Antonio de Zayas

No es por empezar por el final pero reconocí la línea de tiza sobre mi alfombra: Era mi silueta sujetando una copa de vergüenza en una mano y un arma cargada de prejuicios en la otra. Nadie oyó el disparo, pero desde entonces soy libre y, sí quiero, puedo contar desde 1 hasta cuchara. Ya nada me detiene ni me corrige.

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