jueves, 11 de junio de 2020

martes, 9 de junio de 2020

No puedo escribir...

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No puedo escribir sobre ventanas.
La mía refleja el paso de los días
en motas de polvo y yo estoy triste.
Tan sólo la abro para encubrir la evidencia
de mi encierro o para que no entre más frío.
Créeme, es mejor que te hable de otras cosas
que no pueda relacionar con lo que me está pasando
en cada latido, es mejor que posterguemos este poema
un año o dos -para asegurarnos-,
y quizás -sólo quizás- pueda contarte
sonrisas, nubes y rayos de sol.



Audiovisual, texto e imagen: Saray Pavón


domingo, 7 de junio de 2020

De nuevo

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De nuevo,
perdido en la inmensidad de lo que puede llegar a durar medio segundo,
con el vértigo inmenso de tener los dos pies bien plantados en el suelo.

Me hundo hasta el cuello dentro de mi propia impaciencia.

Mi alma tan sólo desea mirarte a los ojos, y en tus ojos es
el último sitio donde debería mirar.

Sacadme de aquí, tirad fuerte de mis manos.

Tan sólo quiero estar tranquilo.

Pero que eso no signifique que estoy muerto.

Hago un esfuerzo por hacer mío el recuerdo de cosas que nunca han sucedido,
y eso me pierde en el instante,
me hace poner la bala en los lugares donde hay hueso,
y nunca acierto, sólo hiero.

Todos sabemos lo que pasa cuando hieres a un mal perro.

Todos sabemos lo que pasa, cuando destruyes, y no creas.

Pero no es quejarme, lo que quiero.

No es esta espera, lo que deseo.

Cuando un ciego da tantos palos, todos huirán de ése peligro.

Una catarsis no es bonita,
pero, ah, se hace tan, tan necesaria.

De nuevo,
siento el silencio de los que deberían gritar en voz alta lo muchísimo que se aman.

De los instantes sin principio.

De las semillas que se mueren, ahogadas por el exceso.

Del sentimiento exagerado, de las grotescas sencilleces.

Mi alma tan sólo quiere poder mirarte por debajo de los ojos, pero a los ojos, tú lo sabes,
es el sitio más peligroso, donde jamás voy a volverte a mirar.


Texto de Chema Villalba
 Ilustración de Saray Pavón

viernes, 5 de junio de 2020

Basura

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El mar es familiar en el sentido
de una sopa de genes,
y delante del mar hay un estercolero
y un rebaño de ovejas
husmea pobres restos de comida.

De pronto dudas de la seducción
repetitiva de las escombreras,
de los residuos líquidos
y orgánicos del cementerio.
Con qué invisible y duradero encanto
pudren el aire de los vivos
o respiran su propio aire espesado.

¿Gozamos pervirtiendo la belleza,
como en las universidades, u otra
belleza nueva en la basura anuncia
un horizonte sin cicatrizar?
¿Más metafísica o adorno?

La basura no quiere ser humana.
Le falta un término
a la comparación. Es lo que era.
Cáscaras, pensamientos,
costumbres... Ni los huesos
soportan, pobre Yorick,
confundirse contigo.

Desciendes a la orilla
donde hay niños y espuma saludable.
Te demoras y sacas unas fotos
de dos rectángulos de tiza
bajo el cielo encalado: dos amantes.
O marido y mujer.

Como otros animales vives
entre la madurez de los detritos
de espaldas a la roca, a la asepsia del mar
yodado y joven. Amas
en el descenso. Aunque
quizá no sea amor.

La basura se siente bien contigo.
Hazla metáfora.
O deja aquí, entre plástico, los ojos
para que otros los use.



Poema de Carlos Pardo
Imagen de Pixabay


miércoles, 3 de junio de 2020

Una pinza

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De debajo de la cama he sacado una pinza de la ropa. Las pinzas están con nosotros en renovado proletariado dentro de un cesto, pero ésta aparecía ahora aquí meditabunda como una barquita varada en un remanso de pelusas; en los manglares oscuros bajo los muebles he metido la mopa como un radar submarino para expoliar mis propios tesoros. Quizá se ha caído bailando el vals de las pinzas y en una cabriola alegre se ha ido de la mano. Esta pinza la tuve que traer de casa; es de las antiguas, aquellas que vinieron a mi boda desde el cesto de los abuelos. Creo que entre sus dedos nudosos han colgado calzones infantiles y los hatos de mi genealogía. Lo sé porque la madera tiene las vetas muy marcadas y brilla de tanto sobo. Qué árbol agreste y cansado prestaría su dedo para hacer esta pinza. Parece que tiene maderas de cruces parroquiales. Es fuerte, hay que apretarla duro de sus orejas de chacal para que abra la boca belfa y dragona. Me pinzo el dedo (o un huevo, qué dolor) y me lo amorata; muerde con sus romos dientes de perrito hocicón. Su muelle (corazón compungido de la pinza) es de metales de universidad laboral que hubieran forjado los chicos aprendices venidos del pueblo y que ya hubieran estudiado la ley de las palancas. Pienso en estas pinzas de la ropa, hablarán entre ellas qué tal les ha ido sujetando los paños contra los tirones atroces de un viento fetichista y sinvergüenza. La monjía de las pinzas contra el vicio huracanado de los huelebragas. Pienso en el efecto pinza, primitivo instinto de los niños; o en una nariz con una pinza. Creo que voy a dejar el teléfono móvil; abandonar un momento sus laberintos digitales por la pinza. Ojalá me enganche a su red social leñosa que comparte pinzas también de plástico; a su mensajería de olores a lejía y a sobaco resistente. Regresar con ella a nuestras maderas de antes. Esta pinza ha tendido las togas mojadas de los presocráticos.



Texto e imagen de Garven

lunes, 1 de junio de 2020

Alzheimer

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Sentada en un banco, acaba de recibir su primera rosa amarilla.

-¡Sandra! La cena ya está lista, ¡sube! - Inmediatamente se despidió de Q, con un beso casto tan inocente como ella, para subir a casa.

A los 12, vivió su primera mudanza, donde no solo se tuvo que acostumbrar a un nuevo hogar, sino que debía despedirse de la niña con la que pasaba la mitad de su día.

A los 16, un hombre con bata blanca cambiaba la vida de su familia, a mamá le han encontrado un quiste en un pecho. Hay que empezar con el tratamiento inmediatamente.

A los 19, mamá les dice adiós.

A los 20, la universidad y la biblioteca se convierten en su segunda casa.

A los 29, después de mucho tiempo esperando, ya puede decir que en unos meses será mamá.

A los 38, su pequeño le dice que no se siente identificado con lo que la ginecóloga le dijo en la tercera ecografía.

A los 45, hace el viaje que tantos años llevan planeando.

A los 55, le dicen que va a ser abuela por partida doble.
Todavía recuerda esos momentos en los que planeaba su futuro con su pareja.

A los 65, comienza a confundir los nombres de su familia.

Hoy, como cada día, vuelve a recibir una rosa amarilla, mientras oye la misma melodía que  le proporciona la guitarra de su compañera de piso.

Hoy, como cada día, Sandra se pregunta dónde estará la niña que tanto quería.

Hoy, como cada día, Q tiene la esperanza de que recuerde que un día como hoy, comenzaron una vida juntas.


Relato de Araceli Benítez Díaz (Ara)  23/12/01
Imagen de Pixabay