El resto del martes no fue tan provechoso como lo había sido la mañana. Tras cerciorarme de la inocencia de Beldar y sacar de Baptiste todo cuanto había podido, esperaba dar con Vargas, pero resultó imposible. Por más que preguntaba, nadie sabía decirme dónde encontrarlo. Ni siquiera su escudero, al que me fue fácil localizar a través de Elfrida.
La frustración fue tal que incluso rodeé el exterior de Villesainte con mis guardias. Pero, aún así, no hallé ni un solo rastro del hispano. Lo que sí encontré, en cambio, fue el mal estado de las rejas de un desagüe en el lado Norte del muro. Faltaba parte de ellas, de forma que, arrastrándose por el arroyo que allí discurría, alguien podría atravesar el agujero y, por tanto, la muralla sin ser descubierto. De inmediato nos dirigimos al Conde para informarle. Este hizo llamar a Yeray, el hábil herrero al que debía mi negra armadura, para encargarle que forjara unas rejas nuevas y más resistentes, al tiempo que dio orden de que se vigilara ese estrecho paso hasta que fuera cerrado de nuevo. Si Vargas o cualquiera lo había usado para entrar o salir, no volvería a hacerlo.
Con el hispano desaparecido, Covenant fuera de mi alcance y agotado mi encuentro con el cardenal, la investigación había quedado estancada, de modo que regresé con Aelis. Di permiso a Eduardo para que volviera a la posada. El resto del día lo empleé en hacer vida con ella. Quería contarle lo que había averiguado, pero, como ya empezaba a ser costumbre, desde el exterior de la choza cuatro ojos nos observaban y cuatro oídos estaban atentos a todo lo que decíamos, recordándonos la amenaza que se cernía sobre mí. A cambio de la permanente y molesta sensación de estar vigilados, los dos guardias del Conde también nos brindaban protección, de forma que nuestra seguridad no sólo dependía de la capacidad de Glissant para percibir intrusos o del ligero sueño de Aelis, y eso nos ayudó a descansar tranquilos cuando cayó la noche.
El miércoles, Frey llenó el cielo de nubes. Por este motivo, Aelis y yo dormimos más de la cuenta. Cuando me levanté, comprobé que me había perdido el relevo de los guardias. De nuevo, volvían a estar conmigo Hugo y Sigberto. Me encontraba de buen humor y los invité a desayunar.
– Buenos días, pequeño hermano – escuché a través de la ventana. Salí a recibir a Vaughan. Estaba junto a Ludovico, quien se quedaría con Aelis ese día. He de admitir que, a pesar de las afirmaciones de Vaughan y Eduardo, tras conocer su pasado sentía cierto recelo. Una cosa era confiar en que no traicionaría a Villesainte y otra considerar que Aelis estaría segura a solas con él. Sin embargo, no dije nada y dejé que también entrara en la choza. Cuando nos fue posible, mi viejo amigo y yo nos pusimos al corriente. Le hablé de mis avances el día anterior. Para él fue una pequeña decepción saber que Beldar era inocente, ya que había apostado lo contrario con Anna-Marine y tendría que añadir una jarras de cerveza más a las cuatro que ya le debía. Sí coincidió, sin embargo, en que era extraña la forma de ausentarse de Vargas. Aunque, tal vez, habiendo cortado el paso del arroyo, eso cambiara durante los días siguientes.
Por su parte, Vaughan compartió conmigo las averiguaciones que había hecho su peculiar espía durante sus servicios con los guardias de palacio. Parecía ser que el cardenal Baptiste intentaba manipular al Conde, valiéndose del dolor por la pérdida de su primogénito. No se oponía a que redactara un testamento a favor de su hijo Beldar en cuanto a la herencia del título, pero pretendía persuadirle para que cediera la posesión de las tierras a la cercana abadía de Saint Benoît. Aquello me abrió los ojos sobre por qué el cardenal no había delatado a Beldar respecto a sus indiscreciones con Clodevinta. Esperaba el momento oportuno para mostrar una falsa lealtad hacia el Conde y ganarse su favor, además de perjudicar la imagen que éste tenía de su hijo para que le pesara menos negarle la herencia de las tierras. La propia muerte de Cristian podía formar parte de un plan del clérigo para hacerse con el control de Villesainte. De ser así, era más que posible que hubiera contratado a alguien para que asesinara al heredero. Alguien con experiencia en combate, libre de cualquier juramento de lealtad hacia el Conde, y que estuviera lo suficientemente desesperado como para no tener nada que perder. Alguien como Vargas. Una alianza con Baptiste y el consecuente crimen explicarían las ausencias del hispano, pero no el intento de apuñalar a Beldar. ¿Obraría Covenant por su cuenta al enterarse de la nueva, aprovechando la ocasión para terminar de poner fin al linaje de su sobrino? Esa fue la conclusión a la que llegué. Aunque por mi expresión de desconcierto mi amigo notó algo, no quiso preguntarme, pues en ese momento mis escoltas salían de la choza. Aun sin saber qué era exactamente lo que pensaba, me dijo que no me precipitara, y tenía razón. Todavía contaba con cuatro días, tiempo de sobra para tantear al cardenal minuciosamente. Lo que menos me convenía en ese punto era acusar al clérigo ante el Conde para luego descubrir que era inocente.
Tras despedirme de Aelis, decidí visitar el agujero del muro en la parte del arroyo, esa vez por dentro. Tal vez encontrara allí a Vargas, contemplando con impotencia cómo cerraban la que hasta ese momento había sido su salida secreta de la ciudad. No estaba allí, así que fui yo quien acabó observando el trabajo de los obreros, que ya colocaban las nuevas rejas. Me dijeron que Yeray había pasado la noche forjándolas. Su dedicación y rapidez resultaban admirables, y la situación requería de ambas. Vaughan se sorprendió al enterarse de que habíamos estado tan desprotegidos. Desde el interior de la ciudad era difícil apreciar el estado de las rejas a causa de los frondosos arbustos que allí crecían, regados por el arroyo. Debía haberse comprobado con más frecuencia, aunque algo me decía que una semana antes el paso estaba correctamente cerrado. De cualquier modo, pronto volvería a estarlo gracias a mi descubrimiento y a la destreza de Yeray.
Uno de los obreros tenía la mitad de su cuerpo sumergida en las frías aguas. Desde el lado exterior, otro hombre le ayudaba en similares condiciones. Mientras observaba la labor, Vaughan saludó a Yeray, pues a él debía su espada Dödsdom. El herrero le devolvió el saludo y, cuando se percató de mi presencia, se dirigió a mí y para agarrarme afectuosamente por los hombros. Me tenía en muy alta estima desde que su familia y él quedaron rezagados fuera de los muros durante un ataque de Covenant, siendo yo mismo quien les protegió. Fue en gesto de gratitud que me obsequió con la armadura negra por la que se me conocía en la ciudad. La hizo de ese tono para que me resultara fácil camuflarme en la oscuridad, durante las nocturnas luchas contra el Barón.
– ¡Capitán! Cuánto me alegro de veros. Habéis hecho bien en encontrar este agujero desprotegido.
– Y tú has hecho bien en cerrarlo, amigo.
– Quiero que sepáis que tanto los míos como yo creemos en vuestra inocencia. Estamos dispuestos a hacer por vos cualquier cosa que necesitéis.
– Te lo agradezco. Tan sólo lo de siempre: que no haya en tu herrería ningún arma pendiente de reparar. Que ninguna mano que debiera empuñar una espada deje de hacerlo por ausencia de ella.
– Por eso no debéis preocuparos, mi hijo aprende con rapidez. Es él quien se encarga mientras yo superviso el trabajo aquí. Algún día heredará el negocio y será mejor que yo.
Un grito nos interrumpió desde el otro lado del muro. El hombre que trabajaba ahí había encontrado algo. Su tono indicaba preocupación, así que me apresuré a subir una escalera de madera para asomarme y comprobar de qué se trataba. Mis escoltas y Vaughan me siguieron.
Al llegar arriba pude ver cómo, en el lado exterior y de entre las piedras sobre las que discurría el arroyo, asomaba lo que parecía una mano. Escarbaron y sacaron de allí el cuerpo sin vida de un hombre. Estaba pálido como la nieve. Vestía igual que nuestros soldados, salvo porque iba despojado de su protección pectoral. Tenía clavado en el pecho algo que no era de metal. La noticia corrió y pronto acudieron algunos guardias del Conde. Identificaron al finado como el hombre que escapó la noche del velatorio tras apuñalar al general Beldar. Un auténtico siervo de Covenant, algo que ya supuse.
Aquel cadáver no recibiría bendición ni digna sepultura, como sí sucedía con nuestros caídos, sino que sería directamente incinerado. Así pues, tuve que examinarlo allí mismo mientras esperaban que se secara. Si los hombres de Covenant solían ser pálidos, más aún cuando llevaban varios días muertos. Sin embargo, la claridad de aquella piel era interrumpida por manchas oscuras en el vientre y en una mejilla. Contusiones. Lo que tenía clavado en el pecho era una estaca de madera. Se había hinchado al permanecer sumergida en el agua, dilatando aún más la herida por la que penetró en el cuerpo. Por los signos de corrosión, debía llevar tiempo ahí. Seguramente, desde la noche que separaba al domingo del lunes, tras el fallido intento de asesinato. Lo habrían hecho de forma rápida y silenciosa, con toda probabilidad entre varios hombres. No había sido nadie de Villesainte, pues de ser así, se habría asegurado de que toda la ciudad lo supiera para vanagloriarse de ello. ¿Una ejecución bajo las órdenes de Covenant, o incluso llevada a cabo por él mismo? Quizás un castigo por su fracaso en el asesinato del segundo hijo del Conde.
El cuerpo fue llevado a una fosa común bastante apartada de la ciudad, donde, tras una oración del padre Evelio, solíamos quemar los cuerpos de los enemigos caídos. Incluso Beldar estuvo presente. Antes de autorizar que le prendieran fuego, escupió sobre el cadáver de quien pudo haber acabado con su vida.
– Sólo lamento no haber sido yo quien le diera muerte – exclamó tras limpiarse la barbilla –, pero ese es el destino que les espera a todos los hombres de Covenant que se atrevan a merodear por aquí. ¡El próximo en caer será el Barón!
Los soldados allí presentes celebraron las palabras de su general. Yo, como capitán, tuve que mantener la compostura. Además, no compartía el optimismo de Beldar. Vaughan y el padre Evelio también se abstuvieron a secundarlo, aunque por motivos distintos. El primero siempre se resistía a dar la razón a Beldar por orgullo, mientras el segundo consideraba impropio cualquier tipo de ensalzamiento de la muerte, incluso la del enemigo. Tal vez para evadirse de aquello, el párroco desvió su mirada hacia el horizonte, con el sol aún presente, aunque oculto tras un manto de nubes, y empezó una plegaria. Calmada al principio, se fue volviendo más vehemente conforme avanzaba.
– Miré y vi un caballo pálido. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía. Y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las bestias. Y cuando él abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían muerto. Y clamaban en alta voz, diciendo: ¡¿Hasta cuándo, Señor?! ¡¿Hasta cuándo tardarás en juzgar y vengar nuestra sangre de los que moran en la tierra?!
Dirigí la vista en la misma dirección que él, descubriendo algo que me negaba a creer. A pesar de que aún no había terminado el día, una mancha oscura salía del castillo de Covenant y reptaba lentamente hacia nosotros. Debía tratarse de un ejército de más de mil hombres, todos ellos a pie, sin caballería, como era habitual. Al fin había llegado el momento que temía y esperaba a partes iguales. Ese momento en que se decidiría de una vez por todas quién ganaría una guerra tan cruenta como innecesaria. Beldar dio orden de que se apresuraran a tocar las campanas de alarma, pues durante el día las torres de vigilancia solían estar desocupadas. Todos salieron despavoridos, corriendo o a caballo. El padre Evelio continuaba recitando pasajes de la Biblia. Vaughan consiguió calmarle y lo acompañó al interior del muro. Yo me dirigí con Hugo y Sigberto a la choza para recoger a Aelis. Cuando llegamos la encontramos en el establo, cargando a Glissant con mis utensilios como solíamos hacer cuando las campanas nos despertaban en mitad de la noche. Ludovico la ayudaba, casi habían terminado. Tanto mejor, pues no había tiempo para nada más.
– Vamos – les dije –. La noche de hoy será larga.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano

0 críticas :
Publicar un comentario