianza que sus padres mostraban hacia mí al principio. El momento en el que empezó a cambiar fue después de que las valquirias se llevaran a Padre y yo acabara bajo la tutela de Evelio. Pocos días antes de morir, la madre de Aelis me confesó que había llegado a quererme como a un segundo hijo y me pidió que cuidara de ella cuando faltara. Por eso no podía permitir que la mataran. La culpa acabaría también conmigo. Si el intercambio no era posible, no debía perder el tiempo, sino buscar otra estrategia. Pensé entonces en delatar a Vaughan y entregarle. Su traición había sido tal que ni siquiera le pondría sobre aviso, como dije que haría. Había tenido más tiempo del que merecía, si no lo había aprovechado era cosa suya.
Me levanté. Prometí a Aelis que la sacaría de allí; a ambos. No me creía, de modo que me hizo jurárselo mientras nos vestíamos. Llamé a los guardias para que me dejaran salir y mis escoltas me acompañaron. No quise despedirme de ella. Dejé la capucha en la celda, pues mojaba más que resguardar.
Las calles estaban vacías, nada se escuchaba en toda la ciudad salvo el sonido de miles de gotas chocando contra el empedrado y los tejados. Me extrañé al sentir a mi espalda dos golpes secos y algo parecido a un chapoteo. Me volví. Los dos guardias que me vigilaban yacían sobre un charco de agua. No parecían muertos, los habían dejado inconscientes del mismo modo que a mí esa misma tarde. Tras ellos, vi a Vaughan en pie junto a Gato, el más letal de sus hombres. ¿Conocía mis intenciones y se había anticipado? ¿Había decidido ir a por mí en el momento más vulnerable? Si ese era su plan, se equivocaba. Ataqué con todas mis fuerzas al que hasta un día antes había sido mi hermano. Su secuaz me interceptó, tirándome al suelo. Sorprendentemente, no me había hecho tanto daño como podía parecer. Volví a levantarme y repetí la acción con similar resultado. Gato me golpeó con su rodilla en el pecho para asegurarse de que no hubiera más intentos. Esa vez, durante un instante sentí que no podía respirar, no sabía si a causa del golpe o por desasosiego, como después de haber decapitado a Covenant. La idea de faltar a las promesas que hice a la madre de Aelis y a ella misma me aterraba. Sentí como si Padre estuviera observándome no desde Valhalla, sino allí mismo, lamentándose por mi fracaso. Me incorporé mientras recuperaba el aliento, pero no tenía fuerzas ni para levantarme. Lo más a que alcanzaba era a ponerme de rodillas. Así lo hice. Por primera vez en mi vida, había dejado que mi propio miedo me derrotase. Lo había perdido todo.
– Termina – dije a Vaughan con dificultad –. Era lo que querías, ¿no?
Vaughan no pronunció palabra. Ni siquiera hizo un gesto con el que ordenar a Gato que desenfundara su fina espada y acabara con lo poco que quedaba de mí. Sólo permanecía ahí, impasible, mirándome.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano

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