domingo, 28 de junio de 2020

Sexo mal, pero bien

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La forma en la que he llegado a conocer este cómic y su autor ha sido, por desgracia, de lo más lamentable. Un medio que se dedica a reseñar obras culturales se ha negado a hacer lo propio con esta obra poniendo como excusa que sus lectores son mayoritariamente heterosexuales y, claro, esto podría ser perjudicial. Vivir para ver. No hay un día más arpropiado que hoy (Día del Orgullo LGTBIQ) para este rechazo. Por una parte porque joder con la puntería y por otra porque demuestra a estos mismos "no soy homófobo, pero" lo necesario que sigue siendo recordar que la lucha continúa contra, entre otros, este tipo de comportamientos. Pero aquí, en esta casa, entran todas las letras del arcoíris. Excepto, claro está, aquellas que no respetan que cada uno se pueda rozar con quien se deje. Nosotros no estamos especializados en cómics. Lo nuestro es más como el Papa de los Monty Python: "no sé de arte pero sé lo que me gusta". Lo nuestro es amor por la cultura y por difundirla.

Así que me puse manos a la obra. Se llama Sexo mal, de Carles Ponsí, y está disponible tanto en formato digital online como en físico. Al final de este post recordaré los enlaces para que podáis disfrutarlo. No me ha dado tiempo leerlo entero pero no quería que acabara esta jornada sin compartirlo.
Ya en el prólogo, el autor nos cuenta, siempre mediante viñetas, lo que va a venir a continuación. Y no es otra cosa que sus experiencias sexuales con otros hombres y cómo afecta tanto al protagonista como a su entorno más cercano (la página en la que trata de explicar a su madre que es gay es una genialidad).

A modo de sketches muy divertidos nos va llevando sin tapujos por ese campo de minas que es la vida sexual y lo que la rodea, no sólo de él, sino de cualquiera de nosotros. El hecho de que sean relaciones abiertamente homosexuales no quita que, de alguna manera, los demás podamos sentirnos identificados. Y las viñetas con las que no podemos identificarnos... pues a reír, que son dos días. A lo largo de las páginas se van mostrando esas situaciones de lo más dispares con un dibujo muy expresivo, sin pelos en la lengua, con fondos casi siempre de colores planos muy llamativos o haciendo claras referencias al cine y la cultura popular en general. Ese contraste típico de historieta hace que te fijes más en lo realmente importante: lo que dice y cómo lo dice apoyado por ese dibujo que termina de completar los ingredientes necesarios para pasar un buen rato. En este caso y con permiso del autor, con las desgracias ajenas, pero contadas como debe ser: con un gran sentido del humor. Todo muy en la línea de El Jueves, donde se dio a conocer gracias a la tira semanal Sauna Paradise (2006-2009) y para para quienes sigue aportando su arte.
Francamente me lo he pasado como un enano saltarín el rato que he podido hojear aunque sea de forma digital. Ahora solo queda terminarlo y buscar más obras suyas como ¡Socorro! ¡¡Mi madre tiene Facebook!!, que seguro que es también turbodivertida.

Espero que algún día no haya que recordar que ciertas conductas son inadecuadas, anticuadas, denigrantes, insultantes y casposas. Me refiero al rechazo a cualquiera que no sea hombre blanco hetero, no a que un dibujante hable de pollas y dildos. Y que la cultura y, sobre todo, el humor, tan importante en estos días, no debería estar dirigido a nadie en particular, sino a todo el mundo. Pero que se siga celebrando este día, que solo proclama el amor libre, maldita sea.

Aquí los links:
Cómic online: ¡pincha aquí!
Ejemplares físicos: ¡compra aquí, maldito!

El autor:
Facebook, Twitter e Instagram: @carlesponsi
Su tienda: AQUÍ, no seas rata.
Texto de A. Moreno
Imágenes de Carles Ponsí

sábado, 27 de junio de 2020

Luces a través del batán

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Miguel Hernández es un técnico audiovisual nacido y afincado en Sevilla, amante del mundo audiovisual, pero sobre todo de la fotografía ya sea tanto en vídeo como fija. Actualmente, tanto el vídeo como la fotografía ocupan casi el cien por cien de su tiempo. Hace relativamente un par de años se adentra en el mundo de la fotografía analógica, de dónde no ha sabido escapar.

Breve sinopsis de esta serie fotográfica: Básicamente es la captura de momentos que he vivido durante unos días que viví en la sierra de Sevilla. Intentando captar esos momentos que siempre encuentro de casualidad, y que además me gusta que la luz sea un claro protagonista de la escena al igual que las personas, naturaleza o elementos colocados por el hombre.


Texto e imágenes de Miguel Hernández Recio

jueves, 25 de junio de 2020

La enantiodromía de la vida

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Sí y no,
un día arriba
y otro abajo.
Mezcla de melancolía,
tristeza y esperanza.

Pasan los abrazos
como si nada,
rehúye el soplido
tras los besos
y quedan perdidos
los mordiscos a los labios.

Siguen sin caer las hojas
y los esfuerzos
en levantar cabeza
se diluyen
en ventiscas imaginarias
y picaduras de mosquito.

Cambia el sabor del café
al recordar que no estás,
que pensé tenerte
y no alcancé
ni a respirarte.

Duele la cabeza
de solo pensar
en cuántas listas
tenemos por hacer.
Y no haremos ninguna
y ambos lo sabemos.
Como sabemos
que tú eres de Sol
y yo de Luna,
que tú eres de espalda erguida
y yo de encorvamiento,
que tú eres las estrellas
y yo no llego ni a materia negra.

Tú y yo,
un día juntos
y otro no.
Mezcla de té,
valeriana y café.


Ismael Aguilera Gómez nace en Alcalá de Guadaíra, uno de los grandes municipios de Sevilla, en 1995 y, desde entonces, habita la provincia visitando parques y bares, antes tomando zumos y montando en los columpios y ahora con litros y jugando a imaginar cómo funcionan los agujeros negros. La vida le ha llevado a aprender a abrir botellines con un folio, habilidad que ha resultado crucial a la hora de terminar la carrera de Comunicación Audiovisual en la Universidad de Sevilla. Apasionado al café solo y a la literatura desde que descubrió que un libro puede ser un reflejo de uno mismo.

Poesía de Ismael Aguilera Gómez
Imagen de Pixabay

martes, 23 de junio de 2020

G a r v e n

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En el primer concurso: Lo que te salga que lanzamos, mucha gente (más de la que pensábamos) nos envió contenido. Fue así como descubrimos a Garven. Nos sorprendió con su relato "Cuando fui el novio de la niña del exorcista", tanto que quedó como primer premio. En el segundo también corrió esa suerte con "Crónicas Cristinas" y además obtuvo una mención en el apartado visual con su "Bud". Y lo que no nos imaginábamos es que se marcase un triplete en el concurso veraniego ¡en ambas categorías! con "Las gafas".

Además hemos ido compartiendo otros relatos que nos ha cedido para tal fin. Podéis adentraros en: El sueño intranquilo de Gregorio Samsa, Sueño a veces, Sueño rajado, Qué bien se está aquí (sueño), El mundo sin Bud Spencer, El hijo del Halley, Un bolígrafo y Una pinza.

En paralelo, un día recibimos "La estafa y el arte" y cuando lo leímos lo visualizamos en varias entregas, una a la semana, en nuestra web (que podéis leer ahora si no lo habéis hecho ya :P ). Pero además podéis encontrarlo en una revista-Fanzine que coordina con varios amigos y se llama Pífano. 

PD: Iremos añadiendo más colaboraciones de este crack conforme vayan surgiendo ;) 


Texto de Saray Pavón
Ilustración de Garven

domingo, 21 de junio de 2020

Cultivos culturales

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Si te gusta devorar libros llega un punto en el que las estanterías se quedan pequeñas y tu casa parece menguar empapelada de ellas, quitarles el polvo te toma mucho tiempo y las mudanzas son más pesadas y lentas. En estos casos, o cuando tu casa tiene forma de equipaje de mano, una biblioteca digital puede ser la solución.


Cualquiera puede crearse la suya, ya sea comprando los pdf o epubs, escaneando sus libros (demasiado laborioso diría yo) o abasteciéndose de esos cultivos culturales (webs, blogs y revistas) que se encuentran de vez en cuando por la red.

En esta ocasión voy a hablar del tercer caso: la biblioteca digital hispánica, que pone a nuestro alcance libros de arte en general, grabados, carteles, historia de la ciencia, etc. Te permite leerlos online y tienes la opción de comprarlos si eres de los que no tienen remedio y se dejan llevar por la nostalgia del papel. Como uno de sus patrocinadores abastece a muchas ciudades se intuye que nutre al cedro en caso de tratarse de escritos más contemporáneos, aunque creo que se aprovechan de esas obras que ya no se aferran al copyright.
Yo hace tiempo que empecé a hacer mi maleta más pequeña: regalé libros e ilustraciones cuando vendía una de mis obras y ahora se podría decir que dispongo de los manuales justos ¿Cuál ha sido tu solución ante este "síndrome de Diógenes" cultural?

sábado, 20 de junio de 2020

Camareras

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Una blusa a veces. Una camiseta blanca, sencilla, que ciñe el pecho. Mostradores largos o mostradores breves. Al aire finos sujetadores de colores de las mil camareras que ahora están haciendo girar el brazo de la cafetera italiana en los bares de Zaragoza y sacan la lengua en señal de esfuerzo. Camareras venidas del fin del mundo, que no saben castellano. Es hermoso no saberlo. Quiero un vino blanco, frío. Camareras de hoteles, haciendo las camas, cargando con toallas, limpiando lo que otros ensuciaron con sus cuerpos privilegiados. Falda negra. Mesa tres. La cuenta. Un rodaballo al horno. Una Cocacola. En las cocinas de los restaurantes, deambulan como sirenas en el Mar del Norte, perdidas en el mundo de los hombres. Muy delgadas siempre. Novios que las esperan en coches baratos. Y viven en las afueras. Más allá de las afueras, en pisos hechos con prisa, junto a las autopistas, y se duchan a las seis de la mañana. Pero nadie les cambia las toallas. Las camas deshechas, deshechas se quedan en sus casas. Camareras de veinte años, con la vida recién estrenada. Camareras de Zaragoza, sirviendo cervezas, cafés, croquetas anchas, calamares amarillos, huevos blancos con gambas duras, oyendo a los hombres, el gobierno de los hombres. Las manos elevadas contra el cielo, las uñas preciosas, la sonrisa como un diamante frío, una medalla en el cuello desnudo, el reloj en la muñeca, la pulsera heredada, el acre sudor en las axilas, el labio sin queja, ese ir y venir de esclavizadas nubes con vasos en las manos.


Relato de Manuel Vilas
Imagen de Pixabay