Nils fue el nombre que me pusieron al nacer, en las verdes y frías tierras de Götaland. Pero todos me conocen como Van Croff, el nombre que comparto con Padre, de quien dicen que soy su viva imagen. Que he heredado su mismo carácter. Supongo que fui forjado para ello. Desde temprana edad, la espada fue lo que nos enseñó a mí y a Vaughan, hijo de una amiga de Madre que acababa de enviudar. Aunque al principio hubo rivalidad ente nosotros, pronto pasamos a tratarnos como hermanos de sangre.
Todos los veranos, Padre se ausentaba para viajar al sur, a un lugar llamado Villesainte, en la remota tierra de Normandía. Pese a que muchas veces le pedí que me dejar acompañarlo, su respuesta siempre fue negativa. El año en que Madre enfermó, Padre se abstuvo de realizar ese viaje y permaneció con ella para cuidarla. Finalmente, cuando la vio partir junto a Gefjun, decidió llevarme consigo para compensar la ausencia de su espada el verano en que no había aparecido por aquellas misteriosas tierras. Yo contaba dieciséis años.
Nada echaríamos de menos de cuanto dejábamos atrás en Götaland, ese gélido lugar que parecía estar próximo a la frontera entre el mundo de los mortales y Nifelheim. La madre de Vaughan pidió a Padre que lleváramos a su hijo con nosotros, a lo que ninguno de los tres objetó. El viaje fue largo y duro, primero por mar y después por tierra, pero éramos jóvenes y nos entusiasmaban las pocas maravillas que conocíamos sobre nuestro destino. Por las noches, encendíamos un fuego y Padre nos contaba cosas sobre el lugar al que nos dirigíamos, nos enseñaba una nueva palabra en el idioma que allí se hablaba, o bien nos narraba alguna de sus múltiples aventuras.
Villesainte era una pequeña región gobernada por el Conde Cristian. La amistad que unía a éste con Padre era casi tan fuerte como la que me unía a mí con Vaughan. Cristian le salvó la vida años atrás, cuando el rey de Götaland le había enviado a Normandía en busca de comercio y él y sus compañeros fueron atacados por malhechores. En agradecimiento por la intervención del Conde, Padre le ofreció su espada cada vez que necesitara de ella. De modo que poco después, cuando la ciudad empezó a ser atacada por su tío, el Barón Covenant, Cristian no dudó en recordar a su viejo amigo la promesa que años atrás le había hecho, ni Padre escatimó en cumplirla. Covenant era el señor de un lúgubre castillo del que solo contaban atrocidades. Parecía estar obsesionado con poseer las tierras de su sobrino. Durante doce años, al menos una noche al mes había estado atacando y sembrando el terror. En todo ese tiempo, el Conde había intentado contraatacar a su pariente y enemigo durante el día, pero todo el que se adentraba en la oscuridad de aquella fortaleza lo hacía para morir o ser capturado. De estos últimos, no eran pocos los que habían reaparecido con muestras de haber sufrido las más terribles vejaciones. Desprovistos de voluntad, luchando contra sus propios hermanos.
Todas estas historias, lejos de asustarnos a Vaughan y a mí, no hacían más que incrementar nuestro interés por alcanzar esa tierra tan diferente a todo lo que conocíamos. Cuando por fin llegamos, pudimos comprobar que nuestra imaginación no estaba a la altura de la realidad. Aunque también había chozas en el exterior, Villesainte era una ciudad fortificada, circundada por un antiguo muro de piedra cuya única entrada permanecía abierta durante el día y era cerrada en cuanto se ponía el sol. En el centro se erguía el palacio donde residían el Conde y sus dos hijos: Cristian, primogénito y heredero, y Beldar. Frente a la edificación, estaba la plaza central, donde se reunían los villesaintos cada vez que su gobernante tenía que dirigirse a ellos, y donde solían tener lugar festejos, ejecuciones y demás eventos públicos. En conjunto, esa distribución daba a la ciudad el aspecto de un enorme castillo con un extenso patio de armas.
El Conde no recibía apoyo del Duque Guillermo ni del Rey Enrique I, ambos en conflicto por Normandía. Incluso, en algunas ocasiones, el Duque había reclamado soldados para sus diversas causas, lo cual obligaba al Conde a prescindir de sus mejores hombres. Por ese motivo, como sucedía con todo aquel que acudía a Villesainte para ayudar, Padre, Vaughan y yo fuimos bien recibidos. A mí me obsequiaron con una espada de acero a la que llamé Slicer. Se convirtió en mi inseparable compañera desde entonces. Vaughan recibió un arma similar, a la que puso por nombre Dödsdom. Pero no tardamos en descubrir que esos presentes no eran desinteresados; teníamos el compromiso de hacer uso de ellos para defender la ciudad. Aquella misma noche, los hombres de Covenant atacaron. Vaughan y yo tuvimos que poner en práctica lo que Padre nos había enseñado. Ante mi sorpresa y la de muchos, llegamos al amanecer con vida. «¡Las bienvenidas que da esta tierra están teñidas de rojo!», exclamó Vaughan mientras contemplábamos los primeros rayos del sol, riendo por el júbilo de haber sobrevivido a nuestra primera batalla.
Con el tiempo, nos establecimos allí y fuimos olvidando Götaland. Resultó fácil después de conocer a Aelis, la hija de un campesino. Ella me enseñó a hablar su idioma con fluidez y, juntos, aprendimos a desenvolvernos en el amor. Se convirtió en un motivo para alegrarme al sentir la luz del día después de cada combate, y también para permanecer en aquella sangrienta tierra, llamarla hogar y defenderla con mi propia vida si fuera necesario. Poco a poco, el padre de Aelis acabó aceptándome como pretendiente de su hija. Si nunca llegamos a contraer matrimonio fue por culpa de un dogmático clérigo, el cardenal Baptiste, que me tenía prohibido unirme con una mujer cristiana. Ese entrometido era mi único enemigo dentro de los muros de Villesainte, pues allí siempre conté con el favor y la admiración de la gente. Incluso el Conde llegó a nombrarme capitán de sus tropas y fiel ayudante de su hijo Beldar, que ostentaba el cargo de general.
Vaughan, en cambio, nunca quiso destacar allí, a pesar de que era tan buen o incluso mejor guerrero que yo. Prefirió dejar Villesainte para reclutar mercenarios que pudieran ayudarnos. Regresó tres años después con doce hombres procedentes de diversos rincones del mundo. No pertenecían al condado de Villesainte, por lo que el Duque Guillermo carecía de autoridad para reclamarlos en su absurda obsesión por invadir Inglaterra. Con los Doce de Vaughan, como se hacían llamar, la situación se volvió más estable y nuestro número de bajas descendió considerablemente. Para entonces, las valquirias ya se habían llevado a Padre, así que agradecí el regreso de mi amigo. Además, no podía haber llegado en mejor momento. El Barón Covenant y su gente daban la impresión de haber cogido gusto por la sangre. Dejaron de atacar con el fin de invadirnos y empezaron a hacerlo sin ningún tipo de táctica, por pura diversión. Y, cuanto más desesperados y exhaustos estaban mis hombres, cuanto más deseaban que aquella pesadilla llegara a su fin, más parecían disfrutar.
Pero ese fin estaba próximo, de un modo u otro, como así lo escribió Odín en el firmamento. Aquella larga y sangrienta guerra dejaría de estar en tablas. En el año 1.074 de la era cristiana, apareció una estrella diferente a todas las demás. Itinerante, de luz más intensa y que dejaba tras de sí una estela como si de una grieta incandescente se tratara. Los ataques cesaron entonces y muchos bajaron la guardia, creyendo que se encontraban a salvo bajo el «ojo de Dios», como solían llamarlo. Yo, en cambio, estaba preparado para la llegada del Ragnarok. O creía estarlo.
