Era domingo en la mañana. Aelis y yo dormíamos apaciblemente, ajenos a todo lo que nos esperaba. Vivíamos en una choza de extramuros heredada de sus padres. No temíamos que los hombres de Covenant nos sorprendieran en mitad de la noche, pues el sueño de Aelis era ligero y, cuando percibía algo extraño, me despertaba. Como solíamos decir, ella ponía el oído y yo la espada. Por si aquello no era suficiente, mi caballo Glissant también nos advertía cuando había alguna presencia indeseada, y desde nuestro terreno podía oírse con claridad la campana de una de las cuatro pequeñas torres de vigilancia, dispuestas en el lado Este de la ciudad.
Pese a que el sol ya asomaba y, por tanto, no había riesgo de un ataque, Aelis me alertó. Había sentido al caballo agitarse en el establo, donde además guardaba mi armadura y otros utensilios. No era impensable que Covenant hubiera enviado a alguien para que le tuviera al corriente sobre lo que se hacía en Villesainte durante el día. Llevábamos meses sin noticias de él y sin ser atacados. Por lo que sabíamos, podía estar preparando una ofensiva a gran escala. Se tratase o no de un espía del Barón, no quise arriesgarme y empuñé mi Slicer. Aelis hizo lo mismo con una espada más pequeña que yo le había procurado. Nos acercamos con prudencia al establo y pude comprobar que, en efecto, Glissant parecía inquieto. Al entrar, lo encontramos casi todo en orden, salvo por algo que faltaba y algo que no debía estar ahí. Había un saco sanguinolento a los pies de la armadura, la cual también presentaba manchas de sangre, y mi pesado mangual había desaparecido.
Mientras Aelis tranquilizó al animal, yo examiné el saco. Su peso, dimensiones y el hecho de que solo estuviera manchado por un lado me decían que una cabeza humana era su contenido. Me aseguré de que Aelis no viera el macabro hallazgo, aunque por mi reacción pudo imaginarse de qué se trataba. Al asomarme al interior de la tela, descubrí que era Cristian hijo, el heredero del Conde, quien me devolvía una mirada vacía e inexpresiva. Había visto cabezas amputadas otras veces, pero nunca la de alguien que mereciera menos acabar así sus días. Cristian era un hombre bueno y sensato, muy apreciado por cuantos le rodeaban. ¿Quién había sido capaz de algo semejante? La impresión se apoderó de mí, pero no podía perder la compostura. Debía comparecer enseguida ante mi señor para comunicarle la trágica noticia.
Me apresuré en prepararme y, olvidando los escrúpulos que en cualquier otro momento habría sentido, me lavé las manos con el agua del abrevadero. Aelis tuvo que ayudarme abrochándome las botas. Cuando había terminando, dos soldados llamaron a la puerta. Uno de ellos portaba mi desaparecido mangual. Su bola cubierta de pinchos estaba bañada en sangre y restos de algo parecido a la carne.
– Capitán Van Croff – dijo el otro –. Debéis acompañarnos.
– ¿Puedo saber el motivo? – le pregunté para sonsacar cuánto sabían.
– El heredero del Conde y Lord Hereward han sido asesinados. Hemos encontrado esto junto a los cuerpos – dijo el que tenía el arma en sus manos. Los conocía de vista. Sólo recordaba el nombre de uno de ellos, Sigberto, pues sonaba parecido al de Sigfrido. Pero la similitud con el legendario héroe acababa ahí. Esos dos no eran precisamente los más fieros de mis hombres. Yo tenía mi Slicer a mano, habría podido matarlos sin mucha dificultad y huir con Aelis. Pero entonces, toda Villesainte me habría considerado responsable de la muerte de Cristian, y nadie buscaría al verdadero asesino. Estaba claro que me habían tendido una trama. Si quería descubrir quién estaba detrás, era mejor seguir actuando como un hombre inocente.
– El mangual es mío – admití –, alguien debió robarlo durante la noche. El mismo que esta mañana, poco antes de que despertáramos, colocó esto en su lugar. Precisamente ahora me disponía a informar al Conde.
Tendí el saco al soldado con las manos libres, quien se apresuró en comprobar lo que había en su interior.
– ¡Por el Santo Padre! ¡Hugo, es la cabeza desaparecida!
El tal Hugo soltó el mangual y desenvainó su espada. Aunque su forma de hacerlo fue poco diestra, pude sentir cómo el miedo recorría el cuerpo de Aelis. Ésta hizo lo posible por mantenerse firme. Habría hecho uso de su espada si yo se lo hubiera indicado. Pero preferí acompañar a esos soldados sin oponer resistencia. Incluso les dije que me ataran si lo veían oportuno. No quería perder más tiempo. Así lo hicieron, llevándome a palacio como prisionero. Aelis pretendía acompañarnos, pero le ordené que se quedara en la casa. Era lo más prudente en ese momento. Ya le pediría a Vaughan cuando me cruzada con él, que enviara a uno de sus hombres para que la mantuviera informada y la protegiera en mi ausencia.
Fuimos a pie, ya que así era como los soldados habían acudido a detenerme. Valiéndome de mi rango y haciéndoles ver que no sería un prisionero problemático, no me costó mucho convencer a Sigberto para que me pusiera al corriente de la situación. Cuatro cuerpos sin vida habían sido hallados en el claro junto al granero abandonado. A uno de ellos le faltaba la cabeza, otro tenía ésta destrozada. No obstante, debido al lugar y las circunstancias, eran fáciles de identificar. Se trataba del primogénito del Conde y su maestro Lord Hereward. Este último procedía de Inglaterra. Había estado varios años oponiendo resistencia al Duque de Normandía, a quien solía llamar el Rey Bastardo. Ante la innegable derrota, había decidido exiliarse a Francia para ayudar a Felipe I a hacerse con el ducado a modo de venganza. No obstante, hizo un alto en Villesainte, donde había oído que no se tenía al Duque Guillermo en mucha estima. ¿Podía ser obra de enemigos de Hereward? Tal vez no supieran que el joven que le acompañaba era el heredero del Conde. Cristian nunca consintió que su primogénito participara activamente en la defensa de Villesainte por temor a perderlo. Siempre le había negado el adiestramiento que sí recibió su hermano Beldar. Tras la llegada del Lord, Cristian hijo convenció a su padre para que le permitiera ser su aprendiz, alegando que le sería necesaria alguna noción de combate para poder defenderse en el peor de los casos. No quería ser recordado en el futuro como el Conde Manco. Así pues, Cristian hijo y Hereward ordenaron arreglar un pequeño granero abandonado durante la guerra, y allí almacenaron un arsenal compuesto por espadas sin dueño y otros tipos de armas, la mayor parte arrancadas de las manos muertas de la gente de Covenant. En definitiva, unas condiciones que no casaban con las de la gente con sangre noble. Motivo por el que, para alguien de fuera, sería difícil deducir quién era la persona a la que estaba instruyendo Hereward esa mañana. Sin embargo, el propio Lord afirmaba que nadie, ni siquiera sus más allegados, sabía dónde se encontraba. Y había otros indicios que me llevaban a pensar que el responsable de las muertes era de Villesainte y sus cercanías.
Además de las dos víctimas principales, en el lugar también encontraron heridos de muerte a los dos guardias que les acompañaban para velar por la seguridad del heredero. Ambos habían sido ensartados con lanzas. Uno de ellos aún estaba con vida cuando lo encontraron. Justo antes de expirar, pudo decir que su atacante portaba mi armadura. Resultaba fácil reconocerla por el color del metal. Era negra, obsequio de un herrero de extramuros en agradecimiento por haber salvado a su familia durante un ataque. Hereward había recibido un golpe fatal en la cabeza con mi mangual, y Cristian había sido decapitado. Debía ser éste y no aquél el objetivo principal. De lo contrario, habría sido la cabeza de Hereward la que hubieran depositado en mi granero para incriminarme.
Cuando llegamos a las puertas de la ciudad, la gente me miró con asombro. Mi papel en la lucha contra Covenant era bien conocido, así que la mayoría parecía resistirse a creer que yo hubiera asesinado al heredero del Conde. Otros, los cada vez más numerosos seguidores del cardenal Baptiste, clamaban mi cabeza para que se hiciera lo que ellos consideraban justicia. Entre la marea de rostros reconocí a Lucio Vargas, el hispano. Tras verme, dijo algo a su joven escudero y ambos se fueron discretamente. Poco después apareció Vaughan, al tanto de la situación. No eran muchas las cosas que sucedían en la ciudad sin que él las conociera. Le pedí que cuidara de Aelis. Me prometió que así lo haría e intentó tranquilizarme. Ciertamente, más que temor lo que sentía era incertidumbre.
Por fin llegamos a palacio y pude presentarme ante el Conde. Tanto él como su hijo Beldar estaban claramente abatidos. Noté que el cardenal Baptiste, también presente, me observaba con un gozo que intentaba disimular bajo una máscara de consternación. Aunque ese clérigo ejercía de apoyo espiritual y consejero del Conde, enviado por el Rey Felipe I para ayudarnos en la lucha contra Covenant, su presencia era un estorbo desde mi punto de vista. No solo en palacio, sino en toda Villesainte. Nuestra mutua aversión se hizo evidente cuando medié para que no condenaran a la hoguera a dos amigas de Aelis, a las cuales acusó falsamente de brujería. El precio por salvarlas fue la imposición de bautizarme si quería unirme en matrimonio con una mujer cristiana, una satisfacción que no estuve dispuesto a darle.
– Capitán Van Croff – dijo el cardenal, rompiendo el silencio reinante –. Se os acusa de alta traición hacia vuestro señor el Conde. Habéis asesinado a su hijo y heredero, así como a Lord Hereward y a dos soldados de Villesainte.
– Mi señor – dije ignorando al clérigo –. Lamento sobremanera vuestra pérdida, y deseo tanto como vos que el culpable sea castigado.
– Quien mató a mi hijo llevaba una armadura negra como la tuya y blandía tu mangual. Me acaban de informar de que han hallado en tu casa la cabeza de mi hijo. Al dolor de la pérdida se añade el lacerante peso de la evidencia.
–Villesainte es mi hogar. Siempre la he defendido, así como a vos y a vuestros hijos, a quienes considero mis amigos. El único hombre al que deseo ver muerto es a Covenant.
Beldar asintió ante mis palabras. De la familia, era con el que más trato tenía, así que sabía que podía contar con él.
– Tiene razón, padre. Los actos de los que se acusa al Capitán no concuerdan con la lealtad y aprecio que nos ha mostrado durante años.
El cardenal Baptiste volvió a arremeter. Por encima de todo, quería que me condenaran, y cada vez le estaba costando más ocultarlo.
– ¡Por favor, General! ¿Cómo podéis negar lo irrefutable?
– Si algo sabemos de Covenant es que su crueldad no tiene límites – replicó Beldar –. Este doloroso asunto podría ser otro de sus juegos. Si además de perder a mi hermano ejecutamos al Capitán, la moral de los soldados quedará mermada, y a nuestro enemigo no le será difícil conquistarnos en cuanto deje de protegernos el ojo de Dios.
– Mi señor – volví a dirigirme al Conde, quien realmente necesitaba que se pronunciara en mi favor –. Os doy mi palabra cuando os digo que mi máximo interés no es salvar mi vida, sino que se haga justicia. Condenarme, además del sacrificio innecesario que menciona el General, también supondrá la victoria del asesino de vuestro hijo, el cual quedará impune. Puedo juraros por la memoria de mi padre que no he tenido nada que ver.
Ante mis palabras, Cristian se tomó para meditar un tiempo en el que no me quitó ojo de encima. Después, pareció haber llegado a una conclusión.
– Las pruebas dicen una cosa; mi corazón me dice otra. Pero Villesainte necesita un culpable, y yo también.
Ante la sorpresa de todos los presentes, el Conde se levantó y apoyó su mano sobre mi hombro. Después ordenó a mis captores que me desataran. Nadie, ni siquiera yo, imaginaba cómo terminaría ese improvisado juicio. Me ordenó que le acompañara a hablar con el pueblo. Incluso mandó callar con un gesto al impertinente cardenal Baptiste cuando este protestó. Pude entender lo que pretendía el viejo amigo de mi padre: dar a conocer públicamente su veredicto sin opción a ser discutido por nadie. Si esa era su intención, me parecía lo mejor. Por mi parte, no quedaba mucho más que decir. Alargar el debate sólo habría servido para empeorar las cosas. Pesadamente, nos dirigimos al balcón que daba a la plaza central de la ciudad. El cardenal y Beldar nos siguieron.
Toda Villesainte parecía haberse reunido frente a palacio. Algunos con aflicción y otros con júbilo, sus habitantes esperaban el anuncio de mi ejecución. Hacía bastante tiempo que no veían una, desde que un soldado se quedó dormido en una torre de vigilancia. Eso fue años atrás, antes de que se tomara la decisión de colocar a dos hombres en lugar de uno en cada torre. Al ver el gentío deseoso de contemplar otra muerte pensé que, con aquel breve periodo de paz que nos había brindado la estrella itinerante, la ciudad volvía a adaptarse a las costumbres y necesidades de antaño. Y quería espectáculo.
El Conde alzó la voz para hablar lentamente a su pueblo.
– Hoy es un día funesto, villesaintos. Esta mañana han sido asesinado mi heredero Cristian. El desalmado que acabó con su vida vestía la armadura y empuñaba las armas del capitán Van Croff, un hombre en quien siempre hemos confiado. Recordemos que su padre dio la vida defendiendo esta ciudad, como sé que lo haría el Capitán. Él afirma que es inocente, pero no habrá indulto.
El gentío se agitó con exclamaciones de todo tipo. El Conde alzó una mano para pedir silencio.
– No habrá indulto, sino un plazo. Siete días, contando a partir de hoy. He decidido darle la oportunidad de que encuentre al asesino de mi hijo para entregármelo. De no ser así, será ajusticiado el próximo domingo.
La ciudad volvió a vocear, esta vez de forma más unánime. Parecían satisfechos. Justicia o espectáculo, ambas cosas despertaban su interés.
– ¿Os habéis vuelto loco? – volvió a importunar el cardenal Baptiste, esta vez en voz baja – Si es culpable, y no me cabe duda que lo es, huirá en cuanto lo perdamos de vista.
– Será vigilando en todo momento por mis hombres. Además – el Conde se dirigió a mí –, quiere atrapar al asesino tanto como yo, ¿no es cierto?
– Así es, mi señor – contesté –. Haré que pague por sus crímenes y por su intento de hacerme a mí responsable. Os agradezco esta oportunidad, no os arrepentiréis.
Lancé al cardenal una mirada desafiante. Había estado cerca, pero para deshacerse de mí necesitaría algo más que palabras venenosas.
Texto de Román Pinazo
Imagen de Bea Galiano





