A pesar de la promesa que le hice a Aelis la noche antes, pude ver en sus ojos cómo se preparaba para afrontar el fin. Sentí el llanto de sus amigas y la conmoción de gran parte de los presentes. Pero el vocerío se detuvo de repente. Una certera se clavó en la parte trasera del poste en que se encontraba la condenada, cortando parcialmente su atadura. Aproveché esa distracción para subir al entablado sin que nadie me lo impidiera y golpear con saña al cardenal Baptiste, algo que llevaba tiempo deseando hacer. Hubiera disfrutando plenamente con ello si no fuera porque Aelis aún seguía en peligro. El clérigo cayó sobre la madera. Un pico de su hábito fue alcanzado por las llamas y se prendió. Tuve que hacer frente también al verdugo, que me atacaba con un leño ardiente. Mientras, aunque el oculto arquero seguía disparando, las cuerdas todavía inmovilizaban a la condenada. El fuego casi le tocaba los pies. Los seis soldados a ras de suelo subieron para rodearme. El verdugo se retiró entonces y ayudó al cardenal, que se había incorporado intentando apagar su atuendo en llamas.
– ¡Aelis, salta! – grité. Una última flecha terminó de cercenar su atadura, liberándola por completo. Tal como le dije, se impulsó para pasar por encima de la hoguera sin tocarla, cayendo en mis brazos.
– ¡Matadlos a ambos! – ordenó el encolerizado cardenal tras volver a ponerse en pie, revelando su verdadero carácter ante todos los villesaintos. Los soldados desenvainaron sus armas, pero desobedecieron la orden del clérigo. En lugar de eso, bajaron con nosotros del entablado y nos ayudaron a abrirnos paso entre la multitud sin demasiada dificultad. La gente había acudido a la plaza con ganas de espectáculo, y un espectáculo era en lo que se habían convertido el juicio y la ejecución frustrada. Hugo y Sigberto nos seguían, aunque no parecía que terminaran de entender lo que estaba sucediendo. Otros soldados intentaban llegar a nosotros para detenernos, pero el carro en el que llevaron a la condenada hasta la plaza nos estaba esperando con un cochero diferente al que había momentos antes. Los seis soldados nos ayudaron a subir a los cuatro; Hugo, Sigberto, Aelis y yo. Después, se desperdigaron entre la multitud. El nuevo cochero de rostro oculto tiró de las riendas y los caballos se pusieron en marcha. Me volví hacia Aelis, que no lograba salir de de su asombro. Una parte de ella parecía seguir atada en la hoguera, asumiendo que ese sería su final.
– Te prometí que nos sacaría a ambos de esta.
– Eso aún está por ver.
– Volvemos a ser libres y estamos juntos. Es un buen comienzo.
Le sonreí, consiguiendo que ella me devolviera un gesto similar. Ciertamente, teníamos motivos para sentir alegría. Aún no estábamos a salvo, pero todo transcurría según el plan, o casi todo. Hugo y Sigberto desenvainaron, apuntándome con sus espadas.
– ¿Qué es esto? – les pregunté.
– No podemos permitir que huyáis, capitán – respondió Hugo.
– Ni falta que hace. No saldremos de los dominios de Villesainte.
Aelis se mostró extrañada ante mis palabras, pero no era momento de dar explicaciones. Algo más apremiante acaparaba mi atención. Una improvisada caballería nos perseguía a través de las calles de la ciudad. Si alguien caía del carro, ya fuera uno de mis escoltas o cualquiera de nosotros, moriría aplastado bajo los cascos de los caballos. No quería que eso ocurriera, así que procuré moverme lo menos posible. Sin embargo, un soldado saltó desde algún edificio y cayó sobre mí, derribándome. Ante la inacción de Hugo y Sigberto, Aelis me ayudó atacando con fiereza a ese hombre, quien la apartó de un empujón, casi tirándola del carruaje. Aproveché el instante en que me soltó para devolverle los golpes que me había propinado. Lo arrojé por un lateral para que estuviera a salvo de los caballos que nos perseguían, aunque no estaba seguro de que mereciera esa preocupación por mi parte. Sus compañeros lo esquivaron y apretaron el ritmo. Si seguían así, acabarían alcanzándonos. Dentro de la ciudad, los jinetes carecían de espacio para rodearnos. En campo abierto sería distinto, y estábamos a punto de llegar a las puertas. Sobre estas, en el adarve, cuatro soldados sostenían un tronco procedente de las obras de reparación. Esperaron a que el carro saliera y, una vez pasamos, arrojaron el madero desde lo alto. Algunos de nuestros persecutores se asustaron y tuvieron que frenarse, otros tropezaron con el repentino obstáculo, cayendo de sus monturas.
Una vez en el exterior de la ciudad, cuando consideramos que nos habían perdido de vista, nos dirigimos a la arboleda, donde se erguía una de las torres de vigilancia, las cuales habían dejado de utilizarse tras el reciente fin de la guerra. Allí nos esperaba Herger, uno de los hombres de Vaughan, a lomos de Glissant.
Bajamos del carro todos los ocupantes salvo el hombre que había estado guiando a los caballos. Volviéndose hacia nosotros, se retiró el pañuelo que cubría su rostro, mostrando su identidad. Era mi viejo amigo. Aelis me miró, gratamente sorprendida por nuestra reconciliación. Le conté lo que había sucedido la noche antes. Vaughan y Gato asaltaron a mis escoltas, no para poder matarme impunemente, sino para hablar conmigo en confidencia y ofrecerme ayuda. Mi amigo insistió en que él no había cometido los crímenes del domingo y del viernes siguiente, y me dijo que la conversación que me había llevado a estar seguro de ello no fue más que un malentendido. Aunque no quiso aclararme a qué se refería cuando dijo que tenía sus motivos para hacer aquello que hubiera hecho, decidí que creerle y volver a confiar en él era la mejor opción. También era lo que necesitaba. Los soldados que nos habían ayudado no eran sino los Once de Vaughan disfrazados. Sin embargo, los auténticos hombres del Conde no tardarían en aparecer y tendríamos que despistarlos.
– Cuida de este zoquete –dijo Vaughan a Aelis –. No permitas que vuelva a tomar vino o acabará acusándote de haber asesinado a su abuela.
De mí no se despidió. Pese a que me había prestado ayuda, aún estaba molesto conmigo por haber dudado de su lealtad. No le culpé por ello. Herger subió al carro. Su jefe azotó a los caballos y estos reanudaron la marcha.
Mis dos escoltas, Aelis y yo subimos a la torre de vigilancia y cerramos la trampilla. Herger no sólo se había pasado por nuestra choza para recoger a Glissant, también nos había llevado nuestras dos espadas, mantas y algo de comida. Todo ello nos esperaba arriba en la torre. Las bases de la misma estaban cubiertas de tablas, formando un cobertizo que rodeaba la escalera, en el cual nuestro caballo estaría oculto y resguardado. El mejor lugar para esconderse dentro de los dominios de Villesainte. Al menos, durante un día.
El plazo que me había dado el Conde estaba a punto de expirar y aún no había logrado desenmascarar al asesino. Podíamos darnos a la fuga, como dijo Aelis la noche antes. Desterrarnos para siempre de la ciudad y volver a empezar en otro sitio. Pero yo, por principios, quería llegar hasta el final del asunto. Alguien me había incriminado a mí y luego a ella. Había estado a punto de conseguir que la quemaran viva para no tener que responder por los crímenes que había cometido. Merecíamos una reparación por ese agravio. Y, por supuesto, Cristian, Hereward, el padre Evelio y las otras víctimas merecían que se hiciera justicia.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano

0 críticas :
Publicar un comentario