sábado, 9 de mayo de 2026

Crónicas de Villesainte - Epílogo

 

Los soldados que me acompañaron dieron testimonio de lo sucedido, así como Vargas y Vaughan. Por otra parte, Sigberto afirmó conocer a Clodevinta y la confianza de ésta con el padre Evelio, la cual supuso la muerte para ambos. Abatido antes las innegables evidencias, el Conde no tuvo más remedio que creerme y exculparnos tanto a Aelis como a mí.
    A pesar de los crímenes que había cometido en vida, fue deseo del Conde que el cuerpo de Beldar reposara en el panteón familiar junto a su madre y a Cristian, con la esperanza de que se reconciliara con este último en la otra vida. Yo mismo estuve de acuerdo, pues sabía que, si bien la decisión que tomó mi general fue equivocada, no por ello había dejado de amar a su hermano, y estaba seguro de que le pesaba en la conciencia. Por ese mismo motivo, me ofrecí a ser uno de los cargaron con el ataúd, gesto que fue reconocido por el propio cardenal Baptiste.

    Una vez concluido el asunto, acompañé a los Doce de Vaughan hacia el castillo de Covenant para que tomaran su compensación por haber permanecido luchando por Villesainte durante años. Pese a la desaprobación del cardenal, el Conde, heredero de la fortaleza tras la muerte de su tío, emitió a Vaughan un documento acreditándolo como legítimo propietario de la misma. En su fantasmagórico interior no encontramos nada con vida, aquello estaba abandonado. Cámaras de tortura, restos humanos, bidones de sangre corrompida y otros horrores eran cuanto quedaba del legado de su perturbado último ocupante. Encontré, también, un diario redactado por el secretario de Covenant, quien, al parecer, dejó de escribir poco después de la llegada al castillo de un oscuro sacerdote llamado Upir' Likhyi. Pese a que me pareció que aquello podría resultar de interés para el cardenal Baptiste, dejé que ese documento acabara pasto de las llamas, junto con todo lo que Vaughan y sus hombres consideraron excesivo en aquel lugar. Apenas encontraron objetos de valor, de modo que decidieron utilizar el propio castillo para sacar beneficio económico. Ofrecieron a Pierre el posadero y a su mujer la posibilidad de trasladarse allí y habilitar una parte para su negocio, a cambio de que se encargaran de su mantenimiento y compartieran las ganancias. Sus socios no lo dudaron, dejando su antiguo local en manos de Gilsa y Otilia.
    No obstante, fue breve el plazo en que los Doce de Vaughan disfrutaron de su nuevo hogar. Al poco tiempo de instalarse, marcharon hacia Aragón para ofrecer sus espadas al rey Sancho I, como habían prometido a Vargas tras terminar la guerra de Villesainte, llevándose con ellos a Anna-Marine, tal y como era su deseo. Mi amigo me propuso que ejerciera como señor de su castillo mientras estuviera ausente, pero decliné la oferta. Al igual que a Aelis, no me gustaba la idea de permanecer tanto tiempo en aquel lugar que, hasta no mucho antes, había estado maldito, y en vista de las circunstancias decidí complacerla. Acabábamos de descubrir que habíamos sido bendecidos por Freyja, algo que no esperábamos ya, dado el tiempo que estuvimos juntos sin ningún resultado. Poco después del fin de la guerra, el ciclo de Aelis se interrumpió. Dio a luz un hijo varón al que llamamos Helfdane, igual que Padre. Me propuse educarle para hacer de él un mejor hombre que mi progenitor. Convertirle en la imagen y semejanza de lo que debería haber sido.

    La muerte del conde Cristian supuso un golpe para la moral de Villesainte. Al no haber ningún heredero, el aborrecible duque Guillermo tomó posesión de la ciudad. El cardenal Baptiste encontró entonces una oportunidad de imponerse como gobernante, y así lo hizo. Si bien yo había lidiado con su soberbia, consiguiendo finalmente aplacarla, a los villesaintos les tocó sufrir la corrupción del clérigo, para la cual no parecía haber remedio alguno. Su desmesura a la hora de cobrar impuestos obligó a muchos a abandonar sus hogares. Entre éstos estaban las amigas de Aelis, las cuales, tras un breve periodo de prosperidad, volvieron a temer por sus vidas por el simple hecho de amarse. Durante un tiempo, Baptiste no tocó a los habitantes de extramuros, pero cuando empezó a hacerlo decidí abandonar aquello y regresar a Götaland junto con Aelis y el pequeño Helfdane. Tan solo pasamos allí un invierno, pues las noches duran demasiado y eso a ella le inquietaba. Los veranos, en cambio, le resultaron una bendición, pues son realmente escasas las horas de oscuridad.
Aunque medio derruida, encontrar la vieja cabaña de mis padres me hizo desenterrar muchos recuerdos que, con el correr de los años, creía extintos. No sin esfuerzo la reconstruí, y es en ella donde vivimos desde entonces la mayor parte del año. Aelis llevó semillas de su manzano, así como de otros vegetales, para plantarlas allí. La tierra de Götaland no es tan fértil como la de Villesainte, pero entre los dos conseguimos que germinaran. Yo, por mi parte, los meses en que regresamos a Normandía, escribo esta crónica mientras el pequeño Helfdane me observa con fascinación. Quiere aprender a «dibujar las palabras», como él lo llama, y yo quiero enseñarle, tal como el padre Evelio hizo conmigo. Puesto que vendimos la choza y la vieja posada de Pierre acabó cerrando, es en el castillo donde nos alojamos durante nuestras visitas invernales. A pesar de su oscura historia, han conseguido hacer de él un lugar acogedor. Siempre somos aquí bien recibidos por mis hermanos Vaughan y Anna-Marine, y también por las amigas de Aelis.
    Entre otras cosas, Vaughan me habla sobre los musulmanes que encontró en Aragón, a los cuales considera unos adversarios fascinantes, nada que ver con los harapientos y deshonrosos hombres de Covenant. Dice que aquello es sólo una ínfima muestra de una guerra que parece no tener fin. Esas huestes del sur dominan lo que los cristianos llaman «Tierra Santa», y se comenta que el Papa está llamando a los soldados de Cristo para conquistarlas. Los Doce de Vaughan no han decidido aún si participarán o no en esa contienda. En cuanto a Villesainte, soy testigo de cómo ha caído en completa decadencia después de mi partida. El cardenal Baptiste murió asesinado, noticia que ni me extraña ni me causa gran pesadumbre, pero después, poco a poco, la ciudad ha sido abandonada, convertida en un enorme, silencioso y amurallado nido de ratas. No puedo evitar imaginarme al espíritu de Convenant contemplando la imagen y sonriendo, igual que mi viejo amigo y yo habíamos explorado su fortaleza abandonada. Un pensamiento que me llena de pesar e inquietud. Todo aquello por lo que habíamos luchado, por lo que Padre y tantos otros habían dado sus vidas, caerá en el olvido, desapareciendo como si nunca hubiera existido. Es por ello por lo que escribo esta crónica. Para las generaciones venideras, mi hijo y yo mismo, con el propósito de que Villesainte y todo lo que allí aconteció perdure en el tiempo de alguna forma.
    Que este testimonio sirva para evitar que se repitan la locura, la avaricia, el crimen y la desesperanza, los mismos males que azotaron ese pedazo de tierra durante veintinueve largos años, por el que muchos murieron y otros mataron, y que, a pesar de todo el sacrificio, al igual que sucede con los propios hombres tras su paso por el mundo, pronto será nada.

 

FIN

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

viernes, 8 de mayo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XXII

 

Aun con lluvia, hubiera preferido que el camino hacia el claro del antiguo granero fuera más largo. Junto a la pequeña construcción en ruinas, donde una semana antes se había ocultado el hispano, tres caballos atados se juntaban unos con otros para intentar mitigar el frío. Cada vez más cerca, se oía el inconfundible sonido del acero chocando contra el acero. Finalmente, encontré al temido Beldar con dos de sus hombres, entrenando como solía hacer allí su hermano. ¿Por qué esa emulación? ¿Buscaba acaso una forma de suplir su ausencia convirtiéndose en él? ¿Fingía estar atormentado por la pérdida, o lo que le torturaba era su propio remordimiento? En cualquier caso, su habitual fiereza permanecía intacta sin que ese pesar influyera lo más mínimo. No parecía tener mucha dificultad en enfrentarse a ambos soldados al mismo tiempo, ni siquiera estando desprotegido y a pecho descubierto. Al igual que sus adversarios, se valía de espadas y escudos. Tampoco el frío o el llanto de Frey, cada vez más abundante, parecían repercutir en el empeño de Beldar, pues este únicamente ordenó interrumpir los ejercicios al percatarse de mi presencia. Fui entonces consciente de que no había vuelta atrás. Tendría finalmente que confrontarlo. Además de los obstáculos que tenía para ello, también tuve que lidiar con su actitud. Intentaba guardar las formas hablándome en tono amigable, como si nada sucediera. Como si no fuera consciente de que éramos él o yo.
    – ¡Capitán! Presiento que esta mañana os hará falta la capucha que os dejé. Espero que la conservéis.
    – Vuestro padre os reclama – le respondí seriamente. Él optó por fingir no percibir mi tono.
    – Decidle que no se preocupe. Volveré a tiempo para la misa.
    Pretendió reanudar con su entrenamiento. Yo estaba desarmado, mi Slicer seguía en la torre de vigilancia, junto a Aelis. No obstante, me acerqué, interponiéndome entre Beldar y los caballos. Al darse cuenta, volvió a detener las prácticas.
    – Sé lo que hiciste – le dije bajando la voz –, y ellos también. Ahora vendrás con nosotros. Debes rendir cuentas ante tu padre.
    Para bien o para mal, logré que su sonrisa se desvaneciera. Miró por encima de mi hombro, en dirección a los seis soldados que me acompañaban. Después volvió a fijarse en mí. Me sonrió de nuevo, pero de forma diferente, torcida, mientras exhalaba un resoplido de incredulidad.
    – ¿Qué le has dicho a mi padre?
    – Todavía nada. Prefiero que lo hagas tú mismo. Ciertamente, yo también necesito escuchar lo que tengas que decir.
    – ¿Te atreves a acusarme a mí antes que a ese mercenario insurrecto? ¿Piensas que mi padre lo creerá? Debes estar muy desesperado.
    – Alguien te vio, y sé que aquella mañana no pasaste el rato con Clodevinta como afirmabas. Era inocente. Al igual que el padre Evelio, ha muerto por nada. Un sacrifico inútil, pues no ha servido para impedir que te descubra.
    – ¿Qué sabes tú de sacrificios?
    – ¿Eso fue para ti la muerte de tu hermano?
    – ¿Cómo osas? ¡Detén estas acusaciones de inmediato! Soy tu general, te lo ordeno.
    – Y yo como enviado del Conde para apresar al asesino de su heredero, te ordeno que dejes de negarlo. Mataste a tu hermano. ¿Por qué? ¿Querías hacerte con el condado?
    – Jamás dejaría que algo tan mezquino como la codicia se interpusiera entre Cristian y yo.
    – Sé que lo mucho que lo apreciabas, por eso no alcanzo a entender qué fue lo que te llevó a hacerlo.     Antes de cortar su cabeza le dijiste que era necesario por el futuro de Villesainte. ¿Cómo es eso posible?
    Guardó silencio por un instante. Al fin pareció que comprender que no le quedaba más salida que admitir sus crímenes.
    – Lo era, o eso creí en aquel momento. No me siento orgulloso de ninguna de las muertes que he causado entre los nuestros. Pero de todas ellas, la que más me pesa es la suya. Explicártelo no servirá de nada.
    – Inténtalo.
    – Había encontrado una forma de entrar y salir de los muros de la ciudad sin ser descubierto. Conseguí reunirme con Covenant.
    – ¿Te confabulaste con el enemigo?
    – No, sólo lo fingí para que me considerase su aliado. Que creyera tener un espía dentro de palacio. Así, en algún momento, conseguiría que se expusiera ante mí, al alcance de mi espada, y yo acabaría con él antes de que llegara a ordenar su ataque definitivo, que como todos temíamos, sería muy pronto. Mi objetivo no era sino evitar la batalla que tuvo lugar el pasado miércoles. La masacre que fue y también la que podría haber sido si la fortuna no hubiera estado de nuestra parte. Desgraciadamente, sólo había un modo de ganarme la confianza del depravado Covenant: derramando sangre de mi propia familia. Con ese irreversible acto de perversión, nuestro enemigo pensaría que estaba bajo su influencia y me aceptaría entre sus filas, pudiendo así ejecutar mi plan. Por eso era necesaria la muerte de mi hermano, aunque yo no la quisiera.
    – ¡Cuánto mal hiciste con buenas intenciones como excusa! No me cabe duda de que es así como te justificas a ti mismo, pero te equivocas. Si salvamos la ciudad aquella noche no fue por mediación de la fortuna, sino porque luchamos unidos, como siempre hemos hecho. No debiste tomar esa decisión. Y desde luego, no debiste tomarla solo. Si lo hubieras consultado con tu padre, Hereward, Vaughan y conmigo, entre todos habríamos trazado un plan mejor para acabar con ese draugr.
    – Demasiado debatir, como siempre. No habríamos llegado a nada útil. ¡La situación era desesperada! Había que actuar rápido, y yo obré lo mejor que pude.
    – Dejaste que nuestro enemigo te engañara, utilizándote para herir a tu padre donde más le dolía, intentando después librarse de ti como de un esclavo más. Por eso mandó a aquel siervo a acuchillarte por la espalda. Una vez cumpliste tu cometido, ya no le eras útil.
    Cada vez más enfurecido, Beldar terminó de desatar su cólera ante mis palabras. Alzó su arma. Creía que me atacaría a mí, pero en lugar de eso dirigió su ira hacia los dos soldados que habían entrenado con él, cogiéndoles desprevenidos. A pesar de la resistencia que opusieron, atravesó con la espada a uno y decapitó al otro sin dificultad. Una línea de sangre salpicó su rostro. Después se volvió hacia mis hombres y yo.
    – ¡No eres quién para juzgarme! Sabía que no merecía la pena explicártelo. Habéis venido a apresarme, ¿verdad? ¡Vamos! ¡¿Quién quiere ser el próximo en morir?!
    – ¡No os mováis! – ordené a mis hombres. Por encima de todo ansiaba justicia, pero también quería evitar que se derramara más sangre innecesaria. Volví a dirigirme a Beldar.
    – Mataste a tu propio hermano, a un valioso aliado como Hereward y a más gente que no se lo merecía. Hiciste ver que Aelis y yo éramos los culpables. A ella casi la queman viva ayer mismo. ¡Claro que soy quién para juzgarte! No sé si fue Covenant u otra cosa, pero es evidente que algo te ha corrompido. Ya no eres el Beldar que conocía, te has convertido en algo diferente.
    – Comprendo tu decepción, pero no podía dejar que mi padre supiera lo que había hecho. Necesitaba incriminar a alguien que viviera en extramuros, tuviera armas y resultara creíble que saliera indemne de un enfrentamiento contra cuatro hombres. Que reuniera todas esas cualidades, no se me ocurría otro que no fueras tú.
    – Ahórrate los intentos, eso sí que no te servirá. Acabo de gastar las pocas fuerzas que me quedaban para perdonar justo antes de venir a apresarte, pero será diferente con el Conde. Dudo que él te mande ejecutar a pesar de todo. Haber perdido a un hijo a manos del otro ya es suficiente dolor como para, además, soportar esa carga. Hasta ahora siempre te había tenido por un hombre valiente. Selo una vez más. Afronta tus errores. Exponle a tu padre lo que me has contado a mí.
    Esa vez mis palabras parecieron calmarle. Bajó su espada.
    – ¿Cómo afrontarlo lo que hice sin volverme loco? Es demasiada la culpa.
    – Creías obrar correctamente, tal y como has dicho. Cuando te diste cuenta de tu equivocación, ya era tarde. Intentaste borrar tu rastro para, al menos, no defraudar a tu padre.
– Sí. Era lo único que me quedaba, que nadie llegara a descubrirlo. Pero he fracasado. ¡Y ha sido por tu culpa!
    Algo dentro de él volvió a despertar su actitud amenazante. Levantó de nuevo su espada e intentó golpearme con ella. Le esquivé, cayendo al suelo.
    – ¡Tras la muerte de mi hermano, mi máximo anhelo era acabar con Covenant para vengarlo, y ni eso me has dejado!
    Continuó atacándome. Rodé hasta uno de los cadáveres. Extraje el arma de su mano muerta y recogí el escudo de madera que yacía junto a él. Por su parte, mis soldados desenvainaron y se interpusieron entre el General y los caballos. Al igual que yo, debieron entender que el combate era ya inevitable. Me levanté, mirando fijamente al que se había convertido en mi adversario.
    – Confiaba en ti. No solo eras mi superior, también mi amigo. Pero has cometido crímenes horribles y has intentado ocultarlos de la forma más ruin y miserable. Has puesto además a Aelis en peligro. No voy a permitir que escapes.
    Beldar corrió hacia mí blandiendo su hoja.
    – ¡¿Y por qué no has muerto como los demás?! ¡¿Por qué has tenido que descubrirlo todo?!
    Me protegí y ataqué, pero cada golpe de mi espada era desviado por la suya. El escudo que él usaba era de metal, cuando acertaba a darle no conseguía sino hacerle una nueva muesca. Beldar, en cambio, cada vez que chocaba su arma contra el mío lo quebraba, aumentando sus grietas. Llegó un momento en que el acero atravesó la madera y mi piel, produciéndome un corte en el brazo. Tuve que despojarme de mi destrozada protección, de nada servía ya. Volvió a atacarme. Me agaché para esquivar su hoja. Alcancé el otro escudo que aún sostenía el cadáver decapitado. Lo tomé, pero no me dio tiempo a terminar de colocármelo cuando Beldar volvió a golpearme. Caí al suelo. Intentó clavarme su espada sin lograrlo. En lugar de en mi cara, se hundió en el barro. Me levanté para alejarme de él un par de pasos. Choqué dos veces mi arma contra mi escudo, ya bien sujeto, para indicarle que estaba listo para continuar. Él replicó mi gesto.
    Volvimos a intercambiar espadazos bajo una torrencial lluvia. El segundo escudo de madera también acabó destrozado, pero no me lo quité. Era mejor que no tener nada. Una estaca puntiaguda, que fuera una de las tablas que formaban mi protección, colgaba de mi brazo ensangrentado. Beldar atacó entonces con todas sus fuerzas. Intercepté su espada con la mía y, tras desviarla, alcé el brazo izquierdo, clavándole la estaca por la barbilla hasta que sentí el crujir de su cráneo. Me escupió sangre en la cara. Su mirada se nubló. Sus manos temblaron, dejando caer al suelo la pesada arma y el escudo que portaba. Después se derrumbó de rodillas, desplomándose finalmente sobre el barro. Los soldados empezaron a murmurar entre sí, horrorizados por lo que acababan de presenciar.
    Lejos de remitir, la lluvia no hacía más que aumentar su intensidad. Volví el cuerpo de Beldar para que se le limpiara el rostro de sangre y de fango. Lo contemplé con alivio y pesar a partes iguales, comparando mi recuerdo de lo que fue con lo que tenía frente a mí, la bestia ya ajusticiada en la que había llegado a convertirse. Un buen general enloquecido por la guerra, caído en desgracia. Alcé la vista y cerré los ojos para que la caricia de Frey me limpiara a mí también, por fuera y por dentro. Sentí cómo el suelo retumbaba. Un jinete cabalgaba apresuradamente hacia nosotros, deteniéndose luego en seco, seguramente al comprobar que todo había terminado. Miré y vi a Vaughan portando mi Slicer. Aunque tarde, agradecí su ayuda con una sonrisa.
    – No sólo las bienvenidas – le dije, en referencia a lo que comentó tras sobrevivir a nuestra primera batalla en Villesainte –. Todo en esta tierra es roja, pequeño hermano. Pero no lo vemos.

 

Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

martes, 5 de mayo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XXI

 

    A pesar de la temprana hora a la que acudí, me permitieron la entrada en el salón de palacio, donde aguardé al Conde. Mientras tanto, reflexioné sobre cuál podía ser la forma más acertada de comunicarle que su primogénito había muerto a manos de su segundo hijo, quien también era responsable de cinco muertes más. No había logrado dar con ella cuando apareció mi señor seguido de cuatro soldados. Esa vez no le acompañaba su sombra, el cardenal Baptiste. A falta del padre Evelio, debía ser él quien se encargase de la tarea de preparar a los fallecidos antes del entierro y, por tanto, se encontraría ocupado aquella mañana con el reciente cadáver de Clodevinta, además de la misa que debía oficiar no sólo para las familias más pudientes, sino para toda la ciudad.
    Al verme, el Conde me saludó efusivamente, tal vez complacido al comprobar que no tendría que enviar a sus soldados a buscarme por toda Normandía, o seguramente ansioso por escuchar lo que tenía que decirle sobre el asesino de su hijo. Sin más preámbulos, me interrogó directamente por ese espinoso tema que, según decía, no le había dejado dormir en toda la noche.
    – ¿Has venido a entregarte para tu ejecución o para darme noticias?
    – He encontrado al asesino, mi señor. Pero mucho me temo que se trata de alguien muy próximo.
    – Lo cual añade más culpa a su traición. Ardo en deseos de tenerle frente a mí. Llévate a estos hombres y traédmelo con vida.
    – ¿No queréis antes saber quién es?
    – Como digo, apenas he dormido en toda la noche, tiempo más que suficiente para reflexionar. He concluido que prefiero descubrir la identidad del asesino cuando lo tenga delante. Estoy viejo y casi no me quedan fuerzas. No quiero gastar uno de los pocos arrebatos de ira que me quedan sin nadie presente con quien poder desquitarme.
    – ¿Estáis seguro de ello?
    – ¿Estás tú seguro de que saber quién mató a mi hijo?
    Me abstuve de responder. No era necesario, como tampoco que él me confirmara su orden. Nos miramos ambos con determinación en nuestros semblantes. Sus ansias de justicia y venganza, que llevarían una semana consumiéndole, debían ser aún mayores que las mías. De modo que, aun a riesgo de que posteriormente considerase traicionera mi ambigüedad, le ofrecí esa satisfacción que reclamaba.
    – Necesitaré que me acompañe Beldar. ¿Alguien sabe dónde puedo encontrarlo?
    – En el viejo granero, mi capitán – respondió uno de los soldados que acompañaban al Conde –. Se fue no hace mucho, nada más despuntar el alba. Decía que quería hacer prácticas allí para honrar a su hermano.
    – ¡Ni siquiera un día como hoy puede dejar de pensar con el filo de su espada! – exclamó el Conde. – Más le vale estar presente cuando me traigas al traidor. Recuerda: lo quiero con vida.
    – Como deseéis, mi señor.
    Me despedí de él respetuosamente. Los cuatro soldados que traía consigo se unieron a los dos que un instante antes habían sido mis vigilantes. Entendí que volvía a ser su capitán a todos los efectos. No volvería a ser tratado como un criminal. Salimos de palacio en completo silencio. No les dije a dónde nos dirigíamos para evitar que alguien pudiera oírnos, pues el asunto requería discreción.
Mis acompañantes caminaban enérgicos y dispuestos. Debían creer que era el líder de los mercenarios a quien apresaríamos. Seguramente, el cardenal Baptiste habría compartido su errónea teoría con el Conde en presencia de los guardias. Al igual que estos, mi señor pensaría también en Vaughan cuando dije que el asesino de Cristian era alguien próximo. Pero todos estaban equivocados, como pronto les demostraría.
    Me detuve en la puerta de la posada. Ahí estaba él, como si ya me esperase. Delante de los soldados, le expliqué la situación. Éramos siete, debíamos bastar para capturar a un hombre común, pero no a Beldar. No con vida.
    – ¿Necesitas ayuda?
    – Tu presencia no haría sino empeorar las cosas. Quiero que su arresto sea lo menos conflictivo que esté en mi mano. Tengo que hablar con él. Logré averiguar el quién, y no gracias a ti. Vargas me ha dado el cómo. Pero aún no alcanzo a comprender el por qué.
    – ¿Y crees que te lo dirá?
    – En algún momento tendrá que hacerlo. A mí o a su padre.
    – No deberías demorarlo. Si no quieres mi apoyo ni puedo decirte más de lo que ya sabes, ¿a qué has venido?
    – Te debo una disculpa por haberte creído capaz de asesinar y traicionarme para quedarte con Aelis. Y tú me debes una a mí por ocultarme la verdad. Tengo mis dudas sobre cómo acabaría en un enfrentamiento con Beldar, así que quiero estar preparado para lo peor. Sería bueno hacer las paces por lo que pudiera ocurrir.
    – No pensé en ocultártelo hasta que el Conde anunció que te concedía un plazo de siete días. Si lo hubieras sabido entonces te habrías precipitado, y necesitabas ese tiempo para averiguar no sólo que había sido Beldar, también por qué no podía ser nadie más. Si el asesino fuera otro, tal vez el testimonio de Vargas hubiera sido suficiente. Pero tratándose del segundo hijo del Conde...
    – Ya me dijo el hispano. Pero sigo sin entender cómo fuiste capaz de mentirme, sobre eso y sobre más cosas.
    – No creas que me resultó fácil. Aun sin decírtelo, intenté orientarte varias veces, pero siempre acababas sospechando de cualquiera menos de él. Sin duda, su padre pensaría de la misma forma, por eso dejé que siguieras buscando la respuesta por ti mismo a pesar de todo. Pero te juro por los dioses que nunca quise perjudicarte. En el caso de que finalmente no hubieras logrado encontrar al asesino, Vargas y yo lo habríamos delatado ante todos para evitar tu ejecución. Por fortuna, acerté en no subestimarte.
    – Me alegra saber que al menos no lo dejaste al azar. ¿Y en cuanto a Anna-Marine?
    – Tan sólo respeté su deseo de mantenerlo en secreto. Es una mujer de gran carácter, espero que tengas la oportunidad de conocerla mejor.
    – Protégela bien. Ahora son dos las personas a las que te pido que cuides en mi ausencia.
    – Deja de pedir tanto, pequeño hermano. Llegaste a capitán, ganaste una guerra, acabaste con un draugr y has desenmascarado a un vil cobarde sin más ayuda para todo ello que tu propia valía. Te esperarán por siglos en el Valhalla. No tengas prisa en morir hoy.
    Hacía varios días que no me llamaba así, «pequeño hermano». Había llegado a echar de menos esas palabras, y también sus elogios cuando el ánimo me flaqueaba. Había sido un honor luchar a su lado durante tantos años, y así se lo hice saber al despedirme de él.
    Quizá conmovido por nuestra reconciliación, Frey empezó a derramar algunas lágrimas sobre la ciudad. Cuando mis soldados y yo salimos de la misma, les hablé sin dejar de caminar a pesar de la lluvia.
    – Como habréis advertido, vamos al granero. A partir de ahora trataréis al General como si no fuera vuestro superior. Venís conmigo por orden del Conde y estáis a mi cargo. No le obedezcáis en nada de lo que diga, pero procurad no hacerle daño. Lo apresaremos y lo llevaremos ante su padre, este decidirá.
El asombro que habían mostrado mis hombres dio paso al temor. Enfrentarse a su propio general era un asunto serio, más aún tratándose del único heredero que le quedaba al Conde. Pero lo que realmente temían era a la figura de Beldar, que parecía no haber nacido para otra cosa que la batalla. Capturarle vivo sería ardua tarea. Aunque no quise mostrarlo delante de mis subordinados, yo mismo compartía esa inquietud. Sabía que una vez más, en el mismo lugar y a la misma hora que la semana anterior, correría la sangre.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano

sábado, 2 de mayo de 2026

Crónicas de Villesainte - Capítulo XX

 

Mientras los guardias de la puerta de palacio me vigilaban, esperé a que Hugo solicitara a sus compañeros que alguno ocupara el puesto de Sigberto, quien claramente se encontraba demasiado abatido ante la muerte de Clodevinta. Cuando salió un sustituto, nos dirigimos a la posada de inmediato. Allí estaban de celebración, ajenos al crimen que acababa de cometerse. Herger nos recibió llevándose los caballos a la parte trasera. Ya desde el exterior se sentía a Wyndorf, un juglar convertido en mercenario por Vaughan que, cuando no robaba sorbos de cerveza a Orbec, cantaba y tocaba su laúd para animar aún más a sus ebrios compañeros. Al vernos entrar a mis escoltas y a mí, todos los presentes vitorearon y alzaron sus jarras. Me extrañó que Anna-Marine no estuviera en la puerta del local como era costumbre. La encontré en el interior, sentada sobre el regazo de Vaughan. Este le dijo algo al oído. Ella se levantó y se dirigió hacia mí, saludándome de forma sugerente.
    – ¿A qué se debe este festejo? – le pregunté sin reaccionar a sus intentos de seducción – ¿Todavía celebran el fin de la guerra?
    – Celebran que vuelven a ser trece.
    Como esperaba, pude comprobar que Vargas se encontraba en el lugar brindando con los mercenarios, aunque no tan escandalosamente como estos. Anna-Marine continuó explicándome.
    – Además, esta será su última fiesta en la posada. El lunes marcharán de la ciudad. Espero que me lleven con ellos, les echaré de menos si no lo hacen.
    Escudriñé a Vaughan, quien no se había movido de su asiento. Me señaló a su cómplice con la mirada, después asintió y alzó su jarra para disimular frente a mis escoltas. A diferencia de sus hombres, el buen humor del que mostraba estar no parecía del todo sincero. Más le valía que fuera así. Si mis conclusiones sobre él y Vargas eran ciertas, hacía bien en tomarse con seriedad la situación.
    – A ti también te extrañaré si te ejecutan – prosiguió ella ante mi severo semblante –. No te me pongas celoso.
    – ¿Quién dice que lo esté?
    – ¿Por qué nunca te has fijado en mí? Esa Aelis sabe lo afortunada que es y te tiene bien saciado, ¿verdad? Pero esta podría ser tu última noche, mereces algo distinto. Algo nuevo. Tienes tiempo de volver con ella después.
    – No suena mal del todo – le dije siguiéndole la corriente.
    – Si el precio es problema no te preocupes. Es un regalo de tu amigo.
    Detrás de todo aquello pude reconocer la astucia de Vaughan para desprenderme de oídos indeseados. Pese a que hubiera preferido hablar con él directamente, fingí acceder a la repentina propuesta de Anna-Marine. Hugo y su nuevo compañero no mostraron objeción en perderme de vista durante el encuentro privado. Seguramente, agradecerían poder hacer un breve descanso para conversar sobre el desdichado Sigberto. Más aún cuando Herger entregó una jarra de cerveza a cada uno. Anna-Marine y yo continuamos con la farsa. Nos metimos en una habitación, donde permanecimos esperando en un silencio que ella rompió finalmente.
    – Lo que te he dicho ahí fuera no ha sido cosa mía.
    – Eso he observado. Mi respuesta también era fingida. Tengo el cariño de una buena mujer, no necesito más.
    – Eres mejor que tu padre.
    Me volví hacia ella con seriedad.
    – ¿Qué tienes tú que decir de mi padre?
    – No mucho, en realidad. No lo conocía, pero mi madre sí. Alguna vez te habló de la amante que tenía en Villesainte, ¿verdad?
    – ¿Era tu madre?
    – Por aquí la gente de pelo rojizo no suele gustar. Nos evitan, incluso fingen que no nos ven. Mi madre y yo nunca le hemos importado a nadie. Tu padre, en cambio, veía en ella una buena opción para desfogarse cuando le faltaba su esposa. Para él sólo era eso, una amante secreta. Pero para ella, el hombre del norte era el padre de su hija.
    – ¡Somos hermanos!
    – Veo que eres atento.
    – Ahora entiendo. Por eso nunca has querido nada conmigo.
    – Soy una degenerada, pero no tanto como algunos dicen.
    – Me hubiera gustado saberlo. Podría haberte ayudado a tener una vida mejor. El padre Evelio te habría acogido cuando quedaste huérfana, igual que a mí.
    – Lo intentó. Quiso mandarme a un convento por mediación de tu padre. Fue la única vez que mostró algo de interés por mi bienestar. Pero no estoy hecha para esa vida.
    – ¿Entonces el padre Evelio lo sabía?
    – Le pedí que no te dijera nada, igual que a Vaughan.
    – ¿Por qué?
    – No lo sé. Supongo que me incomodaba hablarte de ello. Por eso siempre te he evitado.
    – ¿Y qué ha cambiado ahora? ¿Por qué te has decidido a contármelo?
    – En el fondo eres la única familia que me queda. Si a la mañana te ejecutan, quiero que sepas que habrá alguien que llore tu muerte además de tu amada y tu amigo, aunque este último sea incapaz de admitirlo.
    Por un instante, me olvidé de todo lo relativo a los crímenes. Sólo quería abrazar a mi recién descubierta hermana. Tanto tiempo teniéndola ante mis ojos sin conocer el lazo que nos unía. Podía haber estado ahí cuando me necesitara. Compartir sus penas y sus alegrías. Pero había optado por el silencio, y no podía culparla por ello. Era posible que no me pareciera a Padre tanto como solían decirme. Yo nunca habría engendrado a una hija con otra mujer, a espaldas de Aelis. Y de haberlo hecho, no me habría desentendido de ella. Por primera vez, sentía vergüenza de mis raíces. Quise hablar a Anna-Marine de todo aquello. Sin embargo, la puerta se abrió interrumpiéndonos. Esperaba ver de una vez a Vaughan para tener unas palabras con él. ¿Cómo había podido ocultarme tantas cosas? Pero fue Lucio Vargas quien apareció. Miré a esa mujer que hasta un instante antes no había sido más que una conocida para mí. Ella esbozó una sonrisa no del todo alegre, me acarició la mejilla y salió de la estancia.
    – El hispano escurridizo – dije con cierto desdén, fruto tal vez del estado de ánimo en el que me encontraba, una vez quedamos solos –. ¿Cuándo pensabas hablar conmigo? ¿Cuando el verdugo me afeitara la nuca con el filo de su hacha?
    – Te lo habría contado todo la noche del jueves si me hubieras preguntado. Vaughan así lo dispuso. Y también pretendía hacerlo al día siguiente en la parroquia, donde tú mismo me citaste. Era una carga de la que estaba ansioso por deshacerme. Por desgracia, todo se complicó.
    – Una mujer ha muerto esta misma noche, mientras estabas de celebración. Una víctima más. De haberlo sabido antes lo habría evitado, así como la decapitación del padre Evelio, ya que mencionas su parroquia.
    – Yo tampoco sabía que iban a suceder tales atrocidades. Retrasarlo tanto fue idea de tu amigo, no mía. Decía que así lo descubrirías por tu cuenta y encontrarías algo, además del testimonio de un extranjero, para demostrar tu inocencia. Si yo hubiera acudido al Conde desde el principio, ¿piensas que me habría creído? Me consideraría responsable de la muerte de su primogénito, y no habría contado con el mismo trato que tú. Además, también debía proteger a mi sobrino.
    – Las excusas más tarde. Cuéntame lo sucedido.
    – Como sabrás, aquella noche no había habitaciones libres en la posada. Tadeo durmió con Elfrida y yo al raso. Preferí salir de la ciudad para evitar ser visto. Entonces encontré el depósito de armas de Cristian hijo y decidí resguardarme allí. Pensaba abandonar el lugar en cuanto despuntara el alba, pero no conseguí dormir hasta bien entrada la noche. Cuando desperté, estaban llegando Cristian y Hereward con dos soldados. Avergonzado, me oculté y conseguí que nadie me viera. Decidí esperar a que terminaran sus ejercicios y se fueran para salir de mi escondite, aun a riesgo de llegar tarde a misa. No debía faltar mucho para ello cuando apareció el jinete con tu armadura y tus armas. Al principio creía que eras tú, igual que afirmaban todos los allí presentes. Después me di cuenta de que no era así.
    – ¿Por qué no interviniste para evitar las muertes?
    – Lo habría hecho, pero lo que vi me llevó a permanecer oculto. Él iba a caballo y yo a pie. Él llevaba protección y yo no. Su fuerza, además, era claramente superior a la mía. A la de cualquiera. Y también su destreza. Cargó contra los dos soldados a caballo y cruzó las lanzas, de manera que hirió al hombre que tenía a su izquierda con el arma de su mano derecha y a la inversa. El empuje les hizo girar al tiempo que los tiraba de sus monturas sin que él perdiera el equilibro.
– De ahí la posición cuando los encontraron y la desviación de sus heridas – pensé en voz alta. Acertadamente, él me ignoró y prosiguió con su relato.
    – Ni siquiera el experimentado Hereward pudo detener su mano. Tratando de proteger a su alumno, ordenó a éste que no se moviera y se adelantó todo lo que pudo para impedir al impostor que llegara hasta él. Sólo tras asestarle un letal golpe con el mangual, el atacante por fin bajó de su montura y se quitó el yelmo. Aunque estaba de espaldas a mí, su melena y su voz resultaron fáciles de reconocer.
    – Beldar.
    – Su hermano le suplicó que se detuviera, pero él respondió que era necesario por el futuro de Villesainte. Pidió su perdón y, sin más, atacó. Poco pudo hacer Cristian salvo combatir como mejor sabía. Beldar acabó cortándole la cabeza. La recogió, clavó la espada en la tierra y se largó de allí tan rápidamente como había aparecido.
    – Fue entonces cuando viniste a la posada en busca de ayuda.
    – De las personas a las que podía acudir, Vaughan me pareció la mejor opción. Él y el General siempre se han llevado a matar, así que imaginé que no le costaría creerme.
    – Pues ya tienes a alguien más que te cree. Necesitaré que repitas ante Conde todo cuanto acabas de contarme, y lo harás, llegado el caso.
    Vargas no se negó. Aunque hubiera querido, no le habría dado opción a ello. La verdad había estado en posesión de Vaughan desde el principio. Sin duda, fue eso a lo que se refería cuando le acusé de traidor y me respondió que tenía sus motivos. Debía pensar que había hablado con el hispano y no con el cardenal. Pero a pesar de todo, esa verdad seguía incompleta. Faltaba por aclarar la motivación de Beldar para matar a su propio hermano. Cristian era un heredero modélico, benevolente y respetuoso con el pueblo. Su mandato hubiera sido aún mejor que el de su padre. ¿De qué manera su muerte podía ser necesaria por el futuro de Villesainte? ¿Y por qué, de todas las personas a las que podía haber incriminado para quedar libre de culpa, me eligió a mí? Siempre le fui leal como soldado y como amigo. No entendía qué podía tener en mi contra para provocar con sus actos que me condenaran a muerte o que casi me quemaran viva a Aelis. ¿Qué le había llevado a hacer tanto mal? Sin duda, esas respuestas no las obtendría de Vargas. Tras dar por terminada la conversación, autoricé al hispano a que abandonara la estancia. Mientras lo hacía, volvió a entrar Anna-Marine. Al verla de nuevo no pude contenerme y, por fin, aproveché la ocasión para aferrarme a ella en un sentido abrazo. Se había convertido en un motivo más para resolver todo aquel entuerto. Además, necesitaba algún gesto de cariño después de tanto desasosiego. Si el amor fraternal que siempre observé entre Beldar y Cristian equivalía, aunque sólo fuera en una porción, al que yo sentía por esa hermana a la que acababa de descubrir, ¿cómo el primero había sido capaz de matar al segundo?
    Anna-Marine y yo esperamos un instante para salir. Algo más consolado, le sonreí; mis escoltas debieron pensar que de satisfacción. Sus jarras de cerveza estaban ya vacías, no habrían querido repetir. Les dije que habíamos terminado allí después de acercarme a Vaughan. En ese momento no podía decirle todo lo que me hubiera apetecido, tan sólo le pedí al oído que mandara a alguien para que informa a Aelis, pues debía estar preocupada por mi ausencia. Sin duda, él y Anna-Marine estaban hechos el uno para el otro. Al fin y al cabo, a ambos les gustaba guardar secretos.
    Salimos al exterior. Descubrí que ya estaba amaneciendo. A un lado teníamos el sol, que asomaba por el horizonte, enmarcado por el arco de la entrada a Villesainte, la cual acababan de abrir completamente. Al otro, más allá de palacio, nubes negras se acercaban lentamente, trayendo consigo el llanto de Frey. El plazo había expirado. Aunque finalmente di con el asesino, no por ello mi situación había mejorado. Una semana antes, el Conde recibió una fatal noticia, y esa mañana iba a recibir otra. Cómo reaccionaría al conocerla era un misterio para mí. Fuera como fuese, yo había cumplido mi parte del pacto. El resto estaba en sus manos y las de los dioses.

 

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Texto de Román Pinazo

Imagen de Bea Galiano