martes, 12 de marzo de 2019

El mejor amigo...

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...del oso. Es una novela de Arto Paasilinna que trajo Lucía Vargas y me dió mucha curiosidad la sipnosis que nos hizo: Pastor en proceso de divorciarse al que le regalan un oso que adopta como mascota. Además el plus de estar desarollada la historia en Finlandia... pero bueno, al grano: he disfrutado sumergiéndome entre las páginas aunque reconozco que no entra dentro de mi top-books.

La trama viene a enredarse y deshojarse en: Unos osos juegan despreocupadamente y descubren manjares alimenticios junto a su madre pero algo cambiará drásticamente la historia del libro. El pastor, déspota y férrico, cumple cincuenta años y le regalan un oso (así logran colocarlo y no se gastan ni un duro) al que le cae el nombre de Lucifer por la expresión que suelta la mujer del pastor al verlo. Este danzará de un sitio a otro: ocupará el hueco de un difunto marido, porque el pastor acuerda con la desgraciada que lo cuide con el fin de aliviar su soledad, una madriguera artificial donde...

domingo, 10 de marzo de 2019

Elegí la vida

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No quise dormir sin sueños:
y elegí la ilusión que me despierta,
el horizonte que me espera,
el proyecto que me llena,
y no la vida vacía de quien no busca nada,
de quien no desea nada más que sobrevivir cada día.

No quise vivir en la angustia:
y elegí la paz y la esperanza,
la luz,
el llanto que desahoga, que libera,
y no el que inspira lástima en vez de soluciones,
la queja que denuncia, la que se grita,
y no la que se murmura y no cambia nada.

No quise vivir cansado:
Y elegí el descanso del amigo y del abrazo,
el camino sin prosas, compartido,
y no parar nunca, no dormir nunca.
Elegí avanzar despacio, durante más tiempo,
y llegar más lejos,
habiendo disfrutado del paisaje.

No quise huir:
y elegí mirar de frente,
levantar la cabeza,
y enfrentarme a los miedos y fantasmas
porque no por darme la vuelta volarían.

No pude olvidar mis fallos:
pero elegí perdonarme, quererme,
llevar con dignidad mis miserias
y descubrir mis dones;
y no vivir lamentándome
por aquello que no pude cambiar,
que me entristece, que me duele,
por el daño que hice y el que me hicieron.
Elegí aceptar el pasado.

No quise vivir solo:
y elegí la alegría de descubrir a otro,
de dar, de compartir,
y no el resentimiento sucio que encadena.
Elegí el amor.

Y hubo mil cosas que no elegí,
que me llegaron de pronto
y me transformaron la vida.
Cosas buenas y malas que no buscaba,
caminos por los que me perdí,
personas que vinieron y se fueron,
una vida que no esperaba.
Y elegí, al menos, cómo vivirla.

Elegí los sueños para decorarla,
la esperanza para sostenerla,
la valentía para afrontarla.

No quise vivir muriendo:
y elegí la vida.
Así podré sonreír cuando llegue la muerte,
aunque no la elija…
…porque moriré viviendo.


Poema de Rudyard Kipling
Imagen de Pixabay

viernes, 8 de marzo de 2019

Choose Life

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No era una transgresión
eso de amarse,
pero aceptamos su dogma
para no sucumbir a nuestros miedos.

No era una transgresión
sentirse libre,
aún así, recibimos los golpes
y escondimos la canción en los barrotes.

No era una transgresión
continuar vivos,
pero preferimos el violín
al tormento continuo de la rabia.

Poema de Diego Solís
Imagen de Pixabay



miércoles, 6 de marzo de 2019

Agridulce desorden

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La insensatez se apodera de mis sueños, hasta ahora llenos de coherencia y premoniciones rutinarias, hasta ahora imbuidos en un tono ceremonial de alineamiento y eficiente disciplina. Donde hubo armonía gris y oscuro orden, ahora solo hay caos y locura que estallan como un vistoso estampado, un vórtice de discordancias perpetuas, un remolino de inseguridades; como el resultado de sumergir en lejía una camiseta de colores vivos, retorcida estratégicamente. En mi mente ya no hay espacio para las ideas estructuradas y llenas de juicio. Se acabaron la concentración y la responsabilidad simbolizadas con interminables estanterías que albergaban los volúmenes de la corrección, el compromiso y otras muchas virtudes. Esos huecos se van completando con la improvisación y la sorpresa, con pequeños trozos de sutil indiferencia, con revoltosos jirones de curiosidad. La seriedad y la preocupación dan paso a la risa y al esparcimiento. El semblante sombrío que siempre emergía en primerísimo plano en mis sueños, se torna un plano abierto donde confluyen cientos de desconocidos que ríen, disertan y pasean cruzándose los unos con los otros. Y los envidio, dentro de mi propio delirio nocturno, y comienzo a dejar de temer al desorden, aunque aún me aterre descubrir nuevos colores, nuevas técnicas para convertir prendas aburridas en todo un canto a la libertad. Voy descartando progresivamente ese ambiente de inconsciente opresión, ese agobiante y pesado techo descendiente que, al igual que las paredes, me condenaba al hastío en una habitación menguante y obsesiva. Ahora correteo sin sentido alguno de un lado a otro por un enorme prado de  floridas posibilidades y he desechado completamente lo establecido, no sin cierto esfuerzo y nostalgia hacia aquel anterior estado de ilusoria autocomplacencia.  Y me temo que esa nostalgia jamás desaparecerá, por mucho que la excitante colección de posibles vivencias que me rodea eclipse, con su color, el grisáceo tapiz en el que retocé, tiempo atrás. Pero ya no hay remedio, o no quiero ponerlo; todos los libros que conformaban mi vida están esparcidos por el suelo, pues fui yo mismo quien provocó el terremoto que hizo tambalear las estanterías. El temor a las réplicas me impide poner orden de nuevo, por eso salgo a campo abierto. Por eso, aun a riesgo de no encontrarme con otro ser humano en kilómetros, me lanzo a las enormes llanuras de la incertidumbre y el desasosiego. Y deseo, envuelto en el manto reversible de la esperanza y lo desconocido, volver a soñar, pero esta vez despierto, con esos espacios abiertos donde todos ríen, disertan y pasean, esperando que el resorte que retiene mi arrojo se rompa de una vez por todas y me impulse hacia dulces y turbulentas espirales de color y locura.

Texto de A. Moreno
Imagen de Pixabay

lunes, 4 de marzo de 2019

El dolor

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El dolor no humaniza, no ennoblece,
no nos hace mejores ni nos salva,
nada lo justifica ni lo anula.
El dolor no perdona ni inmuniza,
no fortalece o dulcifica el alma,
no crea nada y nada lo destruye.
El dolor siempre existe y siempre vuelve,
ninguno de sus actos es el último
y todos pueden ser definitivos.
El dolor más horrible siempre puede
ser más intenso aún y ser eterno.
Siempre va acompañado por el miedo
y los dos se alimentan uno a otro. 




Poema de Amalia Bautista
Imagen de Pixabay


sábado, 2 de marzo de 2019

Mi delito

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Estaba sentado en el banco de madera de una estación de tren. Conocía todos los rincones. Todos los días me paseaba un largo rato antes de dirigirme a mi trabajo.
Los sintecho, mendigos del sueño de la noche, se apelotonaban en un rincón de la estación. Un predicador dictaba sus proclamas desde un pequeño púlpito.
Eran las ocho de la mañana de un día cualquiera, cualquier día era bueno para morir. Los trenes se sucedían como pequeñas balsas trasladando a sus ocupantes a las pequeñas islas de la gran ciudad.
Todas las mañanas, mis ojos contemplaban la misma escena. Tapé mi cara con la palma de mis manos para aislarme del bullicio y decidí que después de tanto tiempo esperando fielmente, el día, por fin, había llegado.
Caminé sobre el andén, titubeando. Bajé hasta la vía por una escalerilla y tumbé mi cuerpo sobre el raíl. Deseaba tener constancia de que moría contemplando mi propia muerte. Desde mi posición divisé como se acercaba un convoy y por los altavoces se repetía: «El próximo tren no parará en esta estación».
        —¡Bien! —exclamé—. No parará. Todo pasaría rápido, sin que pudiera volverme atrás. “No parará”, me repetía.
El corazón se aceleraba por momentos, mis brazos temblaban. Un sudor frío pegó la ropa a mi piel. Supe que no había forma de huir.
El predicador se dirigía a los mendigos, me citaba como ejemplo de fariseo, y que todos y cada uno de los allí presentes debían seguir sus consejos para no acabar como yo.
No presté demasiada atención a la perorata. Sólo pensaba en mi final y acomodé mi cuerpo a la vía. Los mendigos se dedicaban a quitarme los zapatos, pero no me importaba, en unos segundos, no me servirían de nada.
El tren se acercaba a toda velocidad. Por mis ojos brillantes se sucedían imágenes de mi vida. De repente, me desplacé a un lado. No sé por qué extraño motivo, quizás hoy no quería morir.
El predicador me miró con una expresión quebradiza, como si pidiera perdón por los pecados que no había cometido, pero finalmente abroncó mi decisión con gritos roncos. Si hubiera permanecido en la vía y mi alma se hubiera liberado de mi cuerpo, habría conseguido más seguidores. Los mendigos me chillaban: «¡cobarde!» y el eco martilleaba mi cabeza.
Y salí de la estación, descalzo, pensando en mi delito de cobardía.
Quizás regrese mañana o la semana que viene. Suplicaré al predicador para que me clave con afiladas escarpias a la madera de los raíles. No creo que se niegue, podrá clamar a la concurrencia de que soy un nuevo Mesías. Servirá para mis intereses de cobarde.

Texto de Eugenio Barragán
Imagen de Pixabay