sábado, 12 de marzo de 2022

Tus modales y mis costumbres

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Te encontré en la vida
y, más tarde, nos hemos arriesgado.
Nadie entenderá tus maneras:
Llevas los libros de la contabilidad de nuestros besos,
presupones las conciliaciones bancarias de nuestros viajes,
apoyas las auditorias en las terrazas que nos miramos,
diseñas los estados financieros de mis pequeños desastres
cuando te digo algo fuera de lugar,
eres especialista en registrar la caja de los futbolines de todos
los lugares que asaltamos a mano desarmada
y, aquello que te hace única, no me pasas la factura
cada vez que el miedo me asalta. Ahí me ganas.
Lecciones de una chica de universidad.
 

Por el contrario,
decirte que tampoco hay alma que comprenda
mi comportamiento torpe:
te arrebato las eses finales de tu acento andaluz,
escribo todos los lexemas en tu raíz de mujer implacable,
siempre te niego el caviar, las langostas y el oro,
sinceramente me quedo con tus pupilas dilatadas
cuando me miras de reojo.
 

También preparo una fuga contigo, Lawrence de Arabia y Durruti,
apunto la matrícula de tu pantalón
cada vez que te despides de mí,
de cuando en cuando ridiculizo a tus amantes pasados
y soy un republicano a la intemperie.
 

Pero debido a tus modales y a mis costumbres,
cuando la escarcha es serena y húmeda,
tomamos prestado un corazón lleno de tinta roja,
ardiente amor y lo devoramos.

Un poema de Javier Gil
Imagen de Santa Pixabay


jueves, 10 de marzo de 2022

A 23 de marzo de 2020

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Los sudarios se apilan en cajas de cartón
junto a la puerta del cuarto de baño.
Son las únicas prendas del hospital
que no se lavan después de darles uso.
Como todo en nuestra época
también vienen dentro de un plástico,
encontrándose la muerte como la bollería industrial,
envasada y directa al vacío.
Una se pregunta quién fabrica los sudarios,
qué fría máquina los cose y los empaqueta
listos para cubrir cualquier cuerpo
que yazca mudo en la morgue.
Yo por sudario quisiera las manos de mi madre,
morir antes que ella
y engendrarme de nuevo en su vientre,
volver a ser niña y no tener ni idea
de que en las lavanderías de los hospitales
la muerte se apila en cajas de cartón
junto a los inodoros.


Poesía de Begoña M. Rueda
Imagen de pixabay

martes, 8 de marzo de 2022

No quiero

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Ya no quiero abrir los ojos
y verte, volver a ser
río y piedra del camino.

No quiero que tus manos recorran
mi cuerpo y se me claven
tus dedos y mis versos sangren.

Ni mentiras envueltas
en divertidos papeles
de colores.

Ni palabras ocultas
entre mis venas
de agua.

Ya no quiero leer más versos
que tengan tu nombre.


Poema de Saray Pavón
Imagen de Pixabay

domingo, 6 de marzo de 2022

viernes, 4 de marzo de 2022

La felicidad de la polilla

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Hay personas-polilla que su felicidad no va más allá de dar vueltas alrededor de una persona-bombilla, podrían decidir moverse por otros lugares mas se quedan allí encerrados en su micromundo; del mismo modo hay historias que te mantienen a la expectativa aunque no tengan una trama contundente como un bistec. Son inócuas. Sigues leyendo aun a sabiendas de que no van a despertar tus neuronas o encogerte el corazón y hay partes suprimibles, pero están escritas de una manera que te adentran y embelesan.


Hablo hoy, en concreto, de dos novelas: La felicidad de la polilla (de Francisco Corrales Fernández que obtuvo el premio de novela corta del 2014 de la esfera cultural) y Ni de Eva ni de Adán (de Amélie Nothomb). Ambas hablan de amor, distintos tipos aunque el nexo de una unión por necesidad o rutina más que por latidos. Podrías huir, escapar de esa foundee de queso que te atrapa y te mantiene en el plato quieto pero ¿lo haces?



Tranquilos, no voy a destripar como terminan las aventuras, si no que os dejo con este breve esbozo de reseña para que se adentre en ellas quien sienta curiosidad.


Reseña de Saray Pavón
Imagen portada retocada por Saray Pavón

miércoles, 2 de marzo de 2022

Miedo

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¿Quién me encerró en esta urdimbre demente de quarks y electrones y fotones? ¿Por qué tengo órganos y tejidos como los de los escarabajos y los reptiles? ¿Qué tengo que ver yo con mis dedos, mi casa, mis estrellas, mis padres, mi piel? ¿Por qué no recuerdo el tiempo anterior a mi nacimiento? ¿Por qué no puedo recordar el futuro? He sentido siempre tanto miedo del mundo en el que me encuentro enterrado que, al fin y al cabo, no puedo evitar pensar que la realidad es tan solo miedo puro, miedo helado. Vivo con miedo, respiro miedo, trago miedo, seré enterrado en miedo. Transmito mi miedo de generación en generación, tal y como lo he recibido también yo de mis padres y mis abuelos.



Texto de Mircea Cărtărescu
Imagen de Pixabay